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1.
¿Qué significa para ti la profesión monástica solemne que
celebraste el día 26 de abril en el Monasterio de S. Benet de
Montserrat? ¿Cómo afecta a tu vida?
Quizás
algunos visteis la película sobre Juan
XXIII que pasaron en Tele 5 el jueves
santo. Cuándo le preguntan por qué quiere ser cura,
el Angelino
(es decir, Juan
XXIII de niño) responde: "No sé" y hace un ademán
confundido, pero digno. Y cuando insisten dice: "Es como cuando
te hacen una pregunta. Yo he dicho
que sí".
Así
es como me siento: no sé qué significa para mí, para los otros
o para la Iglesia mi profesión monástica; sólo sé que me han
hecho una pregunta y he dicho que sí.
Desde
el punto de vista práctico, la profesión no implica demasiados
cambios porque el paso del noviciado/juniorado
a la comunidad (eso es, el cambio de
celda y la separación de las actividades del noviciado)
ya lo hacemos 6 meses antes de la
profesión. Esta inserción a la comunidad de profesas
previa a la profesión permite que la candidata sea bien
consciente de la vida que llevará si
da el consentimiento definitivo, y permite también que la
comunidad pueda conocerla un poco más, antes de aceptarla
definitivamente. Al día siguiente de la profesión, pues,
externamente todo sigue igual. Bien, casi todo. Hay dos cosas que
sí que cambian: la
primera es que a partir de ahora podré votar en las reuniones de
comunidad (de momento todavía no hemos hecho ninguna), y la
segunda es que puedo hacer de semanera.
Eso quiere decir que, en los ratos de plegaria en común que
estructuran la vida en el monasterio (Maitines, Laudes, Sexta,
Vísperas y Completas) puedo ser la hermana encargada de empezar
la plegaria, leer la lectura breve, hacer las peticiones y
concluir la liturgia. Este servicio es rotativo y cambia cada
semana. Yo hace sólo tres días que lo hago y me resulta una
experiencia muy nueva y enriquecedora poder decir en nombre de la
Iglesia, en el seno de la comunidad, y para todo el mundo:
"Sed con nosotros, Dios nuestro", y "Que Dios nos
bendiga". Eso me impresiona mucho. Hacer de semanera
ensancha y profundiza el horizonte de mi plegaria y me hace
consciente de una manera muy concreta del compromiso comunitario y
eclesial que he adquirido en la profesión. Y también del don que
eso significa.
2.
¿Cómo viviste la profesión? ¿Cuáles son los recuerdos más
emotivos?
Lo
más impresionante fue experimentar la dinámica libertad/donación
que constituye el corazón de
la celebración. Las preguntas: "Lo crees"?; "lo
quieres"?; ¿"lo prometes"?tan directas, claras y
sencillas, te hacen tomar
plena conciencia de la propia libertad: "Sí, lo creo";
"sí, lo quiero"; "sí, lo prometo". Como Maria,
no digo Sí porque no tengo más remedio, o porque oigo que Dios
es el más fuerte. No. Dios
no me puede vencer por la fuerza. Como Maria,
digo Sí desde la libertad, porque Dios me ha seducido con su
dulzura, con su mansedumbre, con su bondad y con su gozo.
"Pues que Dios lleve a cabo la obra que ha empezado en
ti", pedimos. Desde la plena libertad y posesión de sí lo
que afirmas en la profesión es que la vida que sientes tan tuya
es un don que Alguien distinto te ha hecho y te renueva por amor
en cada instante. "Darse" es "devolver"
y tiene este regusto: de fiesta, de gozo,
de reencuentro largamente esperado. De acción de gracias porque
te han esperado y porque te acogen. Es exactamente como volver a
casa.
Esta
experiencia de relación, que primariamente se refiere a Dios, se
expresa y se vive en la comunidad. Fue muy emocionante el momento
de ser recibida con un abrazo y dos besos por cada una de las
hermanas.
3.
¿Ante la incomprensión que para muchos jóvenes representa la
vida monástica, qué valor tiene para ti y para la Iglesia hoy
esta opción tan radical de vida? ¿Cuál es la gran riqueza de la
vida contemplativa?
Todo
el mundo ha sentido alguna vez eso que decimos "voz
interior": un llamamiento, un impulso, una necesidad de hacer
silencio interior y de escuchar. De hecho, muchos jóvenes vienen
al monasterio precisamente para eso: para poder hacer esta
experiencia o para poder hablar con alguien.
Creo
que el monasterio es para mí, para la Iglesia y para todo el
mundo que quiera acercarse, un lugar que
facilita dejarse encontrar por Dios
y hacer experiencia, compartir eso que se ha vivido y celebrarlo.
Con respecto a la opción de quedarse para siempre, decimos opción
radical y lo es ... pero primero hace falta que esté el
llamamiento por parte de Dios. Dios tiene la iniciativa. Cada
vocación es única y es un regalo.
Con
respecto a la contemplación, me parece que quiere decir
"vivir el día a día como un don". Nuestra vida nos
ayuda a vivir lo que es cotidiano (tanto la plegaria como el
trabajo como las
relaciones fraternas) como un
don y puede ayudar a vivirlo así también a los que se nos
acercan. Creo que ésta es su gran riqueza.
4.
¿Qué te trajo a S. Benet y qué ha hecho que ahora hayas dado
este paso?
Vine
por primera vez a S. Benet en
julio de 1995 con la intención de preparar un examen. Pasé 30 días
en la hospedería y, durante estos 30 días hice eso que decía más
arriba que el monasterio facilita extraordinariamente de hacer:
hice experiencia de Dios. En mi caso eso significó entender que
Dios me llamaba a formar parte de esta comunidad. Las campanas del
monasterio hicieron de mediadoras: las oía
tocar llamando a las monjas a la
plegaria y la "voz interior" las hacía resonar dentro
de mí para llamarme desde lo más íntimo, a iniciar una nueva
vida.
La
iniciativa viene de fuera y no se entiende, no se abarca, no se
agota; pero se puede vivir y se puede responder que Sí. Ésta ha
sido la experiencia básica de los 6 años que hace que estoy en
el monasterio y el motivo de haber hecho ahora la profesión. Dios
me ha llamado.
Teresa
Forcades i Vila
Tengo
36 años, nací en Gracia (Barcelona) pero con raíces
tarraconenses y solsoninas.
Estudié medicina en la UB (1990) y me marché a los Estados
Unidos para hacer la especialidad (Medicina Interna, 1995). Hice
la licenciatura en Teología en la Universidad de Harvard (1997) y
ahora estoy acabando el doctorado en Salud Pública en la UB sobre
el tema de las medicinas alternativas. Entré en el Monasterio de
S. Benet en septiembre de 1997.
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