Arrupe, una explosión en la Iglesia.
Pedro Miguel Lamet.
Ediciones “Temas de hoy” Madrid, 1989

        Índice
 
INTRODUCCION
CAPÍTULO 1: EL DIA SIN HORA
CAPÍTULO 2: LAS AVENTURAS DE PERU
CAPÍTULO 3: DE MÉDICO A JESUITA
CAPÍTULO 4: RENACER EN LOYOLA
CAPÍTULO 5: TODO ES HORIZONTE
CAPÍTULO 6: DE CLEVELAND A YOKOHAMA
CAPÍTULO 7: AQUEL JAPON INCREIBLE
CAPÍTULO 8: UN PÁRROCO SINGULAR
CAPÍTULO 9: LUZ EN LA CARCEL
CAPÍTULO 10: EL MAESTRO
CAPÍTULO 11: LA BOMBA
CAPÍTULO 12: CONDENADOS A VIVIR
CAPÍTULO 13: LIDER DE UN PEQUEÑO MUNDO
CAPÍTULO 14: GENERAL PARA UN CONCILIO
CAPÍTULO 15: LOS CONFLICTIVOS SESENTA
CAPÍTULO 16: EN EL CRÁTER DE UN VOLCAN
CAPÍTULO 17: LA GRAN OPCION
CAPÍTULO 18; PERFIL DE UN AGUILA
CAPÍTULO 19: LA RENUNCIA
CAPÍTULO 20: HABLA EL SILENCIO
 

INTRODUCCION 

El viejo japonés, con su rostro enigmático de ancestral máscara de samuray me miró detenidamente. Luego, hizo una profunda inclinación, y con una voz entre metálica y misteriosa, exclamó:

Ari-no-mama kail? kudosi.

Que, traducido al román paladino, quiere decir algo así como «escribe las cosas tal y como son (sin quitar ni añadir».

Ese fue, como quien dice, mi primer contacto humano nada más bajar la escalerilla del avión en Tokio, a donde me había dirigido siguiendo las huellas del famoso padre Pedro Arrupe. Tengo que confesar que aquella frase de Kasumi Morimoto cayó sobre mí como una losa. A la grave responsabilidad que llevaba sobre mis hombros, se añadía esta fuerte exigencia de aplastante objetividad japonesa. «Porque ustedes los españoles», aclaró, «tienden a exagerar...»

Era precisamente lo que yo estaba intentando evitar en este libro, cuya realización había acariciado desde hacía más de ocho años. Contar la vida del padre Arrupe era todo un desafío, ya que pocas personalidades eclesiales del mundo contemporáneo han sido objeto tan directo de la opinión pública. O, en otras palabras, pocos hombres han sido tan apasionadamente seguidos por las mayorías ni tan intensamente criticados por sectores minoritarios como este transparente jesuita de perfil aguileño y ojos de fuego, que se consume hoy, acorralado por la enfermedad y la semiinconsciencia en una pequeña habitación romana de la casa generalicia, a dos pasos del Vaticano.

 

Expulsado de España, como el resto de los jesuitas durante la República, ciudadano del mundo por vocación y formación, testigo de excepción de la bomba atómica, ha vivido de todo: desde el régimen nazi en Alemania a la segunda guerra mundial en Japón, pasando por la experiencia de ser acusado de espía, la cárcel y la incomprensión incluso de algunos de sus propios hermanos. Pero fue sobre todo desde su cargo de superior general de una de las órdenes más influyentes de la Iglesia católica cuando vivió las convulsiones más importantes que han caracterizado este siglo y las conocidas tensiones de los jesuitas con la Santa Sede. Arrupe es uno de los personajes más discutidos de la Iglesia actual. Junto a los que le consideran una figura catastrófica de la Iglesia posconciliar, otros muchos le admiran por su espíritu apostólico, su talante humano, su liderazgo religioso y su carisma profético y evangélico. Innumerables gentes le han conocido y se han honrado con su amistad. Desde personas anónimas a presidentes de gobierno, cardenales, periodistas y hombres de empresa se han carteado con él o le han visitado recientemente en su lecho de enfermo en Roma. Un premio Nobel, no creyente según propia confesión, le pidió de rodillas que le bendijera. Hasta el propio papa Juan Pablo II ha acudido más de una vez a visitarle. Primer General de la Compañía de Jesús que ha presentado en vida su renuncia, leída, ante la imposibilidad de hablar, por un compañero, ha recibido la ovación más cerrada y prolongada que ningún otro superior oyera de todo un «parlamento» jesuítico puesto en pie.

La vida que aquí se narra no es, pues, sólo la de un líder religioso con fama de santidad e importante influjo en la Iglesia. Es la historia de un testigo de excepción de este agitado siglo que nos ha tocado vivir. Por su respuesta intuitiva, rápida y eficaz a los desafíos de este tiempo, Arrupe interesa a creyentes y agnósticos, orientales y occidentales, intelectuales y gente de la calle.

Este libro se propone contar esa agitada vida en una biografía-reportaje, la primera que se publica de este hombre singular, y que cuenta con la ventaja, y al mismo tiempo el inconveniente, de la cercanía inmediata de los hechos. Falta sin duda perspectiva histórica. Aún no pueden consultarse cientos de documentos secretos, que se guardan celosamente en los archivos de la Compañía de Jesús y que seguramente aclararán muchas cosas en el futuro. Todavía, cuando redactamos estas líneas, el héroe de nuestra historia vive, aunque sólo pendiente de un hilo... Pero también viven afortunadamente muchos de los testigos que le conocieron y le vieron actuar. El autor ha realizado, con objeto de capturar tales testimonios de primera mano, más de doscientas entrevistas; ha recibido docenas de cartas, y ha viajado a los principales enclaves geográficos donde se desarrolló su increíble vida: Japón, Roma y el País Vasco.

Con el fin de reforzar esa difícil objetividad, he optado por escribir una biografía periodística en la que se entrecruzan la narración con las declaraciones y testimonios. Todo está detalladamente documentado y justificado con notas al final del texto, consciente de la importancia que para el futuro puedan tener dichas aportaciones.

Ahora bien, si toda biografía es sólo una aproximación al misterio de un ser humano, más aún lo es en el caso de un hombre de tan intensa actividad y profunda vida interior como el padre Arrupe. Solía él decir que «la biografía más interesante es la que se escribe sin tinta». Aunque ésta haya sido redactada con un procesador de textos y un ordenador, la afirmación sigue siendo verdadera. Porque, como también decía Pedro Arrupe, «lo más decisivo e importante de una vida es incomunicable».

Con todo, hoy puedo responder a Kasumi Morimoto que, si nadie puede contar las cosas «tal como son», porque la subjetividad y el a priori kantiano son algo consustancial al ser humano, aquí tiene la auténtica aproximación histórica a un destacado hombre de hoy, que luchó y amó apasionadamente, entregándose en cuerpo y alma a un ideal. No he pretendido otra cosa. No es este libro ni un estudio de su pensamiento ni un tratado sobre su espiritualidad. Para ello, el lector puede acudir a las numerosas notas en que se citan las obras donde están contenidos sus artículos, cartas y discursos. Tampoco se busque aquí un análisis sobre la concepción que tuvo Arrupe acerca de la vida religiosa o sobre la vinculación que él veía entre la fe y la justicia. Para esto, se deberá acudir a otras monografías.

Pero, si en cambio prefiere adentrarse en la vida del padre Arrupe, sugiero dos posibles lecturas de esta biografía. La primera, capítulo a capítulo, desde el principio hasta el final, lo que le permitirá comprender el proceso evolutivo y creciente de nuestro héroe. A los impacientes recomiendo que, tras la lectura del primer capítulo, que es introductorio, salten al capítulo 7, que inicia la vida activa de nuestro personaje, para leer después los capítulos 2 al 6, que contienen la infancia y los cimientos de todo lo demás.

Sólo me queda dar las gracias a cuantos han contribuido con su aportación y entusiasmo a que aparezca este libro. Puedo decir que, dadas las circunstancias en que vivimos hoy en la sociedad y en la Iglesia, esto no ha sido, por diversas razones, tarea fácil. Pero ante la imposibilidad de citar tantos nombres, desde los de quienes me han enviado un recuerdo y una fotografía a los que me han acompañado y apuntalado con su ilusión y trabajo, he aquí mi gratitud colectiva. Pero muy especialmente quiero hacer constar mi profundo agradecimiento al propio padre Arrupe, que desde su lecho de enfermo, cuando apenas podía hablar, no sólo respondió a mis preguntas y seguía ilusionado este trabajo, sino que me enseñó algo que no se puede pagar con todo el oro del mundo, ni siquiera con el homenaje de esta biografía: cómo, en medio de las mayores dificultades, desde un increíble impulso interior se puede mantener la dignidad y la esperanza, se puede seguir siendo un hombre.

 

CAPÍTULO 1: EL DIA SIN HORA

 

Paul Tibbets comprobó el altímetro. El cuatrimotor «B-29», que llevaba pintado en el morro el nombre de su madre, Erwla Gay, volaba a 30.800 pies, a una velocidad de crucero de 400 kilómetros por hora. Sentado confortablemente en la cabina de mandos, se aseguró de que Great Artist y N.O 91, los aviones encargados de la observación científica y de fotografiar la hazaña, respectivamente, volaban sin novedad tras el potente bombardero. El cielo entraba gris, casi amenazador, por la proa transparente de la fortaleza volante. Allí estaba, junto al cuadro de mandos, su pitillera metálica, que le acompañaba en todos los vuelos. Sí, en efecto, todo parecía estar en orden.

«Cobertura de nubes, menos de 3/10 en todas las altitudes», le había advertido a las.7:24 h., en un mensaje en clave, la torre de mandos. No sin cierta emoción, tras leer el cable, anunció a sus compañeros:

—¡Volamos sobre Hiroshima!

Ni alto ni bajo, algo mofletudo y sonriente, sus gestos tenían un no sé qué de despegado, de distante. Era un americano del montón, mezcla de aspirante a héroe y mascador de chicle... Aún recordaba el rostro pícaro del coronel Lans-dale, de la U.S. Army Intelligence, cuando le preguntó:

—¿Ha oído hablar alguna vez de la energía atómica? Él había respondido que sabía algo del tema por física y que tenía noticia de los experimentos de los alemanes con el agua pesada para llegar a separar el átomo.

—Bien-le había dicho el profesor Norman Ramsey, físico por la Universidad de Harvard, de veintinueve años de edad—, pues los Estados Unidos ya han conseguido dividir el átomo. Estamos fabricando una bomba basada en ese descubrimiento, una bomba que estallará con una fuerza superior en veinte mil toneladas a una explosión convencional.

Aquella conversación había transcurrido en el Cuartel General del Segundo Ejército de las Fuerzas Aéreas Norteamericanas, en Colorado, el 1 de septiembre de 1944.

Sólo unos minutos antes Lansdale interrogó a Tibbets sobre una cuestión personal que podría empañar sus condecoraciones de eficiente y hábil piloto, casi un héroe, de la segunda guerra mundial. No dudó en contar la verdad:

—Sí. Fui detenido en una ocasión por la policía de Miami Beach...

—¿Por qué?

—El Jefe de Policía me pilló en Surfside con una menor en la parte trasera de un automóvil...

Tras su detención, la intervención de un juez amigo de la familia consiguió silenciar el asunto. Las fuerzas aéreas pasaron por alto lo que consideraban «un pecadillo sexual». Lansdale lo había investigado personalmente y se había decidido a elegir a Tibbets, con veintisiete años y un hijo, para la operación «Manhattan».

Luego, los largos preparativos envueltos en un cuidadísima top secret hasta que despegaron de Tininan en la madrugada del 6 de agosto. Sólo él sabía parte de la verdad. A sus hombres, simplemente se habían limitado a decirles: «Será algo definitivo para acabar la guerra.» Y aún le parecía oír la voz del capellán Downey, rezando antes de despegar: «Dios Todopoderoso: Oye la oración de los que te aman. Te rogamos que estés con los que van a batallar contra nuestros enemigos... Guárdalos y protégelos, te rogamos, para que vuelen felizmente hasta su objetivo. Puedan ellos, como nosotros, conocer tu fuerza y tu poder, y, armados contigo, consigan conducir esta guerra a su fin. Te rogamos que el final de la guerra venga pronto, y así de nuevo podamos experimentar la paz en la Tierra...»

Tibbets sintió en ese momento la sobrecarga que para su cuatrimotor suponía Little hoy. Este inocente nombre se daba a los dos trozos de uranio 235, separados por un espacio vacío, que serían impelidos a chocar entre sí mediante la explosión de dos cargas convencionales, de forma que la nueva masa, superior a la crítica, produciría la reacción nuclear. Los 12,5 kilotones (un kilotón es igual a mil toneladas de TNT) le habían preocupado a Tibbets desde el principio, pero no había comentado nada con su tripulación hasta que se aproximaron a su objetivo.

Fue hacia las.4:25 a.m. Tibbets dejó los mandos a Lewis, quien a su vez se echó en los brazos de George, el piloto automático del Enola Gay. Tibbets aprovechó el momento para echar un vistazo a sus camaradas, que ocupaban sus respectivos puestos en el avión. “Everything okay, Colonel", fue la respuesta del joven radiotelegrafista Nelson, quien se sintió muy orgulloso al oír replicar a su coronel: «Sé que haces un buen trabajo, Dick.»

Tibbets revisó el túnel acolchado por donde se iba a deslizar la bomba. En el compartimento trasero estaban Caron, Striborik, Shumard y Beser, que intentaba defenderse del sueño. Tibbets se dirigió hacia el artillero de cola:

—Bob, ¿tienes una ligera idea de lo que vamos a hacer esta mañana?

—Coronel, no quisiera encontrarme frente a un muro en el momento de disparar.

Tibbets sonrió recordando que Caron había prometido no abrir los labios, dando ejemplo a los demás, cuando le llamaron la atención por razones de seguridad el pasado septiembre.

—Bob, ya vamos de camino. Ahora puedes hablar. —¿Llevamos a bordo el invento de un químico majareta? —No, no exactamente.

—Entonces, ¿el de un físico loco?

—Sí.

Tibbets revisó de nuevo el estado del túnel de lanzamiento y, cuando ya se volvía, sintió que Caron le cogía la pierna.

—¿Algún problema?

—Ninguno, coronel. Sólo una pregunta. ¿Se trata de átomos divididos?

Tibbets continuó revisando la trampilla y se volvió a la cabina de mandos sin responder. Caron había pronunciado aquella frase sin darse realmente cuenta de lo que decía. Había leído algo en una revista de divulgación científica, pero no tenía ni la menor idea de lo que significaba.

Ahora Hiroshima había entrado ya en la mirilla de su visor. La base le informó de que ningún radar japonés había detectado la proximidad del avión. Tibbets ordenó rápidamente a través del intercomunicador:

—¡Listos para el disparo y el giro inmediato!

Una milla detrás, Creat Artist se preparaba para el lanzamiento en paracaídas de sus aparatos de medición. Dos millas más lejos, el Nº 91 giró noventa grados para tomar la posición adecuada desde donde hacer sus fotografías.

El mayor Thomas Forebbe reconoció, asomado al morro transparente del Enola Gay, aquel paisaje familiar por las fotos en blanco y negro. El blanco y gris de las landas onduladas eran de un verde suave, y la bahía de Hiroshima de un intenso azul a aquella hora de la mañana. Los edificios podían distinguirse en medio de una suave bruma y las principales carreteras de la ciudad parecían trazos dibujados a lápiz. La leve neblina que flotaba sobre la ciudad no impedía la visión en el puesto de mando. Pudo, pues, hacer coincidir ambas cruces en la mirilla del visor.

—¡Ya lo tengo!

Iban a ser las 8 horas, 15 minutos, 17 segundos de la mañana del 6 de agosto de 1945.

 

Unos 3.000 metros más abajo hay un hombre asomado a la ventana. No tiene rasgos orientales, no es un japonés. Pero se diría que se encuentra allí como en su casa. Su mirada profunda está escrutando el cielo. Hace tiempo que su perfil, típicamente aguileño, llama la atención en el barrio de Nagatsuka, donde empieza a ser famoso. Llegó de Yamaguchi hace unos años y tiene una sonrisa contagiosa y una personalidad magnética. Habla el japonés con una mezcla de velocidad vascuence y guturalidad inglesa y lleva despierto desde antes de las cinco de la mañana.

Sus ojos habían estado cerrados durante casi dos horas, mientras, inmóvil y sentado a la japonesa, hacía su oración al amanecer, en medio de una capilla cristiana sin muebles recubierta con el típico tatami japonés..., un lugar vedado a la profanación de los zapatos. Se le ve con frecuencia utilizar una bicicleta para acercarse al centro de la ciudad, y parece casi una aparición con su gran «callan, blanco de clérigo occidental que sobresale de la chaqueta negra y esa frente despejada reverberando al sol. Pero pronto las gentes supieron que sabía sonreír, que amaba al Japón más que a su propia tierra, y que estaba siempre dispuesto a hacer un favor a cualquiera, cuando no se le veía rodeado de jóvenes discípulos japoneses que vestían una especie de negro kimono y leían en silencio o trabajaban en el jardín...

Aquella mañana el cielo de Hiroshima estaba limpio. Por la ventana entraba un pedazo de paisaje verde, algo de la dulce colina cercana. Las hojas de los árboles se estremecían movidas por una ligera brisa, y el primer rescoldo de un día de verano, que se prometía como siempre un tanto húmedo y pegajoso, comenzaba a calentar la frágil techumbre de la vivienda japonesa.

Pedro Arrupe, una vez ordenados los libros sobre su escritorio y dando los últimos retoques a la colcha de su cama, iba a programar sobre el papel las actividades del día, antes de que llegara el hermano Distributario (responsable de la coordinación del noviciado de jesuitas), cuando la sirena de alarma sonó de nuevo.

Eran las 7:55 h. A las 7:09 h. se había oído un primer toque, poco después de que Radio Hiroshima interrumpiera sus programas para informar de una alerta aérea. Los intermitentes gritos de la sirena no habían alarmado al padre Arrupe, habituado, como todos sus conciudadanos, a estas amenazas de posible bombardeo. Al principio, los habitantes de la ciudad de Hiroshima se iban a dormir, incluso, a las cuevas de las vecinas montañas. Pero ya se habían cansado de esperar y no estaban dispuestos a morir de una pulmonía mientras tanto.

Además, la vida se desenvolvía sin anormalidades. Todos los días, a las 5:30 h. de la mañana, el padre Arrupe veía a un «B— 29" cruzar el cielo de la ciudad. Tanta era su constancia que, no sin ironía, los japoneses lo habían bautizado con el nombre de «El correo americano,).

Por eso, cuando aquel 6 de agosto un «B-29" de la u.s. Air Force perturbó con sus cuatro potentes motores el silencio azul de la ciudad, Arrupe, como otros muchos, no hizo caso y continuó ordenando sus papeles... A veces, había visto cruzar a distancia formaciones aéreas de hasta doscientos aparatos. En aquel momento llamaron a su puerta. Era otro sacerdote de más edad que venía a consultarle sobre algo sin importancia.

Hacía varios minutos que la sirena se había callado y, a escasos kilómetros de aquel paraje tranquilo, la ciudad se desperezaba ágilmente, con ritmo japonés. Los transportes públicos llevaban a los trabajadores a las fábricas, se abrían las tiendas y los niños uniformados formaban en fila frente a las puertas de las escuelas. Una viejecita espantaba a su paso las palomas del parque y, en la zona rural, al oeste de Hiroshima, el doctor Kaoru miraba el reloj. No estaría de regreso en su clínica, por lo menos, hasta el mediodía.

En la base japonesa de Shimonoseki, a unas cien millas de Hiroshima, el subteniente Matsuo Yasuzawa calentaba los motores de su avión biplaza de entrenamiento. Se le había visto repetidamente volar los cielos de Hiroshima, pero nunca había conseguido obtener el permiso para atacar al «B-29". No era conveniente poner en riesgo la vida de un instructor de las Fuerzas Aéreas Japonesas, a pesar de que él estaba dispuesto a una rippa na saigo, la «muerte espléndida" por la patria, reservada a los kamikazes. Hoy su misión consistía en volar al campo de Marshai, en Hata, para transportar a un mayor que debía acudir a una reunión sobre comunicaciones en Hiroshima. Pensaba llegar sobre las ocho de la mañana. Había pues despegado, cuando el Enola Gay penetraba en espacio aéreo japonés.

El tranviario, con una exactitud japonesa, miró el reloj e hizo sonar la señal de partida. Iban a ser las 8:15 h.

 

Tibbets ya no era consciente del ruido de los motores. Estaba tenso, preparado para hacer girar inmediatamente su «B-29», una vez concluida su delicada y secreta misión. El «avión correo» iba a depositar su «carta».

Ocho horas, quince minutos, diecisiete segundos: las compuertas se abrieron. Tibbets exclamó:

—¡Fuego!

El Enola Gay inició en ese momento una vuelta de noventa grados hacia la derecha. Forebbe gritó: «¡Bomba fuera!», mientras pegaba su nariz al plástico del morro del avión. La bomba parecía suspendida en el aire. Después comenzó a caer. Se tambaleó un instante antes de tomar velocidad, y luego se desplomó hacia abajo justo como lo tenían previsto.

 

—¿Qué ha sido eso? —exclamó Pedro Arrupe, poniéndose en pie y señalando a la ventana.

Un fogonazo, que parecía de magnesio, había rasgado el azul del cielo. Enseguida, un mugido sordo y continuado, más parecido al sonido de una catarata que a lo lejos rompe que al de una bomba que instantáneamente explota, llegó hasta ellos con una fuerza aterradora. Tembló la casa. Cayeron los cristales hechos añicos, se desquiciaron las puertas, y los tabiques japoneses, de barro y cañizo, se resquebrajaron como naipes aplastados de un manotazo. La onda explosiva los derribó. Y mientras Arrupe y su compañero se tapaban instintivamente la cabeza con sus manos, una lluvia continua de materiales destrozados fue cayendo sobre sus cuerpos tendidos e inmóviles en el suelo.

Cuando aquella especie de terremoto terminó, Arrupe levantó la cabeza temiendo ver herido a su compañero. Pero ambos estaban ilesos.

—¡Hay que ver inmediatamente cómo están los demás! Preocupado por los treinta y cinco jóvenes que albergaba aquella casa, Arrupe corrió por los pasillos y escaleras. Al llegar al último cuarto, respiró. La explosión sólo había causado daños materiales.

Pero, ¿qué había pasado? Salieron todos juntos al jardín. Algo instintivo les decía que allí cerca encontrarían alguna huella de la bomba. El jardín y la huerta estaban como siempre. Al fondo de aquella naturaleza llena de vida, contrastaba la casa ajada, lacia, con las tejas rotas y curiosamente encabalgadas unas sobre otras. Ni un cristal intacto. Detrás de las ventanas, brutalmente desquiciadas, el interior era aún una nube de polvo entre los tabiques rotos.

—¡Subamos a la colina! Desde allí podremos ver qué ha pasado en la ciudad.

Un panorama desolador se abrió ante sus ojos. Humeante y negra como un tizón, aquellos testigos contemplaron una enorme nube negra sobre el desierto de cenizas, el solar arrasado de lo que había sido Hiroshima.

Una milésima de segundo después de las 8:16 h., un relámpago de color rojo púrpura se extendió sobre la ciudad. La temperatura alcanzó cincuenta millones de grados centígrados. Sobre la clínica Shima, epicentro de la primera bomba atómica de la historia —que coincidía con el centro de la ciudad—, la temperatura alcanzó varios miles de grados centígrados tras la increíble detonación. Una bola de fuego, como un pequeño sol, irradió instantáneamente sus rayos, produciéndose, por la diferencia de temperatura, una onda explosiva equivalente a un tifón. El 15 % de la energía se transformó en rayos radioactivos, el 35% en rayos caloríficos, y el 50% en fuerza explosiva. El resultado: un incendio que se multiplicó en un kilómetro y medio a la redonda, que quemó la piel a más de tres kilómetros de distancia y que destruyó cuanto había en un radio de acción de seis kilómetros.

 

Trescientos veinte mil ciudadanos civiles y cuarenta mil soldados perecieron en aquel instante o fueron afectados por la bomba. Las columnas que flanqueaban el hospital Shima quedaron aplastadas contra el pavimento. Completamente destrozado el edificio, sus ocupantes se volatilizaron. Sesenta y dos de los noventa mil edificios que había en la ciudad fueron destruidos. Las cañerías de Hiroshima estaban destrozadas por setenta mil roturas. Sólo una veintena de médicos de los doscientos doctores que había en la ciudad escaparon al impacto de la bomba y pudieron auxiliar a los heridos.

—¡Agua, agua, quiero agua! —gritaban los supervivientes que se dirigían a las orillas del Terma, el río que cruza la ciudad, viéndose obligados a apartar los cadáveres para poder beber.

Parecían momias ambulantes. Con el rostro y el cuerpo deformados, el vestido hecho jirones y fundido con la piel, caminaban sin saber hacia dónde dirigirse con el estupor reflejado en la mirada, entre tranvías convertidos en trozos de hierro retorcido, escombros humeantes y edificios en llamas. Sentado en los peldaños del banco Sumimoto había un ser humano, del que sólo quedó una sombra sobre el granito resquebrajado. Aún hoy puede contemplarse esta prueba en el Museo de la Paz de Hiroshima. Humo, fuego, escombros, gritos... Aquello era el infierno.

Sobre la colina de Nagatsuka, clavado en el suelo y mudo de espanto, Pedro Arrupe contemplaba aquel inexplicable apocalipsis. Nadie había pronunciado la palabra «atómica». Durante cuatro años de guerra había visto caer muchas bombas y explotar muchas granadas. Aquello era algo tan nuevo que no admitía la más mínima comparación. Sí, habían oído hablar de armas secretas, sobre todo antes de la derrota alemana, pero siempre se comentaba que no pasaban de ser mera propaganda. Ahora estaba allí, ante el espectáculo de la destrucción más feroz del hombre por el hombre.

—¡Hay que ir a la ciudad! ¡Hay que hacer algo! —exclamó Arrupe, en un gesto primario de solidaridad.

—Es imposible, padre. El fuego tapona todas las entradas. —¡Hay que hacer algo!

Arrupe corrió a la capilla. Una de las paredes había saltado hecha añicos. Se arrodilló. En un instante eterno pidió luz a su Dios.

Se sintió abrumado por la oscuridad que le rodeaba. Sólo había muerte y destrucción y él y sus compañeros, reducidos a la más terrible impotencia... «Y tú, Señor, conociéndolo todo, contemplándolo todo... e invitándonos a reconstruido todo.»

En aquel instante recordó de golpe su pasado: Bilbao, sus padres, sus años de estudiante de medicina en Madrid, su llamada al Japón... Miró el reloj. Estaba parado, como miles de relojes en Hiroshima, como cientos de miles de vidas humanas, a las 8:15 h. «Aquel reloj —escribiría años más tarde— silencioso y paralizado, ha sido para mí un símbolo, se ha convertido en un fenómeno para-histórico. No es un recuerdo, es una vivencia perpetua fuera de la historia, que no pasa con sus tic-tacs. El péndulo se paró e Hiroshima quedó clavada en nuestra mente.»

Pedro Arrupe salió de la capilla con un propósito: convertir el noviciado en un improvisado hospital, sirviéndose de sus conocimientos de medicina. Lo comunicó enseguida

a sus compañeros y se puso manos a la obra. Pero ellos no sabían aún que Arrupe salía de la capilla con algo más. Con el reloj parado de la historia y el corazón en algún lugar lejano, más allá del tiempo y por encima de las pequeñeces y el terror que podían sembrar los hombres.

Mientras rescataba su pobre botiquín de entre los escombros —sólo podía aprovechar un poco de yodo, algunas aspirinas, sal de fruta y bicarbonato—, se sintió diminuto entre doscientos mil heridos de muerte.

Pero Dios, que le había traído hasta allí, en medio de aquel mar de angustia, destrucción y fuego, tendría una palabra que decir. Y sintió que la explosión de dentro era aún mayor que el Pika-don, el fogonazo y el trueno, que había asolado a Hiroshima.

—¡Ya llegan, padre! —gritó un novicio.

Eran las primeras sombras ambulantes, pidiendo ayuda...

Arrupe había puesto en marcha su imaginación.

 

Sobre el cielo de Hiroshima, el coronel Tibbets, mirando por el morro transparente del Enola Gay lo que quedaba de la ciudad, exclamó horrorizado:

—¡Qué hemos hecho, Dios mío!

CAPÍTULO 2: LAS AVENTURAS DE PERU

 

—¡No te vayas a manchar el traje de marinero! ¡Que siempre que vais al parque volvéis perdidos!

La voz de doña Dolores venía como asordinada del fondo de la casa, un segundo piso amplio de más de ocho habitaciones, cocina y comedor, cuyos balcones daban a la calle de la Pelota, número. Pedrito asomaba su rostro redondo, entre serio y sonriente, entre pícaro y responsable, por los amplios ventanales, a aquel casco viejo de Bilbao, todavía entonces señorial y ajetreado. Su mirada limpia e inteligente se detiene sobre un grupo de hombretones de anchas espaldas, buenos colores y no pequeña nariz que, tocados con la típica chapela vasca, cantan en euskera tras los primeros «chiquitos» de la mañana. Después se pierden por las Siete Calles, consteladas por otras más estrechas, enmarañadas y ensombrecidas por casas altas y negruzcas, situadas en la orilla derecha del río Nervión, en vasco Ibaizábal (río ancho). Éste casi se ve desde el balcón de la casa de Peru (diminutivo vasco de Pedro), con sus aguas verdinegras y el trasiego de las barcazas, el humo de las largas chimeneas y ese aire fabril que todavía, en las luces mágicas de la noche, da a las oscuras casas junto a la ría un neblinoso aspecto de mítica ciudad que palpita en medio de las sombras que trabajan el hierro.

Era época de crecimiento para el viejo Bilbao, que en aquellos comienzos de siglo alcanzaría los ochenta y dos mil habitantes. Comenzaba a ensancharse por la margen izquierda del Nervión y vivía una intensa vida cultural, especialmente polarizada por la música y el deporte, como ha sido siempre tradición en el País Vasco. El Bilbao siderúrgico comenzaba ya a imponerse, de la mano emprendedora de Julio de Lazúrtegui y otros, sobre aquella villa tranquila, lluviosa y chiquita de brumoso sabor romántico.

—¡Y no deis mucha tabarra a la tata, que bastante tiene con ocuparse de los cinco!

Doña Dolores Gondra de Arrupe era una mujer alta y ancha, bondadosa, pero firme, con ojos penetrantes, que vestía de oscuro. Con mucho carácter —cosa que le venía de familia—, pero al mismo tiempo serena y que sabía sonreír.

Había nacido en un caserío de Munguía, hija de don Juan Antonio de Gondra y Urrutia y doña Martina Robles Elorza, que habían tenido seis hijos. Don Juan Antonio, un médico vasco con los sueños puestos en el mar, consiguió que dos de los hermanos de Lola llegaran a ser marinos.

Lola, la madre de Pedrito Arrupe, o Peru, como le llamaban en familia, recordaba aún cómo su padre le mostraba las aspas de San Andrés del escudo de los Gondra, cuando le contaba que sus antepasados habían batallado en Baeza, o cómo le mostraba Torre Villela, llena de sobrio sabor heroico, a cuya historia la familia estaba ligada también por parentesco. Y el elegante gótico vasco de San Pedro, donde fue bautizada y educada en la fe. E incluso aquel «monte Gondra» en las cercanías de la villa, que aún hoy sigue perteneciendo a la familia. Pero, sobre todo, Lola tenía en sus pupilas las landas verdes de Munguía, salpicadas de blancos caseríos, el sosegado caminar de los campesinos, esa forma fuerte y serena de vivir y de creer de un pueblo a la vez soñador, terco y sensible.

Enseguida, Peru bajó las escaleras a saltos, acompañado de sus cuatro hermanas, de mayor a menor: Catalina, Margarita, María e Isabel. Las pequeñas, con su sombrerito redondo y sus cuellos de encaje, parecían recortadas de una postal, mientras reían y gastaban bromas a su revoltoso hermano.

De pronto, se recortó en la puerta la figura imponente de don Marcelino. El padre de las cinco criaturas sonrió:

—Pero, ¿a dónde vais a estas horas?

—A jugar al parque —dijo Catalina, dándole un beso. Don Marcelino se atusó el bien poblado bigote que le cruzaba la cara y miró con cariño a sus hijos. Arquitecto de profesión, era un católico convencido que había intervenido en la fundación de La Gaceta del Norte, junto a otros prestigiosos bilbaínos, como don José María Urquijo y los Basterra. Era, también, natural de Munguía, hijo de Pedro Arrupe Meaurio y su segunda esposa, Inocencia Ugarte Arteche. Venía de una de las tertulias que frecuentaba en la ciudad y soñaba con realizar algún gran proyecto arquitectónico. Además, llenaba lo poco que le quedaba de su tiempo con negocios importantes. Entre ellos, la Sociedad Comanditaria de J. B. Rochet y Cía., para la compra y venta de minerales y explotación de minas. Su mirada era clara, convencida. Su porte, distinguido. Y tenía un no sé qué de orgullo y entereza que se desprendía de su personalidad y contagiaba el ambiente.

—¿Y tú no llevas tu aro, Peru?

Peru confesó que lo había perdido, mientras miraba con admiración a su padre, como gozando de la sensación de seguridad y firmeza que emanaba de aquel hombre entero, de una pieza, noble y firme, a quien tenía cariño y respeto.

 

—¡Por fin un niño!

Don Marcelino acarició la cabecita de su hijo, evocando el día en que éste vino al mundo: el 14 de noviembre de 1907, a las nueve de la mañana. Lola, su mujer, había dado un grito de alegría:

—¡Por fin un niño!

Estaba acabando un año cargado de acontecimientos.

Mientras en España había nacido don Alfonso de Borbón, Gran Bretaña, Rusia y Francia creaban su Triple Entente frente a la Triple Alianza, formada por Alemania, Austria-Hungría e Italia. En Transvaal (Sudáfrica) un oscuro abogado indio, de rostro dulce y mirada penetrante tras unos lentes redondos, llamado Mahatma Gandhi, ponía en marcha el primer movimiento de resistencia pasiva. Algo se movía en el mundo a favor de los derechos humanos. El sufragio femenino era aprobado en Noruega, mientras Vladimir Ilych Lenin se exiliaba de Rusia por segunda vez. En París, George Mélies había tomado conciencia de que el extraño aparato de los hermanos Lumiere era algo más que una curiosidad pública, y daba los primeros pasos en un espectáculo llamado a un gran futuro de arte y de industria. Era el año en que Mahler estrenaba su Octava sinfonía, en que Máximo Gorki ponía cimientos al realismo socialista con su novela La madre y en que Rudyard Kipling, el de «serás un hombre, hijo mío», obtenía el premio Nobel de literatura. En un rincón de Castilla un catedrático de instituto, con aires de hombre sencillo, casi vulgar, se inclinaba taciturno sobre las cuartillas para cantar sus Soledades:

 

Yo voy soñando caminos de la tarde. ¡Las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas!... ¿Adónde el camino irá?

Yo voy cantando, viajero a lo largo del sendero... —la tarde cayendo está—.

En el corazón tenía la espina de una pasión; logré arrancármela un día: ya no siento el corazón.

 

Estaba a punto de terminar un año importante en el piso segundo de la calle de la Pelota nº 7. Nadie sabía que el niño que acababa de nacer daría la vuelta al mundo varias veces, hablaría siete lenguas, mandaría sobre treinta mil hombres, haría suyas las formas de vida de Oriente, abriría una nueva época de compromiso cristiano y llegaría a ser una auténtica explosión dentro de la Iglesia. Nadie sabía entonces quién llegaría a ser Pedro Arrupe Gondra.

Al día siguiente, 15 de noviembre de 1907, Pedro era bautizado en la basílica catedral de Santiago el Mayor, un amplio templo de origen gótico que conserva un claustro del siglo XIV-XV y luce vasto pórtico renacentista, situado a pocos pasos de su casa. Recibió el bautismo de manos del capellán José Gochica, y sus tíos carnales, don Saturnino Gondra, que era marino de guerra, y doña Casta Gondra y Urcallu fueron sus padrinos. Al verter el agua sobre la cabecita de Pedro, don José no sabía, ni podía soñar, que introducía en la comunidad de los creyentes a un ser humano que iba a contagiar el don de la fe a miles de personas. Aquel día en la calle de la Pelota se cantó y bailó hasta tarde, y corrió el vino tanto como la alegría y el buen humor.

 

 

El primer adiós

Lo que don Marcelino no podía barruntar en aquellos momentos era que pronto iba a quedarse solo. Corría el año 1916. Pedrito recordaría años más tarde aquella dura experiencia:

«Tenía ocho años. El sol de agosto inunda a torrentes las calles de Bilbao. Nuestra casa, herméticamente cerrada, ¡tenía un aspecto tan triste! En una habitación ardían seis cirios en derredor de un lecho. Mi padre conmigo, y mis cuatro hermanas rezábamos arrodillados el rosario ante el cadáver aún caliente de mi madre. Era nuestra última reunión de familia.

Alguien se deslizó silenciosamente dentro de la habitación y me dijo en voz baja: "El Padre está ahí y quiere rezar un responso por tu madre." Me levanté... Pero ya la figura del Padre se dibujó en la puerta...

"¡Perico! —me dijo—, has perdido una santa madre" y, señalándome el cuadro de la Virgen de Begoña que presidía la capilla ardiente, añadió: "¡Mira, ahí tienes a tu Madre, más santa aún y que no muere!"... Entonces entendí más profundamente aún que la madre de Dios era mi madre.»

Aquél era el primer jesuita en la vida de Pedro. Se llamaba Ángel Basterra y estaba al frente de la Congregación de María Inmaculada y San Estanislao de Kostka de Bilbao, donde pronto ingresaría el muchacho...

Lo cierto es que entonces la casa se quedó vacía, con el hueco estremecedor que deja una madre para un niño de ocho años. Murió a consecuencia de una operación, durante la cual los pequeños habían sido trasladados a vivir con su hermana Margarita, ya por entonces casada con José Joaquín Sautu. La escena arriba relatada se produjo, pues, cuando Pedrito volvió a su casa y su madre acababa de morir.

Don Marcelino se esforzaba por llenar aquel vacío, pero estaba taciturno y ya le costaba más ser el hombre cordial de siempre. ¡Hasta entonces todo había transcurrido tan felizmente! «Mi familia estaba muy unida —confiesa Arrupe—, era muy tranquila: y patriarcal, tradicionalmente católica. Yo me sentía muy feliz. No había problemas. Íbamos juntos a misa y reinaba una atmósfera de confianza total.» Pero tuvo que pasar tiempo para que don Marcelino volviera a cantar con su magnífica voz de tenor, acompañado del piano. Yeso que Pedro no olvidaría nunca que «su carácter era muy bueno, muy simpático. Era, de temperamento, un animador». Cuando cantaba en la capilla del colegio de los jesuitas de Orduña, los viejos del lugar se acercaban a escucharle.

En la fiesta del Sagrado Corazón, don Marcelino no fallaba ni un solo año a la procesión, con un gran cirio en la mano, seguido de su hijo Peru, orgulloso de llevar también su pequeño cirio. Don Marcelino se refugiaba asimismo en su trabajo, diseñando los planos de muchas casas en Bilbao y la región. Más tarde se convocaría un concurso para construir la torre de Begoña. Don Marcelino puso mucho empeño en aquel proyecto, y elaboró incluso una gran maqueta que después conservaría en su casa. Pero no le concedieron el proyecto y aquello le produjo una seria depresión... Se entregaría desde entonces a sus negocios y a la educación de sus hijos, abandonando por entero su profesión de arquitecto.

Por aquellos años Pedrito ya frecuentaba el colegio de los padres escolapios, situado en la Alameda Recalde, donde había ingresado el 1 de octubre de 1914, es decir, con siete años de edad. «Era muy alegre —recuerda su compañero de colegio José Luis Isasi—, muy abierto y un excelente estudiante. Nuestro curso era de veinticinco a treinta alumnos, de clase media-alta, aunque también había alumnos becados. Los profesores valían, aunque alguno tenía la mano ligera. Éramos — Perico también— muy aficionados al fútbol. Ya se sabe, gritábamos juntos por la calle: "¡Alirón, alirón, el Atleti campeón!" Un muchacho muy normal.»

Sus calificaciones entre 1916 y 1922 son brillantísimas. De veintinueve asignaturas, cuenta con veintitrés sobresalientes, tres notables y cuatro aprobados.

«Era encantador —recuerda su hermana María—. Yo le quería muchísimo. La diferencia de edad era grande. Yo le llevaba unos cuantos años. En casa estábamos locos con él, ya que era el único hermano varón. No era nada "beato". Le gustaba ir a la Congregación. Pero otra cosa, no. De siempre, sacaba unas notas buenísimas. Yo, a veces, le ayudaba a estudiar las lecciones. Cuando se atrancaba en alguna de aquellas tan difíciles del bachillerato, que era terrible, me decía: "Oye, Mari, ¿me podrías ayudar un poco?" Y es que era un chico muy corriente. Bueno y estudioso. De pequeño, mamá solía decir: "Mi hijo será curita"; y él repetía: "Mamá dice que seré curita, pues seré curita." Luego, cuando empezó la carrera de medicina, mi madre ya había muerto. Pero mi padre decía: "Se nos fue el curita por otro camino, se va a hacer curita de cuerpos."»

Cuando llegaban las vacaciones, Pedro y su familia iban habitualmente al pueblo costero de Algorta. Agazapado en una cala recogida y con su iglesia de piedra berroqueña asomada al mar, el pueblo conserva ese encanto inconfundible de la costa vasca: pequeñas embarcaciones de vivos colores, varadas en la playa o balanceándose en aguas del Cantábrico; pescadores tocados de chapela, que cosen sus redes sentados en un poyo; viejos perfiles, inconfundibles del lugar, de vigorosos rostros vascos, que pierden su mirada en el horizonte...

Pedro y sus hermanas se bañaban en la playa; vivían en una de esas recias y oscuras casas de pueblo, encaramadas en una de las estrechas callejuelas que desembocan su íntima tortura en el mar. Y en los largos anocheceres quietos de los días de verano se reunía con sus amigos para jugar a las cartas o cantar, acompañados de una guitarra, viejas canciones vascas, como Maite, Boga, boga, marinero y entrañables zortzikos, que quedarían en su recuerdo, y volvería una y otra vez a cantar durante toda su vida, cuando de allí se alejara, «leguas de tierra, de tierra y mar...».

Mientras tanto, a Pedrito le fue creciendo la nariz, se le ensanchó la frente, se le apepinó un poco la cabeza y comenzó a tener ese aire de chaval vivaracho que le duraría toda la vida. Tenía once años y estudiaba primero de bachillerato, cuando el 29 de marzo de 1918 ingresó en la Congregación Mariana que dirigía el anteriormente citado padre Ángel Basterra, famoso en Bilbao por la gran cantidad de gente joven que pasó por sus manos.

El joven Arrupe vivía entonces en la calle Astarloa nº 7. Cuando comenzó a formar parte de los «kostkas», Ignacio Galdeano era presidente de la Congregación; Carlos Garda Iturri, vicepresidente; Jesús Landa y Mendo, secretario; Guillermo Videgaín Alcorta, vicesecretario y Pedro Ruiz Mendiola, tesorero.

Poco después, Pedro Arrupe Gondra actuaba como prefecto de veladas, y seguidamente fue elevado a la Junta Directiva con el cargo de tesorero. En 1922 era ya vicepresidente, a las órdenes directas de Santiago de Aréchega y L. de Letona.

La Congregación contaba con su pequeño órgano de expresión, titulado Flores y frutos, donde los muchachos hacían sus pinitos literarios. A partir de 1923 Pedro colabora asiduamente en la revista.

Resulta curiosa la alusión a Japón y las misiones, que encontramos en el número de marzo de 1923. Refiriéndose al corazón «tierno y esforzado» de Javier, escribe Pedro Arrupe: «¡Quién lo tuviera... y pudiera hacer tanto bien como él hizo!»

 

Universitario en Madrid

 

1923. A una ventanilla del ferrocarril procedente de Bilbao se asoma el rostro de un guapo muchacho. Boca ancha, labios bien dibujados, mirada clara con un deje de nostalgia, el cabello perfectamente peinado y un nudo de corbata pequeño y apretado sobre la impecable camisa a rayas. Tiene dieciséis años. Tras la ventanilla del tren se despierta ante sus ojos asombrados un Madrid policromo y variopinto: el mozo de estación de grueso bigote y amplio guardapolvos, la cerillera repintada, el guardia civil con aires de grandeza, la sirvienta llena de encajes y el gomoso tras la jovencita que estrena pelo a lo garzón y locuras de los años veinte. Pedro Arrupe, con su maleta en la mano, llena sus pupilas de la belle époque, mientras se encamina a casa de su hermana Margarita, donde transcurriría su primer año de universitario en la capital.

Años del mirador, de las muñecas desflecadas en el sofá, de la pianola y de los bailes en el Ritz, donde nadie se atreve con el tango porque ha sido prohibido por el Arzobispo de París... Cuando los destartalados Ford paseaban por las calles de Madrid como la quintaesencia de la elegancia, con la «carabina» en el asiento de atrás, también llamado el «ahíte-pudras», los bronquios protegidos por una bufanda. La ciudad aún no se ha repuesto del asesinato de Dato, en plena plaza de la Independencia y desde un sidecar. Empezaba a ser peligroso el oficio de Jefe de Gobierno: Prim, Cánovas, Canalejas, y ahora Dato. Las crisis de gobierno se suceden bajo la mirada lánguida de Alfonso XIII, mientras Benavente está a punto de conseguir un premio Nobel con Los intereses creados y Ramón y Cajal por sus descubrimientos científicos. Los madrileños se desternillan de risa con las ocurrencias de don Pedro Muñoz Seca o se encandilan líricamente escuchando las romanzas de Fleta. En Moguer, Juan Ramón Jiménez moja su pluma en una nostalgia de infinito:

 

Cielo, palabra del mar que vamos olvidando tras nosotros.

 

Está a punto de «estallar» la Dictadura. Las tensiones sociales, en sus formas más claramente manifiestas de lucha de clases y pistolerismo en Cataluña, y los problemas de la guerra colonial en África fueron los factores que, junto a la inviabilidad de un sistema político progresivamente cerrado, llevaron a los sectores sociales conservadores a buscar una salida política al margen de la Constitución de 1876. El detonante de la situación fue el problema colonial con el célebremente triste Desastre de Annual, que se cobró casi trece mil muertos. La idea del golpe de Estado flotaba en el ambiente y no la descartaba ni el propio Alfonso XIII. En la noche del 12 al 13 de septiembre de 1923, con la aquiescente pasividad del monarca, Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, segundo marqués de Estella, teniente general del ejército y capitán general de Cataluña, estrenaba dictadura. Aquel mismo año otro general, Francisco Franco) contraía matrimonio con una joven llamada Carmen Polo. En los Estados U nidos hubo relevo de presidente y en Rusia entra en vigor la primera constitución socialista. Más lejos aún, en la legendaria Tokio, una ciudad que por entonces sólo era un nombre para Pedro Arrupe, morían cien mil japoneses víctimas de un terrible terremoto.

«Después de terminar el bachillerato en Bilbao –escribirá más tarde Pedro—, la primera vez que pisé las calles de la Corte experimenté la emoción nueva del que se ve lanzado de repente del seno del santo invernadero de una familia cristianamente austera, al vértigo sin freno de una vida juvenil y de gran urbe; pero, como también en los afectos entra la rutina, muy pronto dejé de sentir esa vibración. Perdió su vigor la Historia de los que ante mí vivieron, para dejar en primer plano mi historia, con una minúscula de intrascendencia, pero "de palpitación propia...

Pedro Arrupe Gondra pasa muchas horas inclinado sobre sus libros. Aunque modestamente escribe: «Yo iba a la facultad de San Carlos para cursar medicina, y estudiaba lo suficiente para poder salir airosamente, pero sin que el esfuerzo fuese de los que matan, el hecho es que los datos demuestran que Pedro, como veremos, era un espléndido estudiante. Del vetusto edificio de San Carlos, en Atocha, se le ve salir sonriente entre el alboroto de los universitarios. Se dirige hacia la Gran Vía, mientras un cielo velazqueño atardece limpiamente entre los abovedados remates de los edificios dieciochescos. En una esquina le espera su amigo Enrique. Enrique, que estudia para ingeniero de minas, tiene un aire jovial y dicharachero.

—¿Qué tal, Enrique?

—¡Uff, tengo que contarte! ¡Menuda se ha armado con el de termodinámica! ¿Y tú?

—Tengo atravesada la anatomía. El catedrático es un hueso de mucho cuidado.

—¿Tú? Anda Perico, si eres un empollón insoportable...

Ambos amigos suben la Gran Vía hasta la calle Pi y Margall nº 7, piso noveno, donde se encuentra la Residencia de Estudiantes Católicos, una versión confesional de «La Casa de la Troya... donde reinaba el jolgorio y al mismo tiempo un ambiente serio de trabajo.

«En Navidades yo me trasladé a la residencia —recuerda Enrique Chacón, el gran amigo de Arrupe en aquella época—. Reinaba un ambiente estupendo. Un porcentaje grande de aquellos cuarenta muchachos, casi todos de Bilbao y algunos catalanes, iban a misa y comulgaban. Conseguimos echar al anterior director, que era un inepto, y que se pusiera al frente don Joaquín Espinosa. Del piso de arriba se encargó el famoso don Marcelino Oreja, diputado en Cortes, gerente de El Debate y que luego moriría asesinado en Mondragón en la revolución de octubre de 1934. Allí estaban con nosotros Corral, Luis Uribe, Artaza, una piña muy simpática de bilbaínos.»

Durante aquellos años, Pedro regresa al País Vasco para pasar sus vacaciones. En uno de aquellos veraneos, recibe una agradable invitación. Un amigo jesuita, el colombiano Juan María Restrepo Jaramillo, que estudiaba teología en Valkemburg (Holanda) iba a ordenarse sacerdote. Juan María había conocido a Pedro en unas vacaciones en Bilbao, durante los años treinta, cuando éste estudiaba aún con los escolapios. Así que pidió a sus padres como regalo de ordenación que, en el viaje desde Colombia, cuando pasaran por España, invitaran a su amigo Perico para que asistiera a su ordenación y primera misa.

La familia colombiana así lo hizo. Compraron un coche en España y llevaron a Pedro aquel verano de viaje por Europa. Pedro se sintió como uno más de la familia y cada noche recibía la bendición del matrimonio Restrepo Jaramillo, como era costumbre en Colombia. Es más, esta familia recuerda que en aquel viaje se apuntó un pequeño romance entre Pedro y una de las hermanas de Juan María, que años más tarde contraería matrimonio con un notable médico colombiano, el doctor Bernal Nichols, de cuya unión nacería Sergio Bernal Restrepo, que más tarde también entraría en la Compañía de Jesús.

 

El primer contacto con la injusticia

 

Enrique y Pedro, junto a otros compañeros, deciden, de nuevo en Madrid, hacerse socios de las Conferencias de San Vicente de Paúl. Con asiduidad, sin fallar ni un solo día, se adentran en el mundo desconocido de los suburbios de la ciudad y entran en contacto con la experiencia de la injusticia. «Aquello —escribe Arrupe—, lo confieso ingenuamente, fue un mundo nuevo para mí. Me encontré con el dolor terrible de la miseria y del abandono. Viudas cargadas de hijos, que pedían pan sin que nadie pudiera dárselo. Enfermos que mendigaban la caridad de una medicina... Y, sobre todo, niños, muchos niños, medio abandonados unos, maltratados otros, insuficientemente vestidos la mayor parte, y habitualmente hambrientos todos.

—¿Qué estás merendando? —le pregunté un día a un rapacillo.

—Nada —me contestó con aplomo mientras mordía con satisfacción un boniato.

—Entonces, ¿qué estás haciendo? —le pregunté sonriendo.

—Desayunar —me respondió con una seriedad que me heló la risa en los labios.

—Pero ¡si son las cuatro de la tarde!

—Ya lo sé, pero es la primera vez que como. Para usted sería la merienda, pero para mí es el desayuno —y en su voz vibró algo que no sé si era ingenuidad forzada o rencor contenido.

—¿Os ha faltado hoy la comida? ¿No trabaja tu padre?

—Nos ha faltado como siempre, pero no más, porque nunca comemos más que una vez y mi padre no trabaja porque no lo tengo.

¡Con qué frialdad hacía el análisis de su miseria y de sus hambres! Como un perro famélico, recorría las calles recogiendo pedazos de pan reseco y sucio y con ellos reforzaba el mísero jornal de su madre viuda y con varios hijos.

Pero hubo otro caso que se me clavó mucho más adentro, porque reflejaba no un dolor aislado, sino una dosificación del mismo, concentrada hasta el extremo.

Ocurrió en Vallecas. Iba con mi buen amigo Enrique y nos embargaba a ambos la emoción nerviosa de lo nuevo. Nos tocaba visitar a una familia desconocida, que por primera vez entraba en los fastos de nuestra vida. Y si es verdad que cuesta mucho mendigar cuando la necesidad obliga, también es duro dar cuando se teme herir con la limosna... Nos acercamos al lugar indicado, pero faltaba precisión a nuestro avance. Para salir de dudas, nos arrimamos. a una viejecita encorvada que trabajaba junto al portal de su casa.

—Usted perdone —le dijimos—, pero ¿sabe dónde vive doña Luisa?...

"y le dimos todos los datos que poco antes nos habían dado a nosotros.

—Pues no faltaba más —nos respondió con satisfacción, y al hacerlo dejó silbar las palabras por el hueco vacío de un diente roto-o "La Luisa" vive en el portalón de ahí enfrente... El de la casa grande. Entren dentro y suban por la escalera de mano izquierda. Es el segundo piso, la habitación nº 10.

—Muchas gracias, con sus indicaciones no me parece que tardaremos mucho en encontrarla.

"Y ya nos retirábamos cuando nos obligó a quedamos, gracias a la facundia con que Dios la dotó.

—Sí, "la Luisa" es muy buena. Y con ella vive "la Luciana", la otra viuda.

-También a ella queremos verla.

—¿Son ustedes de las Conferencias? Sí, no me lo digan, porque lo sé ya. Les he visto tantas veces que a la legua les reconocería. Jesús! ¡Qué guapos mozos están ustedes hechos! —y por sus dientes rotos salió explosivo su piropo octogenario.

—Por Dios, señora, no es para tanto...

"Y sin darle tiempo a continuar analizando nuestro físico, nos despedimos hacia el portal de "la Luisa" y "la Luciana", como así las llamaban.

"Al entrar en aquel portal nos encontramos a un rapacillo que nos dio los últimos datos. Con desparpajo de barrio bajo, no exento de cierto respeto, nos dijo rápidamente:

—Por ahí, señoritos. Arriba, nº 10. Pero cuidado con los escalones porque por el primer rellano hay unos agujeros que, si pisan en ellos, aterrizan abajo.

—Gracias, chavea. Y esto para ti.

Y le alargué un caramelo gigante, que tal vez había salido del mostrador de "La India", famosa pastelería de la que éramos asiduos parroquianos.

 

Empezamos a subir. Oscuras y sucias, daba asco arrimarse a las paredes. La pobreza y el abandono lo dominaban todo. En todo el recorrido no encontramos ni una sola nota de alegría. Al fin llegamos al nº 10. Una puerta baja como todas, y dentro un griterío ensordecedor en el que sobresalía de vez en cuando el timbre destemplado de una voz de mujer.

—Perico, esto parece una grillera —me dijo Enrique escuchando un momento.

—Mientras sea sólo eso, no va mal. Peor será que nos encontremos con una leonera llena de cachorros. Los gritos son de los que hacen época.

Nos decidimos a llamar, y a la tercera vez alguien nos dijo:

—¿Qué pasa?

Nos miramos sin saber qué hacer, porque no nos habían invitado a entrar, y desde el pasillo no nos sentíamos con ganas de empezar a dar explicaciones a través de la puerta.

—No contestes y vamos a llamar otra vez —me dijo Enrique.

Lo hicimos así y nos gritaron desde dentro:

—¡Vamos, hombre! Pero, ¿quién es?

Nos decidimos a dar una explicación gráfica y para ello abrimos la puerta. Todas las miradas se volvieron hacia nosotros y un silencio profundo acogió nuestra entrada. Seis rapaces desmelenados y medio desnudos se dividieron en doble grupo de tres y se replegaron prudentemente hacia las faldas maternas. Las dos mujeres se pusieron de pie y se acercaron hacia nosotros.

Al ver que no éramos de la vecindad, manifestaron una curiosidad evidente, y al enterarse de que éramos' 'de las Conferencias", una alegría justificada.

Empezamos a hablar y el ambiente de desconfianza que había creado el silencio de la gente menuda fue desapareciendo cuando vieron que íbamos en son de paz. Unos buenos puñados de caramelos acabaron por disipar todos los recelos que nuestra presencia había levantado.

El cuarto era espacioso, pero muy viejo y apenas amueblado. Una cama grande con una colcha pobre cubriendo el colchón, una mesa coja que se balanceaba en el centro, varias sillas con un número variable de patas y una estabilidad proporcionada al mismo, y un par de alacenas pobladas de los elementos más heterogéneos.

Nuestras miradas quisieron ser prudentes, pero no supieron cumplir su intento. Por eso, "la Luisa" nos dijo con un gracejo que resultaba heroico en medio de aquella pobreza:

—¿Qué les parece nuestro "palacio"?

—El cuarto es grande —contestó no sé quién de los dos—. No está mal, depende de cómo sea lo demás de la casa.

—¿De qué casa? —preguntó tranquilamente "la Luciana".

—De ésta, de la de ustedes —aclaramos en seguida— Si las otras habitaciones son iguales... no está mal del todo.

—Son tan iguales —volvió a intervenir' 'la Luisa"que son esta misma. Porque aquí, donde ustedes nos ven, comemos y dormimos, y juegan los rapaces, y trabajamos nosotras y nos rompen la cabeza con sus gritos los días de lluvia que no pueden salir. Ya habrán oído el griterío conforme se iban acercando.

—¿Los ocho viven aquí? —preguntamos, sin haber querido preguntar-o ¿Y dónde duermen?

—¿Dónde vamos a dormir?, en la cama.

—¿Los ocho?

—Sí, los ocho.

Nos quedamos en silencio. Aquello parecía un imposible tan claro, que la duda se reflejó en nuestras miradas. Para sacamos de ella, dijo amablemente una de las mujeres:

—Pronto se ve eso. ¡A ver! Todos a la cama y cada cual a su sitio. Que vean estos señores cómo dormís.

Y como una bandada de pájaros salieron corriendo los seis chavales camino de su nido. Un momento después estaban tendidos sobre la colcha raída y de un rosa desvaído que daba angustia con unos manchones negros que le daban vida.

Se habían echado tres con la nuca en la cabecera de la cama, y los otros tres en los pies de la misma. Entre los dos grupos quedaban dos huecos que eran para las madres que habían de dormir completando la formación de sus respectivos hijos.

—¿Qué les parece? Medio equipo de fútbol metido en una estera. Y allí duermen toda la noche sin rebullir y sin despertarse nunca. Nosotras somos las que no podemos hacerla bien porque los críos pesan poco y se nos caen encima del hueco que nuestros cuerpos forman. Mucho molestan, pero como son hijos —terminó con cariño—, todo se les perdona.

Antes de que nosotros nos animásemos a decir nada interesante, intervino la otra mujer.

—Y eso de la cama es lo de menos, porque los chicos al fin y al cabo duermen. Lo peor es lo de la comida. Figúrense ustedes que no tienen las pobres criaturas más que lo que nosotras les podemos dar sin viudedades, sin pensiones y sin más entradas que las de nuestro trabajo. Y como siempre tiene que quedarse alguna de las dos aquí para atender a los críos y a la casa...

—¿Qué comen los chicos? —pregunté con un soplo de voz y unos remordimientos que, sin cesar, me arrastraban hacia los pasteles tantas veces devorados en "La India".

—Pues casi nada. Por la mañana y a la noche una sopa de ajos, con algo de pan si se encuentra. Y al mediodía un plato de alubias o de garbanzos con otro poco de pan.

—Y ¿salen a la calle así, como están ahora?

—¡Claro que sí! ¿Cómo les vamos a comprar abrigos o jerséis? Cuando hiela mucho, procuramos que se estén todo el día en la cama tapados con la única manta que tenemos, pero es difícil. Ya saben ustedes lo que son los chicos.

Seguimos hablando de cosas sin importancia y les dimos nuestra limosna) repartimos más caramelos entre. La gente menuda que nos vitoreaba, y salimos procurando no caemos al piso de abajo por los escalones rotos junto al descansillo. Salimos a la calle y avanzamos un buen trecho sin hablar ninguno de los dos. Yo iba muy impresionado al haber visto tanta miseria, pero me parece que mi amigo Enrique iba todavía más. Al fin le pregunté lentamente.

—Enrique, ¿sabes lo que estoy pensando?

—¿Qué?

—Que nos vamos a quedar sin una cosa.

—¿Qué cosa?

—Dulce con chantilly y emplazamiento oriental.

—¿"La India"?

—La misma. ¿Con qué cara nos gastamos todo el dinero en pasteles? Habrá que hacer un reajuste en el presupuesto. ¿No te parece?

—De acuerdo. ¿Empezamos hoy?

—Como quieras.»

Y Enrique Chacón y Pedro Arrupe apretaban el paso al pasar frente al escaparate de la pastelería «La India», donde la crema chantilly gritaba «cómeme" apetitosamente.

Era la primera evidencia de que el mundo está mal repartido, el primer contacto con una injusticia, que entonces comenzaba a provocar' los primeros brotes revolucionarios y los primeros compromisos cristianos. Entre ellos, el de un hombre de apariencia insignificante que se perdía en el barrio de la Ventilla o Entrevías, un jesuita llamado José María Rubio, ya famoso en aquellos años por su santidad en Madrid.

 

Matrícula en medicina

 

En el piso noveno de Pi y Margall nº 7 reina la agitación. De aquí para allá, con los apuntes en la mano y repitiendo en voz alta, se ve a un estudiante recorrerse mil veces, de arriba abajo, el pasillo. Otro aparece, como alma en pena y «demudada la color» por no haber pegado ojo en toda la noche. Es tiempo de exámenes. En Madrid el clima se ha hecho ya caluroso y se ve a las muchachas en flor coquetear en el Retiro o Rosales, con fondo lejano de algún cuplé picante, cantado por una ama de cría, y el suave runruneo de los barquilleros... «¡Hay agua, azucarillos y aguardiente!» Las tardes se han hecho largas y melancólicas, y el chocolate caliente ha dejado su paso a la dulce frescura de la horchata.

—¿Adónde vas?

—A estudiar.

—¿Dónde?

—Al cuarto de Arrupe.

—¿Por qué?

—Porque allí se aprovecha el tiempo.

En efecto, los compañeros se disputan la compañía de Pedro, aunque cursaran otra carrera o tuvieran que estudiar diferente asignatura. Su cercanía ayuda a estudiar.

Enrique las pasaba mal. Poseía un talento matemático. Pero para estudiar minas tenía que aprenderse de memoria los nombres latinos de todos los fósiles. Sus notas bajaban, y un día le dijo a Pedro:

—Perico, mi padre me va a matar.

—No, Enrique, verás, eso tiene arreglo: vente a mi cuarto a estudiar.

Al poco tiempo, Enrique vio a Pedro por un pasillo y se abalanzó sobre él, agarrándolo por la gargarita:

—¡Me has salvado, Perico! ¡He alcanzado el 19,5!

Otro de los problemas de Enrique es que se le pegaban las sábanas por la mañana. Pedro iba a despertarle y le amenazaba con echarle un jarro de agua por la cabeza.

Y los resultados hablan por sí mismos. El expediente de tres cursos del estudiante de medicina Pedro Arrupe, manoseado y amarillento por el tiempo, no puede ser más brillante: de dieciocho asignaturas cursadas, dieciséis obtuvieron la calificación de sobresaliente, quince de ellas con matrícula de honor.

Y así van transcurriendo sus años de universidad, entre el aula, las horas de estudio y la asiduidad al suburbio. Pedro oye misa y comulga diariamente. Pero es un tipo muy normal y tiene un carácter jovial y alegre. Su amigo Enrique ya se ha echado novia y está a punto de terminar su carrera de ingeniero. Cuando pueden se escapan al teatro, al concierto o a la ópera.

—Perico, hoy canta Fleta El barbero de Sevilla. No hay que perdérselo. ¿Te apuntas a la «claque»?

..Me gustaba mucho el teatro, la música, la ópera. ¡Ah, la ópera!... Hacíamos la "claque", e íbamos a comprar los billetes a un bar donde las sillas eran de metal y los cubiertos estaban atados a las mesas por cadenas... Éramos jóvenes.

Por aquella época debutaba Miguel Fleta. Había sido vendedor de legumbres, que repartía con un burrito por las calles de Zaragoza. Como cantante de ópera, tenía una voz poderosa, terrible, todavía entonces no muy educada. En Madrid tenía un gran éxito y era interrumpido con frecuencia por sus admiradores. De rodillas pedía al público que le dejara continuar... y entonces nosotros le aplaudíamos aún más... Me gustaba Aida, Lohengrin, Thais, El barbero de Sevilla y zarzuelas, como la Teresita, un éxito de entonces.»

A veces, en el séptimo piso hay dificultades. Entre bromas, los estudiantes deciden hacerse independientes. ..Era cuestión de supervivencia alimenticia —recuerda Arrupe—. Tras la verificación de las cuentas de la casa, decidimos cocinar nosotros mismos. Entonces éramos veinticinco... Afortunadamente, la madre de un compañero venía a echarnos una mano. ¡Pero qué follones y discusiones entre nosotros!... Verdaderamente fue un período muy simpático.»

No faltan tampoco las anécdotas y bromas típicas de estudiantes. Por ejemplo, Pedro y sus amigos ataron una de las calaveras que tenían para estudiar anatomía a una cuerda y un palo. Y se dedicaban a asustar a los vecinos de abajo, descolgando el macabro resto humano por la ventana. Hasta que un día el vecino propinó tal estacazo a la calavera con el palo de una escoba que la hizo cisco.

En otra ocasión paseaba Pedro con un compañero de facultad por las calles de Madrid. Delante de ellos renqueaba un señor, abierto de piernas. Ambos estudiantes intentaron diagnosticar la enfermedad. Tras una inútil discusión, decidieron interrogar directamente al enfermo. Éste se volvió no sin cierto mosqueo y respondió:

—¿Tener, tener? Lo que me pasa es que me lo he hecho en los pantalones.

Pero, en medio de aquella vida universitaria, Pedro se interroga: ¿Qué hago yo aquí? "Entonces empecé a preguntarme cada vez con más frecuencia: ¿Para qué he venido yo al mundo? ¿Para vivir unos cuantos años de estéril anonimato y enfrentarme con la otra vida sin haber hecho nada que merezca la pena? Toda la culpa de estos interrogantes que me asediaban la echaba yo, en mi ignorancia de entonces, a aquellos seis golfillos de Vallecas. Si no me hubiera impresionado tanto su pobreza, me repetía siempre, seguiría avanzando feliz en mi carrera universitaria... Más tarde vi que aquellos pobres golfillos de vida dura, llena de cicatrices, no habían hecho más que descorrer ante mis ojos el velo de la ignorancia. Me hicieron pensar. Despertaron ese anhelo de aspiraciones grandes que hasta entonces había arrastrado perdido en la corriente de mi inconsciencia, y me dieron la primera alerta en el camino descuidado de mi vulgaridad.

Fue un beneficio inmenso de Dios. Ni el estudio ni las diversiones pudieron nunca borrar el indeleble trazo afectivo que aquella visita a Vallecas había dejado vigorosamente estampado en mi alma. Estuve a punto de cruzar mi juventud sin saber remontarme a lo alto. Sólo porque Él quiso, pude detener mi marcha para orientarla en una nueva dirección.»

En la calle, Madrid se divertía haciendo cola ante los numerosos estrenos teatrales, participando en el ruidoso carnaval del Paseo de la Castellana o luciendo sus habilidades, con sus vestidos de cintura baja, en la pista de patinaje del Retiro:

Si te vas al Retiro a divertir,

cuidadito con ir a patinar,

porque me han dicho a mí que allí se acaban muchos por casar...

Cuando Pedro regresaba al centro de Madrid, con sus libros bajo el brazo y contemplaba aquel bullanguero espectáculo de los años veinte, su imaginación volvía una y otra vez a las tristes casuchas de Vallecas, la otra cara, la cara dolorida de un mundo injusto.

 

CAPÍTULO 3: DE MÉDICO A JESUITA

 

El bedel de la facultad miró su reloj de bolsillo por encima de las lentes. "Eran las doce del mediodía. Luego, se incorporó y saludó al profesor, doctor Juan Negrín, catedrático de fisiología. Con su cara ancha, sus gafas redondas y el aire de intelectual reconcentrado, nadie diría que aquel profesor socialista, seguidor del partido que había fundado el impresor Pablo Iglesias, entraría a fondo en política y que llegaría a ser Presidente de la República en 1936. El catedrático se dirigió al aula en que aquella mañana le correspondía dar clase.

Un revoloteo de libros y cuadernos, entre risas y voces juveniles, se fue amortiguando con la llegada del profesor. Negrín, antes de acercarse al encerado e iniciar su explicación, miró a los alumnos deteniéndose en una mesa vacía.

—y Pedro Arrupe, ¿dónde está?

La pregunta del profesor que, junto a otros profesores conocidos por su agnosticismo, tenía mucho influjo en la Universidad Central, como los doctores Hernando y Medinabeitia, sembró la extrañeza y algunos cuchicheos en el alumnado. No era normal que un catedrático, y menos Negrín, se fijara en la ausencia de un alumno.

—Ya hace varios días que no veo a Arrupe. ¿Es que ese muchacho va a abandonar los estudios? Sería la mayor equivocación de su vida.

—Está en Bilbao —comentó uno de Sus compañeros más allegados, entre los que se encontraban Valentín Matilla, Enrique Poyuelo y el que con el tiempo llegaría a ser nada menos que premio Nobel de medicina, Severo Ochoa.

 

 

Todo oscuro

Efectivamente, Pedro estaba en Bilbao. Miraba a través de las lágrimas una escena desoladora: sus hermanas, alrededor del lecho de don Marcelino, que se ahogaba debatiéndose entre la vida y la muerte. Por un momento, Pedro se asomó a la ventana. Como otros años, Bilbao preparaba la procesión del Sagrado Corazón. Justo enfrente de su casa se estaba montando un altar y una alfombra de flores.

Se vio de niño con su cirio en la mano, siguiendo a su enorme padre por las calles de Bilbao, sin faltar un año. Las lágrimas volvieron a sus ojos.

«Me asomé un momento a la ventana (escribiría Pedro) y vi al padre Basterra que penetraba en nuestro portal. Bajé precipitadamente a su encuentro.

—¿Cómo está don Marcelino? —me preguntó.

—¡Mal! Ha perdido ya el conocimiento.

—¡Pobre, Perico! ¡Cómo te prueba el Señor!... Pero mira —dijo señalándome la estatua del Corazón de Jesús, que en aquel momento colocaban en el altar de la calle—, ahí tienes a tu verdadero padre, que murió por ti, pero vive siempre a tu lado...

Jesús fue desde entonces mi verdadero padre.

Pero Pedro estaba desolado, con la mirada perdida, y saboreó el sin sentido de la muerte, cuando don Marcelino dio su último suspiro. A los diecinueve años, con toda la vida por delante, se había quedado solo. Margarita, Catalina, María e Isabel le miraban sollozando y se abrazaban a él, como la única esperanza, la única ilusión y soporte de la familia. Entonces sintió cómo se le nublaba la vista y ya no veía nada: San Carlos, los libros, la fisiología, las correrías con Enrique por los suburbios de Madrid. . Sólo sentía dentro de sí un vacío al recorrer aquella casa, donde los muebles, los pasillos, el reloj de pared, las fotos silenciosas parecían temblar con sonrisas viejas que nunca volverían a la vida. Vio a su madre, como antaño, trajinando en la cocina. Y a don Marcelino volver del trabajo con La Gaceta en la mano, preguntando: «¿Qué hay, Peru, cómo ha ido hoy el colegio?»El mundo era como un inmenso agujero oscuro, tras el que sólo se presiente una titilante luz...

«Aquel estado psicológico de resaca interior, que ninguno de mis compañeros conocía ni sospechaba en mí, sólo tuvo un momento de embotamiento. Un día triste, que recordaré siempre con el dolor hondo de la pena más grande, mi padre nos dejó para volar a Dios. Fueron unos momentos de sollozante angustia, mitigada tan sólo por la caricia dulce de la fe.

Solamente entonces, cuando el dolor cayó sobre mí con todo el peso de aquel desgarramiento, se me olvidó el interrogante que desde hacía tiempo me acosaba. ¿Qué me importa, pensaba, venir al mundo para una cosa u otra? ¿Qué me importa lo que he de hacer en él?

Sin embargo, cuando pasados los primeros meses la vida siguió su curso normal, me di cuenta de que despacio, muy despacio, iba volviendo de nuevo a mirar la vida como antes. Dudas, alegrías y preocupaciones, todo el caudal íntimo de mi juventud volvía a vibrar con los ecos de una voz amiga que, en mis días de luto, creí haber olvidado para siempre.

Pasados los primeros días de luto, decidimos marcharnos todos a algún lugar tranquilo en el que poder pasar, sin molestias, aquel primer verano en que no había de acompañarnos nuestro padre.

Después de una madura deliberación habíamos optado por ir a Lourdes durante un mes, con lo que descartábamos la parte más animada en las tierras norteñas del Cantábrico.

Un día de julio, tristemente envueltos en las brumas de aquel mar que era tan nuestro, cogimos el tren para cruzar la frontera de Irún. Estaba dando un nuevo paso hacia lo desconocido.»

 

Milagro por dentro

 

Gimoteaba el tren al adentrarse por los valles verdes de Lourdes. Por la ventanilla, junto con el vapor blanco del ferrocarril, entraba un frescor limpio de montaña. A lo lejos se divisaban las primeras torres. Pedro sintió un estremecimiento, y, sonriendo, exclamó mirando a sus hermanas:

—¡Lourdes!

Sintió dentro una vaga ilusión, como un presentimiento. «Llegué a Lourdes con mucha curiosidad. No sabía lo que iba a encontrar allí, y precisamente esa ignorancia era la que me hacía mirar aquel mes que me esperaba con cierta ilusión pero con un "como presentimiento" que yo mismo no podía definir...

Pedro y sus hermanas se abren paso entre camilleros, boy scouts, religiosos y peregrinos, que inundan la estación. En una primera impresión, mientras atraviesa las calles del pueblo, flanqueadas de hoteles y comercios, Pedro mira hacia todos lados y no sabe a qué atenerse: ¿Qué es aquello, un centro de peregrinaciones o un negocio? Mecheros, navajas, camisetas... todo se vende y se compra con el nombre de Lourdes. Hasta el agua milagrosa.

Pero cuando a lo lejos descubre las torres de Lourdes y se adentra en la explanada, siente algo muy especial:

«Si María no hubiera venido a Lourdes, no sería más que un pueblo más, perdido en el anonimato y en el quietismo retirado del Pirineo."

Frente al templo, mansamente, con un suave rumor, corre el río Gave, sin pretensiones, recordando que allí todo fue primero pequeño y silencioso... Poco más allá, la cueva, como acurrucada en la montaña, conserva por encima de mercachifles y turismo religioso un silencio en el que todo se olvida y hasta se escucha el rumor del agua.

«Una de las primeras cosas que conseguí –cuenta Pedro—, .a pesar de no tener terminada mi carrera de médico, fue que me otorgasen un carné especial para poder estudiar de cerca a los enfermos que, por medio de la Virgen, buscaban su curación, o a los que, después de sanar menos repentinamente, testimoniaban con su salud que habían recibido la gracia del milagro.

Me alegré de poder asistir de cerca en el Bureau de constatation a la comprobación de los milagros, si los hubiese. Había oído tantas veces a algunos de mis profesores de San Carlos despotricar contra las "supercherías" de Lourdes...»

Y Pedro tiene la fortuna de ser testigo de excepción de tres supuestos milagros en aquel mes de julio de 1927. Oigámosle narrar a él mismo:

«El primer caso extraordinario fue el de una religiosa, joven todavía, que se encontraba en un estado sin solución humana. Presa del mal de Pott, tenía tuberculosis en la espina dorsal, con un par de vértebras comidas ya por el pus. Hacía ya tiempo que un chaleco de yeso le aprisionaba medio cuerpo, al mismo tiempo que una parálisis la inmovilizaba casi por completo.

Con qué resignación llevaba sus sufrimientos. Ni una queja, ni una palabra violenta para los que le hacían sufrir involuntariamente con sus atenciones médicas. Para todos una sonrisa, un gesto cariñoso con los ojos y unas palabras difícilmente resbaladas por entre los labios sin movimiento.

"Un día tuvo la dicha de que la llevasen a la gran explanada que se abre ante la Basílica para recibir en ella la bendición...

Se abrieron las puertas del templo y la procesión se dirigió hacia la explanada. El rosario se dejó oír en un murmullo... Y en medio de un himno de avemarías pronunciadas en incontables lenguas, los gritos de los enfermos repitiendo la misma frase: "Nuestra Señora de Lourdes, ten piedad de nosotros"...

"EI Santísimo iba avanzando muy despacio... Un obispo iba bendiciendo con la custodia que se recortaba en el reflejo del sol de agosto, como una cruz.

"En un momento solemne, en que la procesión continuaba su lento y doliente paso, se encontraron frente a frente, Jesucristo, el mismo de la eucaristía y Jerusalén, y la monja paralítica... Yo no sé cómo se miraron, pero hubo entre ellos un contacto de amor...

Fue algo instantáneo. Dando un grito, se puso en pie sobre su camilla, extendió sus brazos hacia la Eucaristía y cayó rodando de rodillas.

—¡Estoy curada! —pudo decir tan sólo.

Y como un amplificador inmenso que recogiese su voz, el pueblo entero repitió:

—Le miracle!

Días más tarde tuve ocasión de contemplar a otra enferma curada milagrosamente.

Había nacido en Bruselas. Llegó a los setenta y cinco años en un estado de salud que prometía un pronto desenlace. Con un cáncer terrible en el estómago, los médicos le hicieron la laparotomía explorada, en un último esfuerzo para salvada, pero tuvieron que reconocer la imposibilidad de logrado.

Para preparada a bien morir, le indicaron la gravedad de su mal... Era tan poco lo que, a juicio de todos los facultativos, le quedaba, que retrasar esas medidas esenciales hubiera constituido un crimen.

—¿No hay remedio? —preguntó la enferma con voz desfallecida.

—Desgraciadamente, no. Solamente un milagro puede salvada.

Se quedó un momento silenciosa. Se reconcentró en sí misma y con una fe y una naturalidad que dejó a todos admirados, insinuó suavemente:

—¿Y por qué no nos ponemos en condiciones de que se haga un milagro?

Sus palabras fueron acogidas con un silencio de incertidumbre y de temor. ¿Se habría vuelto loca por el miedo a la muerte que la acechaba?

—Si voy a Lourdes, puedo curarme —continuó para ser más explícita.

Los médicos se miraron y en un gesto unánime dieron la respuesta de su consulta muda.

—Imposible, señora. Ir a Lourdes en sus condiciones es apresurar la muerte de una manera cierta. Dada su debilidad y su estado general, es imposible que pueda hacer un viaje que le exige atravesar toda Francia.

Con todo, a pesar de la oposición formal de los facultativos, la anciana no se dejó convencer.

—y ¿qué más me da morirme en el camino dentro de una semana que aquí dentro de un mes? Prefiero exponerme a perder una quincena ante la posibilidad de ganar varios años. Porque estoy segura de que la Virgen puede curarme si es que me conviene.

Al día siguiente se puso en marcha. La trasladaron con todo cuidado y llegó a Lourdes, exhausta, pero viva.

En la primera procesión que se celebró después de su llegada, la colocaron con los demás enfermos para recibir la mirada del Señor. En medio de un silencio roto de plegarias, pasó ante ella Cristo..., sin hacer el milagro.

Sin embargo, aquella mujer era como la cananea o el centurión del Evangelio, creyente con esa fe que mueve los montes y arranca de Dios cuanto desea.

Con una seguridad absoluta de que sería curada, se la llevaron a bañarse a la piscina de agua milagrosa.

Cuando salió, tampoco experimentó el menor cambio inmediato, pero, al llegar al hospital en que se encontraba, sintió hambre.

Comió, y no experimentó la menor molestia. Horas después volvió a sentir un apetito inexplicable en su estado de gravedad, y volvió a comer, cada vez cosas más sólidas, sin dificultad ninguna en la digestión y asimilándolo todo perfectamente.

A los tres días se paseaba por Lourdes, con una salud perfecta, y con un milagro reconocido por los peritos como indudable. Explorada con los rayos X, en su estómago no había el menor rastro del cáncer que la había aquejado, y su organismo se hallaba repuesto sin la menor señal de su enfermedad anterior.

Su fe ciega había sido correspondida.

El tercer milagro que vi quiero anotado también porque está revestido de algunos detalles de especial curiosidad.

Hubo una concentración de peregrinaciones, con grupos gigantescos de innumerables pueblos, se formó un bloque inmenso de unos doce mil creyentes, que se concentraron en la gran explanada para una apoteósica manifestación de fe.

Aunque en los días que llevábamos allí habíamos asistido a muchas procesiones, el número desusado de aquella ocasión nos atrajo irresistible mente hacia la Basílica.

"En el camino nos íbamos tropezando con peregrinos y enfermos que acudían ilusionados a ocupar cada uno su lugar correspondiente. Al cruzar la calle, recuerdo que me dijo una de mis hermanas:

—Mira cómo va ese pobre chico en su carricoche. »Seguí la indicación que me hacía y vi, en efecto, a un muchacho de unos veinte años, con ese desgarbado ostracismo de los que padecen parálisis infantil, conducido por una enfermera uniformada.

Su aspecto era realmente impresionante por lo derrotado que parecía. Junto a él iba una mujer enlutada, probablemente su madre, con rostro ajado, más por los sufrimientos que por la edad. ¡Dios sabe desde cuándo y con qué fe estaría pidiendo el milagro!

La riada, cada vez más compacta, conforme la multitud iba confluyendo en las proximidades de la explanada, se interpuso entre el enfermo y nosotros, separándonos de momento. Durante la procesión, la Eucaristía pasó bendiciendo junto a aquel muchacho, y en el momento de terminar el sacerdote su cruz ritual, se levantó del carricoche dando un grito emocionado, que halló un eco instantáneo en el tradicional ''Le miracle, le miracle!”

Inmediatamente, antes de que la multitud entusiasmada pudiera acercarse, los camilleros formaron ante él una doble barrera humana con sus breteles.

Conseguir que no le aplastaran en la violenta emoción que conmocionó a las masas fue un segundo milagro que le salvó la vida. Porque todos querían tocarle y preguntarle mil cosas...

Gracias a mi carné de médico tuve ocasión de contemplarle de cerca cuando le estaban haciendo el reconocimiento oficial para atestiguar la realidad del milagro. Era un caso evidente que no admitía la menor sombra de duda ni el menor asomo de discusión.»

Hasta aquí sus apuntes. La experiencia no era la de cualquier cristiano en busca de prodigios. Pedro era un avanzado estudiante de medicina con brillantes notas, cuyas lecturas y aficiones, más que centrarse en la literatura, se dirigían sobre todo a los temas científicos: «Me inclinaba a la lectura de obras científicas sobre física, química, medicina, psicología; especialmente cuanto se refería a la nueva química en función de la terapéutica (de ahí mi premio extraordinario .»

Pedro no olvidaría aquella experiencia. Junto al silencio sobrecogedor de la gruta y el suave murmullo del Gave, Dios le había hablado sobrecogedoramente. Aquel verano del 26 se quedaría grabado en su imaginación y en su alma:

El contraste era fuerte. Junto al ambiente de la Universidad Central de Madrid, donde los profesores presumían de empirismo y hacían alardes de irreligiosidad en nombre de la ciencia, el Dios de los pequeños, el Jesús amigo de los pobres y marginados, el mismo que le habló a través de los desarrapados de Vallecas, reaparecía curando, a unos enfermos incurables, por su fe. Era como si el propio Jesús pasase.

Cuando Pedro volvió a coger el tren que le devolvía a Bilbao, sus hermanas le vieron con la mirada perdida en los campos que iba dejando tras de sí la ventanilla. Eran sus primeras meditaciones. Algo de su corazón se había quedado en aquel temblor misterioso de un aire distinto, el aire de Lourdes.

«Sentí a Dios tan cerca en sus milagros que me arrastró violentamente tras de sí. Y lo vi tan cerca de los que sufren, de los que lloran, de los que naufragan en esta vida de desamparo, que se encendió en mí el deseo ardiente de imitarle en esta voluntaria proximidad a los desechos del mundo, que la sociedad desprecia porque ni siquiera sospecha que hay un alma vibrando bajo tanto dolor.

Mis inquietudes de antaño, aquellas que nacieron cuando los golfillos de Vallecas me dijeron con su miseria que había en el mundo muchas tristezas que consolar, encontraron el cauce de una vocación mucho más sublime que la hasta entonces soñada.»

 

La decisión

 

Tras aquellas vacaciones, Madrid parecía distinto. Pedro volvía a la gran ciudad con una nueva sensación de orfandad. Ya no le quedaban raíces tras la muerte de su padre; y, al mismo tiempo, estaba con las pupilas llenas de aquellos seres humanos que habían reencontrado la vida en Lourdes. Por las calles de Madrid todo parecía igual: el portero barría la acera regularmente, la vecina del quinto salía a la compra y el parroquiano de grueso bigote leía el periódico en la misma mesa del bar, mientras se tomaba un café. Pero Pedro no era el mismo. Dentro de él lentamente estaba comenzando a fraguarse una decisión.

Enrique lo notó enseguida.

—¿Qué te pasa, Perico?

—Ya sabes, cosas mías. Te conté lo de Lourdes. Estoy pensando qué hacer con mi vida. Y tú, ¿cuándo te casas?

Ya te queda poco para terminar...

—No sé, pronto.

La decisión fue tomando cuerpo en el interior de Pedro y con el tiempo algunos compañeros se enteraron de que pensaba hacerse jesuita, lo que se corrió también por la facultad de San Carlos.

Se comentó al respecto que aquel año Pedro Arrupe se quedaría sin el premio de quinientas pesetas —importante cantidad para la época— que le correspondía como mejor estudiante de medicina. Al convertirse en novicio no caería demasiado bien en el ambiente anticlerical de la Universidad.

Don Marcelino Oreja se enteró y un día comentó indignado en la residencia de estudiantes:

—Nos costará dos mil pesetas, si hace falta. Pero a Arrupe le darán las quinientas.

Aquella Navidad Pedro viajó a Bilbao decidido a hacerse jesuita.

«Mi decisión —comentaría con los años— se fue fraguando de una manera que hoy resulta imposible precisar con exactitud. Fue lenta, fue fruto maduro de una evolución que iba madurando impresiones pasadas. Por eso no puedo señalar el último instante que viví sin vocación y el primero que sentí tenerla. Lo más que puedo perfilar, en deseo de exactitudes, es que durante una "época" determinada no la tuve, y que al llegar a otra, amplia y sin límites fijos, experimenté la certeza absoluta de tenerla.

..Cuando volví a Madrid, los libros se caían de mis manos: aquellas clases, aquellas experiencias que me entusiasmaban antes, me parecían tan vacías... Mis compañeros me preguntaban: "¿Qué te pasa este año? Estás como ido..." Sí, yo estaba como "ido" con un recuerdo fijo en el pensamiento que me desconcertaba cada día más: aquella imagen de la custodia bendiciendo y la del muchacho lanzándose desde su silla de ruedas permanecían en mi memoria y en mi corazón."

No olvidaría aquellas palabras del padre Laburu, el famoso predicador:

—Perico: ya hace mucho que deberías estar en la Compañía.

Antes de llegar a Bilbao, Pedro se detuvo en Loyola para gestionar su ingreso. No encontró especial dificultad y cuando llegó a la ciudad, ya tenía hecha la solicitud y había conversado con los examinadores de la orden ignaciana. Podía, pues, ingresar en los próximos días.

Maleta en mano, Pedro se dirigió a casa de sus hermanas. Sabía que era libre. Al haber muerto sus padres no necesitaba pedir a nadie su consentimiento para entrar en el noviciado. Pero, ¿qué hacer? ¿cómo decírselo a sus hermanas? Él era el único hombre de la casa. «No diré nada para no estropearles las Navidades —se dijo-o Solamente en cuanto tenga el equipaje preparado y cuando ellas se crean que me vuelvo a Madrid, les contaré todo.»

Por aquellos días, en Vitoria, Enrique Chacón recibía la siguiente carta firmada por Pedro Arrupe de su puño y letra:

«Bilbao, 29 de diciembre

Oh mío caro Enrique:

Con gran sorpresa recibí tu .carta, ya que tienes en mi concepto muy bien ganada una reputación un tantico dudosa en cuanto a correspondencia; así que procuro a vuelta de correo contestarte y desearte tanto a ti como a tu familia unas felices Pascuas así como una más feliz aún entrada y salida de año.

Veo que estás con una cierta curiosidad para saber qué 'ha sido de mis resoluciones de que con-tanta seriedad te había hablado en los últimos días de nuestra estancia en Madrid. Voy a procurar calmártela, diciéndote que, siguiendo en ellas, estoy ya admitido en la Compañía de Jesús y que, D.M., hacia el 10 de enero ingresaré en el noviciado de la misma.

Todavía aquí no lo saben más que los padres que me han dirigido y Tomás. Así que, como ves, es todavía un riguroso secreto que, si a ti te lo he confiado, es por la confianza que tu manera de ser ha sabido inspirarme. Así que en ésta como en las demás ocasiones espero que no me he de llevar un petardo. Comprenderás perfectamente el porqué de este secreto, pues fácilmente caerás en la cuenta de lo extraordinariamente molestos que tienen que ser las preguntas y comentarios: Me han dicho que te vas de jesuita. ¿Y cuándo? Pero, hombre, qué ocurrencia, etc..

Puesto que has matriculado tu coche, espero verte en Bilbao sin perjuicio de que yo vaya a Vitoria antes o después. Tú no dejes de avisarme hacia cuándo esperas venir para que combinemos el plan.

A Lolita la veo casi todos los días y ni qué decir tiene que me acuerdo de ti y DE LO DICHOSO QUE SERÍAS VIÉNDOLA EN CARNE Y HUESO, cuando tan emocionado te ponías cuando la veías en foto. Tengo un magnífico "informe" que espero que te agrade mucho. Pero yo, en mi concepto, que te decía, en cuanto a lo físico no ha cambiado un ápice.

¿Qué se ha hecho del resto de los vitorianos? ¿Qué tal le han sentado a Buesa los Ejercicios? ¿Y los granos de Garay? ¿Y Lucio?

Contéstame pronto pues tengo ganas de saber noticias de los residentes y quisiera cuando vaya a ésa, si es que voy, estuviesen todos.

Como espero verte pronto, termino deseándote a ti y a toda tu familia un próspero año nuevo.

Tu amigo, Pedro de Arrupe.»

 

Pedro cumplió su propósito. Aquella Navidad estuvo tan sonriente y simpático como siempre, intentando hacer olvidar a sus hermanas la ausencia de su padre. Hasta que soltó el mazazo. Eran sobre las diez de la noche de un día inolvidable del mes de enero de 1927.

—He pensado ir a Loyola.

—¡Qué ocurrencia, Peru! Ahora que estamos de luto irte de viaje.

—Será un viaje especial —replicó Pedro-; un viaje sin vuelta.

Sus hermanas quedaron petrificadas.

—Pero, Peru, ¿y tu carrera?

—No puedo remediarlo, es algo superior a mí.

Las mujeres lloraron desconsoladamente. Después, mirándole a los ojos, una de ellas exclamó:

—Vete, Pedro, si lo ves claro. Sin duda ha sido una gracia obtenida por la muerte de papá.

Ninguno de los cinco hermanos durmió aquella noche.

«Fueron momentos muy duros —escribe Arrupe—. Mucho lloraron, porque la separación era muy dura. Pero no tengo que reprocharles ni el menor esfuerzo por retenerme en contra de una voluntad que era claramente de Dios. Sacrificio y generosidad que nunca agradeceré bastante. No creo que mi dolor fuera menor que el de ellas. Con una entereza que Dios quiso darme en aquel momento, pero que apenas podía yo reconocer como mía, les di el último abrazo, intentando sonreír para no aumentar su angustia con la que yo sentía.»

De la normalidad de Arrupe es un índice el que nadie esperara que se fuera a «meter cura». Incluso la víspera de su partida se fue al cine a ver una película, como si tal cosa.

 

Camino de Loyola

 

El húmedo verdor del paisaje vasco, que se iba haciendo más umbrío e intenso al hundirse en el valle de Azpeitia, se le metió en los ojos. El autobús renqueaba en las curvas y a veces tenía que pararse para dar paso a otros vehículos que cruzaban en dirección contraria por las estrechas carreteras. Una señora con gallinas, un par de arrieros, un tipo con cara de representante, iban bajándose en las diversas paradas. El mundo se había convertido para Pedro en una única ilusión: entrar cuanto antes en la Compañía. Al poco rato, comentó a su cuñado Sautu, que le acompañaba:

—Mira, ya estamos en Lóyola.

Con un fondo de montañas onduladas, la basílica de Loyola se recortaba en medio del valle recostado en una variada gama de verdes. Un paisaje, salpicado de caseríos, arboledas y conventos. Pedro pensó enseguida en aquel otro vasco que habitó aquellas tierras: Íñigo de Loyola. E imaginó aquella visión sin cúpulas ni torres, con la casa solariega desnuda, desde una de cuyas ventanas Íñigo miraba las estrellas saboreando las heroicas gestas de los santos y comparándolas en su interior con el gusto acre y triste que le dejaban las otras hazañas mundanas de los caballeros.

Subió la escalinata semicircular de mármol. Pedro se encontró enseguida en un pequeño patio interior, fresco y algo oscuro, con un monumento escultórico a la derecha que representa el traslado de San Ignacio, herido de bala en Pamplona. Se abrió una pequeña puerta del gran portalón de madera. Un pequeño y pálido hermano portero le preguntó:

—¿Qué desea?

—Me llamo Pedro Arrupe y vengo a entrar en el noviciado. Pedro y su cuñado fueron conducidos al maestro, padre Martín de Garmendia.

—Bienvenido al noviciado, Pedro. Supongo que habrá traído usted los documentos...

—Sí, aquí tiene.

Pedro tendió al jesuita la partida de bautismo y otros papeles.

—Pero aquí falta algo. Usted no trae las testimoniales del señor obispo...

—¿No podríamos pedirlas a Bilbao? —terció Sautu.

—No, de ninguna manera —explicó el maestro, que no debía ser demasiado tolerante-o Se trata de un requisito indispensable. Sin él no puede entrar en el noviciado.

—Bueno, Perico, pues tendremos que volvernos a Bilbao.

—No, vuélvete tú —respondió Pedro-o Yo me quedaré esperando las testimoniales.

—Pero, ¿dónde?

—En el hotel Loyola.

Y allí estuvo Pedro esperando quince días a que viniera el documento del obispado. Era un rasgo típico, que definiría su carácter toda la vida. Cuando daba un paso adelante, nada ni nadie le hacía retroceder.

En Madrid, el profesor Negrín estaba revisando las becas de estudios que debería firmar. A pesar de su expediente brillantísimo, al llegar a la correspondiente a Pedro Arrupe, exclamó:

—¡No, no la firmo!

—Pero, ¿por qué, doctor Negrín ¿Le ha sentado a usted mal que se haya metido a jesuita?

—Bueno, no exactamente eso... ¡Es una barbaridad que ese muchacho haya dejado la carrera! La medicina va a perder a un gran profesional...

Y ni corto ni perezoso escribió una carta a Bilbao advirtiendo a sus hermanas sobre el disparate que hacían al consentir que Pedro abandonase una carrera en la que llegaría a ser una gran figura. Con todo, Negrín acabó firmando.

Cuando, más tarde, el famoso médico socialista y agnóstico acudió a Loyola y visitó a Pedro, le confesó:

—Pedro, he venido para darte una explicación. Pretendía quitarte el premio extraordinario para tentarte, para que dejaras la vida religiosa y volvieras a la medicina. ¡Me caes muy simpático!

Pedro entonces le dedicó una de sus más espectaculares sonrisas. Negrín le dio un abrazo. Con el umbroso valle de Azpeitia como fondo y bajo la mirada de Ignacio de Loyola, nadie sabía que estaban abrazándose el futuro presidente del Gobierno de la República Española y el futuro General de la Compañía de Jesús. Entonces sólo eran un profesor y un ex alumno que se miraban con simpatía.

CAPÍTULO 4: RENACER EN LOYOLA

 

La campana rodó con aires de inoportuna sorpresa mañanera por el largo dormitorio, dividido en pequeñas cámaras con cortinas en vez de puertas. Ligero de sueño, Pedro saltó de la cama pronunciando el Hoc signum «“Ésta es la señal del gran Rey...), hizo la señal de la cruz y tras balbucir una oración, se lavó en el pequeño palanganero que había en un rincón. Junto a la cama estaba la «carpeta", una especie de pupitre con media docena de libros «reglamentarios», los así denominados «libros de carpeta" que, junto a una silla, una percha, una escoba y un crucifijo, eran todo su ajuar.

Pedro intentó hacer todo con perfección, incluso la sencilla operación de enfundarse su flamante sotana de novicio, conforme enseñaban las Prácticas de Villagarcía, el famoso noviciado castellano que había hecho escuela en las costumbres de los alevines de jesuita, y que su «ángel" Manuel López Uralde —un novicio de segundo curso, que curiosamente más tarde le acompañaría durante muchos años— le había ido explicando cuidadosamente.

Todo discurría matemáticamente: la oración, los exámenes de conciencia, los brevísimos llamados «tiempos libres", los trabajos en aquella huerta que olía a hierba húmeda y donde se podía disfrutar de unas «sangrantes" puestas de sol tras las serenas colinas verdes y sembradas de caseríos. A veces Pedro se quedaba contemplando el pequeño y serpenteante río que, entre la arboleda, aliviaba las tierras de labrantío sembradas de alubias y maizales, o la carretera que se perdía conversando con el río en una curva del fondo del valle.

Todo era como un reloj: el tiempo de barrer, de oficios en la cocina, de lectura, de plática, de recreo... Después de unos días de postulantado había cambiado su traje de paisano por la sotana y entraba en una forma de vida, muy de la época, chocante en las formas, pero llena de contenido interior.

Aprendió a bajar la vista y escuchar la voz de su Dios desde el fondo de sí mismo. Se adentró en el apasionante camino de los Ejercicios de San Ignacio, entrenándose en «discernir espíritus», en distinguir consolaciones de desolaciones y en vivir «como si presente me hallase» en los paisajes y con los personajes del Evangelio. De modo que Jesús comenzó a hacérsele familiar por su forma de andar, el tono de su voz y, sobre todo, por su estilo de vida: un rey pobre y cercano que le llamaba a una conquista distinta, codo con codo, por el contradictorio camino de la vida...

 

 

El maestro: un vasco enjuto

Arrupe congenió bien con su maestro desde el primer momento, figura clave en el noviciado, ya que todo absolutamente, desde el régimen y el horario hasta la vida espiritual de cada novicio, dependía de él.

Un connovicio de Pedro, Xavier de Liédena, describe así al padre Martín de Garmendia:

«No tardamos en llegar a una puerta con cancela y en el interior de la misma y a media altura vi una tablilla donde se leía: "R.P. Maestro." Cuando mi "ángel" llamó con los nudillos en la puerta, se oyó en el interior una voz un tanto gangosa que contestó: "Adelante." Sentí una contracción en el estómago que casi me paralizó: pero ya la puerta estaba franqueada y a la misma se asomó una figura ascética que me recibió con un saludo relativamente acogedor:

—¡Carísimo! —y me tendió una huesuda mano que yo besé respetuosamente.

—Buenos días, padre.

—Buenos días, hermano Xavier. Pase, siéntese –y mientras yo lo hacía en una sencilla silla de paja, él tomaba asiento en otra no menos sencilla tras una mesa de escritorio-o ¡Vamos a ver si nos llega otro Francisco Xavier!

Y se frotaba las manos y sonreía con una sonrisa entre severa y dulce al mismo tiempo.»

[... ]

«El padre maestro era alto, figura seca, con pelo entrecano y bastante abundante para su edad y sin peinado definido, de tez rosada y magra, con una nariz aguileña sobre la que descansaban en desequilibrio unas gafas de montura metálica que velaban unos ojos despiertos pero que tendían constantemente a mirar sobre la carpeta de la mesa: bajo su sotana podía adivinarse un bien formado esqueleto escasamente forrado de carne. Tanto por la pronunciación del castellano como por el refrán descriptivo que dice "nariz larga y poco culo, vasco seguro", bien se echaba de ver que el padre maestro era de la tierra vascongada.»

 

El disco de Arrupe

 

Pedro se identificó rápidamente con su maestro y con la vida de aquel viejo caserón. Sin perder nunca su jovialidad y alegría, encontraba, en el estricto horario de noviciado, tiempo para hacer más oración. «Ya por entonces hacía dos horas de oración. Tenía un conjunto de cualidades muy grande para unir lo natural y lo sobrenatural, la alegría y la virtud religiosa.»

Uralde le sorprendió un día leyendo en la capilla un devocionario especial, el del Espíritu Santo, lo que suponía que había llegado ya con cierta iniciación al noviciado.

—¿Usted le reza? —le preguntó López Uralde.

—Claro, ¡es estupendo! —le respondió sin dudar Arrupe.

Arrupe, López Uralde y Arístegui formaban una terna de novicios que se llevaban bien. Salían una vez al mes de paseo a lo que se llamaban las «matinales». Aquel partir con el despertar recién estrenado de los colores, cuando se despereza el caracol, los jilgueros saludan al aire limpio y sube un vaho «a nuevo» desde la hierba fresca del valle de Loyola, abriéndose a las primeras luces, les llenaba el alma. La meditación se hacía durante el largo paseo, sólo interrumpido por el tímido agur de algún cashero que iniciara a esas horas las faenas del campo.

«Y después de la misa, como conocíamos todas las fuentes de los contornos, que no eran pocas, escogíamos una —cuenta Xavier de Liédena— y a su acariciante frescura nos acomodábamos todos los novicios buscando la sombra de nogales, encinas y manzanos. De nuestros bolsillos sacábamos el abundante condumio y en paz y gracia de Dios, celebrando las ocurrencias de unos y otros, pasábamos unas horas deliciosas.»

Un tema frecuente de las conversaciones de Arrupe era la devoción al Corazón de Jesús, algo que a través de los tiempos conservaría siempre sin pretender imponerla.

En este sentido se llegó a hacer famoso El disco de Arrupe. Se trataba de un pequeño fascículo, donde Arrupe había sintetizado algunas cosas sobre el Corazón de Jesucristo y la forma de practicar su devoción. El disco de Arrupe corría de mano en mano en copias hechas a máquina y en formato de octavilla.

 

 

 

El oficio de «ángel»

 

En su segundo año de noviciado Pedro fue enseguida designado por el maestro «ángel» o encargado de los que acababan de ingresar. Benjamín de Mendiburo cuenta así su experiencia:

«Tuve el privilegio de tener como "ángel" del noviciado al hermano Arrupe. Entramos en el noviciado de Loyola dos hermanos gemelos; y el padre Garmendia, nuestro maestro, nos confió a los dos a los cuidados del hermano Arrupe. Ya desde entonces tengo un recuerdo estupendo de él. Lo considero como un verdadero santo. Como el padre maestro le apreciaba mucho, fueron unos veinte los novicios de los que fue "ángel". Cuando yo entré, éramos los "primerines" un grupo de unos dieciocho y el hermano Arrupe estaba al frente de todos. Le estoy viendo en el tránsito de San Estanislao donde teníamos las camarillas, en la primera' 'carpeta", haciendo oración en postura totalmente inmóvil, concentrado en Dios. Y me parece aún oír los golpes de la disciplina que se daba poco antes de acostarse. También me impresionaba mucho su perfecto recogimiento.

Fuimos connovicios sólo cuatro meses y recuerdo que, una vez, un lunes en que solíamos tener el ejercicio de modestia o acusación de culpas, salió Arrupe y se puso de rodillas delante de todos para oír sus faltas. Éramos más de sesenta novicios de distintas edades y procedencias, sacerdotes, abogados, etc. Pues bien, ni uno solo se levantó para decir alguna falta de Pedro Arrupe. Fue un silencio total. Entonces el padre Garmendia hizo este comentario: "¡Se ve que sabe disimular muy bien sus faltas!" No presencié en todo el noviciado un caso como éste. Al menos no lo recuerdo.

Siendo yo novicio, Arrupe era el encargado de dirigir nuestra gimnasia. Nos enseñaba muy bien, con gran sencillez en el porte, y nos infundía respeto con sólo su presencia. Además, estuvo encargado de enseñarnos el oficio manual...»

Otro de los novicios a quien Arrupe recibió fue J. Íñiguez de Ciriano, un tipo sonriente, activo y entusiasta. Como postulante, no podía entrar aún en el refectorio de la comunidad y comía con los recién llegados en un comedor aparte. Aquel día era fiesta, de modo que los novicios que servían se presentaron con grandes y apetitosas bateas de dulces. Pedro Arrupe se dirigió a donde estaba De Ciriano y le invitó a comer:

—Toma éste.

De Ciriano, ni corto ni perezoso, dirigió su mirada y sus manos golosamente a aquel pastel...

—y ahora éste.

—y ahora éste...

Arrupe repitió la invitación siete u ocho veces, hasta que De Ciriano dijo que no podía más, convencido, por otra parte, de que aquella dulce costumbre era una de las normas de la casa.

Cuál no fue su asombro cuando, después de tomar sotana y penetrar en el solemne refectorio de Loyola, ornamentado con cuadros de cardenales jesuitas, y repetirse la fiesta, observó que los novicios se servían modestamente un pastel, cuando no, por sacrificio, se privaban de él. De Ciriano no olvidaría nunca aquella sonrisa de Arrupe repitiendo: «Toma éste, y ahora éste, y este otro.» Ya vivía ese difícil juego de ser liberal y abierto con los demás y muy exigente consigo mismo.

Entre las conocidas pruebas que San Ignacio tenía previstas para los novicios jesuitas estaban en uso entonces: el mes de ejercicios, el mes de cocina, el de hospital y el de peregrinación. Consistía éste en «soltar» a tres novicios con un morral y sin viandas para que vivieran de limosna mendigando de pueblo en pueblo e impartiendo la doctrina cristiana, a la usanza del propio Ignacio y sus primeros compañeros.

La «peregrinación» la hizo Pedro Arrupe con Germán Arzuza y Rafael Marcoida y Echeverría. Arrupe hacía de “jefe de terna», también dentro de la tradición jesuítica de dar responsabilidades desde el comienzo a los que se forman.

«El recorrido a pie con las mochilas al hombro —recuerda Rafael Marcoida—, esclavina, sotana y balandrán, teja y paraguas por bordón, fue por las tres provincias vascongadas. Sin más provisión que las limosnas en especie o comestibles, posadas nocturnas en alguna casa parroquial, hospitales o asilos. Por la costa cruzamos de Motrico a Ondárroa. Por Marquina y Durango llegamos a Bilbao, de víspera pernoctando en Bedia. Las peripecias dignas de reseña comienzan a sucederse. En Bilbao, día lluvioso y encapotado, atravesamos los tres al unísono la Gran Vía hasta el monumento del Sagrado Corazón. Lo quiso Pedro Arrupe para muestra de "desdeño mundanal" en su ciudad natal e infatuada. Pasando la ría, entramos en la Universidad de Deusto, donde nos recibió el "beatísimo" hermano Gárate, quien nos condujo a la capilla con su conocida amabilidad y preparó todo para la Santa Misa; día imborrable.

"De allí partimos hacia las Encartaciones, Gordejuela, Valmaseda, Sopuerta, etc. y por Amurrio y Orduña llegamos a Vitoria de Álava. Nos deteníamos en villorrios diseminados e iglesias prominentes, dando catecismo y participando en las' 'flores a María", Arzuza al armonium y Arrupe entonando sus solos inigualables. Lo ofrecimos también en el santuario y monasterio de Nuestra Señora de Estíbaliz, patrona de la meseta y gentes del Gran Canciller López de Ayala. En la última etapa, por Salinas de Léniz, descendimos a Guipúzcoa, arribando felizmente al noviciado de Loyola, donde el padre maestro Garmendia nos recibió como el mismo San Ignacio lo hacía con sus peregrinos...

 

Del chiste a la mística

 

¿Cómo era Pedro por entonces? Todos los testigos afirman que unía admirablemente la entrega y el sentido del humor. Xavier de Liédena describe así su primer encuentro con aquel singular novicio:

«En el paseo de la tarde que, como era día libre, fue largo, tuve la ocasión de tratar por primera vez con un connovicio. Varias veces me había llamado la atención su figura ascética y noble: alto, pálido, bien formado, de facciones pronunciadas, nariz aguileña, era una verdadera figura ignaciana. Al tercero en discordia yo le conocía por pertenecer al coro y sin nada destacable como no fuese su hermosa voz de barítono.

..Nada más iniciar la charla, llevó la voz cantante mi desconocido connovicio al que yo consideré con el mayor respeto: por su aspecto tenía que ser un novicio, novicio... Pero cuál no fue mi asombro cuando le vi y oí como el novicio más natural y dicharachero, reidor, guasón con sana guasa, ocurrente y comedido. Muy pronto nos encontramos los tres metidos en harina y riéndonos como si no lo hubiésemos hecho nunca... Me dije para mis adentros refiriéndome al asceta: "Éste es como yo." Y para que el destape del asceta fuese pleno, nos contó dos chistes que nos hicieron reír a mandíbula batiente. ¡Qué hermano tan estupendo! Como, desatada la confianza, yo no quería ser menos que el destapado, eché mano de mi saco de chistes no mal abastecido pero casi arrugado del todo por el "no uso". Conté dos de baturros que les hicieron mucha gracia. Pero el asceta, con gran diplomacia jesuítica, me dijo:

—Hermano Xavier: el primero muy bueno, pero que muy bueno.

"Lo que me dio a entender que el segundo no lo era tanto... Habíamos hecho una visita al Santísimo en una capilla del Señorío de Cestona. Toda una tarde y todo un paseo, comentaba yo para mis adentros.

—Hermano Pedro —saltó el hermano Jaime en cuanto nos vimos en la' carretera—, ¿cómo era aquel cuento de los enanitos?

Y el hermano Pedro, el asceta, contó un cuento de enanos muy gracioso sin que por alguna parte apareciera Blancanieves o alguna sustituta. El hermano Pedro imitaba las distintas voces de los enanitos emitiendo sonidos guturales o aflautados, como si se posesionase de los personajes...

Cuando antes de llegar a Loyola iniciamos el Santo Rosario, preceptivo al terminar el paseo, observé la mutación más notable en la compostura del hermano Pedro: con los ojos bajos desgranó las cuentas del rosario y rezó a la Madre del Cielo con una devoción de hijo que me edificó y podía edificar a los mismos ángeles. De donde aprendí, como buen espía, que la santidad no está reñida con la sana alegría. Bien dijo quien dijo: "Un santo triste es un triste santo."

Cuando en la cena me correspondió sentarme frente al hermano Pedro, me reía de su seriedad y me parecía que contaba a la comunidad el cuento de los enanitos.»

El mismo Xavier de Liédena cuenta en sus memorias otra faceta de Pedro Arrupe, que ya se había hecho sentir en la Congregación de Bilbao: su capacidad de imitación de los casheros vascos en las representaciones navideñas de la comunidad. Arrupe carraspeaba y gangueaba la voz con una habilidad envidiable. Xavier hacía de Pachicu y Pedro de “inocente”, interpretando unos diálogos que Pedro había pedido a su antigua congregación:

—¿Cómo te andas, inoshente? Si te has cresido y todo... ¡Arrayori!... y bueyes que te has dejado en caserío.

—¡Ah, Pachitu! Bueyes deear, bat, mantequilla tener alau pa zinsirindiar a tantos más chocolos que bueyes... ¡Qué pasiensia, Pachitu!

 

Amigos en el Señor

 

Durante este período de noviciado, un buen día le avisaron a Pedro que tenía visita. Cuando bajó a la portería, se encontró de buenas a primeras con un rostro conocido:

—¡Enrique!

Era Enrique Chacón, su camarada de la residencia de estudiantes de Madrid.

—¿Qué me cuentas?.. ¿Cuándo te casas?

—No me caso, Pedro. Voy a entrar en la Compañía. Pedro sintió un escalofrío.

—Ha sido de pronto.

—¡Espera, Enrique! Vamos a la capilla a dar gracias a Dios. Luego me cuentas.

Tras dar gracias en la capilla, Enrique le contó a Pedro cómo en ocho días había decidido todo: dejar a la novia, la carrera de ingeniero de minas y su flamante automóvil para hacerse jesuita. Enrique lo atribuía al ejemplo de aquel compañero de fatigas que estudiaba a su lado y le animaba a privarse de pasteles para ayudar a la gente del suburbio: Pedro Arrupe.

En noviembre de 1928, segundo año del noviciado de Pedro, al padre maestro se le declaró un cáncer de estómago. El padre Garmendia eligió a Arrupe para que le acompañara al hospital de San Sebastián, por sus conocimientos de medicina y por su categoría humana. El 20 de diciembre el padre maestro moría en los brazos de su novicio predilecto. Un mes más tarde Pedro hacía sus primeros votos y pasaba al juniorado.

¿Qué habían significado para él aquellos dos años?

Su experiencia se puede deducir de una carta que mucho tiempo después, el 31 de diciembre de 1973, Pedro Arrupe, ya general de la Compañía, dirigiría a un padre maestro:

«Tal vez lo más difícil sea acertar —escribía— con ese punto de ser "Maestro", que forma y no sólo informa; que conduce sin violentar, pero también sin dejarse llevar; que desde luego aprende y se enriquece con sus novicios, pero cuyo servicio principal es enriquecerles comunicándoles (contagiándoles) la forma societatis, que él vive. Y todo ello, conjugando doctrina, principios, historia, normas, experiencias, vida; y equilibrando y dosificando uno y otro elemento en la cantidad e intensidad convenientes, según el crecimiento espiritual y humano de cada novicio.

"Para esta forma societatis ante todo habrá de tener usted muy claro para sí mismo el tipo de jesuita que ha de empezar a edificarse ahí. Es el que definiera Ignacio, Ribadeneira...; el-hombre nuevo, ideal de los Ejercicios (Rey temporal, dos banderas, tercer binario, tercera manera de humildad, contemplación para alcanzar amor) y de la fórmula del Instituto. Hombre entregado por entero al Padre mediante un proceso de asimilación a Jesucristo realizador de la voluntad del Padre, que es la salvación de los hombres. Hombre que haciendo suyas las actitudes de Cristo Jesús (Fil. 2,5) adquiere la plena libertad sobre todo egoísmo, con lo que se hace disponible, pronto, incondicional, para cualquier servicio a los hombres, que se manifieste como mejor servicio.

Y este servicio lo habrá de buscar y realizar en equipo, en grupo de "amigos en el Señor", por lo que esta forma societatis entraña también un fuerte sentido de solidaridad, corresponsabilidad, comunión, cuerpo. Y finalmente un fuerte sentido de Iglesia (la Sancta Madre Iglesia Hierarchica) a través de la cual y en la cual nos viene dada la "misión", y frente a la cual vive una fidelidad madura, fruto de la fe en la presencia activa de Jesús en el cuerpo humano de la Iglesia.

Ahora bien, esto supuesto, es evidente que la base ha de ponerse (y le toca a usted esta tarea en gran manera) en lograr hombres de profunda experiencia espiritual. El noviciado es ante todo escuela de oración. La oración del apóstol, del hombre que ha de volcar toda su existencia en evangelizar, en una u otra forma. Esto le exige una auténtica experiencia personal del que ha de ser anunciado, un amor personal a Jesucristo persona, Dios y hombre verdadero. Sin este amor no hay hombre de tercer manera de humildad, que es el prototipo ignaciano de hombre en el que el ideal de la caridad evangélica llega a su cota máxima.»

Era sin duda la experiencia vivida por el propio Pedro Arrupe durante sus dos años de noviciado. Desde aquel momento el amor a la persona de Jesucristo y la vida de oración se convertirían en dos características permanentes del estilo del joven Arrupe.

 

Una corazonada

 

Con este bagaje Pedro se enfrascó en el estudio de las humanidades clásicas: el juniorado. Se adentró a fondo en el latín y el griego, metiéndose una vez más en el bolsillo por su simpatía a superiores y profesores. Por entonces era rector el padre Ibero, y profesor de griego el padre Ignacio Errandonea, quienes advirtieron enseguida que Arrupe tenía buena cabeza.

«Estudiamos a Sófocles —cuenta Luis Arbeo—. El padre Errandonea tuvo que ausentarse y designó a un sustituto que sabía menos que nosotros. Al advertido, fue nombrado profesor el hermano Arrupe, quien nos explicó a Eurípides admirablemente. Era un compañero excepcional. Fue nombrado bedel (una especie de enlace de los estudiantes con el rector para la organización de la vida de los juniores). Fue el primero al que se le designó un cuarto solo, por lo que pude advertir que se levantaba una hora antes que yo para hacer dos horas de oración. Durante las vacaciones, en Guetaria, nos bañábamos temprano, después de hacer la meditación. Un día me quedé arriba en la casa, mientras los demás estaban en la playa, y me encontré a Arrupe, que estaba limpiando espontáneamente los retretes. Al sorprende de, él se volvió y me dijo: "No lo digas."

Tenía tal categoría que nuestro padre espiritual, el padre Leza, aprovechó un día en el que Arrupe había ido a Itziar de excursión para hablamos de las virtudes de nuestro bedel. Un caso insólito.»

Otros compañeros recuerdan de esta etapa con qué ardor hablaba de Jesucristo en los «sermones» que, mientras comían los estudiantes, solían pronunciarse desde el púlpito del refectorio para ejercicio de retórica y predicación. También insisten en sus cualidades de actor durante las fiestas de Navidad, y en que hablaba mucho del Corazón de Jesús y que se pasaba largos ratos de oración en la capilla.

De aquella época data la primera llamada del entonces aún más lejano y misterioso Japón.

«Me encontraba en el primer año de juniorado —cuenta el propio Arrupe—, abriendo brecha en el latín del clasicismo romano, y embebiéndome en el equilibrio nunca superado del mundo griego. Y entre el roturar monótono de las declinaciones y la belleza innegable de la literatura, llegaron con la puntualidad astronómica de un ciclo anual los ocho días de Ejercicios.

Temístocles y Esquilo, César y Cicerón desaparecieron del marco apretado de mi vida estudiantil, y me encerré con Cristo en un ambiente que el profano ignora, equidistante del mundo y de la eternidad. Eso son los Ejercicios, un cerrar los ojos a lo que viene de fuera, para seguir en la tierra sin contemplarla, y un abrirlos a los valores eternos, para posesionamos de ellos a pesar de la doble barrera del tiempo y del espacio. Fue en ese mundo de soledad concentrada, de abandonos humanos y de contacto con Dios, donde dio su primer chispazo mi vocación misionera.

No había duda, a mis ojos de principiante, en la vida del espíritu. Él lo quería y yo llegaría hasta el Japón para poner mi mano en la mancera con que San Francisco Javier había trazado los primeros surcos cristianos de aquella lejana tierra.

Mi corazonada no era un sueño de juventud, ni un capricho de voluntad veleidosa. Todavía recuerdo con una claridad sin sombras el gesto natural y sobrenatural a un tiempo con que el padre que daba los Ejercicios aprobó mi decisión.

Para él la cosa era clara. Para mí mucho más... Días después escribía a Roma con la emoción de quien se juega todo un futuro al azar caprichoso de una sola carta.

Empezaron a pasar las semanas lentas, angustiosas, hasta que un día, con esperanza y entre temores, llegó una respuesta lacónica, ambigua, indecisa, en lá que ni se afirmaba ni se negaba nada.

Aprobación explícita de mis deseos... sin más. Sobre su realización no había nada escrito.

Un año más y una nueva carta. La misma expectación. Los mismos argumentos, para mí evidentes, y la misma respuesta que se citaba con el mañana para dar una solución que yo estaba esperando para el hoy.

Recuerdo que, desilusionado y cabizbajo, llevaba yo en la mano la segunda carta que había recibido de Roma, cuando me encontré con el padre Ibero, rector de Loyola, que bajaba lentamente la escalera de piedra de la santa casa. No necesitó mirarme dos veces para adivinar mi desaliento.

—Pero hombre, ¿qué pasa?.. —me preguntó con un tono amistoso.

Sin explicarle nada, con una sola palabra lo suficientemente alta para que la oyese y lo suficientemente queda para que no rompiese la intimidad del momento, le enseñé la carta que sostenía:

—Mire, padre...

Sin embargo, aquel hombre de Dios, con un no sé qué de profeta, me dijo sonriendo con benévolo interés: —¡No te preocupes, hombre, Perico, tú irás al Japón.. »Y se alejó de mí a paso mesurado sin sospechar siquiera el bien enorme que me hizo y la seguridad absoluta con que en adelante acaricié el deseo que me embargaba. Sí, un hombre como aquél, tan humano y tan divino a un tiempo, no podía equivocarse.

"¡Perico!, tú irás al Japón..." fue el estribillo que resonó como un eco en mi alma durante diez años.»

En la imaginación y el alma sensible de Pedro crecía así la llamada del Lejano Oriente. Más allá del recoleto valle de Loyola parecían surgir como por encanto los templos y pagodas, los jardines misteriosos de un Japón soñado al hilo de las narraciones de Javier. El pensamiento es creador. La idea tenía que convertirse en realidad. Sí, fuera como fuera, aquella vocación que se forjaba en Loyola estaba intensamente ligada a esta nueva llamada de Oriente: un desafío que exigía empeño y ternura al mismo tiempo, inteligencia y sensibilidad. Sí, los ojos rasgados de miles de silenciosos japoneses parecían perseguir a Pedro por los oscuros rincones de la casa solariega de Loyola. Y, como siempre, Pedro no se permitía el lujo de dudar. Corrían los conflictivos años treinta.

 

CAPÍTULO 5: TODO ES HORIZONTE

Paseaban alegremente por el claustro de estilo ojival del XVI. Habían subido por la amplia escalera y penetrado por la monumental puerta de sabor gótico florido. El sol de media tarde doraba la piedra del vetusto monasterio de San Salvador de Oña, fundación benedictina convertida en colegio máximo de la Compañía de Jesús, y situada a medio camino entre Burgos y Vitoria, por la carretera de Santander. Iban repasando en latín, lengua obligada para clases

y exámenes, algunos conceptos de crítica filosófica:

—Véritas logica est adaequatio intelectus cum re.

—¿Cómo?

El compañero de estudios no entendió la frase que acababa de pronunciar Pedro Arrupe, que hacía unos meses había iniciado sus estudios de filosofía en Oña. A veces Pedro, como buen vasco, hablaba a golpes, lo que, al hacerlo en latín, resultaba aún más chocante.

—Perdón, siempre pronuncio demasiado deprisa —comentó Arrupe sonriendo.

De pronto apareció el rector por el otro extremo del pasillo blandiendo un periódico en la mano.

—¡Lo que se temía! ¡Lo que se temía! ¡El Rey se va!

Efectivamente, el ABC de algunos meses más tarde, del 17 de abril de 1931, confirmaba la noticia, que se abría con una carta firmada por Alfonso XIII. Decía entre otras cosas: «Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo. Mi conciencia me dice que ese desvío no será definitivo, porque procuré siempre servir a España, puesto el único afán en el interés público hasta en las más críticas coyunturas... Soy el Rey de todos los españoles, y también un español. Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil... Espero a conocer la auténtica y educada expresión de la conciencia colectiva, y mientras habla la nación, suspendo deliberadamente el ejercicio del Poder Real y me aparto de España, reconociéndola así como única señora de sus destinos."

El texto de la carta del Rey iba acompañado de una nota del gobierno provisional de la República, permitiendo su divulgación y confesándose «libre de todo temor de las reacciones monárquicas". ¿Qué había pasado en España? ¿Qué iba a suponer la nueva situación para aquel grupo de jóvenes estudiantes jesuitas de Oña?

 

El voto a una potencia extranjera

 

Tres días antes, el 14 de abril de 1931, había sido una jornada memorable en la historia de España. A las siete de la mañana la República estaba proclamada en Éibar y las muchedumbres llenaban las calles de Barcelona, Zaragoza, Oviedo, Gijón y otras muchas ciudades. Madrid rebosa de gente. Desde las tres de la tarde ondea sobre Correos la bandera republicana. A las seis y media el Comité Revolucionario sale de la casa de Miguel Maura, situada en la calle de Príncipe de Vergara, y en varios coches se dirige al Ministerio de la Gobernación, en la Puerta del Sol. Es tal el entusiasmo popular, que tardaron hora y media en llegar a su destino. Miguel Maura y Largo Caballero fueron los primeros en acercarse al edificio, y encontraron la bandera republicana ondeando y la puerta cerrada, aunque pronto se abrió y apareció un piquete de la guardia civil cerrando el paso. Miguel Maura se cuadró ante ellos, se descubrió y dijo: «¡Señores: paso al gobierno de la República!» Los soldados, como si lo hubieran ensayado previamente, abrieron paso y, en dos filas, una a cada lado, presentaron armas.

Esa misma noche, en el edificio de la Puerta del Sol, constituido ya el gobierno, procedió Alcalá Zamora a dictar, sin la menor vacilación, los dieciséis decretos publicados al día siguiente en la Gaceta de Madrid, por los que quedaba legalmente instaurado el nuevo régimen político español.

Era el desenlace de un largo proceso, desde que el tinglado restauracionista se había tambaleado y entrado en barrena en 1917. La crisis obedecía a muy diversas razones económicas, sociales y políticas, incubadas durante el reinado de Alfonso XIII. España no había salido de un precario desarrollo capitalista, anclado en su estadio agrario. Socialmente, acababa de aparecer el concepto de proletariado, que iniciaba su organización política y sindical. Políticamente, el Estado burgués de restauración había constituido un sistema parlamentario de fachada. Dentro, era un coto cerrado para la burguesía. Y el sufragio universal, corrompido por el caciquismo, convertía el sistema parlamentario en una especie de bufonada.

La Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) no consiguió convertirse en un sistema duradero ni resolvió la mayoría de los problemas económicos y sociales. El mayor error fue creer que, liquidada la Dictadura, se podía volver impunemente al parlamentarismo, corrompido por el propio sistema. Tal error le costó la corona a Alfonso XIII y al país le mereció la Segunda República. Su último desencadenante fue el conflicto social, y más concretamente el problema agrario, que llegaría a ser un factor importante en el estallido de la guerra civil. 1930 fue un año de conflictos en la calle, atizados por el PSOE (Partido Socialista Obrero Español), su central sindical UGT (Unión General de Trabajadores) y la CNT (Confederación Nacional del Trabajo).

Las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 fueron como una especie de examen general. Con una participación del 70% del censo electoral, la victoria republicano-socialista era el rechazo nacional a la monarquía. Mientras la mayoría del gobierno monárquico aceptaba la situación, Maura negociaba en su domicilio el traspaso de poderes y la salida del Rey, que fue exigida para antes de la puesta del sol del 14 de abril.

Lo que vendría después condicionaba la vida de Pedro Arrupe y sus compañeros. La Segunda República tenía demasiados problemas con los que enfrentarse. Formado el gobierno provisional, las elecciones a Cortes constituyentes se celebraron el 28 de junio de 1931, con el triunfo de la conjunción republicano-socialista. Sin duda, la Constitución de 1931 sería la más avanzada de la historia constitucional española hasta entonces. Pero tenía, entre otros errores garrafales, un principio de ciego anticlericalismo, que dividiría a los españoles. El 11 de mayo, tras una violenta pastoral del cardenal Segura, la República tuvo su primer tropiezo serio con la absurda e irracional quema de conventos. Respondía en parte a un hecho, a la asociación que el pueblo veía, no sin cierto fundamento, de la Iglesia católica y los poderosos. Pero con tal irracionalidad, comenzaba a saquearse también una buena parte de la cultura y la historia de España.

Entre las primeras víctimas de la situación se destacaron, cómo no, los jesuitas. Al rincón apartado de Oña llegó otro periódico, El Sol, que en su edición del 14 de octubre reunía tres titulares contundentes:

 

ESPAÑA HA DEJADO DE SER CATÓLICA

Se acuerda disolver la Compañía de Jesús en España y nacionalizar sus bienes.

Se aprueba el divorcio y desaparece la calificación de hijos ilegítimos.

 

La expulsión de los jesuitas era la consecuencia de un artículo especialmente sibilino del nuevo texto constitucional, el 24, que proclamaba una ley especial para las asociaciones de carácter religioso. Esta ley prohibía las actividades económicas y docentes de tales asociaciones e incluía además la prohibición de «votos que impliquen obediencia a autoridades distintas a las del Estado». Era tanto como poner fuera de las fronteras a los miembros de la Compañía de Jesús.

La noticia cayó como una bomba en aquel lejano monasterio, donde estudiaban filosofía trescientos jesuitas de todas las provincias menos de la catalana. Pero el «éxodo» se había organizado meses antes. Eran tantos que no podían marcharse todos de golpe fuera de España. A los de la provincia jesuítica de Castilla, a la que por entonces pertenecían también los vascos, les correspondió marcharse cada uno con su familia durante unos días. Arrupe no quiso perder el tiempo. Aprovechó ese paréntesis en Bilbao para cobijarse en su antiguo Colegio de los Escolapios y hacer allí por su cuenta ocho días de Ejercicios espirituales.

El propio Arrupe lo recuerda así:

«Un momento decisivo hay que situarlo con la ocasión de nuestra expulsión de España. Los jóvenes jesuitas partían hacia Bélgica y tenían dos semanas para visitar a su familia. Pero yo no me fui con la familia, sino que busqué una habitación en una institución religiosa, y, durante dos semanas, estudié el volumen de Monumento. (la colección de textos fundamentales de la Compañía) dedicado a los Ejercicios espirituales. Yo lo había llevado —sin pedir permiso ¡me acuerdo muy bien!— en el pequeño equipeye que pudimos hacer para el exilio. Este período de lectura, de oración y reflexión me hizo penetrar de forma determinante en el pensamiento y espiritualidad de San Ignacio.»

Ya por entonces Arrupe había tenido momentos fuertes de experiencia de Dios. En Oña experimentó un día una luz interior por la que le pareció «verlo todo nuevo». También en este período y mientras estudiaba en Oña, un día escuchó una voz mientras caminaba por el pasillo que le decía: “Tú serás el primero.» Se volvió y no había nadie. Sólo con los años comprendió el posible significado místico de este aviso.

Pocos días después, el 13 de febrero de 1932, arrastrando una pesada maleta cargada de libros, escuchaba al tren silbar sus últimos adioses. Salía expulsado de España. Eran los primeros pasos de viajero de un ciudadano del mundo.

 

Un desterrado feliz

Las brumas del Norte rodeaban el añoso chateau. Una torre coronada por un reloj oxidado flanqueaba uno de los costados del viejo edificio de ladrillo rojo, situado en Marneffe (Bélgica), al que rodeaba un bello paraje de pinos y castaños. Los exiliados colmaron de risas el recinto. Reinaba un ambiente alegre en aquella comunidad de más de doscientos «invasores» españoles, sólo turbado por una epidemia de gripe que les agarró prácticamente a todos. Arrupe se aprestó, cómo no, a poner en práctica sus conocimientos de medicina actuando como eficaz enfermero. Era una comunidad de trescientas cincuenta personas y todos los días se preguntaban si iban a comer al día siguiente. Pero siempre salían adelante... Arrupe fue bedel de filósofos, y se las arregló, según cuenta Benjamín Mendiburo, para buscar el peor cuarto de la casa: uno que no tenía ventana, sino sólo una claraboya.

«Arrupe era por entonces muy amigo de sus compañeros Uralde y Arístegui —recuerda Luis Arbeo—. Se entregó a fondo a cuidar a los enfermos de gripe, que éramos casi todos. Tenía empuje para todo. Estudió su segundo año de filosofía con la intensidad y la aplicación de siempre, en 1932. Hizo dos años de filosofía en vez de tres, por tener ya estudios anteriores, que servían por los de ciencias que entonces se incluían en los años de filosofía. Por eso, sin hacer "magisterio" (los años en que los jóvenes jesuitas solían enseñar en un colegio antes de proceder al estudio de la teología), fue destinado a Valkemburg. Elegían para esto a los mejores con el fin de prepararlos para futuros profesores. A algunos los devolvieron a Marneffe, porque a consecuencia de la guerra no había dinero para pagar sus estudios. Sin embargo, el provincial de Alemania dijo que Arrupe podía quedarse de balde. "Pagaríamos dinero por tener con nosotros a Pedro Arrupe", llegó a decir. Así que fue el único que se quedó todo el tiempo."

Corría el año 1933. El propio Arrupe lo narra así:

«Dios, que me quería dar una formación mucho más adecuada de lo que yo hubiera podido soñar, me envió a Valkemburg (Holanda) para que, en contacto con el padre Hürth, pudiese especializarme en moral médica. Me ponía junto a aquel gran moralista jesuita, con la base inicial de mi carrera, para que profundizase en los problemas escurridizos y difíciles que están enclavados entre la medicina y la moral: Dios no quería sino hacer de eso una nueva fase en mi preparación pre-misionera.

"Con mi nuevo destino me puse en contacto con la provincia jesuítica de Alemania Inferior, que era precisamente la que había fundado y sostenido la misión japonesa. Era ya un paso el trabar conocimiento con sus futuros misioneros.

"Antes de terminar mi tercer año de teología se celebró en Austria un Congreso Internacional de Eugenesia. Uno de los últimos que el mundo civilizado iba a poder celebrar antes del disloque de la guerra del. El conocido doctor don Enrique de Salamanca, presidente por aquel entonces de la Asociación de Médicos de San Cosme y San Damián, me eligió como representante de la ciencia médica española y, con una sorpresa que todavía me dura, me encontré en Viena codeándome con las más altas personalidades internacionales.

"Reconozco con sinceridad que había muchos congresistas con unos conocimientos avalados por más años de experiencia que los míos. Pero me sentía respaldado, al rozar en mis dos ponencias con los temas difíciles que allí se barajaban, por todas las reservas de moral católica, que acababa de estudiar en teología, bajo la dirección del padre Hürth, autoridad mundial en aquellas cuestiones...

"Si alguien me pidiese la reseña de mis sentimientos íntimos en aquellos días de ajetreo intelectual, le diría algo que tal vez le parecería extraño. Todavía no era sacerdote. La carrera de médico la tenía sin terminar. Me encontraba pues a mitad de ambos caminos, cuando me tocó desarrollar mi doble conferencia. Frente a mí un auditorio todo él selectísimo, hombres de la talla de Niedermeyer, Gemelli, Bibot, Allers, Carp... Eran personas internacionales que sin pestañear iban escuchando cuanto les decía. ¡Contraste curioso!"

Arrupe fue escuchado con interés. Sus ponencias sobre la «castración eufónica" y la influencia de la esterilización en la raza fueron subrayadas con una salva de aplausos, a los que él respondía con esa sonrisa llena de sencillez y encanto que cautivaba a cuantos le conocían.

«Mis conferencias —confesará muchos años más tardeno disgustaron a mi eminente auditorio. Pero puedo afirmar que nunca me he sentido tan pequeño. Ante los aplausos, no sabía dónde meterme. Y las felicitaciones que recibía me parecían una burla. Aquel éxito no me pertenecía."

El joven teólogo tenía entonces unos treinta años, la frente despejada y una mirada penetrante que iluminaba aquel rostro de piel fina y blanca, y que contrastaba con su clergyman negro centroeuropeo de gran alzacuellos.

Casi sin darse cuenta, Arrupe pisaba un auténtico volcán. Un pequeño partido, llamado nacional socialista y un tal Adolf Hitler, que nadie conocía hacía diez años, se estaban haciendo los dueños de Alemania. La primera posguerra había ofrecido las condiciones precisas para el surgimiento de un «salvador" del pueblo. La amplísima gama de grupúsculos nacionalistas y reaccionarios hacían fácil su elección. Furibundo patriota, desclasado, procedente de la pequeña burguesía amenazada de proletarización, conservador a ultranza y parado sin futuro, Hitler integraba emblemáticamente todos los ingredientes necesarios: nacionalismo, socialismo, capitalismo, tecnocracia, autoritarismo, militarismo, burocracia, racismo. El Führer se aprovechaba además del caos económico y la anarquía moral para dirigirse a una población insegura, frustrada y temerosa. Había encontrado unos fáciles culpables: los judíos, los capitalistas, los extranjeros. De las urnas de marzo de 1933 surgía un horror llamado nazismo.

¿Qué impacto tenían estos hechos en el alma del joven Arrupe? No olvidaría, por ejemplo, el martirio de Alfred Delp, víctima del nazismo. Delp había estudiado con él teología. «Habíamos vivido juntos momentos terribles –dirá Arrupe—. Para mí, que venía de España a través de Bélgica y Holanda, el encuentro con la mentalidad nazi fue un tremendo shock cultural. Pero, debo confesado, esencialmente cultural. No me interesaba por las cuestiones políticas. Entonces leíamos escasamente los periódicos. Hay que recordar que por aquella época un joven jesuita no poseía muchos medios de información. Y yo me interesaba menos por los hechos que por la manera en que se reaccionaba a mi derredor. Me gustaba preguntar a los demás lo que decían los periódicos. De aquí que solieran tomarme el pelo: "¡Don Pedro acaba de aterrizar de la luna!"»

 

 

Misas de más de dos horas

Se acercaba la fecha de su ordenación sacerdotal. Lo normal era que a finales del tercer curso de teología, los jesuitas, la mayoría rayando en los treinta años de edad, recibieran el sacramento del orden. Jesús Iturrioz, que había sido connovicio suyo y le había seguido los pasos a Marneffe y Valkemburg, cuenta cómo llegó este momento tan importante para Pedro Arrupe.

(Ya en noviembre de 1935 me escribía emocionado: "Hemos comenzado ya el curso práctico de liturgia, en concreto, acerca del rezo del breviario. Esto significa lo cerca que está nuestra ordenación." Según se acercaban, día a día, las ordenaciones sacerdotales de Marneffe, fijadas para el 30 de julio, él ya se preocupaba en Valkemburg de prever a tiempo todos los detalles. El 25 de mayo de ese año 36 me escribió:

"Le quedaré muy agradecido, si cuando sepan cuándo comienzan los Ejercicios para los ordenandos me lo escribe. y aun cuando no tenga plena seguridad, en cuanto tenga al menos una probabilidad grande, le ruego me lo escriba. Así quiero preparar los exámenes en tiempo oportuno."

Efectivamente los Ejercicios comenzarían el 16 de julio, fiesta del Carmen. Terminarían para Santiago, de modo que el 27 y 28 se le administrarían las órdenes de subdiaconado y diaconado; y tras un día de descanso, finalmente, el presbiterado.

"Reunido ya con nosotros el padre Arrupe, iniciamos los Ejercicios bajo la dirección del padre Leturia. Pero... advertimos, a pesar de nuestro apartamiento, que algo grave ocurría. El padre Leturia nos informó que había estallado en España la guerra civil, y observó: "A lo que se puede prever no será de duración corta."

Aparte de lo que en sí misma encerraba aquella guerra civil, para nosotros, los próximos presbíteros' 'misacantanos", implicaba una consecuencia dolorosa: no podíamos esperar ya que ninguno de nuestros familiares acudiera desde España. Sólo uno de los cuarenta ordenados recibió visita de sus padres: residían en Pamplona, su padre era magistrado de la Audiencia.

Al anochecer del día 26 llegó el obispo que había de ordenamos: era monseñor Ludwig Jos. Kerkhofs, obispo de Lieja, diócesis a la que pertenecía Mameffe, y que tenía reputación de santo.

La mañana de nuestra ordenación sacerdotal el obispo se había levantado temprano. Llegado a la capilla, se acercó al sagrario, muy cerca: arrodillado ante él estuvo más de una hora de oración, rogando por nosotros. Nos lo reconoció. "Como han visto —dijo poco más o menos—, antes de imponerles las manos y orar al Espíritu Santo, he estado una hora frente al sagrario, pidiendo a Dios que todos vosotros seáis fieles al sacerdocio de Cristo." Éramos cuarenta los que el día 30 de julio fuimos ordenados presbíteros.»

«Aquel día —el 30 de julio de 1936— se daba una extraña conjunción de emociones: por lo ya sucedido en la mañanita, constituidos sacramentalmente "sacerdotes de Cristo", y por lo que nos esperaba para el día siguiente. El día estuvo centrado en la preparación ritual de la llamada "primera misa" del día siguiente. Pesaba en el ambiente la ausencia de nuestros familiares, tanto como nuestra preocupación por ellos, en la casi absoluta carencia de noticias desde el inicio de la guerra civil. Por la tarde hicimos' 'ensayos" de la misa del día siguiente. Incluso se tomaron algunas fotos de ellos, que hoy todavía nos sirven de recuerdo de aquellos momentos.

El día de San Ignacio hubimos de repartirnos en tandas para la celebración de las primeras misas. Abundaban en Marneffe los altares para las celebraciones. Pero éramos cuarenta los" misacantanos". Recuerdo mi altar. Años después pasé por Marneffe: visité lo que fuera nuestra capilla. No quedaba en ella nada que recordara nuestra estancia. El lugar de mi altar era un hueco vacío.

..El padre Pedro de Leturia —a quien tanto admirábamos por su conocimiento de San Ignacio— fue el presbítero asistente al padre Arrupe en su "primera misa".

El padre Arrupe, desde los primeros días del sacerdocio, comenzó a vivir su especial devoción en las celebraciones muy prolongadas en la misa. Alguna vez me invitó a que le ayudara: sería a partir de la una de la noche. Sobrepasó quizá las dos horas. Era una misa contemplativa. El padre Arrupe ha continuado en lo posible con esta devoción.

Conservo un recuerdo especial: me entregó la "estampa recordatorio" con esta dedicatoria: "Pida, carísimo padre Jesús, para que el Señor faciat cor nostrum secundum cor eius (haga nuestro corazón según su corazón). Marneffe, Primer Viernes de sacerdote."

El día 4— de septiembre el padre Arrupe estaba en Marneffe. Ese día —precisamente coincidía con el aniversario de mi ingreso en la Compañía— me entregó un sobre, sin dirección alguna. Sólo ponía esto: 'Petite et accipietis (Pedid y recibiréis). Marneffe, 4— de septiembre de 1936." En su interior había una hojita: la transcribo tal como estaba. Mecanografiada, lleva tinta en dos colores. Subrayo lo que venía escrito en rojo.

4 de Stbre. 1936

1er Viernes.

Jesús!

Concede a este otro Jesús a quien tanto amas que llegue a ser un gran santo y un apóstol de tu S. Corazón.

—"Para mí no te pido sino que: fiat mihi secundum verbum tuum

"Para Ti: Adveniat regnum tuum fiat voluntas tua sicut in caelo et in terra.

[... ]

"Pronto comenzó a ausentarse de Marneffe. Entre otros quehaceres le sobrevenía la preparación de su primer viaje transoceánico."

Efectivamente, la brillante actuación en el Congreso de Medicina convenció cada vez más al padre provincial a especializar al recién ordenado padre Arrupe y seguir preparándolo en moral médica. Así que un buen día de 1936 Pedro recibió un lacónico telegrama:

Prepare inmediatamente viaje a Estados Unidos. Provincial."

Eso fue todo. Le bastaban pocas palabras a Pedro para obedecer, pues continuaba con una certeza interior: si Dios quería enviarle al Japón, lo haría, valiéndose de este itinerario en zigzag, que le ponía en contacto con tan diversas lenguas y culturas.

..No resultaba el viaje tan fácil como puede parecer a primera vista —comenta Arrupe—, porque entonces terminaba en Alemania la Olimpiada Internacional con el natural desplazamiento de espectadores a sus respectivas patrias. Estados Unidos, que desde hacía quince años había desbancado ya a Inglaterra en el aristocrático deporte del turismo, había enviado un considerable contingente de súbditos para aquel acontecimiento. La vuelta simultánea de todos ellos ponía obstáculos y cerraba posibilidades. Pero al fin logré verme embarcado con rumbo a las Américas.»

 

 

Hacia el otro lado del charco

Por primera vez Pedro Arrupe cruzaba el océano: una experiencia que se repetiría docenas de veces en su vida. En un primer momento pensaba que, dadas las circunstancias, iba a viajar en un carguero. Pero no fue así. En carta del 15 de septiembre, fechada en Amberes, comenta a su compañero Jesús Iturrioz su decepción:

«En este momento vuelvo de visitar el trasatlántico. ¡Me han engañado! Nos han dado un gran cambiazo. Yo que esperaba encontrarme con mi London Corporation... ¡Y me encuentro con este Jean Jadot! El aspecto externo del buque es el de un mercante ordinario; pero por dentro... está a la última. Los camarotes dobles, estupendos: con dos camas (no literas), agua corriente, luz eléctrica, gran armario de luna, etc., etc. Nada, que me han engañado. Yo que creí que iba a tener que dormir poco menos que sobre un rollo de cuerda o de chicote... y me encuentro con un camarote con todo confort. Toda la tripulación (y creo que los pasajeros también) son católicos. Aún no he hablado con nadie, fuera del camarero (que sabe español) y un oficial que habla alemán. Para la misa no tengo ninguna dificultad. Todavía no sé si la diré en el cuarto o en el salón. Depende de lo píos que sean los pasajeros, ya que, como haya alguno que quiera asistir, dejaré con mil amores la golosina de las misas largas. Hoy salimos a las doce de la noche. Intentaré decir la misa, si puedo, a la una, para comenzar el viaje ofreciéndome al Señor juntamente con la Víctima' 'santa, pura e inmaculada". Ya veremos qué clase de gente son mis' 'compasajeros". Mi compañero, según me han dicho, es un joven: aún no lo he visto.»

La siguiente carta está fechada a bordo del Jean Jadot, 22 de septiembre 1936. Llevaba ya siete días de «navegación deliciosa,). Vuelve otra vez a la idea del cambio de barco.

«¡Créame que lo he sentido, pues de todos aquellos planes de ir casi como San Francisco Xavier se han visto cambiados en tenerme que poner casi en el de gran señor...»

Tras una descripción del personal del barco, desde el capitán —«tipo sumamente simpático— hasta el último de los pasajeros, pasa a dar noticias de su propia acción...

«Se me olvidaba un tipo misterioso. Sumamente simpático. Me ayuda todos los días a misa. Es alemán. Ha vivido en Suiza y ahora va a los Estados Unidos. No acabo de entenderle. Hay algo de misterioso en su comportamiento (parece insinuar, más tarde, que aclaró —positivamente— todo el misterio). He pasado unos ratos deliciosos con los marineros y los grumetes en sus cabinas. Hemos charlado mucho de sus cosas y aprendido mucho. ¡Qué buenos chicos, pero cuántos peligros!... El domingo pasado anuncié que tendríamos misa a las nueve y media en el salón. Tuve gran consuelo de dar cuatro comuniones y de ver en ella a muchos más de los que esperaba: tres oficiales, varios marineros y los católicos de entre los pasajeros (también asistió la señora "cismática"). El día anterior oí varias confesiones... alguna me produjo un consuelo enorme... Hasta hoy no he dejado ni un día la santa misa. Tengo, como le decía, ayudante; lo cual, si me impide el decirla pontifical, me produce el gran consuelo de poder hacer bien a esta alma. Desde mañana vendrá a comulgar todos los días por lo menos uno de los grumetes. ¡Qué alma la de este marinerito... me da vergüenza!... Estos días es realmente muy oportuno el consejo de San Pablo de hacerse "todo a todos" desde el estudiante a la señora setentona. Desde jugar a las cartas (conste que no con dinero) hasta exponer la historia del Cisma... Una de las cosas más interesantes son las reuniones después de las comidas. Allí sale todo a relucir. Como es natural, el jesuita es el que tiene que saber de todo. El capitán no pierde ocasión de meterse conmigo, con lo que nos hemos hecho muy buenos amigos. Sobre todo, desde que no ha con seguido ganarme en el juego "del lobo y de los perros" (sobre el tablero de damas)...»

Así vivía Pedro su primera travesía transoceánica y sus primeras experiencias sacerdotales. El Atlántico azul le hablaba de ilusiones intactas, de proyectos apostólicos por estrenar. Un horizonte increíble se abría ante sus ojos. Detrás, quedaba un mundo en ebullición, cuyas consecuencias políticas él no sabía aún hasta qué punto iban a afectar a su propia vida. En Alemania, la sombra amenazante del Tercer Reich. En España, tras la represión de 1934, se había perfilado el Frente Popular. Militares como Mola, Varela, Franco, en conexión con políticos derechistas y con los gobiernos «nazi-fascistas» de Alemania e Italia, habían preparado la sublevación desde principios de marzo de 1936. El 18 de julio estallaba la guerra civil más sangrienta, que abriría paso a la dictadura más larga de la historia de España. Mientras, en la cubierta del buque que le llevaba a América, Pedro Arrupe miraba al mar, creyendo en un Evangelio que hablaba de la fuerza del amor y le situaba claramente a favor de «los pequeños».

 

América en vivo

 

La Estatua de la Libertad saludó de lejos a un jesuita español, que ya comenzaba a ser un ciudadano del mundo a sus treinta años de edad. Los rascacielos de Manhattan se recortaban en medio de las brumas de aquellos Estados U nidos de los años treinta que estrenaban jubilosamente el american way of lije de un Frank Capra en El deseo de vivir y el primer agobio de la tecnificación, caricaturizada por Chaplin en Tiempos modernos. Era la América brillante de Franklin D. Roosevelt, que aquel año de 1936 acababa de ser reelegido presidente.

En el barco estaba en el ambiente el éxito de algunos atletas que habían participado en las Olimpiadas de Berlín, donde había triunfado Jesse Owens, «el rayo de Ohio", y sin duda la ilusión de los emigrantes en busca de futuro. Pero los ojos de Pedro Arrupe miraban de muy distinta manera aquel símbolo de libertad. América no era para él un puerto de arribo, sino una escala más en pos de una libertad mayor.

En un principio, el provincial de Nueva York no lo recibió muy bien. Cuando Pedro le contó sus planes, llegó a responderle:

—¿Psiquiatría? No, no. Todos los jesuitas que quieren estudiar psiquiatría es porque ellos mismos necesitan un psiquiatra.

«Ya en América —recuerda Arrupe— me puse en contacto con el célebre padre Moore, cartujo más tarde de Miraflores, pero entonces aún profesor de fama innegable en la Catholic University de Washington. Como complemento al apoyo inmenso que encontré en este verdadero especialista, tenía a mi disposición todo el material pacientemente recogido por el padre Agostino Gemelli, que con una amplitud de miras digna de encomio me los ofreció incondicionalmente. Era un auténtico fichero de materias que a mí me interesaban, por lo que, haciendo trampolín en un trabajo ajeno, me hallé desde un principio en condiciones de profundizar.

Entonces me sentía como un chaval ante sus grandes maestros. A los ojos de todos yo era un "lanzado" y ante el entusiasmo de la empresa que tenía que realizar llegué incluso hasta olvidarme del Japón...»

Arrupe estudió de firme. Tanto, que por agosto de 1937 se encontraba cansado y el superior provincial optó por enviarlo al sur de los Estados Unidos. Allí cambiaría de aires y ocupación.

Se encontró, pues, tras unas largas horas de tren, en un ambiente distinto. La luz y hasta algunas costumbres del Oeste le recordaban el sol de la lejana España. Se metió de lleno en una parroquia de hispanos, regentada por un jesuita, el padre Martínez Silva, rector del Seminario de Moctezuma, acompañado de un monseñor norteamericano y otro compañero.

—¡Venga con nosotros a recorrer México!

Tanto insistieron que Arrupe se dejó convencer y los cinco, a bordo de un Pontiac, cruzaron la frontera rumbo al Sur. Iban disfrutando del paisaje y la conversación. De pronto el motor comenzó a dar unos extraños (jipidos». Se encontraban prácticamente en medio de un desierto. Miraron estupefactos a su alrededor.

Ni garajes, ni hoteles, ni gasolineras... Se dirigieron a una fonducha para albergarse y esperar a un mecánico que viniera de otro pueblo con las piezas de recambio. Los cinco iban vestidos de paisano porque en México corrían años de persecución religiosa. La comida era típicamente del país. Las especias abundaban prodigiosamente y el monseñor norteamericano se veía reducido a una peligrosa dieta cada vez que aparecía un plato con pimienta y chile, que era casi siempre.

Para remediar su ayuno, se vio obligado a pedir huevos, que hasta entonces habían estado en perfectas condiciones. Sus compañeros respiraron pensando: bueno, por fin ha encontrado este hombre algo para comer. Pero de pronto el monseñor se llevó las manos a la boca, a la garganta, al pecho y al estómago, mientras gritaba con los ojos en blanco:

—¡Fuego! ¡fuego!

Arrupe y sus amigos se esforzaban inútilmente en con tener la risa. Resultaba que, para hacerle más agradables los huevos que había pedido monseñor, se los habían vaciado parcialmente, cambiando la yema por una mezcla de especias que le abrasó la garganta. A fuerza de agua consiguió«apagar el incendio».

Una de aquellas noches Pedro se quedó conversando con un muchacho típicamente mexicano, de apariencia simpática y agradable. Cuando todos se fueron a la cama, los dos trasnocharon algo y continuaron durante un rato su charla. Hablaron un poco de todo, sin que el mexicano se dejase sondear fácilmente, a pesar de que Arrupe advertía un no sé qué de franqueza en sus ojos.

Cuando se retiró, se le acercó a Arrupe el posadero con cierto misterio y le llamó por detrás.

—Don Pedro...

Arrupe se volvió.

—¿Qué pasa?

—De momento nada, pero es por si acaso.

—Por si acaso, ¿qué?

—¿Sabe usted con quién está hablando?

—Pues... no.

Pedro miró con curiosidad al posadero que meneaba pausadamente la cabeza.

—No se fíe usted de las apariencias.

—Bueno, pero ¿qué le pasa a ese muchacho? —le preguntó intrigado.

El posadero miró a ambos lados, para cerciorarse de que no le observaban. Luego añadió, bajando la voz:

—Verá usted. No es que sea un mal muchacho, pero en estos tres últimos meses ha matado a más de veinte personas con su propia mano. Vamos, con esto no quiero decir de él nada malo, pero hay algunas pequeñas debilidades que conviene decirlas. Y conste que no es murmuración...

Arrupe se fue a la cama saboreando aquello de «pequeñas debilidades», mientras la fonducha se animaba como todas las noches con baile y cante “jondo», sin que nadie sospechara que allí se hospedaban cinco curas.

Reparado el automóvil, los cinco viajeros se plantaron en México capital en poco tiempo. Arrupe pasó allí quince días, disfrutando de variadas experiencias en este primer con tacto con un país que seguiría siendo importante en su vida.

Siempre recordaría, por ejemplo, su viaje a Morelia, donde visitó un colegio en el que estaban internos quinientos españoles, exiliados y sin padres, como consecuencia de la guerra civil española. Nada más llegar a la ciudad tropezó con algunos muchachos, que se habían escapado sin permiso. Arrupe pasó una noche en el hotel de aquella pequeña ciudad y arregló sin dificultad la visita al colegio. Como iba de paisano, nadie sospechó que era jesuita. Lo más curioso del caso fue que, al saber que había sido alumno de Negrín en la Universidad de Madrid, quien había llegado a ser presidente del Gobierno de la República Española, se figuraron que el discípulo iba a ser hechura del maestro y por tanto «comunista». La equivocación vino de perlas al padre Arrupe, ya que el médico del colegio acudió enseguida al hotel para invitar a don Pedro a visitar a los «españolitos», intentando convencerle de que aquella colonia se sostenía por la generosidad del Gobierno.

Arrupe visitó la enfermería y dialogó con los chavales, que sufrían discriminación si se sabía que .no pertenecían a familias comunistas.

Desde una de las camas oyó de pronto una llamada. Era un niño de doce años.

—¿Es usted español? —le dijo con voz entrecortada por el hipo.

—Sí, lo soy; pero no llores. ¿Qué te pasa?

—Estoy muy mal y nadie me hace caso. Llevo seis meses y he perdido diez kilos. Me duele mucho el estómago; pero no les importa nada. Yo me quiero volver a España.

y se echó a llorar desconsoladamente. Pedro intentó consolarle, pero se le hizo un nudo en la garganta. Cariñosamente le pasó la mano por la frente, para apartarle el pelo que le caía sobre sus ojos rojos y húmedos. Se la cogió con vehemencia.

—¿Me ayudará a volver a España? Dígame que sí. Por favor. ¡Dígame que sí! ¡Mire usted que sufro mucho! ¡Yo no quiero morirme lejos de mi madre!

El muchacho lloraba sin parar. Pedro le habló durante un rato y consiguió con sol arlo. Sabía que no podía hacer nada por él. Pero derrochó sonrisas y palabras de optimismo con aquel chico. Y consiguió dejarlo con un rayo de esperanza.

—Haré por ti lo que pueda —le prometió al despedirse, mientras el chaval le apretaba la mano como deseando que no se fuera.

No fue la única experiencia del joven sacerdote en aquella enfermería de niños exiliados. En una cama más allá se tropezó con una niña con toda la cara vendada, que se había quemado por rociarse de petróleo, ¡para liberarse de los piojos!

—¿Piojos? Pero, ¿no te podías haber lavado?

—¡Qué cosas dice usted! Entonces ya llevaba más de seis meses sin bañarme y sin ver apenas el agua. Imagínese cómo estaría...

Poco más allá, una muchacha de unos dieciocho años, que fue desterrada de España con dos hermanos pequeños. Su historia impresionó vivamente al padre Arrupe. Durante la travesía había tenido que huir corriendo varias veces de cubierta para que no la forzaran... Cuando ya creía estar a salvo, en aquel lugar, la bonita muchacha tuvo que sufrir algo más que insinuaciones del personal del colegio...

Pedro abandonó aquel centro con el alma oprimida.

De regreso a Washington, preparó todo para entregarse de nuevo a los estudios que le habían hecho cruzar el Atlántico. Ya estaba listo, cuando de pronto recibe una orden terminante. Debe abandonar por completo sus estudios hasta nuevas instrucciones. Arrupe intuyó enseguida que se trataba de un viraje providencial...

Corría 1937. América estaba en paz, aunque ya se fraguaba el prólogo de una terrible guerra. Y esto sucedía precisamente en Japón. Con el pretexto de un tiroteo a un grupo de soldados, Japón inicia enjulio de 1937 una guerra de conquista contra su eterno rival, China. Los sectores militaristas nipones, envalentonados por el éxito de la guerra contra los rusos en 1905, culminan así una larga campaña de intoxicación política y de agresiones contra sus vecinos imponiendo a su candidato más duro: el general Hayashi. Con el pacto antikomintern firmado, el gobierno de Tokio se lanzó a la batalla, alegando que Chiang Kai-Chek cedía a las presiones de los comunistas. Es sólo el primer capítulo de una estrategia que debe conducir al Japón al dominio de todo el Extremo Oriente y que culminará en la segunda guerra mundial.

Al otro lado del océano, Pedro Arrupe medita. ¿Qué querrá Dios con este extraño corte en su vida? Pedro ya ha hecho grandes amigos entre sus compañeros norteamericanos. Aquel aire de niños grandes le iba bien a la franqueza y jovialidad de un vasco que se estaba preparando para ser ciudadano del mundo, un mundo que, como una trágica naranja, comenzaba a partirse en dos...

 

 

CAPÍTULO 6: DE CLEVELAND A YOKOHAMA

—Lo haré con mucho gusto —sonrió el padre McMennay, mientras se despedía de Pedro para atravesar «el charco".

McMennay era el Instructor de Tercera Probación de Cleveland (Estados Unidos), donde Pedro Arrupe había sido destinado tras la orden de interrumpir sus estudios de especialización en medicina y moral. Estaba pasando aquel año de 1938 en ese último sprirú que dedican los jesuitas, siguiendo las directrices de San Ignacio, para consagrarse á la vida espiritual y al estudio del «instituto" de la Compañía, por si se hubiera enfriado esa dimensión tan importante en los años de la formación intelectual. Mes de Ejercicios, análisis a fondo de las Constituciones, actividad pastoral, etc., no fueron para Pedro sino un motivo más para desarrollar su entusiasmo y entregarse con más fuerza a su ideal.

Pero al padre Arrupe no se le quitaba de la cabeza su sueño más querido: ir al Japón. De aquí que, como sabía que McMennay era un hombre influyente en la Compañía —había sido provincial dos veces y por aquellas fechas elegido para asistir en nombre de su provincia a la Congregación General de Procuradores que iba a celebrarse en Roma—, le encargó que moviera en Roma su destino a Japón.

Pedro soñaba despierto con el día en que volviera el barco de Europa. Esto ocurrió el 6 de junio. A las ocho de la noche apareció en el Terceronado el padre McMennay. Pedro lo cuenta así:

«Mi corazón palpitaba con una taquicardia no común. ¿Qué respuesta traería de Roma? La encrucijada de mi vida me parecía más divergente que nunca: Japón, España, misionero en Extremo Oriente, científico en Occidente. Sentía una ansiedad que iba a llamar "santa", pero analizándola vi que había en ella no poco de humano, y de no santo.

"Un sacrificio más: esperar hasta la mañana siguiente sin preguntarle por mi destino. Apenas dormí. La oración del día siguiente fue un continuo repetir: Al comienzo del libro está escrito sobre mí que se haga Tu voluntad... Aquí estoy, envíame. En la misa me ofrecí como nunca, creo, lo había hecho: No huyo del trabajo... Ahora, encadenado por el Espíritu, sin saber lo que allí me sucederá (Hech 20-22). Viva Dios y viva el Señor mi Rey, que donde mi Señor esté, vivo o muerto, allí estará su siervo (2 Samuel 15, 21).

La hora de la visita del padre instructor era a las nueve de la mañana. Terminé el desayuno a las siete y media... Todavía hora y media. Salí a la huerta; aquella mañana no hubiera podido sentarme plácidamente en mi cuarto... Comencé el rezo de Prima. Creo que recorrí dos veces el camino alrededor de casa... Se me cayó no sé cuántas veces la estampa que tenía para marcar el breviario...

"Cuando, de repente, se acercó por la espalda, llamándome, pues no me podía alcanzar, el padre ministro:

—Peter! Mail for you!... You are a very important person... A letter from Fr. General for you!... (¡Pedro! ¡Tienes carta!... ¡Eres una persona muy importante!... ¡Una carta del padre General para ti!...)

"No salía de mi asombro... ¿Qué sería?..

"Fui a la capilla. No digo que abrí la carta, porque aquello fue destrozar el sobre... Leí: "Después de considerarlo delante de Dios y tratarlo con su padre provincial, le he destinado para la misión del Japón."

"Para qué tratar de describir lo que sentí entonces... A mí, el menor de todos, me fue otorgada esta gracia de anunciar a los gentiles la incalculable riqueza de Cristo. Por eso yo doblo mis rodillas ante el Padre de Nuestro Señor Jesucristo (Fl 3, 8 y 14).

Tratando de serenarme, a las nueve en punto fui al cuarto del padre instructor. Después de los primeros saludos, le pregunté lo más ingenuamente que pude si sabía algo acerca de mi futuro.

—Nada —me dijo, sonriendo con esa calma sajona que era en él característica-o Su padre provincial parece que pone algunos inconvenientes y el padre General aún no ha decidido el caso.

—Pues entonces, le puedo dar una noticia interesante —le dije haciendo dúo a su sonrisa en una octava más alta de vibración y de vida. Y le enseñé mi carta recién llegada de la Ciudad Eterna.

Han pasado muchos años desde aquella fecha, pero no he olvidado ni el escalofrío que experimenté al recibir aquel sobre cerrado que contenía la noticia, ni la emoción violenta que me invadió cuando leí que había sido destinado.

En esos momentos de plácida meditación, que no faltan en la vida de nadie, me he dedicado muchas veces a reflexionar sobre el proceso histórico de mi vocación. No fue una línea recta. Mucho menos, un flechazo que en vuelo franco hizo diana. Oposiciones, dificultades, órdenes terminantes en sentido, al parecer, contrario, y todo ello precisamente porque Dios me quería en Japón.»

Arrupe comenzaba a ver la encrucijada de caminos que le había conducido allí: salida obligada de España, por las circunstancias políticas, para tomar contacto con Europa; destino a Valkemburg para formarse en moral médica; contacto directo con los alemanes que estaban por entonces encargados de la misión del Japón, aprendizaje por tanto del alemán; experiencia, en fin, americana y práctica del inglés, sin olvidar los nuevos conocimientos en medicina que tendrían en el futuro una aplicación providencial...

En reflexiones posteriores el padre Arrupe confiesa que entre los motivos de su vocación misionera no había un engañoso espíritu aventurero o quijotesco, si bien son propios de la juventud los ideales que él por supuesto poseía en alto grado durante aquellos años y toda su vida. Entre las razones de elegida, aparte de la viveza con que en la época se vivía esta forma de realizar el mandato evangélico —la Iglesia tiene un despertar misionero a partir de Benedicto XV que generaría nuevos institutos, revistas y propaganda—, Arrupe veía en Japón una forma de vivir al máximo su entrega a Jesucristo en el espíritu de seguimiento de los Ejercicios de San Ignacio. Pero, después de preguntarse si lo que le impelía a ir a «misiones» era el trabajo, las almas a salvar, «la mayor gloria de Dios" o el vivir una vida más sacrificada, Pedro se responde:

«Mi único motivo misionero fue la voluntad de Dios. Sentía que me llamaba al Japón y por eso quería ir allí. Tengo el convencimiento íntimo de que el conocido juego de palabras: "Cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa", podría modificarse un poco para dejado así: "Cada hombre en su sitio y un sitio para cada hombre."»

Esta actitud de seguir en cada momento la voluntad de Dios, o vivir «en el centro», o ser fiel a lo profundo de uno mismo, que en lenguaje actual sería ser auténtico hasta las últimas consecuencias, será una clave espiritual de toda la vida de Pedro Arrupe.

 

En cárceles de máxima seguridad

 

El 30 de junio de 1938 Pedro Arrupe terminaba su año de Tercera Probación en Cleveland. Pero no se marchó inmediatamente a Japón. Tuvo que esperar dos meses hasta que pudo arreglar todos los requisitos del viaje.

Como no le apetecía en este tiempo estar mano sobre mano, se buscó un trabajo pastoral, cosa no difícil en Nueva York, donde abundan gentes de todas las procedencias. De modo que Arrupe se entregó al trabajo con los hispanos, desde la ilusión de su sacerdocio aún recién estrenado.

Al principio se dedicó a dar conferencias, que según confiesa él mismo, «tenían aspiraciones de altos vuelos». Fueron bien recibidas y escuchadas con interés. Pero no pasaban de ser una actividad cultural que abría puertas a un trato más íntimo con la gente.

Alguien le ofreció un «auditorio de menos altura pero que pudiera responder mejor»: una cárcel de máxima seguridad, donde había más de quinientos presos de lengua española.

No fue fácil. Era la época de la «caza de brujas» y ya se veía en cualquiera a un comunista infiltrado, incluso en un sacerdote. Pero, enterado de los deseos del padre Arrupe, un irlandés se ofrece a solucionarle el problema. Se trataba de un hombre de palabra. A los pocos días un telefonazo le abría a Arrupe las puertas de la cárcel.

Fue una temporada de intenso trabajo. Pedro celebraba la misa a las cuatro de la mañana y, al perderse las últimas estrellas, se encaminaba a la prisión.

El primer día advirtió que los carceleros le miraban con una sonrisa de desconfianza. Todo estaba en regla, pases y documentos, pero aun así albergaban sospechas.

Los pabellones eran los típicos de las cárceles americanas. Las puertas, de barrotes de hierro, se orientaban todas hacia las ventanas, y delante de ellas se extendía un espacioso corredor. En la puerta de entrada de cada pabellón había un par de centinelas de guardia continua. Y junto a ellos, un cuadro electrónico con luces y botones que abrían automáticamente la celda que llevaba impreso el correspondiente número en blanco y negro. Separación absoluta de reclusos y medidas de máxima seguridad. Sobre la mayoría pesaba una condena por delitos de sangre.

La primera vez que Pedro entró en una de aquellas salas sentía que el pulso le latía más deprisa que de costumbre. Iba nervioso. Experimentaba casi miedo detrás de su aparente tranquilidad. El centinela le miró con extrañeza. Arrupe le explicó tímidamente el motivo de su visita. Luego el centinela le dijo:

—Padre, ¿a qué «león» le desenjaulo?

—Dé jeme un momento la lista para que elija a uno cualqUIera.

El oficial de prisiones se la alargó. Arrupe pasó la vista apresuradamente sobre los nombres. Eran apellidos familiares para un español: Rodríguez, Álvarez, García, Sánchez,

López... Al final eligió uno al azar.

—Ábreme la puerta del 279.

El carcelero miró el nombre y exclamó entre dientes: —Mal «pájaro» ha elegido. Es de los peores. ¿Sabe que va a ir usted?

—No sabe nada.

—¡Hum! No sé cómo va a recibirle.

—Yo tampoco, pero dentro de muy poco ya habremos salido de dudas.

—Así es. Que tenga suerte y que no le muerda.

El centinela pulsó un botón. Los barrotes se abrieron.

Arrupe entró entre aquellas paredes desnudas. Detrás volvió a caer, suavemente, la reja automática.

El presidiario se puso de pie. Miró al sacerdote sin musitar palabra. Tenía una mirada dura, metálica. Pedro no sabía si había desafío, odio, rabia o gratitud en aquellas pupilas distantes. De pie, firme, con las manos en los bolsillos, se mantenía en guardia como sin saber a qué atenerse. Parecía dominar la situación.

En un primer momento Pedro se sintió más «cortado» que él. Elevó el pensamiento con una oración, para que al menos la entrevista no fuera contraproducente... En ese momento se sintió completamente sereno y recuperó el dominio de sí mismo. Con naturalidad se sentó tranquilamente en el camastro que cubría el rincón de la celda, y apoyando las manos junto a las rodillas sobre un cubrecama con listones oscuros, imprimió a los pies un rítmico movimiento de balanceo.

El presidiario empezaba a desconcertarse. Pedro se dio cuenta de que se había hecho con la situación y se decidió a romper el silencio:

—¿Te extraña mi visita?

—Puede figurárselo. No tengo el gusto de conocerlo. —Tampoco te conozco. Pero no importa. Podemos ser amigos. No creo que tengas que arrepentirte de ello. —¿Qué sabe de mí? ¿Por qué ha venido?

—Sólo sé lo que dice tu ficha. Lo otro es más difícil de explicar. De momento, me basta con charlar contigo. Encerrado en este cuartucho, no creo que te moleste hablar con alguien.

Tras un rato de conversación, Pedro retiró la bufanda que rodeaba su cuello. Al hacerlo, brilló a la luz su «collar» romano. El presidiario se dio cuenta enseguida.

—¿Sacerdote?

—Sí, ¿te choca?

—No pensaba ver por aquí a ningún cura. Poco tenemos que ver con ustedes —dijo con un deje de nostalgia.

Los dos interlocutores entraron en materia. Aquel hombre preguntó a Pedro si una vida podría rehacerse. Pedro le habló de los brazos abiertos de Dios, de la capacidad de empezar de nuevo, de la misericordia. Luego callaron un momento los dos. Cuando él volvió de nuevo a abrir los labios, lo hacía con el corazón en la boca. Se había entregado. Aquel hombre necesitaba desahogarse. Vio una mirada franca, una sonrisa abierta, la del padre Arrupe, delante de sí. Y habló y habló sin parar. Sabía que aquel mundo íntimo no saldría nunca de las tres paredes de la celda.

Era el primer éxito del padre Arrupe en la cárcel de máxima seguridad, al que seguirían muchos más. Nacía de un convencimiento muy enraizado en él: que los hombres no son malos, sino víctimas de las circunstancias, de una sociedad estructuralmente corrompida, que todo hombre necesita un amigo.

Entre maldiciones, tacos y alguna que otra obscenidad, Arrupe fue entrando en el corazón de aquellos reclusos. A veces se observaban curiosos contrastes. Como el caso de un panameño.

No tenía mal fondo, pero cuando algo le molestaba se volvía loco. Una de las veces que le visitó en su celda, la conversación derivó a temas familiares. Al ver que no parecía molestarle, Arrupe le preguntó:

—¿Tienes familia?

—Sí, algo me queda todavía.

—¿Casado?

—Dos veces. Pero ya están en la fosa mis dos «costillas". Lo dijo con tono indiferente, brutal. Pedro se quedó helado. Por comentar algo, continuó:

—Mala suerte, ¿no? Pronto se murieron. ¿Eran muy jóvenes?

—Ninguna de las dos se murió. Está equivocado. —¿Pero no me ha dicho?..

—Sí, que están en la fosa. Pero no porque se muriesen, sino porque las maté yo... Si estuviesen vivas, no estaría yo aquí... La verdad es que tuve mala suerte. Me tocaron dos malos bichos.

Rió a carcajadas.

—Pero ya se llevaron su merecido...

Pedro abría los ojos desorbitadamente. La conversación derivó en los hijos.

—Tengo dos: un niño y una niña, que se llevan sólo un par de años. Los dos de la primera mujer, porque a la segunda me la «cepillé» enseguida. No podía durar en casa. Figúrese que trataba mal a los hijos. Tenía que pagarlo, y vaya que si lo pagó.

El panameño habló con fruición de los pequeños: Luisillo, de doce años, y Rosita, de diez.

—¡Si usted los viera!

Al hablar de sus hijos, se le nublaba la vista. El padre Arrupe explotó aquella conversación. Hacía tiempo que no los había visto. Estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por aquellos niños.

—Hace mucho tiempo que no sabía lo que era llorar. Pero puede creer que cuando me los quitaron para traerme aquí..., lloré como un chiquillo. ¡Era lo único que tenía, y me lo quitaron! ¡Canallas!

El panameño soltó «sapos y culebras" por la boca. Entre las palabras fuertes aparecían el odio y el amor que sentía al mismo tiempo. Pedro le dejó que se desahogase.

—Antes de «enchiquerarme» —continuó— trabajaba en una fábrica que distaba de casa como media hora andando y diez minutos en tranvía. Aquel recorrido siempre lo hacía a pie porque así me ahorraba diez centavos de dólar. No era una fortuna, desde luego. Pero bastaba para comprar caramelos a los chicos. Ni un solo día dejé de hacerlo. Yeso que algunos días de lluvia o nieve el camino se hacía largo. Mis zapatos estaban siempre rotos... Pero aquellos diez centavos valían la pena.

Arrupe encontró una zona de amor. Y entró por allí, para liberar a aquel espíritu atormentado. No era el único contraste en aquella cárcel. Y Pedro tuvo ocasión de adentrarse por los vericuetos de la psicología humana, donde uno siempre podía tropezarse con un rayo de luz.

Otro día le dijeron los vigilantes de la entrada: —Hoy no se moleste. No están. Tienen libre. —¿Libre?

—Sí, están en la jaula del béisbol.

El guardia señaló un campo enorme en el que los tres mil reclusos estaban jugando como si fueran colegiales. —Lástima... ¿No podría entrar con ellos?

El guardia abrió los ojos.

—¿Se va a atrever a entrar entre esas fieras? Por lo menos no se libraría de un abucheo general... Pero si quiere, allá usted.

—Por probar nada se pierde. Avise al oficial de guardia, por favor.

El oficial no puso dificultad, aunque intentó disuadir al padre Arrupe, sobre todo por llevar cuello romano. Con todo, abrió los gruesos barrotes y le deseó suerte.

Los candados chirriaron a sus espaldas. Arrupe avanzó entre aquellas fieras. Los presidiarios de habla inglesa no le conocían, por lo que le dirigían unas miradas que le atravesaban. Pero avanzaba intentando localizar una cara amiga. La tensión aumentaba... Por fin descubrió a alguien conocido. Tras un rato de charla con varios, uno de ellos le dijo que un amigo cubano quería confesarse, pero que era peligroso, porque tenían prohibido ir en parejas. Pedro le dijo que lo llamara. El preso arguyó que deberían hacerlo a escondidas. Pero Arrupe le replicó que era mejor hablar con uno de los vigilantes. De modo que se fueron directamente hacia donde estaba el centinela.

—¿Cómo le han dejado entrar? —dijo el funcionario. —Ya lo ve, a saludar a estos viejos amigos. Me han dado permiso para hacerlo y no he querido perder la ocasión.

A partir de aquel momento, Pedro mantuvo una doble conversación: en inglés con el centinela, sobre política americana, y en español con el presidiario cubano, sobre Dios. Luego, le dio disimuladamente la absolución. Una confesión que duró dos horas y media.

El padre Arrupe se despidió del vigilante para dirigirse hacia donde se encontraba arremolinada la mayoría de los presos. Al llegar, Pedro observó que corrían una voz entre ellos. Estaban en tensión. De pronto vio que se habían cerrado en masa compacta delante de él y que uno de los presidiarios, en representación de todos, se adelantaba hacia donde estaba Pedro para obsequiarle con unos cantos sudamericanos y españoles.

Las nostálgicas letras latinoamericanas llenaron el recinto, acompañadas por rústicos instrumentos caseros. El lamento era interpretado por un coro de setecientas voces, que rasgaba el aire con el son de viejas raíces queridas.

Pedro se emocionó. Aquellos marginados le estaban agradeciendo a su manera eJ haber sido un amigo para ellos, el haberles dado su tiempo, el haberles dejado hablar. Pedro se convenció una vez más de que el primer evangelio es el cariño.

Al concluir, se cortaba el silencio. Arrupe comprendió que esperaban unas palabras. Con su voz juvenil les dio las gracias.

—Creo que lo mejor que puedo hacer para corresponderos es cantaras también una canción.

Pedro recordó sus tiempos del coro, durante los años de formación, las dulces landas del País Vasco, donde rodaba la potente voz de barítono de su padre. Y, de forma vibrante, poniendo el alma en ello, entonó un zortziko, lleno de ternura: “Desde que nace el día...

En los gélidos patios de la prisión norteamericana la dulce canción vascuence sonaba como una inmensa nana para el dolor de aquellos delincuentes cargados de heridas. Sus rostros miraban a Arrupe entre pensativos y nostálgicos...

Cuando se perdieron las últimas notas, una salva de aplausos llenó el campo. Pedro comprendió que había triunfado. A partir de aquel momento jamás observó un gesto de hostilidad. Arrupe quedó convencido en aquella cárcel de que no había mejor apostolado que querer a la gente, que ser un amigo. Algo que no olvidaría jamás.

 

Llorando frente a Yokohama

Los días se fueron desgranando lentamente, entre las visitas a la cárcel y la pastoral con otros hispanos. Nueva York se había hecho pequeña para la ilusión y el optimismo del joven jesuita español. Cuando Pedro tuvo todos los papeles en regla y ya estaba a punto de cumplirse la mayor ilusión de su vida, llegó la hora triste de decir adiós.

De aquellas despedidas se le quedaron especialmente grabadas dos.

Por una parte, los hispanos que trató en Nueva York, con los que había establecido contacto poco después de llegar de Europa. La colonia hispana se volcó en una fiesta íntima, salpicada de cantos y bailes. Pero la despedida de los presidiarios costó más al corazón de Pedro. Tenían menos medios, pero pusieron toda la ilusión.

Arrupe evoca así este momento:

«Cuando crucé por última vez aquellas puertas enrejadas tras las que vivían aquellos desgraciados, sentí una terrible opresión en el pecho. Cierto era que la cadena de sus crímenes hacía necesaria una reclusión, pero la justicia que el castigo encerraba no disminuía en nada el dolor que me producía el contemplar de cerca las tragedias que roían aquellos corazones que ante el mundo aparecen duros como el granito. Y tal vez porque vi en ellos más sufrimiento que en otras partes, sentí más alejarme, porque junto al dolor parece que está siempre el puesto del sacerdote. Aquellos grandes grupos de hispanos que se encontraban fuera y dentro del presidio me dieron mucho que pensar. Tanto que, de no tener una vocación tan clara y decidida por el Japón, desde hacía muchos años antes, es probable que hubiera constituido el campo apostólico de mi vida.» f Cuando el padre Arrupe escribió estas palabras no sabía aún cuánto iba a hacer en el futuro por América Latina y por el mundo de los refugiados y marginados en general.

El 30 de septiembre el padre Arrupe iniciaba su viaje al Japón. Tomó el barco en Seattle, rombo a Yokohama. Las costas de Occidente se borraron enseguida ante los ojos del misionero. Desde aquel momento tuvo la sensación de que el barco avanzaba a esa velocidad media que sin ser lenta tampoco resulta rápida. Cuando miraba al horizonte le parecía que siempre estaba quieto. Sólo cuando clavaba la mirada en el chorro de espuma que parte la quilla de proa, caía en la cuenta de que el buque ganaba millas con un cabeceo imperceptible en los días de calma. Pedro llenaba esas horas de monotonía leyendo, escribiendo, rezando, charlando con sus compañeros de travesía y sin perder nunca la oportunidad de contagiar un poco de su fe y de su optimismo.

Por fin una mañana luminosa, con un cielo y un mar imperturbablemente azules, el puerto de Yokohama apareció en el horizonte. Cuando salieron del camarote, se encontraron con el buque balanceándose, en una espera que había de durar casi diez horas, no lejos de los muelles. Durante la noche, habían entrado en la bahía de Tokio sin darse cuenta, y al romper el sol, descubrieron la primera amanecida del Japón.

«¡Dios mío! ¡Qué emoción la que sentí entonces! Con un vigor que me ahogaba, se volcó sobre aquel instante de vida el peso de mis diez años de ilusiones y de deseos. Sí, ¡diez años pidiendo venir a Japón, y al fin anclado entre sus costas!

Sentí la debilidad terrible de las grandes emociones y lloré. Fue una de las pocas veces que lo hice siendo hombre. Tal vez la segunda después de muertos mis padres, porque la primera fue en aquel penal donde se hablaba en español y se sufría en inglés.»

La despedida de aquellos pobres reclusos también le había conmovido hasta nublarle los ojos.

Acodado en la borda, con la mirada hipnóticamente fija en las primeras casas japonesas que veía, Pedro grababa en su alma algo que nunca olvidaría. Cuando pasados los años y ya enfermo el padre Arrupe evocaba al autor de este libro aquel momento, sus manos deformadas por la trombosis se estremecieron y volvió a llorar como un niño.

¡Por fin el Japón! La tierra prometida ante sus propios ojos... En aquel momento apenas podía pensar. Pero sí sentía y oraba. Y oró mucho con pocas palabras, poniendo toda el alma en cada una de ellas.

Le entregó todo a su Dios. Sin condiciones, rogándole al mismo tiempo que hiciera irrevocable su generosidad. Dejaba para siempre no sólo la vieja España, que ya hacía tiempo había abandonado por el centro de Europa, sino la cultura occidental. Entraba en un mundo nuevo, donde se le impondría una dura "inculturación», donde se abrirían facetas fascinantes, donde encontraría desafíos insospechados para él en aquellos momentos.

«Me acordé de lo que había sido mío: mi pasado, y quise romper con él, para consagrarme definitivamente al futuro que hasta entonces no me había pertenecido: el Japón. Y en un ansia infinita de superación y total entrega, le supliqué al Señor que me mantuviese siempre vivo el fuego sagrado de aquellos momentos que me hacía sentirme fuerte para todos los sacrificios y todos los heroísmos.»

Dios escuchaba aquella mañana de otoño de 1938 la oración del padre Arrupe. Porque así sería realmente su vida en aquellas islas. Yokohama será uno de los kairoi o momentos cumbres de salvación en la vida del padre Arrupe y punto de referencia para sus encuentros con Dios en la oración.

Tras el primer impacto y aquel intenso momento de oración, la realidad se impuso. El ajetreado puerto de Yokohama, desde el privilegiado y estratégico emplazamiento de la bahía de Tokio, tenía ya por entonces cuarenta muelles de cemento y continuo trasiego de mercancías y pasajes. Un bosque de grúas se difuminaba entre las nubes de humo mientras Pedro escuchaba por vez primera el sincopado hablar de los cargadores japoneses. El desembarco se hizo lento, con los trámites de aduanas. Tras ellos, el padre Arrupe se vio sentado en un tren que con puntualidad japonesa le conducía a Tokio capital.

Todo era impresión recién nacida. Abría sus ojos a los colores y a las cosas como a una película insólita, que iba a ser el escenario principal de su vida. Le pareció ver ante sí como una legión de ferroviarios en un andén. Pero no eran tales. Todos vestían de uniforme: pantalón azul marino o negro, chaqueta oscura y gorra punteada con iniciales metálicas. Sólo más tarde supo que eran universitarios. Era el primer contacto con el pueblo que ama vivir la colectividad, el orden, los uniformes.

Pero lo que más le impresionó fue percibirse a sí mismo como el extraño, el diferente, ante una masa de rostros amarillos, ojos oblicuos, pómulos salientes, nariz imperceptible y pelo rapado, como era entonces la costumbre dominante.

El rostro japonés. Todo un enigma para un europeo. Miradas opacas que parecen reservar interiormente todo un mundo de sentimientos e ideas. Sonrisas e inclinaciones que no pueden traducirse literalmente a nuestros gestos de Occidente. Pausas, serenidad, impenetrabilidad... Japón surgía ante los ojos del padre Arrupe en forma de un gran rostro japonés.

Saboreaba estos primeros fogonazos de cultura oriental, cuando el tren silbó para indicar que había llegado a Tokio.

La gran capital, ya por entonces con seis millones de habitantes, y sede del Emperador que en esa época seguía venerándose como provisto de ascendencia divina, le desilusionó. Con las pupilas todavía repletas de los rascacielos de Manhattan, aquel amontonamiento de barrios de madera y calles bulliciosas le pareció pobre, casi miserable en una primera impresión. No era el Japón de hoy, con su milagro económico y categoría de potencia mundial. El made in Japan vendría después. Era un Japón de preguerra. En este sentido no era el primer desilusionado. Cuentan del famoso misionero padre Villión que su desencanto fue tal que, abatido en sus primeros años de misionero, llegó hasta el mismo muelle al que había arribado con ánimo de marcharse. No lo hizo, venció la depresión. Pero esto indica el rechazo instintivo que había provocado en él el tropezarse con aquel otro mundo.

Para Pedro Arrupe no era fácil el desánimo. Sus ojos se fueron habituando a aquellos rostros impenetrables. Sus oídos comenzaron a percibir aquella música exótica. Detrás de cada kimono quiso desde el primer momento alcanzar un escondido corazón humano. Ya estaba en Japón. Y al menos en su entusiasmo y buena intención, ya era un poco japonés.

Mientras, en aquel año de 1938 se estaba fraguando la tragedia. El estallido de la segunda guerra mundial tenía un prólogo diplomático en el pacto de Munich. El 29 de septiembre, los mandatarios de Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña habían sellado el destino de una nación ausente, Checoslovaquia, y reconocido los derechos alemanes sobre la región de los Sudetes. Era otro triunfo de Hitler y el partido nacionalsocialista. La táctica para la anexión había sido muy similar a la utilizada con Austria, con Renania, con el Sarre. Lo mismo que lo era la reacción timorata y conciliadora de Gran Bretaña y Francia. Poco después, al dirigir el Reich sus apetencias hacia Polonia, estallaría la segunda guerra mundial. Ya en los meses finales de 1937 había cristalizado el eje Berlín-Roma-Tokio. Japón estaba pues implicado en la terrible guerra, que afectaría de lleno a la vida de Pedro Arrupe, un joven sacerdote que por el momento seguía llenando sus ojos de las fascinantes primeras impresiones del Extremo Oriente. Su sueño, visualizado entrañablemente durante años en la imaginación y recreado en largas horas de oración contemplativa y ardiente, acababa de hacerse realidad.

 

 

CAPÍTULO 7: AQUEL JAPON INCREIBLE

 

—o agari kudasi —dijo la dama con una indefinible sonrisa, que parecía confundirse con las curvas casi imperceptibles de sus ojos apaisados.

A Pedro le explicaron que aquello significaba «Suba, por favor», que en Japón sustituye al «Entre, por favor», ya que el nivel del suelo de la casa tradicional está situado más arriba. Arrupe había dejado cuidadosamente sus zapatos en el genkan, o vestíbulo de piedra, y subió en zapatillas los escalones de madera hasta la limpísima habitación. Allí pudo ver por primera vez un tatami, la esterilla cuidadosamente extendida en un espacio vacío de muebles, donde los japoneses hacen habitualmente su vida: comen, duermen, conversan y trabajan. Un concepto económico y «multiuso» de la vivienda. Encerrados tras unas puertas correderas, los shoji, los enseres de la habitación, permanecen empotrados hasta el momento de utilizados.

Aquella desnudez de artificio, mezclada al mismo tiempo con una inusitada delicadeza, comenzó a fascinar al recién llegado, que visitaba la primera casa típicamente japonesa... Pero antes había tenido que vivir otras experiencias.

Arrupe se encontraba en Nagatsuka, en las afueras de Hiroshima, enfrentándose con una de las pruebas más recias para un extranjero que intenta encarnarse en la cultura japonesa: el estudio de la lengua. Una lengua que era algo más que una escritura y unos sonidos completamente diferentes. Era todo un modo de concebir la vida.

A esta actividad que hoy, dada su importancia, exige un período mucho más amplio de tiempo, dedicó el padre Arrupe seis meses. Él mismo los califica de una «monotonía aplastante». La dificultad más notable era el salto mortal que supone pasar de lenguas que, como el inglés, francés, alemán y español, tienen un cierto esqueleto común, de sujeto, predicado y complementos, a una lengua que «para cualquier europeo es un idioma truncado, con la espina dorsal de su ideología violentamente contorsionada».

Perteneciente al grupo de lenguas uralaltaicas del norte de Eurasia y con ciertas relaciones con el magiar y el finlandés, como lengua hablada (de inflexión polisilábica) no tiene afinidad con el chino hablado (monosilábico y sin inflexión). Y de aquí arranca su complejidad. Hasta el siglo VI los japoneses, que antes no utilizaban la escritura, comienzan a usar los caracteres escritos (ideogramas) del chino. Para la mayoría de los caracteres hay dos pronunciaciones, una nativa japonesa, y otra con el mismo significado de la palabra japonesa pero con una pronunciación semejante a la del sonido original chino. El uso de una u otra pronunciación viene determinado normalmente por el contexto o el nivel del discurso.

Ya en la construcción, un simple «voy a Tokio» se convierte en “Tokio a voy». Esto sucede con tres palabras. Pero si se trata de cuatro: «Pienso ir a Tokio», entonces aumenta aún más el hipérbaton: “Tokio a ir pienso.» Y si son cinco, seis, dos líneas, ha de hacerse siempre la misma gimnasia sintáctica.

A ello se añade la dificultad de aprender los kanjis, cuyos trazos pueden llegar a veinte, veinticinco y hasta treinta rasgos y cuyo valor simbólico puede tener a veces dos, tres, hasta seis y siete sentidos diferentes y con frecuencia inconexos. En una palabra, y sin entrar en más detalles, el japonés está considerado como una de las lenguas más difíciles de todo el mundo, para los extranjeros por supuesto, pero incluso también para los propios japoneses.

 

 

Así no es Japón

Pedro, a pesar de su capacidad intelectual y de haber dado espléndidas pruebas de ser un gran estudiante, pasó por esta frontera de la lengua no sin desalientos, como lo han hecho cientos de misioneros que han intentado «inculturizarse» en Japón, es decir, asimilar la cultura oriental y relacionarla con el cristianismo occidental.

Mientras atravesaba este oscuro túnel de la lengua, Pedro Arrupe no podía ejercer muchas actividades pastorales. Sin embargo, siempre estaba dispuesto a echar una mano en cualquier trabajo, a acompañar a alguien o a arrimar el hombro.

En una de esas ocasiones, preparó los bártulos con ilusión para celebrar misa con el padre Schefer en casa de uno de los cristianos que él atendía. Arrupe pensó que se dirigía a casa de un japonés. Ignoraba que el jesuita alemán hacía tiempo que ayudaba a coreanos, cargadores de muelle y empleados en tareas semejantes.

Arrupe llegó a aquel barrio coreano sin adivinar por las facciones, ni por la lengua, que se trataba de orientales de esta nacionalidad. Por las callejuelas, camino de Fuichi, estrenaba ilusión misionera con sus ojos muy abiertos. Se detuvieron ante una casita de estilo japonés, destartalada y sucia.

—¿Es aquí? —preguntó el padre Arrupe. —Aquí es —le respondió su acompañante. Hicieron resbalar la puerta corrediza. —Comen nasai.

El saludo quedó sin respuesta. Pedro se quedó vivamente impresionado por la dejadez y la pobreza de aquella casa. Tras insistir, se abrió una puertecilla. Oscuridad y silencio. En el humo de un hogar más escondido encontraron gentes que esperaban a su manera.

Tras aquella acogida tan poco afectuosa, hubo que abrir las ventanas para que el humo se dispersara. En medio de la gélida corriente se dispusieron a improvisar un altar.

«Cuando en mi primer contacto apostólico —confiesa Arrupe— me encontré con tanta indigencia, con tanta penuria de pronto y en tan reducido espacio, creí que el alma se me caía a los pies.»

Impresionado por aquel ambiente sórdido, al concluir la celebración eucarística el padre Arrupe preguntó al padre Schefer:

—Padre, ¿todo Japón es así por dentro?

—No, hombre, no; Japón no es así ni por dentro ni por fuera.

Pedro respiró. Le pareció que le quitaban un peso de encima. Aquello no era Japón. Aquello no era más que un núcleo pobre y abandonado de emigrantes que, apátridas, vivían en el mayor abandono. Pero aquella experiencia, como todas las de carácter social, quedó en la memoria de Arrupe. No deja de ser curioso que con el paso del tiempo y después del «milagro económico japonés», los emigrantes asiáticos en Japón sigan siendo ciudadanos de segunda categoría, obligados a un control continuo de huellas dactilares y marginados por la opulenta sociedad japonesa actual.

Poco a poco Pedro va desvelando aquel mundo nuevo y exótico. Entre los descubrimientos que más le impresionan está el furo, baño típicamente japonés. El doble de alto que una bañera europea y la mitad de largo, exige que el que entre en él cruce los pies al estilo japonés. El agua suele llegar al cuello. La alta temperatura de ésta es insoportable, al principio, para los occidentales, pues alcanza los cuarenta y cinco grados. Toda la familia se baña en la misma bañera y con el mismo agua, si bien entran perfectamente limpios en ella después de haberse enjabonado y enjuagado. Es decir, más que la limpieza buscan los efectos sedantes del baño.

En una ocasión Arrupe preparó el baño para un jesuita extranjero. Al advertirle las normas para tomarlo, este padre se ofendió mucho, alegando que había vivido quince días con una familia japonesa. Con estupor, cuando entró después Arrupe advirtió que se había enjabonado dentro. Al hacerle caer en la cuenta de su confusión, el sacerdote quedó aterrorizado: ¡Había dejado sin bañarse a la familia japonesa durante quince días!

Otra divertida anécdota, provocada por la ignorancia de las costumbres japonesas, la narra también Arrupe en sus Merrwrias. Trata de una familia occidental que, cansada de un viaje marítimo y al desembarcar en Yokohama, va a hospedarse a un hotel típicamente japonés. Evidentemente, los extranjeros se encuentran con el tatami y con escasos enseres más. Por fin, descubren que las camas o futones se hallan dentro de los oshi-ire o armarios... Al día siguiente el camarero entra en la habitación y no encuentra a nadie. Sorprendido, va abriendo uno a uno los oshi-ire. En cada armario encuentra a los diversos miembros de la familia que, para dormir, se habían metido dentro de los mismos en vez de sacar las colchonetas fuera.

 

Hana ga takaí desu ne: ¡Menuda narizota!

Pasaron lentos aquellos primeros seis meses en Japón. A Pedro le bailaban en la cabeza, como patas de mosca, muchos cientos de kanjis y, con mucha dificultad para hablar y mucha más para entender, se encaminó hacia Tokio.

Su primer destino en la gran ciudad era un barracón, al estilo de los que se utilizan en los campamentos militares. Denominado el Settlement, aquel lugar era una obra social que durante el día servía como guardería de hijos de trabajadoras y por las tardes se convertía en escuela nocturna para adultos.

Cuando Pedro se aprestaba a realizar el consabido rito japonés de quitarse los zapatos para entrar en casa, varios chavales que le contemplaban comenzaron a reírse.

Pedro se puso nervioso. No sabía a qué se debían aquellas risas: si no se había descalzado al estilo japonés, si no había hecho los saludos de rigor, si no había alineado correctamente los zapatos...

Con su media lengua japonesa, el sacerdote les preguntó por qué se reían. Los niños apuntaron con su índice a la nariz aguileña del jesuita vasco:

—Hanaga takai desu ne... —que traducido al castellano no quería decir otra cosa que «¡Menuda narizota!»

Allí fue su auténtico «bautizo» de japonés. Tenía interminables charlas sobre temas religiosos al anochecer con Michel) otro jesuita) director del centro) y con la participación de universitarios. A Pedro le impresionó vivamente cómo aquellos muchachos) sentados en el foJami) arrodillándose primero y dejándose caer luego sobre los talones) aguantaban impertérritos el paso de las agujas del reloj. Arrupe se retorcía de dolor sin saber qué le dolía más) si las rodillas o los tobillos. El subateo era una verdadera tortura para un occidental con los huesos y los músculos ya endurecidos. Con el paso del tiempo) sus oídos se fueron acostumbrando a aquellos extraños sonidos y sus piernas comenzaron a «subatearse» sin excesivo dolor.

De pronto) por un rincón de la habitación aparecía Tamura-san) una institución en aquella casa. Viuda y con tres niños) cuidaba como cocinera de los Shimpu-samas) los padres) y vivía con un pie en la tierra y otro en el cielo. Comulgaba diariamente y ¡hasta rezaba el rosario!

U n buen día se retrasó el desayuno. Michel y Pedro) tras esperar un buen rato) fueron a buscada. En el cuartito interior se encontraron con la cocinera en oración extática) las manos juntas) la cabeza inclinada) la respiración contenida y el fuego sin encender) delante de una magnífica imagen de Buda colocada sobre una repisa.

Los dos jesuitas se quedaron estupefactos.

—Pero) ¿qué hace usted, Tamura-san?

Tamura-san se volvió sin perder su beatífica paz.

—Estoy rezando por mi pobre marido. ¡Era tan bueno!

Él me regaló este Buda. Y ahora que ha muerto) ¿cómo voy a dejar de pedir por él?

Su instinto le decía a aquella devota católica que debía rezar al Dios de su marido... Pedro empezaba a descubrir el alma japonesa.

Pero Tamura~san también se convirtió en una auténtica tortura para el padre Arrupe. Como no repetía los platos ni un solo día, el misionero recién llegado se veía obligado a rendir homenaje a la cocinera, que solicitaba su juicio después de servirlos.

Pedro tragaba saliva antes de probar el pescado crudo o aquellos condimentos extraños. Un día se presentó con algo nuevo, una especie de sopa, el kombu, el único' plato que Arrupe confesaba, pese a su espíritu de sacrificio, que le había producido auténtica repugnancia entre las comidas japonesas.

—¿Le ha gustado? —preguntó Tamura-san.

Pedro buscó rápidamente en su diccionario mental. —Orrwshirokatta (interesante, divertido...) —respondió.

La cocinera sonrió satisfecha. En mala hora había aprendido Pedro aquella expresión. Tamura-san le «plantó» el plato en la mesa ¡siete días seguidos! Pero a partir del cuarto día el kombu le comenzó a parecer mejor que un consomé...

Poco a poco el padre Arrupe se fue encontrando a gusto en el Settlement, y aquella estancia se convirtió para él en un importante rodaje en el ejercicio de la conversación y la penetración en el alma japonesa. Curiosamente sus tres primeras actividades coincidieron con tres funerales...

El primero fue otro nuevo impacto. Acompañado por el hermano Masui acudió a una casa con muchos adornos budistas en el interior. Pedro preguntó por el cadáver. Le respondieron que estaba «de cuerpo presente»... Como no lo encontraba, insistió:

—¿En dónde?

—Allí.

Era una cajita que contenía las cenizas. Sobre la misma, una inmensa navaja cruzada...

—¿Y esa navaja?

—Es un símbolo. Las familias de la aristocracia depositaban sobre el féretro una lujosa espada, como los viejos samuráis, para que el difunto se defendiera de los malos espíritus. Los pobres no tienen otra opción que proporcionarles una navaja barbera...

Pedro lo recibía todo como una esponja y sin perder nunca su buen humor. Como aquel día que, después de acudir a uno de estos funerales, se encontró con una muchacha japonesa que pretendía casarse dentro de tres días. .. Su novio era un desconocido y marchaba a la guerra de China. En aquel encuentro Arrupe aprendió varias cosas: que los japoneses nunca van directamente al grano, que hay que esperar para que puedan comunicar su verdad, que existía una costumbre tradicional por la cual los contrayentes no deciden su propia boda..., y que la guerra seguía allí.

Poco a poco el padre Arrupe se iba «lanzando». Con motivo de consagrar al Corazón de Jesús la capilla de unas religiosas, se le ocurrió la idea de repetir esta experiencia con las familias japonesas. Él cuenta cómo, a veces, esta oración hecha desde la autenticidad y la sencillez provocaba la unión en la plegaria de personas de la misma familia que pertenecían al budismo o al sintoísmo, y a veces, también algunas conversiones. El modo de actuar del padre Arrupe provocaba ya una reacción de curiosidad y convencimiento...

Un buen día quedó especialmente impresionado por la forma de orar de una catecúmena. Se pasaba las horas extática, inmóvil, concentrada ante el sagrario, completamente indiferente a cuanto le rodeaba.

En la primera ocasión el padre Arrupe la interrogó. —¿Qué haces tanto tiempo quieta ante el sagrario? — Nada.

—¿Cómo que nada? ¿Tanto tiempo sin hacer nada? La muchacha se quedó desconcertada. Silencio japonés.

Luego abrió los labios:

—¿Que qué hago, Shimpu-sama? Pues... estar. Aquella era una palabra clave. Una conjunción de dos formas de entender la oración que es una misma. El «estar» del zen y el «estar amando» de la contemplación cristiana...

Otro día, era una conversación sobre la existencia de Dios. O aquellos muchachos de la catequesis, que introdujeron sus obsequios a Jesús en la caja de cartón: «Por ti he hecho las paces con Takeo-san, aunque él tenía la culpa y yo no. Por consolarle, le llevaré a casa como si no hubiera pasado nada." El padre Arrupe no olvidaría aquel papel sucio de los chavales de barrio...

A quien conoce Japón y sabe de las dificultades para conseguir una conversión al cristianismo allí, no pueden dejar de sorprenderle los primeros éxitos del padre Arrupe. Por ejemplo, aquella familia católica cuyo padre era hostil a la fe cristiana, aunque permitía que la practicaran su mujer y sus hijos. Ella quería que Arrupe consagrara su casa al Corazón de Jesús. Pero el día en que el jesuita se presentó en el hogar, el padre estaba en casa. Arrupe no se arredró. Realizó la ceremonia. De pronto se abrió una cortina y apareció el padre, quien directamente exclamó:

—Quiero bautizarme.

¿Cuál era el secreto de esta eficacia? El padre Arrupe lo recordaría más tarde en numerosas homilías, entendiendo el Corazón de Cristo como el centro de su persona, su «yo" profundo. Así escribiría con los años: «En resumen, aquí tenemos también lo más sencillo y lo más profundo de la verdadera devoción al Sagrado Corazón. Mirando a ese libro "escrito por dentro y por fuera", podemos aprender "los tesoros de la sabiduría y de la ciencia": es decir, Cristo, en el cual están escondidos' 'los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col 2,3). Mirando y leyendo en ese crucificado con el costado abierto, veremos en Él al Hijo de Dios "que se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte de cruz" (Fil 2,8). Y yendo a Él, creeremos con esa fe que, si es verdadera, nos impulsará a las obras. Obras de amor a Dios, sin duda, pero de un amor que se ha de manifestar en el amor a los hermanos.

"Si el amor de Dios es tan grande que nos dio a su Hijo unigénito, "Dios ha amado tanto al mundo que nos da a su Hijo unigénito" (Jn 3,16), nuestra respuesta a ese amor ha de ser la entrega absoluta a Cristo y a los hermanos; "Haceos, pues, imitadores de Dios, como hijos queridísimos y caminad en la caridad, como el mismo Cristo os ha amado y se ha dado a sí mismo por nosotros, ofreciéndose a Dios yo no. Por consolarle, le llevaré a casa como si no hubiera pasado nada." El padre Arrupe no olvidaría aquel papel sucio de los chavales de barrio...

A quien conoce Japón y sabe de las dificultades para conseguir una conversión al cristianismo allí, no pueden dejar de sorprenderle los primeros éxitos del padre Arrupe. Por ejemplo, aquella familia católica cuyo padre era hostil a la fe cristiana, aunque permitía que la practicaran su mujer y sus hijos. Ella quería que Arrupe consagrara su casa al Corazón de Jesús. Pero el día en que el jesuita se presentó en el hogar, el padre estaba en casa. Arrupe no se arredró. Realizó la ceremonia. De pronto se abrió una cortina y apareció el padre, quien directamente exclamó:

—Quiero bautizarme.

¿Cuál era el secreto de esta eficacia? El padre Arrupe lo recordaría más tarde en numerosas homilías, entendiendo el Corazón de Cristo como el centro de su persona, su «yo» profundo. Así escribiría con los años: «En resumen, aquí tenemos también lo más sencillo y lo más profundo de la verdadera devoción al Sagrado Corazón. Mirando a ese libro "escrito por dentro y por fuera", podemos aprender "los tesoros de la sabiduría y de la ciencia": es decir, Cristo, en el cual están escondidos "los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col 2,3). Mirando y leyendo en ese crucificado con el costado abierto, veremos en Él al Hijo de Dios' 'que se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte de cruz" (Fil 2,8). Y yendo a Él, creeremos con esa fe que, si es verdadera, nos impulsará a las obras. Obras de amor a Dios, sin duda, pero de un amor que se ha de manifestar en el amor a los hermanos.

"Si el amor de Dios es tan grande que nos dio a su Hijo unigénito, "Dios ha amado tanto al mundo que nos da a su Hijo unigénito" Jn 3,16), nuestra respuesta a ese amor ha de ser la entrega absoluta a Cristo y a los hermanos; "Haceos, pues, imitadores de Dios, como hijos queridísimos y caminad en la caridad, como el mismo Cristo os ha amado y se ha dado a sí mismo por nosotros, ofreciéndose a Dios en sacrificio adorante" (Ef 5,1). Por eso ha podido escribir Pío XII que en el culto al Sagrado Corazón' 'se contiene el resumen de toda la religión y también la vida más perfecta'.

Esta vida de amor a Cristo y a los hermanos no sólo es la más perfecta expresión del cristianismo sino que trae consigo todas las características propias del espíritu de Dios: hace desaparecer el temor, en el amor no hay temor, al contrario, el amor perfecto excluye el temor... el que teme no es perfecto en el amor (1 Jn 4,18); aleja la angustia: "os escribo estas cosas para que no pequéis; pero si alguno ha pecado, tenemos un abogado cerca del Padre: Jesucristo, el justo" (1 Jn 2,1); aumenta la confianza: "Y ahora, hermanos, permaneced en Él, porque podamos estar confiados cuando aparecerá" (1 Jn 1,19); "por esto el amor ha llegado a nosotros a la perfección, porque tenemos confianza en el día del juicio" (1 Jn 4,17); es fuente de alegría: "os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea ,plena" Un 15,11); expresión de paz: "os dejo la paz, os doy mi paz... No se turbe vuestro corazón y no tema" Jn 14,27); prenda de victoria: "todo el que ha nacido de Dios, vence al mundo y ésta es la victoria que ha derrotado al mundo: nuestra fe" (1 Jn 5,4).

Este estilo de vida era ya el secreto del joven padre Arrupe. Por los barracones del Settlemerú, en sus primeros contactos japoneses y mientras se le veía ir de aquí para allá con ese espíritu inquieto y alegre, tenía aires de enamorado, de un gran enamorado del «yo central» de Cristo. Parecía, desde el principio de su trabajo de misionero, convencido de que la fuerza de sus acciones no dependía de él. Por eso, donde pasaba, dejaba siempre un poco de corazón y como no quería que fuera el suyo, dejaba el corazón de Jesucristo. Era el secreto de un espíritu universal que estallaría más tarde...

Pero por entonces Pedro se limitaba a sonreír, inclinar con cuidado la cabeza y quitarse tímidamente los zapatos antes de pisar el tatami, mientras con una ilusión tenaz se esforzaba con un acento mezcla de castellano, inglés y vasco, en «chapurrear" sus primeras palabras en japonés. Pronto se descubriría que mucho más importante que lo que decía, y lo que acababa por convencer, era lo que realmente era, como había intuido aquella muchacha, que simplemente estaba ante Jesús. El barracón del Settlement quedaría como un eslabón más en la experiencia de un hombre que daría un gran paso por la preocupación cristiana en favor de la justicia.

 

 

Brazos en alto sobre el Fují-san

Pero, sin duda, la experiencia más impresionante de aquellos primeros contactos con Japón fue la misa que celebró en el Monte Fuji, situado en la región de Hakone, a poco más de treinta kilómetros de Tokio. El Monte Fuji es algo más que una montaña de 3.776 metros de altura. Es la cumbre máxima del Japón y el auténtico Olimpo nipón. Cuando se contempla por primera vez, el alma parece inundarse de un aire puro, como aquella cima blanca que se recorta en el azul. Pues como se ha escrito, «a su carácter sagrado hay que añadirle un valor estético inigualable, que no ha dejado nunca de inspirar innumerables poemas y cuadros». Su nombre, de etimología dudosa, parece remontarse al fuego u hoguera que conecta directamente con la idea de volcán. Dieciocho veces entró en erupción hasta 1707, en que se produjo la última. En un principio, hasta la restauración de la era Meiji, la ascensión del Monte Fuji estaba prohibida a las mujeres. El número de peregrinos alcanza hoy la cifra aproximada de trescientos mil.

Es de imaginar lo que significaba para el joven misionero Pedro Arrupe escalar el Monte Fuji, o Fuji-san, según la lectura sinojaponesa del ideograma, que no autoriza a calificarle de monte o montaña, si bien está consagrado a una divinidad femenina.

Así evoca esta experiencia cuarenta años más tarde el propio padre Arrupe. “Recuerdo muy bien la misa que celebré en la cima del célebre Monte Fuji, a más de 3.000 metros de altura. Me había subido allí con uno de mis compañeros. En aquel tiempo había que realizar la ascensión enteramente a pie. No se podía ir a caballo más que hasta 1.000 metros más o menos. Había que alcanzar la cima hacia las cuatro de la mañana para poder admirar la soberbia panorámica, porque después de las seis la cima se cubre de nubes y no hay manera de ver nada.

Llegamos a la hora prevista y celebramos la misa en medio de la soledad más absoluta. Acababa de llegar a Japón y vivía las primeras impresiones que suscitaba en mí aquel mundo nuevo. Dentro de mí se agitaban mil proyectos para la conversión de Japón. Habíamos escalado el Fujiyama exactamente para poder ofrecer al Padre Eterno desde el lugar más alto de todo el Japón el sacrificio del cordero inmaculado para la salvación de aquel gran país. La subida había sido agotadora porque íbamos con prisa para llegar a tiempo. Varias veces evocamos a Abraham e Isaac, ascendiendo a la montaña para ofrecer el sacrificio. Alcanzada la cima, el espectáculo del amanecer fue maravilloso. Levantó nuestro espíritu y nos preparó para la celebración. Nunca había celebrado la eucaristía en condiciones semejantes. Ante nosotros se extendía el cielo azul puro y majestuoso, como la cúpula de un inmenso templo; hacia abajo, barruntábamos todo el pueblo japonés, compuesto a la sazón por ochenta millones de personas que no conocían al Salvador. Perforando la cúpula sublime del cielo material, nuestro espíritu se elevaba hasta el trono de la majestad divina, hasta la sede de la Trinidad, y yo creía estar viendo la Jerusalén celestial, la ciudad santa, yo creía ver a Jesucristo, acompañado de San Francisco Javier, el primer apóstol del Japón, cuyos cabellos se emblanquecieron en pocos meses a causa de los sufrimientos que tuvo que padecer. Yo estaba allí también, de cara al Japón de Javier, de cara a un futuro desconocido. ¡Si yo hubiera sabido entonces cuánto habría de sufrir, mis manos habrían temblado al momento de elevar la hostia!»

Aquellos brazos en alto de Pedro Arrupe, revestido de ornamentos sacerdotales y levantando la Eucaristía con dolor sobre la cima más encumbrada del Japón, eran una imagen simbólica de lo que iba a ser su vida. Cuando el sol naciente le bañó los ojos y el viento ahuecó su casulla, Arrupe supo una vez más el misterioso sentido de su misión. Pero su corazón era más grande aún que cuanto podía divisarse desde la nevada cima del sagrado Fujiyama...

 

 

CAPÍTULO 8: UN PÁRROCO SINGULAR

 

El 1 de noviembre de 1939, aquel hombre de apariencia insignificante y ridículo bigote llamado Adolf Hitler, había dado comienzo a la segunda guerra mundial con la invasión de Polonia. En Gran Bretaña, Neville Chamberlain dimite como primer ministro, y le sucede Winston Churchill. Los ingleses respiraron aliviados: «’Churchill ha vuelto!» Con su mirada inteligente, su aire rechoncho y su puro en la boca, aquel hombre se vio convertido de repente en árbitro de una de las más complejas situaciones del siglo. Casi toda la autoridad estaba en sus manos. El que le hubiese llegado en uno de los momentos más negros de la historia no le importaba demasiado. Su flema británica le permitía mantener la serenidad ante los acontecimientos. Estaba dispuesto a jugar fuerte y a vencer. «Sólo puedo ofreceros sangre, sudor y lágrimas», dijo a sus compatriotas. Y éstos se mostraron dispuestos a aceptar la oferta.

Churchill intensificó sus contactos con el presidente norteamericano. Roosevelt, pese a su buena disposición, se veía maniatado por el Congreso y la opinión pública, partidarios de la neutralidad. Pronto tuvo que concentrar la atención en Dunkerque, donde trescientos cincuenta mil soldados aliados se habían quedado aislados entre destacamentos alemanes. La evacuación fue un éxito, pero señaló claramente la caída de Francia. El 25 de junio entró en vigor el armisticio firmado con Alemania por el mariscal Pétain. Las tropas alemanas rompen la Línea Maginot con dirección al Maas y a la costa del canal. En el mismo día habían entrado en París. El gobierno francés se instala en Vichy y el general De Gaulle inicia en Londres la resistencia. Los bombarderos británicos y alemanes comienzan a ennegrecer los cielos de Dakar a Londres. Por su parte Japón ha creado un gobierno separatista en Nankin, bajo el mando de Wan Chingwei... El mundo entero está en guerra.

Era a mediados de este tumultuoso año de 1940 cuando, con dieciocho meses de estudio y rodaje en Japón, el padre Arrupe preparaba sus maletas para coger el tren rumbo a Ube, una ciudad-pueblo industrial, no lejos de Hiroshima, en la desembocadura de la Koto-gawa, junto al mar interior del Japón. La producción minera ocupaba ya entonces la principal actividad de la población. Arrupe iba con instrucciones de continuar su trabajo de inserción social que había iniciado en el Settlement de Tokio.

Pero apenas comenzaba a situarse en aquel puesto, cuando recibe una contraorden. Tiene que volver a hacer sus maletas y dirigirse a Yamaguchi.

 

En la parroquia de Javier

Enclavada en un valle, situada a 141 kilómetros de Hiroshima y rodeada de verdes montañas, Yamaguchi es una ciudad histórica. Fundada en 1350 por Ouchi Hiroyo, fue diseñada siguiendo el modelo de la capital imperial, Kyoto. Pero la ciudad guardaba una significación más especial para Pedro Arrupe. En 1550, otro señor de la villa, Ouchi Yoshikata, cedía un templo budista abandonado a San Francisco Javier para que creara una importante comunidad cristiana, que sufriría fuerte persecución a partir del año siguiente, cuando Javier partió para las Indias. En aquellos tiempos, Yamaguchi era la segunda ciudad en importancia de Japón.

Pero, cuando Arrupe bajó del tren, se encontró con una ciudad de unos treinta mil habitantes 1, Y con una cierta desilusión: aquella «capital de provincia» era un pueblo grande al que había que acceder por un tren secundario de vía estrecha. Pedro, un tanto asombrado, preguntó:

—¿Podría indicarme qué apeadero es éste?

—Es la estación de Yamaguchi —le respondieron.

A eso se añadía que se encontraba solo ante el peligro. El misionero de posición en el lugar, padre Moisés Domenzaín, se hallaba de viaje por España.

Pedro no podía ocultar su desencanto. Además, en aquella época no encontró ninguna catedral o santuario en recuerdo de Javier, sino una diminuta iglesia y una casita, donde la única persona que le recibió fue un viejo cocinero.

En Yamaguchi no había mucho más. Pero, eso sí, una extraña amabilidad en sus gentes. «Con mucho de pueblo grande —escribe Pedro Arrupe—, conservaba el sabor patriarcal que su abolengo de antaño le había dejado como sacra herencia. No se caracterizaba por ser industrial, ni comerciante, ni guerrera... Su nota característica, su tipismo distintivo, radicaba en esa aristocracia del espíritu que, independientemente del dinero y de la técnica, se encuentra en algunas almas privilegiadas. En Yamaguchi había algo de eso. No era fácil ver en dónde radicaba la corriente porque cada uno contribuía con la aportación impalpable de su propia delicadeza de espíritu, pero el conjunto formaba un ambiente que fue el que me recibió y el que durante dos años enmarcó todas mis actividades.»

Pedro se entregó en cuerpo y alma a la tarea. Durante una semana preparó su primera homilía en japonés, para congraciarse con aquella comunidad cristiana y romper el hielo que suele provocar un recién llegado.

Por fin llegó el domingo. Pedro tocó nervioso la campanilla. Miró el reloj. Era la hora, y sólo había siete obasan, siete viejecitas rezadoras o «beatas», nada más. Pedro comenzó a revestirse con lentitud, a alargar la primera parte de la misa... Pero, nada. Tras leer el Evangelio y volverse al pueblo para pronunciar la homilía, allí no había nadie más que aquellas siete beatas, esparcidas sobre los tatamis y sentadas sobre los talones. Pedro tuvo la tentación de suprimir su homilía. ¡La había preparado con tanto trabajo! Incluso había hecho corregir los términos más difíciles. Pero se dominó y comenzó a hablar, pidiendo a Dios que multiplicase aquella pequeña grey.

Tras aquel bautismo de fuego y aquella mañana de desaliento, al correr de los días, los cristianos iban dejándose ver poco a poco. No eran muchos y estaban muy ocupados. Los hombres tenían con frecuencia que trabajar en domingo. Total, que al cabo de algunas semanas llegó a entablar contacto con sesenta o setenta, que formaban el pleno de la feligresía.

Por aquella época, en concreto el 2 de julio de 1940, visitó Japón una comisión española de comercio. Se le preparó un solemne recibimiento en las principales capitales del país: Tokio, Yokohama, Yókosuka, Nikko, Nagoya, Toba, Nara, Osaka, Kyoto, donde se les recibiría con gran agasajo, probablemente por intereses económicos del Japón hacia uno de los pocos países neutrales en la guerra.

El padre Domenzaín había puesto un telegrama al padre Arrupe para que preparase una «recepción por todo lo alto» a la delegación española en la «tierra bendecida con la presencia de Javier».

Pedro, con su actividad de siempre, comenzó a moverse. Fue a Shimonoseki, para hacer gestiones en la oficina de Turismo. Allí se mostraron asombrados de que quisiera llevar a las autoridades españolas a Yamaguchi.

—Pero si allí no hay nada que ver...

Afortunadamente el padre Arrupe llevaba una foto en su bolsillo del monumento a Javier, que mostró a los empleados. Preparó el banquete, el alojamiento en un lugar donde entonces era difícil encontrar una veintena de habitaciones, un obsequio que entregarles... A Domenzaín se le ocurrió la idea de entregar a los visitantes una maqueta en mármol del monumento a Javier. Pero eso suponía encontrar cincuenta mil yenes, cosa nada fácil para Arrupe en aquellos tiempos calamitosos. En un principio el gobernador civil de la ciudad quería salir del paso con una tarjeta postal de Yamaguchi. Pero el padre Arrupe, con su imperturbable sonrisa, lo convenció: se haría la maqueta.

Además, obtuvo otro éxito notable. La visita de las autoridades españolas era una buena ocasión para dar a conocer la figura de San Francisco Javier, ilustrando al pueblo sobre este tema. El programa de conferencias corrió a cargo de la sección de educación del Kencho (gobierno de la ciudad) y, de las tres que se programaron, le ofrecieron una al padre Arrupe; las otras dos corrían a cargo del rector de la Universidad y del profesor de historia.

Fue un trago difícil para el padre Arrupe y una dura experiencia sobre la realidad del Japón. Tras un discurso de circunstancias del rector, el profesor de historia comenzó diciendo:

«Señores: mi misión esta tarde es exponer algo de la personalidad de aquel hombre que se llamó San Francisco Javier...» La cosa parecía ir bien. Pero añadió: "Yo, personalmente admiro a Javier como hombre, como aventurero, como espíritu inquieto de grandes aspiraciones, pero no como propagador fanático de una fe, ni como apóstol de una doctrina exótica.»

Arrupe comenzó a ponerse rojo y a mantener a duras penas su sonrisa. El discurso continuaba. "Que Javier en tiempos tan remotos y con medios de navegación tan primitivos atravesase mares ignotos, dejase atrás continentes e islas y arribase como primer embajador de Occidente a nuestras playas, habla muy alto de su nombre; latía en su corazón el espíritu de la aventura, la intrepidez del heroísmo que no conoce el miedo. Pero que trajese en la mano izquierda la cruz y en la derecha un arma de fuego, que bajo la humilde sotana de misionero ocultase la armadura del soldado, nos habla claro del verdadero ideal que alentaba su fanatismo: Javier venía con el estandarte de la fe a preparar la ocupación de nuestro país, a minar, como consta por documentos históricos, nuestra nación, para facilitar la entrada de las naves conquistadoras de España y Portugal...»

El discurso continuó a este tenor con toda clase de disparates históricos. A Arrupe le hervía la sangre de indignación. Se le planteó un dilema: leer el discurso que con tanto esfuerzo había preparado o refutar aquella intervención. La mirada de sus cristianos le animó.

Pedro se encomendó a Javier y comenzó a hablar. Y él mismo confiesa: «Así comencé un discurso en el que no sabía cómo iba a continuar y mucho menos cómo iba a terminar. Si alguien me preguntase hoy qué es lo que dije, me pondría en un aprieto; sólo tengo una vaga idea de que fui presentando a Javier como el santo que sólo buscaba llevar la felicidad a los japoneses yeso a cambio del sacrificio total y desinteresado de su propia vida. Hubo momentos en que creía que era Javier quien hablaba por mi boca, como cuatro siglos antes había hecho él mismo en aquel sitio.»

El incidente sirvió al padre Arrupe de experiencia. Más tarde llegaron los españoles, hubo recepción, «discursito» chapurreado en castellano por un muchacho japonés de la comunidad y hasta siesta encima de tatamis para autoridades españolas. Estaban literalmente rendidos con aquel viaje de un mes sin parar por todo el Japón.

 

El hombre orquesta

 

Pero éstos fueron días excepcionales. Lo importante era vencer la rutina y sacar adelante aquella incipiente comunidad que languidecía.

Arrupe puso en juego su imaginación. Había que hacer algo que despertara a aquella gente, algo que produjera un impacto visual imborrable. «¡Ya está —pensó—, voy a organizar una procesión!» Una procesión al estilo occidental resultaría un impacto equivalente a la danza del dragón en una calle de Zaragoza.

Y se puso manos a la obra. Empapeló de carteles Yamaguchi anunciando el evento. Puso en movimiento al hermano Arregui, para que construyera un paso, mientras éste refunfuñaba con acento vasco:

—¡Qué ocurrensia, una prosesión entre paganos! ¡Qué ocurrensia!

Un día estaba Arrupe metido en faena con las mangas arremangadas y un cubo de serrín rojo para alfombrar el jardín, cuando se presentó una linda visitante. Era la maestra del Caldeo colindante, un colegio femenino, que parecía venir a hablar con el sacerdote. Arrupe se volvió con deseo de atenderla, cuando ésta, al verle con esas «trazas», se quitó de en medio.

La procesión fue un éxito. Vinieron habitantes de todos los rincones de la ciudad de Yamaguchi. Abarrotaron el jardín y la pequeña iglesia, quedándose muchos en las puertas sin poder entrar. Arrupe había conseguido el efecto pretendido: producir un impacto visual exótico e imborrable.

Arregui le abrazó llorando de emoción por el éxito de la ocurrensia y Pedro se refugió en la capilla a dar gracias largo rato...

Un par de días después se presentó la maestrita. Tras las inclinaciones y deliciosas sonrisas japonesas, fue al grano:

—Quisiera, en lo posible, conocer la religión católica.

En el transcurso de la conversación Arrupe quedó estupefacto. La muchacha había decidido tomar esa determinación al ver al padre Arrupe metido en faena.

«Me impresionó verle. Pensé enseguida que tenía que ser muy grande la fe de una persona que trabajaba sin ánimo de lucro. Y me decidí.»

Fukugawwa-san se convirtió al catolicismo por ver al padre Arrupe hundido en serrín hasta las cejas.

Otra de las ocurrencias del nuevo párroco fue organizar una sesión de gimnasia. En el ambiente japonés no resulta extraño que el Gobierno pueda convertir la gimnasia en obligatoria. Así sucedía con Radio taiso, un programa especial que emitía Radio Tokio en cadena por todas las emisoras del país: gimnasia oriental obligatoria a las seis de la mañana. Por aquella época, a la pequeña comunidad parroquial se le había ocurrido la idea de celebrar una misa diaria a las seis y media para levantar el nivel de participación espiritual. Pero se interfería Radio Taiso.

Arrupe no se arredró. Se entrevistó con el responsable de Radio miso en la barriada y le ofreció los jardines de la iglesia para la gimnasia colectiva. Aquel señor no sólo no se lo negó, sino que exclamó:

—¡Qué casualidad, precisamente estaba buscando unos locales!

Arrupe puso su condición. Añadiría algunos movimientos de gimnasia occidental, con lo que completaría el programa educativo japonés con diez minutos más. El responsable del barrio accedió y aquello resultó doblemente atractivo para los vecinos. Tras el programa radiofónico, Pedro subía al estrado y montaba su propia tabla de gimnasia, que los japoneses seguían muy serios, con todo interés y responsabilidad. Luego recitaba una oración de acción de gracias e invitaba a quien quisiera a entrar en la capilla. El padre Arrupe se revestía los ornamentos y decía la misa. Nunca tuvo tantos feligreses. Durante quince días aprovechó aquella oportunidad para transmitirles lo esencial del Evangelio, para que pudieran decidir libremente.

Aprovechando el éxito de las seis de la mañana, Arrupe intentó dar otro paso: organizar unos Ejercicios espirituales según el método de San Ignacio. Pero, en principio, la iniciativa no dio resultado. La hora no era buena. Era una de las pocas ocasiones al día en la que la familia podía reunirse para desayunar bien. Cambió de horario. A las tres y media de la mañana contaba con una treintena de cristianos que seguían sus Ejercicios.

«Lo hice con alma y vida —recuerda Arrupe—, comprendiendo desde el principio la necesidad que tenía de corresponder a la expectación de aquellos valientes, que estaban dispuestos —y lo cumplieron como buenos— a levantarse durante un triduo a las tres de la mañana, a pesar de que a continuación les esperaba toda la jornada de trabajo. Para mí también resultaba un poquito duro, porque el apostolado de las estaciones misioneras es, más que nada, nocturno. Durante el día, los catecúmenos y los creyentes trabajan, de modo que ni se puede instruir a los primeros ni afianzar la fe y la devoción de los segundos, aumentando su formación con nuevas enseñanzas. A las once de la noche se me iban los últimos oyentes y antes de las tres de la mañana tenía los primeros del siguiente día. Me quedaba poca noche y mucho día, pero ojalá nos hubiese sucedido siempre lo de entonces, lo mismo por sobra de trabajo...

Otra faceta japonesa explotada por el padre Arrupe en aquella época era la afición por la música de este pueblo. Una vertiente que movería a los jesuitas a crear más tarde universidades de música.

Con la ayuda del padre Gossens, que más tarde regentaría la Universidad de Música de Hiroshima, y de otros estudiantes jesuitas alemanes que residían en aquella ciudad, organizó un concierto en Yamaguchi. Arrupe anunció que los ingresos serían en beneficio de los inválidos de la guerra de China. El joven párroco consiguió alcanzar las mil quinientas entradas vendidas.

Pero estas tácticas misioneras, pese a su éxito y a que abrían puertas a la curiosidad de los japoneses, no se traducían realmente en conversiones. Tras el interés cultural y la curiosidad por conocer la forma de pensar de aquellos occidentales, los japoneses regresaban a su misterioso mundo interior. Arrupe cayó en la cuenta de este fenómeno e inició un nuevo camino: la actuación por grupos pequeños. Continuó organizando conciertos en los locales de la parroquia. Las personas interesadas en la música venían con media hora de anticipación. El padre Arrupe aprovechó este tiempo para ofrecerles una taza de té con la que suavemente se deslizaban hacia temas trascendentes.

 

La sutil alma japonesa

 

A partir de ese momento descubrió que con el alma japonesa el camino más eficaz es el de la profundización persona a persona.

Ése fue el caso de Nakamura-san, una muchacha de diecisiete años, considerada como la número uno en su universidad. Un buen día se presentó a ver al padre Arrupe... A los dos meses de conversaciones, decidió recibir el bautismo.

En plena guerra mundial esa petición no era nada fácil.

Japón, metido de lleno en el sangrante conflicto, vivía en tensión. Empezaban a surgir por todas partes suspicacias e incluso odio hacia cualquier extranjero. El orgullo de un imperio que se sentía invencible encontraba el acoso de la resistencia enemiga, que ya presagiaba lo peor.

Nakamura-san no se arredra. Recibe el bautismo. Pero percibe enseguida un vacío hacia ella en su entorno universitario. Una compañera, hija de una de las primeras autoridades de la ciudad, siente envidia por el prestigio intelectual de Nakamura-san. Así que en plena clase insulta a su compañera. El profesor, sabiendo de quién es hija, no se atreve a defender a la calumniada.

Al terminar la clase, la muchacha va a ver al padre Arrupe.

—Esta mañana me han insultado públicamente en la U niversidad. El profesor no me ha defendido. Pero me ha ofrecido que mañana, al empezar la clase, me levante para defenderme de la calumnia. ¿Qué hago?

—Haz lo que quieras. Tú misma sabrás cómo actuar. Nakamura-san estaba nerviosa. El honor es un mundo intocable para el japonés.

—No, padre, dígame usted lo que debo hacer. Yo no me atrevo ni siquiera a pensado.

El padre Arrupe se levantó y cogió de su librería un ejemplar de los Evangelios.

—Aquí tienes la vida de Cristo. Lee cómo actuó Él en los momentos difíciles.

Nakamura-san se fue, apretando convulsivamente aquel libro. Pedro se retiró a la capilla para pedir fuerza para la muchacha.

Al día siguiente, dos compañeras de la chica visitan al padre Arrupe. Venían emocionadas.

—Ha sido algo increíble. Poco antes de empezar la clase, ante una ligera insinuación del profesor, Nakamura-san ha subido al estrado. Se cortaba el silencio. Sólo se oyeron estas palabras: «Sólo por deferencia al señor Yamamoto subo aquí. Quiere que me defienda de algo que ayer se dijo en esta clase. Pero yo no tengo nada que decir. Lo que oísteis ayer sólo son parte de mis defectos. Lo único que deseo es que me indiquen también los demás para poder corregirlos.» Y descendió a su puesto con una extraña paz.

Arrupe sabía que le había costado mucho encontrar aquella paz. Ella no le dijo nada. Pero la traicionaban dos cercos oscuros que enmarcaban sus ojos.

Mientras tanto, Arrupe sigue su política de pequeños conciertos. Por aquella época le piden que cante algo occidental en uno de los colegios de Yamaguchi. Pero a Pedro le faltaba alguien que le acompañase. Tenía anunciada su venida a la ciudad el superior de la misión, un alemán que más tarde sería provincial y con el tiempo maestro zen famoso por sus cursos en Occidente. Arrupe se acordó de que tocaba bien el violonchelo por lo que le mandó un aviso para que se trajera el instrumento. El emisario no pudo dar con él, pero trajo el violonchelo. Arrupe lo guardó debajo de la cama del cuarto de huéspedes y cuando vino Lasalle, muy diplomáticamente, le pidió permiso para cantar en el colegio.

—El caso es que no tengo quien me acompañe. ¿Podría hacerla usted?

—Lo que pasa es que estoy desentrenado. Tendría que ensayar.

—Estupendo, yo tengo aquí partituras...

—Pero haría falta un violonchelo.

—No se preocupe. Yo le proporcionaré el mejor de Yamaguchi.

—Imposible, estoy acostumbrado al mío. Y no hay tiempo para traerlo.

—Entonces —replicó Arrupe un poco «zumbón—, la única solución sería que su violonchelo apareciese aquí por arte de magia. ¿No?

—Así es —respondió Lasalle, riéndose.

—Pues si es por eso, no faltará —y, levantándose, Arrupe se dirigió a la cama y sacó el instrumento que tenía allí escondido.

Lasalle le miró estupefacto y no se pudo negar. Ambos armonizaron un conjunto aceptable, en donde Pedro volvió a lucir su magnífica voz... Diez años después, enseñaban religiosas católicas en aquel colegio.

En fin, a Pedro Arrupe se le ocurrían cada día ideas luminosas para llevar a cabo la difícil misión de evangelizar a un pueblo no demasiado permeable a la predicación del cristianismo. Otro de los resortes que utilizó fue organizar exposiciones. Una de ellas en un depato, unos grandes almacenes (departments store), con cuadros de la vida de Cristo que dieron que hablar. Con el tiempo, Yamaguchi contaría con una exposición estable sobre San Francisco Javier.

 

El yo profundo del zen

 

Lo más llamativo de este período es el interés del padre Arrupe por la «inculturación», cuando esta palabra ni siquiera existía en el vocabulario. Actualmente el interés que existe en Occidente por los caminos orientales de espiritualidad hacen explicable que alguien se interese por el zen, el tiro del arco, la ceremonia del té o la caligrafía.

Entonces, cuando un misionero occidental iba a su campo de trabajo con una posesión omnímoda de la verdad y con el consiguiente recelo a todo lo que pudiera oler a paganismo, la actitud del padre Arrupe resulta una vez más valiente y profética.

Durante su estancia en Yamaguchi, Arrupe quiso entrar a fondo en la mentalidad japonesa, donde el zen es parte del alma cultural de este pueblo. Así que se apresuró a estudiar los do o caminos de interiorización, autodominio y encuentro con lo profundo del yo: el chado o ceremonia del té, el shodo o caligrafía de los caracteres japoneses con el pincel, el kyudo, o arte del tiro con arco, el Judo, sistema de defensa propia, y la esgrima, o kendo.

Todas estas formas de zen saltan por encima de los movimientos y rituales a una búsqueda superior: la de la iluminación. En Occidente se confunde con frecuencia el zen con el budismo, cuando no se toma al zen como otra religión. «Una investigación —escribe Paul Amold— nos ha convencido finalmente de que el zen, sin decirlo abiertamente, ni siempre muy claramente, procede del budismo esotérico, expuesto discretamente por las dos sectas tradicionales —y cuatro siglos más antiguas—, el tendai-shu y el shingon-shu; aspectos japoneses de dos escuelas de tan trismo chino.» Sea como fuere, y sin entrar en las ramas del zen y sus orígenes, lo cierto es que, como dice el padre Enomiya Lasalle, el mismo que tocaba el violonchelo con el padre Arrupe, muchos años más tarde y en uno de sus libros, «del espíritu del zen nacen todos estos do hacia la unidad del espíritu y más aún hasta llegar a ser uno con la Naturaleza, con el Todo. Éstos exigen el mn-ga, el "no-yo" o el despertar de sí mismo, y transmiten completo equilibrio interior y paz en el alma... Por eso, muchos japoneses pueden deducir, con gran seguridad, de los modos de proceder exteriores, el interior de un hombre. Japoneses no cristianos, por ejemplo, deducen el grado de ascesis interior de un sacerdote católico por la postura exterior en la celebración de la Eucaristía... de la misma manera que se concluye de una obra de arte el carácter moral del artista».

Esta conexión con lo profundo del yo va a explicar muchos de los éxitos del padre Arrupe en Japón. Su autenticidad, su unidad interna, su sencillez, la transparencia de su alma, convencen más a sus oyentes que sus palabras o actividades.

A partir de estos años, el padre Arrupe comienza a hacer su meditación cristiana con postura zen, alcanzando un tipo de oración cósmica que está por encima de técnicas o escuelas.

En Yamaguchi, Arrupe se decide incluso a montar un kyudojo. Para ello comienza con el tiro con arco como experiencia preliminar. Él mismo nos lo explica: «En general, se dispara a unos quince ken, que equivale a veinticinco metros. El arco es de láminas de bambú unidas a presión, que le dan una dureza y flexibilidad extraordinarias.

"Antes de empezar a disparar, suelen hacer algo que equivale al templar de un instrumento musical antes de un concierto. Cogen el arco con solemnidad. Tensan la cuerda despacio, muy despacio, como penetrándose de la importancia que tiene el acto que van a realizar, y disparan a un par de metros escasos de distancia, sobre un blanco de paja especial (makibara). Después de eso, ya pueden empezar a disparar a la distancia reglamentaria. Pedí que me enseñasen y me dieron todas las indicaciones que les parecieron necesarias.

"Fueron extrañas. Esperaba que me dijeran:

—Mantenga su punto de visión fijo en el mato (diana).

"Y en lugar de eso me dijeron:

—Despreocúpese del mato, porque eso no tiene la menor importancia. No se preocupe si le va a dar o no. No tenga más intención que procurar identificarse con él. Entonces dispare, suelte la flecha con tranquilidad, y ella irá sola hasta el blanco. En cambio, si en vez de la cuerda tensa sus nervios en un esfuerzo psíquico de preocupación, esté bien cierto que no dará en la diana.»

Arrupe estaba entrando en un mundo que al cabo de los años fascinaría a amplios sectores del mundo occidental interesado por Oriente. Era la búsqueda del centro del ser por encima de la postura competitiva. Como aquel francés que, tras meses de práctica en el tiro del arco, un día por fin disparó con desinterés y su maestro exclamó tras una profunda reverencia: «Ello ha disparado.»

A Arrupe le impresionó que puntualmente, a las seis de la mañana, acudiera a su centro el juez del distrito. Tras disparar pausadamente durante una hora con ese ritmo lento y concentrado, se retiraba para sentarse en la presidencia del tribunal.

Pedro, como siempre, .quiso practicar de lleno y se sometió a la enseñanza. Una vez realizados todos los preliminares, apuntó poniendo todo su interés en procurar no obsesionarse con la idea de acertar el tiro. La flecha salió por la tangente para clavarse, vibrando en una ventana que se encontraba a su derecha. Después de muchos años el padre Arrupe se seguía riendo de su habilidad con el arco.

Pero ni se arredraba ni cedía fácilmente. Trabajó durante meses en el tiro del arco y tensó aún más su alma ya templada para la lucha de la vida en un incansable esfuerzo por transmitir su fe.

Mientras, continuaba con sus ideas geniales. Otra de ellas fue organizar una charla médica sobre las vitaminas. Contrató para ello a un médico católico de la Universidad de Keijo, en Corea... Pero cinco minutos antes del inicio de la conferencia no había más que tres personas en el salón. Con una excusa al conferenciante, el padre Arrupe se lanzó a la calle en busca de gente. Tuvo la suerte de encontrarse con una doctora en medicina que conocía de haberla visto una sola vez. Le pidió ayuda para que llevara a amigos y discípulos. En media hora había reunido doscientas personas. Entre ellos, un pariente suyo que, por aquel compromiso, llegaría más tarde a convertirse al catolicismo.

Por entonces le ocurrió algo que se repetiría con frecuencia en la vida del padre Arrupe. Un profesor de Shogakko, escuela primaria, asistía a las charlas de Arrupe y éste estuvo durante horas conversando con él sobre la existencia de Dios, utilizando las vías de Santo Tomás y todos los recursos de la escolástica. Un buen día el profesor se dirigió al padre Arrupe:

—Entonces, ¿usted cree que es necesario probar la existencia de Dios?

Arrupe quedó desazonado.

—Entonces, ¿no ha entendido usted nada?

—Sí, podría repetirle palabra por palabra cuanto ha explicado. Pero usted es un hotoke (un ser perfecto)... He observado su vida durante unos meses y ahora veo su convencimiento, y que para cerciorarse de la verdad que predica ha estudiado el tema. Pero lo que me ha convencido es usted mismo.

Arrupe aprendía una nueva lección sobre la mentalidad oriental, donde la vivencia está por encima de la abstracción.

Todos los testimonios de este primer periodo de Yamaguchi coinciden. El padre Arrupe tenía algo de osado, de incansable, de optimista. No se desanimaba a pesar de que las conversiones vinieran «a cuentagotas» y que mucha de la gente que congregaba con sus «cebos» culturales no apareciera más por la iglesia católica. “Visto desde la mentalidad japonesa —confiesa el padre Hayashi, converso del padre Arrupe y que entonces era un muchacho— era un poco "caradura", pero conseguía reunir a la gente. No sé si llegó a bautizar a diez cristianos. Pero era admirable. No se desanimaba por nada. Siempre aprendía algo nuevo. Era incansable.» Y el padre Moriwaki cuenta que hasta 1940 vivía en Kobe, pero que, como su padre había muerto en 1938, su familia se trasladó a Yamaguchi. El padre Arrupe acogió a su familia en una casa de la catequesis, aneja a la iglesia.

«El padre Domenzaín —cuenta— se había ido a España a buscar dinero. Arrupe estaba solo, y trabajaba como un negro. Sin parar, sin casi dormir. Tenía mucho gancho con la gente joven. A Hayashi y a mí nos convenció, nos bautizó y ahora somos jesuitas y profesores de la Universidad.»

«Sus métodos misioneros —explica Robert T. Rusheran en ocasiones realmente únicos. Tal vez el más extraordinario era el de los conciertos que solía ofrecer con otros compañeros jesuitas dotados para la música, cuya ejecución instrumental completaba él con su profunda voz de barítono. Era válido cuanto pudiera ayudar a conocer mejor a Cristo y a su Iglesia en aquellos días de tan escasas conversiones y tantas sospechas, propias de tiempos de guerra, acerca de cualquier extranjero.»

Aquella sombra trágica del fantasma de la guerra iba extendiéndose más y más por todo el mundo, e iba a salpicar al propio padre Arrupe.

Un día cualquiera, mientras se revestía los ornamentos litúrgicos en su pequeña sacristía, resonaron en la puerta de la misión los taconazos de la policía militar...

 

CAPÍTULO 9: LUZ EN LA CARCEL

 

Churchill se levantó de la mesa, cruzó el vestíbulo, y con visible preocupación dentro de su flema inglesa, se quitó el puro de la boca para marcar un teléfono. Al cabo de dos o tres minutos Roosevelt estaba al otro lado de la línea telefónica:

—Señor presidente, ¿qué es eso del Japón?

—Es exacto. Nos han atacado en Pearl Harbour. Ahora todos estamos a bordo del mismo barco.

Tras intercambiar el presidente unas palabras con su embajador en Londres, el teléfono de Churchill volvió a sonar:

—Desde luego, esto simplifica las cosas. Que Dios le proteja:

Winston Churchill no ocultó su sonrisa. Estados Unidos estaba de su lado.

En efecto, el 26 de noviembre de 1941 una flota de ataque compuesta por seis portaaviones, apoyados de una formación de cruceros, recibió órdenes de encontrarse en un lugar poco frecuentado de las islas Kuriles, al norte del archipiélago japonés. La fecha del ataque ya había sido fijada por el cerebro de la operación, almirante Yamamoto, para el domingo 7 de diciembre. La formación naval, al mando del almirante Nagumo, zarpó de su lugar de anclaje, manteniéndose lo más lejos posible del norte de Hawai, en medio de las nieblas y tormentas de aquellas latitudes elevadas. Sigilosamente, pues, logró acercarse sin ser detectada hasta 275 millas al norte de Pearl Harbour. A las 7.55 h. caía la primera bomba de una flotilla de trescientos sesenta aparatos, escoltados por cazas. Anclados en Pearl Harbour, se encontraban a la sazón noventa y cuatro buques de la Armada de los Estados Unidos. Entre ellos, los ocho acorazados de la flota del Pacífico que destacaron como principales blancos de la flota nipona. Los expertos pilotos japoneses actuaron sin dilación. Hacia las 8.25 h. las primeras oleadas de aviones lanzatorpedos y bombarderos habían soltado su carga en picado. A las 10.00 h. de la mañana la batalla ya había terminado y el enemigo se retiró dejando detrás de él una flota reducida a un montón de hierros en una inmensa hoguera. Más de dos mil americanos perdieron la vida y cerca de otros dos mil fueron heridos. El dominio del Pacífico había pasado a manos de los japoneses, y «por el momento —apunta el propio Churchill en sus Memorias— el equilibrio estratégico mundial sufrió un cambio radical". En el orgullo americano herido algo estaba pidiendo venganza.

Pero al mismo tiempo los japoneses controlaban el Pacífico y su conciencia de «imperio» crecía por momentos. Y alcanzaba también a la pequeña ciudad de Yamaguchi, donde un sonriente jesuita occidental de apariencia poco peligrosa se disponía a preparar las cosas necesarias para una bendición con el Santísimo. Eran las 6.00 h. de la tarde del 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada, de 1941.

 

«Espía internacional»

 

—Padre Arrupe, tres policías preguntan por usted. Tenían orden de registrar la casa. Por aquella reducida cristiandad que esperaba el acto litúrgico cruzó una descarga de incertidumbre. Se suspendió la bendición. Antes de una hora, sigilosamente, la noticia había corrido entre todos los católicos de Yamaguchi. Al principio se ignoraba si eso iba a ser el comienzo de una persecución.

Los policías actuaron concienzudamente. Registraron hasta el último milímetro. Incluso obligaron al padre Arrupe a que abriera el sagrario. Éste les suplicó que lo hicieran con respeto.

Todo iba bien hasta que, al abrir uno de los cajones de la mesa del padre Arrupe, los policías dieron con algo, al parecer, sospechoso: un fajo enorme de cartas perfectamente catalogadas.

«Había cometido la imprudencia —escribe Arrupe— de conservar todas las que había recibido desde mi llegada. Por eso, cuando empezaron a husmear en ellas y se encontraron con algunas en japonés, y las demás en español, alemán, inglés, francés, italiano y hasta algunas en latín, no les quedó la menor duda de que aquella políglota correspondencia, para ellos completamente incomprensible, debía de tener fines políticos y matices velados de espionaje.»

Los policías recogieron cuidadosamente aquellos documentos, hicieron un gran envoltorio y salieron con él... y con el padre Arrupe, camino de la cárcel.

—No tema nada —aseguraron-o Tan sólo vamos a entregar estas cartas para comprobar su contenido. En cuanto se pruebe su inocencia, será usted puesto en libertad.

Pedro se apresuró a coger su breviario, su maquinilla de afeitar y un diccionario para poder seguir estudiando. Con ese mínimo equipaje, se dirigió detenido hacia el edificio central del Kempei, la policía militar japonesa.

Mientras caminaba, la mente del padre Arrupe funcionaba deprisa. ¿Qué había podido conducirle a aquella situación? Evidentemente, el clima de guerra. Él sabía que sus actuaciones públicas habían creado un ambiente de simpatía por parte del pueblo, y de sospecha por parte de los sectores nacionalistas, que ostentaban por entonces el gobierno. Al principio no caía en la cuenta. Pero, poco a poco, no dejó de alarmarle el que, cada vez con más frecuencia, se presentara en su casa un policía para tomarle una disimulada declaración.

«Era uno de esos tipos que nunca miran de frente —escribe Arrupe—. De un aspecto algo afeminado, y con la pasión dominante de mirarse de reojo en el cristal de la ventana, que a falta de espejo le recreaba con el reflejo de su figura. Hablaba de todo. Preguntaba de todo. Y desde las más insignificantes superficialidades de ascética, hasta los núcleos culminantes de los más abruptos problemas políticos, no quedaba nada por indagar.»

En un principio Arrupe pensó que se interesaba por el cristianismo. Y le contestaba con claridad y delicadeza. Pero pronto se dio cuenta del cariz de aquellas visitas y fue cada vez más arisco con aquel sabueso. EL tesón y apasionamiento con que trabajaba el padre Arrupe movió a la policía a investigar más y más. No podían comprender que se pudiese trabajar tanto por un Dios invisible, en una época además en la que la fe budista estaba muy apagada.

Cuando estalló la guerra, los informes minuciosos de aquel policía fueron a dar a manos del brazo militar. El Kempei contaba, pues, con un historial completo de las actividades del padre Arrupe.

 

Una celda desnuda

 

La reducida comitiva llegó al cuartel.

«La cárcel —me explicó el señor Yoshizama, que me llevó personalmente en su pequeño automóvil al lugar donde estaba emplazada en el actual barrio de Noda— hoy ya no existe. Era un viejo caserón de madera, que albergaba a treinta o cuarenta presos. Al padre Arrupe, que estuvo preso treinta y tres días, le echaban la comida tirándosela con el nombre de Spain (España). Por entonces había miedo entre los creyentes porque estaba mal visto ser cristiano. La comunidad católica no pasaba de cien miembros y, en el ambiente nacionalista de la guerra, estaban desprestigiados.»

El padre Arrupe es introducido, en un principio, en una celda espaciosa de veinticinco por quince metros. En la celda no hay nada. Sólo el tatami desnudo. Se masca una sensación de frío y soledad. Por unas cañas arrinconadas, Pedro deduce que en tiempos de paz aquello era una sala para practicar el kendo (esgrima).

Pero dejemos al propio padre Arrupe contar su experiencia:

«Es de noche. El sol de diciembre se acuesta a las cuatro de la tarde para no despertar hasta catorce horas después. Sin futón me acurruco en un rincón, y procuro dormir sin preocuparme mucho. Dios dirá cuál ha de ser mi destino. Hace demasiado frío para poder conciliar el sueño. Temblando y castañeteando, con intervalos de gimnasia sueca para entrar en calor, pasé la noche.

"Amanece un sol frío que se filtra por las ventanas espaciosas y corridas del salón. Silencio absoluto. Van pasando las horas con la lentitud de la espera. Mis esperanzas de poder celebrar la eucaristía van desapareciendo, porque la mañana está más que mediada y no parece que me vayan a dejar en libertad.

A eso de las once, en vista de que nadie respira por ningún sitio, me asomo a una de las ventanas y llamo a un soldado que pasea por allí. Nuestro diálogo es breve, pero lo suficientemente claro para sacar la conclusión de que he de permanecer largamente allí...

—Anone (oiga). Estoy esperando aquí para que me digan cuándo puedo salir a decir misa.

—¿Sa, so desu ka? Pues es mejor que le traigan de comer, porque creo que va para largo...

A los dos días se abrió la puerta violentamente y una veintena de soldados se "coló" en el interior de la sala. Eran muchachos fuertes, de campo, sin gran cultura. Su entrada fue pisando fuerte, con el gesto y la fe de un ejército que sólo conoce el triunfo. Me arrinconaron en uno de los ángulos, colgaron unas cortinas de separación y me fabricaron un cuartito de unos dos metros de lado a lo sumo. Allí iba a estar recluido, y lo peor es que no sabía hasta cuándo.

Al tercer día me encontraba con unas barbas de patibulario. Como no era cosa de seguir así definitivamente, pedí permiso para afeitarme al centinela de guardia. Aquel pobre soldado pueblerino se rascó la cabeza con unas dudas abrumadoras y decidió que, como él no tenía autoridad para darme ese permiso, lo más conveniente era que elevase una instancia por escrito. No me pareció mal seguir las leyes del protocolo, de modo que en cuanto me trajo papel y fude (pincel), le pedí que hiciese por sí mismo la petición, ya que yo no sabía escribir como para eso. La redactó de prisa y yo no tuve que hacer sino firmar.

"Con seriedad hizo correr la instancia a su inmediato superior para que él le diese curso legal. Así se hizo, y varias horas más tarde estaba concedido aquel permiso por las benévolas autoridades para las siete de la mañana del día siguiente. A las siete en punto se presentaron dos soldados con una gran palangana rebosante de agua hirviendo. Les di las gracias, les indiqué que para otra vez me bastaría la décima parte de agua, y me dispuse a empezar mi afeitado."

El padre Arrupe narra con pelos y señales la «odisea" de su afeitado. Después le llevan con palangana y escolta a otro recinto con lavabos corridos. Arrupe pide un espejo y le traen uno diminuto, como de bolso de señora. A pesar de que dice que con eso le basta, le llevan entre varios uno casi de cuerpo entero. Al principio sus únicos espectadores eran el centinela, los dos soldados que habían traído la palangana y los otros dos que habían cargado con el espejo. Pero el público aumentó enseguida. Cuando empezaba a afeitarse el padre Arrupe, todos los que estaban barriendo dejaban las escobas y se iban agrupando a su alrededor, dándose codazos de pasmo y haciendo gestos de la mayor admiración. La explicación es sencilla: un japonés casi no tiene barba y los campesinos utilizaban, además, la navaja con sumo cuidado y muy despacio. La agilidad del padre Arrupe afeitándose era todo un espectáculo.

 

Un preso que cautiva

 

Aquella misma tarde se presentó un shocho en la celda interrogarle. Como en el cuchitril donde estaba el detenido no había nada, llevaron mesa, silla, papel y pluma. Se limitaron a preguntar al padre Arrupe por su nombre y apellido, y el de sus padres y hermanos; y, sin más, y ante la sorpresa del detenido, arramblaron con todo y se volvieron a marchar.

A los dos días se repitió la operación. Pero Arrupe no se quedó callado. Rogó a su interrogador que le dijera por qué estaba allí.

—¿Quiere usted saber todos los cargos que hay contra usted?

—Sí —contestó el padre Arrupe con su típico aplomo.

El policía sacó unas cien cuartillas de su carpeta. En aquel momento el padre Arrupe confiesa que llegó a tener miedo. ¿Le habría calumniado algún cristiano?

Sentado a su mesa, el policía leyó durante cuarenta y cinco minutos seguidos. En la acusación se mezclaba lo político y lo religioso.

Cuando hubo concluido, Arrupe se explicó todo. El policía le aclaró que aquélla era la ficha de sus actividades antes de la guerra. En una palabra, el resumen de aquel triste personaje que habían mandado a espiarle y que después de cada entrevista escribía lo que le parecía.

Entonces Pedro descansó, al saber que ninguno de los suyos le había traicionado. Se limitó a contestar con ironía.

—A los cristianos nos enseñan que debemos ser humildes. Y yo tengo muchos defectos y muy mal concepto de mí mismo. Pero tan malo como todo eso...

Pedro volvió a quedarse solo. Estaba sumido en un mar de recuerdos y cavilaciones. Su sistema nervioso se iba debilitando cada vez más. Los fantasmas cruzaban su imaginación presentándole lo peor... Sólo mentira, todo mentira. Pero, ¿cómo demostrado? El horizonte se le presentaba muy oscuro, pese a su innato optimismo.

La presencia de los soldados privaba ya al padre Arrupe de tranquilidad para la oración. Tenía menos sitio para moverse. Pero aquella gente le prestaba revistas que, con ayuda de su diccionario, le daban materia para el estudio del japonés.

Un día los soldados se enredaron en una conversación bizantina. ¿Qué fue primero, el agua o la nube? El grupo y la discusión aumentó sin que nadie se aclarara. Uno sugirió:

—¿Por qué no se lo preguntamos al gaikokujin (extranjero). Es un sensei (maestro) y tiene que saberlo.

La iniciativa fue aceptada y todos se acercaron al padre Arrupe. El único que seguía encerrado en su mutismo era el centinela. Los demás hablaban con el prisionero libremente.

Arrupe aprovechó la ocasión para remontarse a temas cósmicos y, por ellos, a Dios.

Los soldados, con los ojos fijos, no perdían «ripio». El tema les resultaba apasionante. Y Arrupe hablaba con la pasión y el entusiasmo de siempre.

A partir de entonces la catequesis improvisada fue diaria. Los jefes no ponían cortapisas porque no se contravenían las leyes de aquella cárcel-cuartel.

Nadie sabe si la semilla cayó en buena tierra. Arrupe volvió a constatar el enorme abismo entre las culturas y los conceptos. «Yo les daba el contenido de nuestra teología, y ellos, con sus palabras y expresiones, me daban la forma que corresponde a ese sentido, aunque haya aparente divergencia y contradicción en las palabras. Y aquel trabajo en el que procurábamos adaptar continentes y contenidos para llegar al máximo grado de comprensión mutua, fue convirtiéndose en amistad auténtica, aunque extraña y con matices, si se quiere, paradójicos.»

Un buen día se le acercó el gocho (cabo). Traía una carta.

Quería que el padre Arrupe se la leyese.

—Imposible —le dijo—, no la entiendo, porque los kanjis están escritos de un modo excesivamente corrido para mí.

—Es de mis padres —argumentó—. Me dicen que me han buscado una novia que me conviene y que no falta más que fijar la fecha del matrimonio. La carta, más que para pedirme mi opinión, es para darme la noticia. Pero yo quisiera decidir personalmente sobre mi matrimonio... Sensei, ¿cree usted que debo casarme con ella? Si me equivoco, será un error para toda la vida.

Arrupe no conocía a la novia ni podía decidir sobre el asunto. Pero apreció la confianza que había inspirado en aquel hombre para consultarle en un tema tan íntimo.

Todo ello no restaba nada de severidad a la prisión. Nunca permitieron salir al prisionero, excepto una vez, que fue conducido entre dos soldados al furo (baño) público. Para comprenderlo hay que conocer las costumbres japonesas, en las que el baño es un rito obligado y frecuente. El japonés se siente como nuevo después del furo. Le cambia la sensibilidad, el kimochi.

Cuando le sacaron de la habitación que le servía de celda, Pedro pensó que el baño estaría dentro de la misma cárcel. Pero no fue así. Se vio conducido a la calle. Serían las cuatro de la tarde, la hora en que los estudiantes salían de la Universidad, donde el padre Arrupe daba clases de español. Iba sucio —sólo podía afeitarse una vez a la semana y con la ropa sin cepillar. Para un hombre pulcro y con fama de respetable, aquello fue duro. El sensei cruzó entre sus estudiantes como un facineroso.

Pero no pudo dejar de evocar una experiencia de su oración sobre el Evangelio: «No fue mucho tiempo, pero sí el suficiente para que pudiese aprender un poco de los sufrimientos de Cristo cuando, criminalmente maniatado, fue dos veces conducido de la corte romana a la judía.»

No fue su única vivencia profunda durante el tiempo de la cárcel: «¡Cuántas cosas aprendí durante ese período: la sabiduría del silencio, el diálogo interior con "el huésped de mi alma". Creo que fue el período más instructivo de toda mi vida.»

Después de muchos años, ya enfermo de trombosis en Roma, repetía una y otra vez, evocando esta época: «¡Qué bonito! ¡Qué bonito!» Haciendo hincapié en que aquella soledad con Cristo había constituido para él una suerte de profunda experiencia mística. «No había nada en mi celda... Yo solo con Cristo.» Y entornaba los ojos llenos de lágrimas.

 

Esta noche es Nochebuena

 

Llegó Navidad. Aquella noche, mientras la ciudad dormía, Arrupe velaba en silencio con una enorme tristeza. Su alma viajaba a la pequeña capilla de su parroquia, imaginando la Misa del Gallo, que este año no podría celebrar. La nostalgia de la Nochebuena se hacía por momentos más espesa. Escuchaba la respiración de los soldados que descansaban tras la cortina...

De pronto advirtió un ruido extraño junto a una de las ventanas. Suavemente llegó hasta él como un murmullo quedo de muchas voces que no querían delatarse... Afinó el oído. En la cárcel cualquier sonido se acrecienta por la ansiedad, por el temor que surge del mero hecho de estar preso...

Inmediatamente, dominando el cuchicheo que había llegado hasta sus oídos, rompió suave y lentamente un villancico de Navidad. Era uno de los villancicos que él mismo había enseñado en japonés a sus cristianos. Pedro no pudo contener las lágrimas. ¡Era demasiado fuerte el contraste de aquella delicadeza con el hecho de estar encarcelado por una falsa acusación!

Tras unos minutos, aquella ronda navideña se fue desvaneciendo en la oscuridad de la ciudad muerta. Ellos se fueron. Pedro se quedó acurrucado en su silencio. Y sintió que de pronto aquella rudimentaria celda se había convertido en algo así como un portal de Belén.

Pasaron los días de incertidumbre. El 11 de enero la puerta se abrió bruscamente. Eran las doce de la noche y Arrupe estaba ya durmiendo. Encendieron las luces. Apareció en el marco de la puerta el shocho acompañado de varios subalternos. Llevaban libros y papeles para iniciar un interrogatorio en toda regla. Pedro pensó que iba a ser el último y definitivo. No sabía aún que iba a durar treinta y siete horas seguidas.

No pasaron ni un punto por alto. Comenzaron por su vida privada: la hora de levantarse, acostarse, el rezo del breviario, la habitual meditación matutina...

Todo aquello resultaba incomprensible para su mentalidad. Pero Arrupe iba contestando puntualmente a sus preguntas con la certeza y el aplomo que le caracterizaban.

"Durante mi interrogatorio me di cuenta de la impresión tan extraordinaria que esto les iba causando. En sus palabras había cada vez más respeto, más desorientación y menos hostilidad. Nunca habían dejado de ser corteses, pero entonces empezaron a ser positivamente deferentes.»

Catorce horas ocupó aquella primera parte del interrogatorio dedicada a la vida privada. La segunda parte versó sobre la doctrina. Arrupe enseguida tuvo miedo de que le interrogasen sobre el vidrioso tema del «Dios-Emperador». Según él mismo confiesa, empezaba a estar cansado y nervioso y a temer principalmente lo que le pudiera ocurrir a sus cristianos.

—Explíqueme usted —exclamó el policía de pronto el primer mandamiento de la Ley de Dios.

Pedro levantó su corazón a Dios pidiendo ayuda. Y recibió una inspiración especial.

—Está bien. Y para que vean que no tengo ningún inconveniente en abordar este tema, voy a hacerlo exactamente igual que lo abordo con mis catecúmenos, en la iglesia.

El tribunal aceptó. Y Arrupe expuso algunas ideas preliminares sobre Dios y la creación. Luego, preguntó a bocajarro:

—¿Creéis vosotros que el Tenno Heika (Emperador) es el creador del mundo?

En aquella época el Emperador era reconocido como un dios, descendiente y engendrador de kamis (dioses). Pero el término tenía un contenido muy vago y resultaba demasiado fuerte aceptar que el Emperador había sobrevivido millones de años como para crear el mundo. Arrupe les había «puesto en un brete». Si decían que no, no eran fieles a su Emperador. Si decían que sí, cometían una solemne tontería.

Respondieron:

—Nosotros no entendemos la filosofía.

Pedro se frotó interiormente las manos. Se encontraba en su propio terreno. Aquella confesión de ignorancia les impedía rebatirle. Luego entró en terreno personal, argumentando ad hominem sobre sus propias vidas, de las que tendrían que dar cuenta a Dios. Eso les turbó, por lo que cambiaron de conversación, entrando de nuevo en la política, la guerra, los problemas sociales. En total, treinta y siete horas de interrogatorio.

Al final, una esperanza:

—No se preocupe, que esto va bien.

El shocho cogió el jude y se puso a escribir al otro lado de la mesa. El padre Arrupe observó el resbalar vertiginoso del pincel sobre las cuartillas que iba llenando con grandes caracteres. Al terminar, preguntó:

—¿Ha entendido lo que aquí queda escrito?

—No. Me ha sido imposible leerlo. Es letra difícil y me cogió al revés.

—Bien; antes de que ponga su firma y huella, se lo voy a leer.

«y fue cayendo de sus labios la más hermosa confesión de fe que, en mi nombre, había escrito en primera persona:

"Yo, Pedro Arrupe..." Aquel hombre había penetrado hasta el fondo de mi pensamiento misionero y sacerdotal. Y eso se debió al providencial contacto que había tenido yo durante los días de prisión con los soldados. La exactitud de expresión que había conseguido para decir, con palabras al parecer inexactas, lo que ellos debían entenderme, hizo que en las treinta y siete horas de interrogatorio no les diese ni una sola respuesta en la que quisiera decir una cosa y me entendiesen otra diferente. Al poner el dedo emborronado en tinta sobre uno de los extremos como prueba de que estaba de acuerdo con todo ello, le pedí al shocho, —por si accedía, que me dejase llevar una copia de aquel documento que tan maravillosamente resumía mis creencias y mis actividades. No me concedió ese favor."

—Es un documento oficial —respondió en tono arisco. Pero Pedro adivinó en la comisura de sus labios un matiz de satisfacción, que le producía el reconocimiento que iba implícito en la petición.

Media hora más tarde le llamó a su despacho el jefe superior. Le anunció que su libertad era un hecho y que podía retirarse cuando quisiera. Pero antes tuvo una larga conversación con el padre Arrupe. Le explicó, para disculparse, que los informes que había recibido de la autoridad civil eran muy negativos. Ello le había obligado a detenerlo y a registrar la casa para evitar males posteriores. Lo había encarcelado para hacer un análisis a fondo de su persona, actividades y creencias.

—Pero entonces, ¿por qué me han retenido tanto tiempo sin interrogarme?

—Porque uno de los elementos de juicio más importantes para estos casos es la conducta del acusado. Usted se ha sometido a cuanto se le dijo sin la menor rebeldía. Se dedicaba a sus estudios y oraciones sin protestar, sin quejarse de nada, sin insultar a nadie.

Cerca del padre Arrupe había estado encarcelado un profesor chino que no paró de proferir insultos con palabras soeces y de quejarse a grandes gritos.

Arrupe se puso de pie para despedirse. Aquel policía volvió a disculparse:

—Ya sabe usted que, en momentos de guerra, los nervios se crispan y es fácil caer en algún error.

—Ya le he dicho —respondió el padre Arrupe— que no se preocupe. Ya sabe, por mis declaraciones, que me dedico a predicar el Evangelio de Jesús y que he venido a Japón para sufrir por los japoneses. Para un cristiano el sufrimiento no es objeto de vergüenza ni odio. Jesucristo sufrió mucho más que cualquier hombre. Un creyente no tiene miedo de sufrir con y como Él. Usted es la persona que más me ha ayudado para eso. No le guardo rencor. Sepa que siento hacia usted agradecimiento como a alguien que me ha hecho bien.

—¿Yo le he hecho bien?

—Sí. Usted me ha acercado a cumplir mi ideal. Usted es el hombre que más me ha hecho sufrir por los japoneses.

Aquellas palabras le impresionaron de forma increíble. El Jefe de la Policía le tendió al padre Arrupe la mano, a la europea. Se la estrechó firmemente y dijo:

—Predique, predique una religión como ésa. Subarashi (admirable).

Pedro no podía creerlo. Al cruzar sus ojos con aquel hombre advirtió lágrimas, lágrimas de emoción.

Antes de partir, fue a despedirse de los soldados y a echar una ojeada a la improvisada celda donde había estado encerrado más de un mes. Había vivido momentos durísimos. No había sido ni bien ni mal tratado. Como un preso más. Pero para un extranjero las condiciones resultan más penosas. En cualquier cárcel del mundo lo menos que tiene un preso es un «catre», una mesa, una banqueta. Arrupe sólo tenía un tatami, donde tuvo que estar durante todo el día tirado en el suelo, con los riñones doblados por no encontrar respaldo y el tronco molido por falta de cama. De comer, hubiera preferido pan yagua a los nabos fibrosos y a los caldos concentrados que le daban arcadas.

Cuando dijo adiós a los soldados que habían convivido con él y oído tantas enseñanzas de sus labios, éstos tampoco pudieron ocultar su emoción. De la persona del padre Arrupe, aparte de una gran simpatía, se desprendía algo. El intenta explicarlo con sencillez: «Era la nostalgia indefinida, imprecisa, de algo que no les resultaba posible concretar. Creían emocionarse porque yo me marchaba, y no era así. Era Cristo el que se iba de ellos. ¿Puede haber otra explicación de su tristeza?»

 

 

La vuelta al hogar

 

Aparte de la profunda vivencia espiritual, de «vacío místico», el padre Arrupe se llevaba otros bonitos recuerdos de su prisión. Como aquel día en que uno de los jefes le recordó que a las seis tenía que inclinarse para rendir homenaje al Emperador. Al retirarse, se le acercó el centinela para decide al oído: «No se preocupe, usted a las seis se inclina como los demás, pero hacia el lugar donde se encuentra su capilla y adora a su Dios.» Arrupe no olvidaría aquella delicadeza.

O el día de Año Nuevo, en que los soldados festejaban la fiesta comiendo mochis, deliciosos pastelillos de arroz. Le preguntaron a Pedro si alguien le iba a mandar alguno. Ante la respuesta negativa, un soldado le tiró uno a la celda, donde Arrupe estaba estudiando con su diccionario. Utilizó una expresión vulgar, parecida a la que se dice a los animales cuando se les da de comer. Pero el padre Arrupe advirtió que aquel hombre no lo hacía con mala intención y agradeció el detalle.

¿Qué había sucedido mientras tanto? Los jesuitas no habían estado mano sobre mano. El padre Lasalle había establecido contacto con Shibata, un profesor de química de Hiroshima, que estaba en posesión además de una alta graduación militar. Este profesor se desplazó a Yamaguchi y habló con los carceleros del padre Arrupe. No permitieron que se entrevistara con él, pero sus argumentos contribuyeron sin duda a esclarecer el caso, así como otras intervenciones de amigos de los jesuitas en Tokio. «Los días que pasó allí el padre Arrupe —afirma el padre Lasalle— fueron durísimos.»

Al mismo tiempo, Pedro temía por lo que su conducta y las acusaciones contra él pudieran afectar a sus cristianos o a otros miembros de la Compañía de Jesús en Japón. En efecto, fueron visitados e interrogados tres cristianos de Yamaguchi: la señora Moriwaki, cocinera y colaboradora del padre Arrupe y madre del que luego sería también jesuita, Murata-san, un muchacho de veintidós años de edad, todavía catecúmeno. Los tres respondieron con esa decisión y entereza que caracteriza a los japoneses cuando se convencen de algo. Por ejemplo, el muchacho contestó a la policía que, aunque se lo prohibieran y le costase la vida, seguiría yendo a hablar con el sensei extranjero.

Pedro respiró hondo al salir de la cárcel. Allí estaban de nuevo las pequeñas casas de Yamaguchi con su tejado ondulado. Los viandantes andando libremente por las calles. Apretó el paso, ilusionado de volver a su capilla.

Teresa Moriwaki gritó de alegría al vede. La moderación típicamente japonesa brilló por su ausencia. El padre Arrupe estaba allí. Era como una visión, como un aparecido.

A los gritos de Teresa Moriwaki acudió el padre Lademan, que le abrazó fuertemente. Él había pasado por casualidad por Yamaguchi, pero se vio obligado a permanecer allí para no dejar abandonado a aquel grupo de cristianos.

Yoshizama, cristiano de aquella época que aún vive, recuerda que cuando salió, el padre Arrupe celebró una misa de acción de gracias. Pero la colecta, en aquellos días de escasez, no llegó a dos yenes, equivalentes a doscientos yenes actuales. Teresa Moriwaki confesó que, antes de que le encarcelaran, la policía la había visitado para persuadida de que tratara mal al padre Arrupe, que le diera mal de comer, porque era un espía de una potencia extranjera.

Volvió la vida ordinaria con su rutina. Pero Arrupe confiesa que desde entonces nunca se sintió tan respaldado. Los soldados del Kempei —había conocido a más de veinte— le paraban por la calle con grandes exclamaciones:

—Arrupe-san, Arrupe-san.

Por aquella época aparece en la vida del padre Arrupe un joven universitario llamado Shogo Hayashi. Estudiaba el castellano como segunda lengua y así conoció a Arrupe. Éste comenzó a dialogar con él sobre temas religiosos.

«Yo no sabía de qué hablar con él —cuenta Hayashi—.

Yo desviaba los problemas. Él insistía:

—Tú tienes un fondo de creyente.

—No, yo no creo que la vida tenga sentido.

—Sí, hay una respuesta: "Por Él, con Él y en Él." Dios. — Yo no creo que exista un Dios.

El padre Arrupe repasó todos los argumentos sobre la existencia de Dios. Pasamos así tres horas. Acabé con dolor de cabeza.

—Volveré en marzo —le dije.

—Cumple lo prometido.

"Entonces hizo una cosa que me admiró. Me llevó a la capilla y me dijo:

—Ora ante Dios.

—No —le respondí.

Y él me dijo:

—Tú no conoces a Dios. Pero tampoco puedes negado.

Ora ante Dios o ante algo.

"Aquello me impresionó mucho. En abril volví a vede. Cuando iba a estudiar con él, a veces se dormía, porque se acostaba a las doce de la noche y se levantaba a las cuatro de la mañana. Entonces iba a lavarse la cara para espabilarse. Cuando salió de la cárcel, me puso un telegrama para que fuera a ser bautizado por él. Y vi claro y me bauticé.»

En sus Memorias, el padre Arrupe reconoce que al principio se equivocó con aquel muchacho, atiborrándole de argumentos escolásticos. «Procuré olvidar todos los argumentos teológicos menos uno. Tuve miedo, después del fracaso de días anteriores, de dificultar la comprensión si multiplicaba las pruebas, y no me aferré más que al milagro de la Resurrección, siguiendo la lógica de San Pablo. Fue una línea nítida, sin arbotantes ni contrafuertes que reforzasen el conjunto. El nervio claro de una ojiva que deja pasar toda la luz de la verdad por el arco estilizado de sus brazos de piedra.

Aunque dudaba —añade el padre Arrupe—, le hice repetir la oración de la célebre convertida alemana M.K. Kolb, que cuando todavía dudaba y más que protestante era atea, solía repetir al pasar por delante de las iglesias: "Si estás ahí, ¿por qué no me dejas creer? Si estás ahí, déjame creer. »

Hayashi fue bautizado el 18 de enero de 1942 junto a otro compañero de estudios, Takao, el hijo de Teresa Moriwaki, y otros cuatro, de manos del padre Arrupe.

Pero la estancia del padre Arrupe en Yamaguchi tocaba a su fin. La vida se iba desarrollando con normalidad. Una de las notas más pintorescas de aquellos días era la presencia ruidosa y colorista de los soldados del Kempei que acudían con frecuencia a «devolverle la visita» a su antiguo prisionero y jugaban al ping-pong como chiquillos en las salas parroquiales.

«Cuando llegaron a Yamaguchi los americanos –cuenta el padre Arrupe—, y se enteraron de que había estado en la cárcel, quisieron saber quiénes y por qué habían mandado eso, para exigir responsabilidades. Pero yo me acordé de aquel apretón de manos del jefe del Kempei cuando me dijo emocionado: "Siga predicando esa religión", y de aquellos muchachos toscos, pero en el fondo buenos, y preferí callar antes que delatar. Aquello pertenecía al pasado. Y sin embargo, mi calidad de misionero —enviado de paz— era algo presente, en repugnancia manifiesta con un deseo de venganza o de justicia excesiva. Me pareció mejor perdonar. y no me arrepiento de que ninguno de ellos haya entrado en la cárcel por mi culpa.»

El 9 de marzo de 1942, el padre Lasalle, superior por entonces del padre Arrupe, le hizo una visita a Yamaguchi. Y, como de pasada, le propone:

—¿Qué talle parece irse a Nagatsuka de maestro de novicios?

—Por Dios, padre —le contestó Arrupe—. Pero si no sé japonés y apenas conozco la psicología de los japoneses...—No se preocupe. Todo se irá arreglando. Lo urgente es que sustituya al actual maestro, que está enfermo y no puede continuar en ese cargo.

—Bien, lo pensaré y le responderé enseguida.

—Sí, es lo mejor. Yo ya lo tengo muy pensado –sonrió maliciosamente.

Dos días más tarde Arrupe recibió un telegrama. Tenía que trasladarse rápidamente a Hiroshima llevándose lo indispensable.

Los cristianos organizaron a toda prisa una despedida. Cantos, discursos, danzas típicas y las ineludibles tazas de té, amarillento y amargo, que no pueden faltar en una fiesta japonesa.

«Cuando me llegó el momento de hablar, en respuesta a todas las delicadezas que tuvieron, se me hizo un nudo en la garganta. Fue entonces cuando me di cuenta de lo unidísimos que estábamos y de los lazos tan profundos que se establecen entre los cristianos y el misionero.»

Enseguida Pedro cogió su maletilla y se puso en camino. Al partir, miró con nostalgia aquel valle verde, donde Javier hace siglos lo había empezado todo. También él se había iniciado como evangelizador entre aquellas gentes entrañables. Miró un momento hacia atrás y luego apretó el paso. Parte de su corazón se quedaba en Yamaguchi.

 

 

CAPÍTULO 10: EL MAESTRO

Se subió las solapas del abrigo mientras pedaleaba con fuerza para remontar la cuesta. El frío húmedo se le metía hasta los huesos. Iban quedando atrás las onduladas y verdes colinas de Nagatsuka, su nuevo hogar, su nuevo destino, a las afueras de Hiroshima.

La ciudad, situada a 873 kilómetros de Tokio y 141 de Yamaguchi, con cuatrocientos mil habitantes entonces, no podía ni soñar por aquella época que en el futuro sería comparada al ave fénix que resurge de sus propias cenizas, y que llegaría a alcanzar cerca de un millón de habitantes. Fundada sobre la «gran isla», auténtico significado de Hiro Shimo., por Mori Torumoto, que construyó sobre ella un castillo, conservaba en 1942 su aspecto más típicamente japonés. Aparte de unos escasos edificios de cemento en el centro, que dominaban la llanura, la ciudad, como otras muchas en Japón, se componía de casas pequeñas muy extendidas y edificadas con madera, cañizos, barro y papel. Y en el suelo no había otra cosa que paja de arroz, en un tejido de estera fina, que se caracteriza por ser un magnífico combustible.

Pedro Arrupe acababa de instalarse hacía pocos días en Nagatsuka, donde además de maestro de novicios había sido designado como rector de otras pequeñas comunidades compuestas por jóvenes que estudiaban filosofía y teología. Ahora acudía en bicicleta, a una de sus dos citas semanales, en medio de la noche, con Kato-san, su maestro de la ceremonia del té, secularmente aceptada como uno de los «caminos» de interiorización del zen.

Arrupe intuitivamente seguía obsesionado con conocer más y mejor al Japón desde dentro. Su inculturización de aquella época pasaba por intentos y hasta pequeñas humillaciones. Ya había pasado dos años dándole una hora diaria aljude, el arte de pintar kanjis con pincel. Había sacado algo en limpio. Que lo importante no era escribir, sino llegar a ser «uno» con aquellas formas, experimentar una vivencia del «yo profundo», más que pretender hacer algo útil.

 

El infinito en una taza de té

 

Kato-san, uno de los profesores doctorados en la ceremonia del té que había en Hiroshima, era católico y había accedido a impartir clases particulares al padre Arrupe, de acuerdo con el horario y las necesidades de éste. Llevaba Pedro un montón de folios con los apuntes que le iba dando su maestro. En la primera página se leía Wa-Kei-SeiJaku, cuatro términos que correspondían a otros tantos kanjis, con el significado de «paz, respeto, pureza y soledad», palabras que evocaban el ambiente y el sentido profundo de la ceremonia.

Kato-san le recibió con una inclinación y la proverbial sonrisa. Después le hizo «subatearse» en un rincón de la sala. Con una lentitud pasmosa para un occidental, el maestro inició la ceremonia, que contenía una primera parte de presentación; ante los ojos del padre Arrupe aparecían primero los objetos de aquel rito misterioso consistente en realizar lo sencillo con una profunda solemnidad interior: el recipiente del té, la caja que contiene su polvo, tcha-ire, las tazas, chawan, que conservan dentro un Jukusa, especie de mantel individual doblado en cuatro partes...

El maestro entró con el mizusashi, jarra grande que contiene agua fresca, y luego se fue a buscar la caja del té, que trajo con la mano izquierda, mientras que en la derecha sostenía una taza que, además de la pequeña servilleta, el tchajuku, contiene el tcha-sen o batidor de bambú que servirá para batir el polvo del té en el agua. Depositó el mizusashi a la derecha de la marmita; la taza, con sus accesorios, detrás y a su izquierda, y la caja de té a su derecha...

Aquello sólo era el principio de un sinfín de inclinaciones y gestos perfectamente medidos, realizados desde un increíble dominio e interiorización. Simplemente el hecho de coger la taza sin asa supone un complicado ceremonial. Hay que asida por el borde con el pulgar en el interior; y con las dos manos hay que posada a cierta distancia delante de las rodillas. En fin, la descripción de esta singular liturgia llevaría varias páginas.

Después de todas aquellas reverencias, cambios de mano y posturas perfectamente medidas, el maestro se volvió hacia Arrupe y con una naturalidad desconcertante le dijo:

—Haga usted lo mismo que yo he hecho.

—¡Pero si no me acuerdo de nada! —le objetó el jesuita. —No importa, pruebe a ver qué talle sale.

Pedro hizo un intento. Pero nada. No podía reproducir aquel sinfín de pequeños gestos y movimientos. Después de varias sesiones, y ante su frustración, le dijo:

—Esto es inexplicable. Hay que captado por intuición.

Arrupe consiguió que le explicara los movimientos que iba haciendo y al mismo tiempo tomaba apuntes. Con eso progresó notablemente.

Animado, Pedro le preguntó:

—¿Le parece que en un par de semanas podré dominar suficientemente la ceremonia?

Kato-san sonrió.

—Si es constante y se esfuerza, tal vez en tres años llegue a saber lo esencial.

«y más tarde —comenta Arrupe— comprendí que tenía razón. En la ceremonia del té, como en cualquier otro do, hay algo, mucho más profundo, que es lo que le da su esencialidad. Esto que a primera vista es tan difícil de comprender para un occidental, se aclara en cierto modo recordando que, en la música, por ejemplo, hablamos mucho de la ejecución y del alma. En el piano, por nombrar un instrumento concreto, la ejecución consiste en la digitación. y el alma en el movimiento, en la vida que se da a la pieza.»

«El tcha-no-yu crea armonía solicitando los cinco sentidos —escribe Paul Arnold-: armonía del tacto (la taza), armonía del perfume (el té), armonía de la luz (los shoji translúcidos), armonía del sonido (el agua que hierve en la marmita). Estas nuevas armonías, suscitadas deliberadamente al grado sutil de una sensibilidad despierta, invaden enteramente al ser y adormecen los choques, las luchas y las preocupaciones que se disputan, normalmente, en nuestro espíritu. De pronto volvemos a encontrar en la calma y el refinamiento, el perfecto acuerdo entre nuestros cinco sentidos y el mundo que nos rodea. Tal es el sentido de las palabras de Tekuan: La ceremonia del té es el sentimiento de armonía entre el cielo y la tierra, y es la norma del mundo "en paz".»

 

La pureza, la armonía, la estimulación de todo y de todos, la serenidad, confluyen para perseguir el objetivo del zen: la naturaleza «original» del hombre, «nuestra verdadera naturaleza» que está más allá de todos los artificios de la existencia.

Pedro Arrupe intuía hasta qué punto esto forma parte de la cultura del pueblo japonés independientemente de que se viva más o menos profundamente. (Algo así como los ideales cristianos: se tenga o no fe, son ya patrimonio de la cultura occidental.) Y que tenía que meterse a fondo en ese mundo si quería transmitir una espiritualidad a jóvenes japoneses en su nuevo cargo de maestro de novicios. Refiriéndose a los 00, los caminos del zen, Arrupe declararía años después: (“Todo aquello lo intentaba yo aprender, en la medida en que puede alcanzado un europeo, porque lo que se trataba de descubrir era toda una mentalidad y que el resultado carece de valor alguno si no se penetra en la atmósfera que le corresponde. Con mi iniciación en el tiro del arco adquirí algo de lo que vendría a ser la inculturización a través del zen. Durante un tiempo de intensa concentración,

hay que identificarse con la diana, de tal manera que es la diana la que atrae la flecha y no hay por tanto ninguna razón para que esta última no llegue a clavarse en el centro. Es inútil añadir que mis primeras flechas iban bien lejos de la diana. Y siempre me he preguntado luego qué es lo que en realidad aportan, en los países occidentales, las' 'sesiones de zen" ¡de tres días de duración!..." Pero entonces se entregaba con alma y cuerpo a la ceremonia del té.

y le compensaba el desplazamiento en bicicleta en medio de la noche y el frío.

 

Noviciado en tiempos de guerra

 

Pronto las gentes de Nagatsuka se acostumbraron a ver a aquel occidental extraño de alto alzacuellos y nariz aguileña que les sonreía con todos los dientes, atravesando en bicicleta los campos de arrozales que mediaban por entonces entre la ciudad de Hiroshima y el noviciado. Éste se albergaba en un solo edificio de madera; al estilo japonés, con una torre de tres aleros, adosada a la casa. A unos diez metros de la capilla había una casita de dos pisos también de madera, a la que se denominaba dendoba, o sea «lugar para enseñar la doctrina". Se agazapaba el noviciado en la falda de un montículo, en cuya cima se hallaba el cementerio de la comunidad.

Arrupe cayó enseguida en la cuenta de que su cargo era algo más que formar a futuros jesuitas. Como rector, tenía que ocuparse de darles de comer.

Fue 1942 el año del auge alemán y japonés, realizado por medio de la implantación armada sobre espacios extranjeros. El escenario del Pacífico había de servir como campo de la confrontación entablada entre el Japón y los Estados Unidos. La expansión nipona había conseguido el control absoluto sobre más de cuatrocientos cincuenta millones de personas, además de proveerse de una decisiva proporción de recursos materiales básicos a nivel mundial. En mayo de 1942, iniciando un claro viraje con respecto a la situación anterior, el triunfo norteamericano en la batalla del Mar del Coral marcará el inicio del fin de la hegemonía japonesa. Y, al mismo tiempo, significará el comienzo de las grandes operaciones que los norteamericanos habrían de llevar a cabo sobre toda el área afectada.

Los sucesivos desembarcas estadounidenses efectuados en archipiélagos hasta entonces ocupados por Japón —Midway, Guadalcanal, Nueva Guinea, por citar algunos puntos más destacados—, harán posible la progresiva localización del Japón en actitudes defensivas, muy contrarias a las mantenidas hasta entonces. De esta forma, a principios de 1943 se producirá en el escenario asiático una tendencia similar a la que tiene lugar por el mismo tiempo en Europa: el evidente e irreparable retroceso de la presencia armada de las fuerzas del Eje sobre los territorios ocupados antes con gran rapidez.

El conflicto alcanzaba también a la pequeña parcela de Nagatsuka, donde el padre Arrupe luchaba diariamente por dar de comer a sus hermanos. El único racionamiento al que tenía acceso era el arroz: trescientos treinta gramos diarios por persona, sin el menor acompañamiento de carne, huevos, pescado, azúcar, chocolate... Se vivía la austeridad japonesa al límite de la resistencia.

U n día, mientras el profesor explicaba a los jóvenes teólogos el tratado De trinitate, la aparición del padre Ministro —administrador de la casa— en la puerta del aula fue acogida con entusiasmo. Invitaba a los estudiantes a descargar un camión de patatas. Ellos sabían lo que esto significaba.

Los pocos campesinos japoneses que trabajaban la pequeña parcela de la casa desaparecieron bajo el uniforme militar. Pedro optó entonces por ponerse a trabajar él mismo la tierra con ayuda de los estudiantes, consciente de que con ello el tiempo de formación y estudio sufriría un menoscabo.

Vistas las circunstancias, los superiores decidieron que los estudiantes se trasladaran a Tokio, con lo que el padre Arrupe se quedó sólo con sus novicios. Aun así, la lucha por la subsistencia era continua.

Sin medios de transporte y sin un céntimo para poder comprarlo, Pedro se pasaba la vida en bicicleta, haciendo viajes interminables por los alrededores para encontrar algo que comer, o para estudiar literatura japonesa en la Universidad y asistir a los ejercicios espirituales de chado y shodo.

Hasta tal grado llegó la decrepitud de la «bici» que un mal día se le pinchó la rueda tres veces en los seis kilómetros que le separaban de Hiroshima. Pero en aquella época encontrar neumáticos era un sueño imposible. Hasta que un día, paseando por la huerta, se le ocurrió la solución. Vio una larga manga de riego suficientemente delgada. La cortó a la medida conveniente, y empujando con un palo, fue metiendo por uno de los extremos paja y tierra a partes iguales. Con aquella extraña mezcla, el improvisado neumático estaba provisto de alguna dureza y flexibilidad. La bicicleta ganó en peso, pero, al mismo tiempo, también en solidez.

El invento de Arrupe aguantó dos docenas de kilómetros, hasta que la paja cedió y la manga de riego, perdiendo su original forma cilíndrica, se había achatado hasta tocar casi el doble hierro de la horquilla. Con todo, resistió todavía una temporada hasta que se abrió, dejando salir su extraño «embutido».

La guerra se hizo sentir de otras formas. Un buen día se presentó un muchacho que quería bautizarse. Venía con una recomendación del padre Tanaka. A Arrupe, en un primer momento, le pareció bien intencionado y le dio algún trabajo en el jardín. Pero otro jesuita le advirtió que podía ser un kampei (policía militar). Pese a su experiencia en Yamaguchi, Pedro no creyó que fuera así. Es más, tras entrevistarse con el padre Tanaka y comunicarle éste que el joven había estado con él seis meses como catecúmeno, todos estaban convencidos de que aquel muchacho no tenía nada de espía y que con el tiempo podría llegar a ser un estupendo jesuita.

Hasta que un postulante de Carea le reconoció. Había coincidido con él después de trabajar en una fábrica de armas donde el coreano había sido acusado de espía. Efectivamente, era un kampei.

Arrupe reaccionó al instante. Lo citó en el recibidor y le espetó sin más preámbulos:

—Ya nos hemos enterado de que no eres un catecúmeno, sino un kampei. De manera que sería mejor acabar la farsa cuanto antes.

Arrupe le exigió una documentación para poder inspeccionar la casa; en caso de no tenerla controlaría todos sus movimientos. Como la documentación no la tenía, así lo hizo. Con ayuda de los novicios organizó todo un contraespionaje que resultaba incluso cómico. Por turnos, los novicios se encargaban de vigilar al espía y daban cuenta de sus movimientos al padre maestro. Mientras, el kampei redactó una serie de folios de informe. El padre Arrupe temió que se reprodujera la triste aventura de Yamaguchi y que aquel documento llegara a estar plagado de falsedades. Afortunadamente no fue así. El espía dio un veredicto favorable. Y Arrupe le evitó la vergüenza de comunicar a sus superiores que había sido descubierto, después de una operación tan cuidadosamente preparada..

En otras ocasiones se presentó la policía para realizar una serie de averiguaciones. Una de las cosas que más les intrigaba era la torreta de tres pisos, casi con perfiles de pagoda, que flanqueaba una de las alas del edificio.

—¿Por qué han construido esta torre? —interrogaron. —Todas las iglesias católicas la tienen. Como estamos en Japón, la hemos construido al estilo oriental. En cualquier otro sitio nos hubiéramos acomodado a las costumbres del país.

—Está bien. Pero cuando la han hecho con tres pisos, ha de ser para vigilar Hiroshima. O quizá tienen montada en ella alguna emisora de radio o cualquier otro aparato de señales.

—Vengan conmigo —les invitó el padre Arrupe.

Y les condujo al cercano montecillo, que es una auténtica atalaya y sobre el que posteriormente se instalaría una imagen del Corazón de Jesús.

—¿No les parece absurdo que, contando con este maravilloso observatorio natural, construyamos una torrecilla veinticinco metros más baja para espiar a alguien?

A pesar de todo, insistieron en registrar la torre, donde no encontraron sino polvo y suciedad.

 

Perfil de un maestro

 

Mientras, la vida del noviciado seguía su curso. ¿Cómo era entonces Pedro Arrupe? Su frente se había hecho más despejada y había crecido, ampliando su calva, lo que daba a su perfil y a su cabeza un mayor parecido con San Ignacio de Loyola. Sin perder nunca su buen humor y su sentido humano y de proximidad con la gente, la responsabilidad de un nuevo cargo —formar futuros jesuitas— le hizo más radical y exigente consigo mismo.

Los testimonios se agolpan. «Le vi con frecuencia limpiando los zapatos de los novicios en la portería, durante el tiempo de siesta. En su modo de vestir y con sus objetos personales llamaba la atención su pobreza y gran desprendimiento. Nunca dormía más de cinco horas, y con frecuencia cuatro. Todos los días sin excepción le veía comenzar la llamada "hora santa" en la capilla del noviciado, cerca del sagrario. Cada mañana siempre hacía más de una hora de meditación. Creo que había hecho una promesa de visitar con mucha frecuencia durante el día a Jesús en la capilla, ya que más o menos cada dos horas le veía entrar en ella. Durante la oración, siempre sentado a la japonesa, se le veía inmóvil con una concentración y recogimiento que impresionaban. Su amor al Japón era tan profundo que no toleraba en su presencia murmuraciones y malas lenguas acerca de los japoneses." Así lo recuerda el jesuita Alberto Álvarez Lomas, que aún muy joven fue destinado como «maestrillo" (estudiante en prácticas de docencia antes de la teología) a Hiroshima para enseñar latín a los estudiantes.

«Los que trabajábamos con él no podíamos seguir su ritmo —añade, abundando en otros rasgos de la vida de Pedro Arrupe—. Nunca dormía siesta, para trabajar más. Era muy delicado con los huéspedes que llegaban a casa. Especialmente se desvivía con los jesuitas no sacerdotes, los hermanos coadjutores.» También Manuel Díez, SJ, fue profesor de latín en tiempos en que Arrupe era maestro de novicios. Éste recuerda un rasgo de delicadeza: “Tenía preparado el hibachi, el brasero, para cuando los novicios volvían, en los días del frío invierno.»

Un punto controvertido de aquella época era su exigencia con los novicios. Díez recuerda que efectivamente era exigente, pero los muchachos japoneses que caían en sus manos eran difíciles. No sólo por vivir en plena guerra, sino porque muchos de los propios candidatos regresaban de los campos de batalla donde habían vivido de todo.

«Era severo y varonil, pero al mismo tiempo muy humano —asegura Katsakuke Seto, antiguo novicio de Arrupe—. Se caracterizaba por su creatividad. Era un hombre muy original, siempre lleno de ideas. Cuando en la escasez de la guerra no había qué comer, él mismo se metía en la cocina y fabricaba un pastel a base de harina y sacarina. Vivíamos con costumbres japonesas. Nos bañábamos en el furo, hacíamos la oración sentados a la japonesa y él conocía bien a los novicios. A veces incluso les pedía perdón.»

Una de las humillaciones por las que hacía pasar a sus novicios, aplicando las normas de Ignacio de Loyola a la situación japonesa, era recoger excrementos, con una pala y un cesto, de las caballerías que pasaban por las calles de la ciudad. «Íbamos con el cuello romano detrás de las mulas. y hay que tener en cuenta el orgullo y sentido del honor del japonés para comprender lo que eso costaba. Pero sabíamos para qué hacíamos aquellas cosas. Y él siempre lo ungía todo con el sentido del humor. Además conocía bien a los novicios. A cada uno en particular. Era un hombre sincero. No tenía dos caras. Por eso desbancaba siempre a los que se acercaban a él, como los que buscaban espías en casa.»

Teruo Awamoto le recuerda desde cuando era muchacho. «Estudié catecismo con el padre Arrupe. No lo olvido montado en su bicicleta con su "collar" blanco. Yo no sabía nada del cristianismo. Más bien, cuando lo veía en bicicleta sentía dentro de mí una impresión muy fuerte de odio y oposición. ¿Qué hacía allí aquel extranjero? Eran tiempos de guerra y yo pensaba: "Éste no trabaja, vive de balde, no debe de tener nada que hacer." Pero un buen día un amigo me habló de la Biblia. Y me interesó, por lo que le acompañé a un lugar donde se explicaba. Cuál no sería mi sorpresa cuando me encontré allí con el "tío de la bicicleta". Desde entonces oí sus charlas regularmente y, al escucharlas, notaba que cambiaba tremendamente. Aquel año, en las navidades, recibí el bautismo. Y poco después entraría en el noviciado.»

Otro japonés ex novicio de Arrupe que ya conocemos de Yamaguchi, Shogo Hayashi, evoca también que era muy duro consigo mismo. «No tenía mosquitero y dormía en una tabla. Era difícil tratar a la gente de aquella época. Y el padre Arrupe lo sabía y lo pasaba mal. Todo su interés era: cómo debo tratarles. Y en realidad lo hacía según las personas, adaptándose a cada mentalidad. Un día nos dijo que limpiáramos la cisterna. Era una auténtica alcantarilla, llena de heces. Nos metimos en bañador. Otro día se le ocurrió lo de los caballos. Yo me di cuenta y fui el primero que en cierto modo se enfrentó con él.

—¿No va a ser inútil?

No me contestó nada. Fue duro lo de la alcantarilla.

Pero sabía muy bien a quién se lo pedía. Y daba admirablemente bien el mes de Ejercicios. Por eso era también muy estricto en la selección. Cuando uno venía a verle, nosotros rezábamos para que entrara. Pero Arrupe exclamaba; "¡No, rezad para que no entre!" Pero los novicios de entonces, los que aguantaban —hubo algunos que se fueron llorando—. valían. Don Pedro era muy humilde tratando a los japoneses. Sabía hasta dónde podía llegar. Cuando llegaba gente de fuera, le decíamos: "Usted quédese aquí, que nosotros sabemos." Y se fiaba completamente de nosotros. Fue un buen noviciado. No había una distribución rígida. Como era tan creativo, cambiaba del modo más imprevisto. Decía: "No hay que hacer..." una cosa ya decidida de antemano. Pensábamos: "Mañana es fiesta, es el día del Sagrado Corazón, descansaremos." ¡Qué va! Nos mandaba a sacar agua, y aquel día precisamente se rompía la bomba. O nos mandaba a limpiar los cristales del puesto de policía, que habían sido pintados durante la guerra. Era exigente. Pero el día en que hacíamos los votos cambiaba de estilo. Nos decía: "Ya no eres novicio. De ahora en adelante irás a otro sitio y verás a los jesuitas. Pero lo que has visto aquí es la verdadera Compañía." Esto no lo olvidaré nunca.»

Otro de los muchachos que pasó por las manos del maestro Arrupe se llama Joji Yamamoto y coincide en líneas generales con los testimonios de sus compañeros. «Era muy estricto y mortificado. Pero en aquellos tiempos fue un buen maestro de novicios. Hizo lo que había que hacer. Luego descubriría que era, al mismo tiempo, increíblemente abierto, como se demostró con la libertad con que actuó de general. Era muy "jesuita" en el sentido literal del término y con arreglo al tiempo. Y conocía muy bien el carácter japonés.»

«Era alto y claro, como el monte Fuji», recuerda sonriendo Makoto Nakai, que también recibió la primera formación para la Compañía de Jesús de la mano firme y abierta del maestro Arrupe. «Su situación era difícil. Entonces los europeos eran sospechosos en Japón... La Iglesia, la sociedad, la Compañía japonesa eran muy homólogas. Las teorías no sirven al carácter japonés. Necesitamos una experiencia, un ejemplo vivencial. El padre Arrupe nos influía por su personalidad. Aquel hombre que se levantaba a las cuatro y media de la mañana y al que se le notaba que era un hombre de oración, estudiaba a fondo nuestras costumbres. Y en aquella época nunca se le oyó pronunciar una palabra en contra del budismo.»

Tsuchiya lo encontró por primera vez en el colegio de Kobe, cuando tenía quince años, edad a la que recibió el bautismo. Los sucesos de Pearl Harbour y la guerra marcaron su trayectoria. En 1942 fue a hacer Ejercicios con Arrupe en Nagatsuka. Durante aquellos cinco días Arrupe hablaba con los ojos iluminados. Les contó su vocación, sus aventuras por los suburbios de Madrid, su experiencia personal en Lourdes. Sintió por primera vez la vocación y quedó tan impresionado que volvió a Nagatsuka con unos amigos para estar una vez más con Arrupe.

Yoshimasa Tsuchiya era gran amigo de Oki, que se había ido voluntario a la Marina en marzo, siendo destinado cerca de Hiroshima y que más tarde también se haría jesuita. Tsuchiya, a pesar de estudiar en la Universidad Shophia, de los jesuitas de Tokio, y de haberse librado hasta entonces del servicio militar, lo tenía difícil. De una parte, su padre no le daba su autorización para hacerse jesuita. De otra, veía difícil librarse de participar en la contienda. Al fin, el 31 de marzo de aquel año ingresó en el noviciado del padre Arrupe, después de haber tenido la satisfacción de bautizar a su abuela in artículo mortis. Allí se encontró con sólo tres novicios, dos para sacerdotes y uno para hermano coadjutor. Y los tres fueron llamados a filas. Uno murió defendiendo a su obispo en Iawa, el otro murió en Karaff, ejecutado por los rusos. Sus tumbas están en el noviciado, aunque no sus cadáveres. Murieron como novicios jesuitas. «El 5 de julio —recuerda— me llegó la orden de incorporarme a filas. No olvido la imagen que tengo del Arrupe de entonces. Aun siendo el rector y el maestro, iba personalmente a buscar comida para nosotros. A veces caminaba mucho y acudía a sitios lejanos para encontrar algo de pan. Había otros "escolares": tres filósofos japoneses y tres coreanos. Pero yo era el único novicio. A pesar de ello, me daba todos los días la plática, y los puntos para la meditación del día siguiente todas las noches. Sin privarme para nada de lo estricto del noviciado, tenía relaciones abiertas con el padre Arrupe.

El día 5 de julio, cuando iba a ayudarle a la misa que celebró para la comunidad, Arrupe me dijo: "Te han llamado a filas. Participa en la misa con mucho fervor." Así lo hice y salí ese día al mediodía camino de Tokio, con intención de despedirme de mi familia. No pude. Me interrumpieron dos bombardeos y tuve que quedarme en la Universidad donde me facilitaron un certificado para demostrar que yo tenía la preparación para ser oficial. Mi trabajo principal fue cavar cuevas para protegemos si venían los americanos. Sólo después de la guerra pude reincorporarme al noviciado. Una de las cosas que más me impresionaban del padre Arrupe es que yo sabía que él se fiaba de mí en cualquier momento. Y a pesar de ser el maestro, siempre me preguntaba: "¿Y esto cómo habría que hacerla en Japón?" Era un educador extraordinario que iba haciendo crecer paso a paso el sentido de confianza en las personas. Un formador provisto de un gran sentido práctico, que no iba en plan de mandar, sino siempre pendiente de lo que ibas sintiendo, para, al llegar su momento, darte una dirección clara de lo que había que hacer.»

Años después, el padre Arrupe recuerda aquella etapa difícil: «Mis novicios eran sufridos pero, al mismo tiempo, impenetrables. Era necesario desmontarles su concepto de Dios para llevarles a un Dios mayor. No hay que olvidar que, antes de la guerra, para Japón el Emperador era "dios". Cuando descubrían un Dios mayor experimentaban un gran asombro. Yo hablaba con cada novicio individualmente durante dos o tres horas cada vez, para responder a una pregunta, y luego dos o tres horas más con la siguiente pregunta, y así con cada uno. Era difícil. Pero cuando un japonés llega a ser jesuita, lo es de verdad.»

 

Transmitir una vivencia

 

El acento lo ponía el padre Arrupe en el mes de Ejercicios y en la vida interior. Por eso, en aquella época tuvo enriquecedores contactos con monjes budistas, que visitaron su noviciado. Y Pedro Arrupe, a su vez, hizo una visita a un noviciado zen.

Pedro quedó muy impresionado al visitar el templo de Eilmei en Tsuwano. En medio de un frío intenso, ya que el monasterio estaba perdido entre montes, Arrupe admiró la pulcritud. Y cuenta:

«Entramos en la sala en la que los novicios estaban haciendo su Zazen (meditación). Sentados en el suelo y verticales como si estuvieran escayolados, se hallaban orientados hacia la pared, dando todos la espalda al pasillo. Por el centro, en inspección rígida, de la que nadie podía verse libre, se paseaba un bonzo con un grueso bastón de caña de unos setenta centímetros de longitud. Su inmovilidad resultaba impresionante.»

Arrupe se interesó por cada detalle: la postura, la forma de poner las manos, una sobre otra en el regazo, la función de la caña para despertar a los que caen en somnolencia... Al interesarse por el espíritu de aquella meditación, el maestro zen respondió:

—El espíritu ha de estar en completo vacío, sin pensar en nada. Todo pensamiento es un estorbo para llegar a la «iluminación" (satorz). De ahí que la imaginación y la inteligencia deban estar en absoluto reposo. El esfuerzo, pues, estáen no pensar. O mejor dicho, en ni pensar ni hacer esfuerzo. Tiene que ser un estar sin lucha, sin violencia, sin extorsión. Y así, durante horas.

Hablaron luego de la «iluminación». Una experiencia única e intransferible por la cual se conoce la esencia de todas las cosas. Arrupe recordó la visión de San Ignacio en Manresa, junto al río Cardoner, cuando todo le pareció nuevo.

El monje subrayó:

—Se trata de algo magnífico. Por la «iluminación» se comunica al sujeto una libertad de alma y un dominio total sobre sí mismo y sobre todas las situaciones de la vida. Se deja de ser esclavo de las situaciones exteriores y de las pasiones internas, para remontarse por encima de todo lo que pueda turbar al hombre mientras camina por esta vida.

Aquel monje aclaró más: la «iluminación), sólo se lograba a base de años, y no todos la alcanzaban. Le habló de la inutilidad de las palabras y las ideas. «El zen busca la experiencia de la gran realidad. Aspira a penetrar en la vida no por vía de explicaciones o meros conceptos adquiridos leyendo o escuchando, sino por la vía de la experiencia."

Aquel encuentro que duró varias horas impresionó al padre Arrupe, que siempre apreció y aplicó en su medida a su actividad de maestro aquellos conocimientos de la espiritualidad zen y del alma japonesa que buscaba con tanta avidez. Lo que no podía imaginar entonces es que precisamente esa vía de la experiencia personal suya, más que los conceptos que vertía, era el secreto de su eficacia entre los japoneses.

Francisco A. Jo Hayazoe, hoy sacerdote diocesano de Hiroshima y párroco de la Catedral de la Paz, construida por los jesuitas después de la explosión, recuerda que, cuando él asistía a las catequesis del padre Arrupe, allí se encontraba invariablemente un anciano que se limitó a mirar a los ojos de Arrupe durante medio año. Un buen día, Arrupe le preguntó si entendía bien la explicación.

El viejo no contestó. Era sordo. Cuando consiguió comunicarse con él, obtuvo una única respuesta:

—Yo he estado todo el tiempo mirándole a los ojos. Usted no miente. Lo que usted cree, lo creo yo.

Un buen día Hayazoe sintió vocación y fue a Arrupe. —Tengo un problema —le dijo.

—¿Cuál?

—Que me gustan las chicas.

—Muy natural en un varón —le respondió Arrupe.

«A partir de aquel momento, no tuve más problemas.

Era lo lógico —afirma Hayazoe—. Era alguien muy especial. Comunicaba algo. No he visto jamás enfadado al padre Arrupe. Mucha gente quería verle y confesarse con él. Me impresionaba su mansedumbre, que contrastaba con la reciedumbre de los alemanes. Era dulce, suave. Y hay que tener en cuenta que la imagen que tiene el japonés de un santo es la de ser un humilde, no violento.»

Arrupe, como veremos más adelante, no era el maestro espiritual sólo de los jóvenes jesuitas de Nagatsuka. Su influjo alcanzó a otras muchas personas que, después de más de cuarenta años, le recuerdan como a alguien muy singular, un hombre que vivía lo que predicaba; y eran esa sencillez y autenticidad las que seducían a cuantos le conocieron en aquellos tiempos difíciles de guerra, cuando la vida en Hiroshima aún transcurría en una tranquila ignorancia, sin percatarse en lo más mínimo de lo que se les venía encima.

Eran las trágicas vísperas de un ardiente mes de agosto de 1945.

 

CAPÍTULO 11: LA BOMBA

 

El reloj seguía allí inmóvil, clavado en su imaginación, con las manillas permanentemente fijas en la misma hora, las 8.15. Con la cabeza entre las manos, vio su vida entera hasta aquel momento misterioso cruzar en un instante ante sus ojos. Desde las primeras luces junto al Nervión en Bilbao hasta este minuto eterno que iba a dividir su vida en dos grandes capítulos: antes y después de la bomba.

En la soledad quieta de la capilla, Pedro Arrupe pedía luz: ¡Había que hacer algo! Y lo primero que acudió a su mente fue como una película de los acontecimientos que habían precedido a aquel fatídico 6 de agosto de 1945.

Hasta entonces sólo había sido el vago fantasma de la guerra. Hiroshima vivía tranquila en medio de la escasez, con sus cuatrocientos mil habitantes, aglomerados en típicas casas japonesas de uno o dos pisos, edificadas en madera, a excepción de algunos grandes edificios de cemento, apiñados en el centro de la ciudad y que dominaban la llanura.

De vez en cuando, con regularidad semanal, dado el carácter militar de puerto de embarco y desembarco de tropas, Arrupe veía el doble desfile de uniformes, nuevos o destrozados, de los que iban o volvían del frente.

Pero los americanos parecían haberse olvidado de aquella ciudad. Centrados en Kure, o en las más lejanas Osaka y Kobe, a Hiroshima sólo llegaban los ecos de continuos bombardeos que azotaban a aquellas poblaciones.

En un primer momento los habitantes de Hiroshima pasaban la noche en cuevas horadadas en los montes vecinos. Pero el hábito de comprobar que todo se reducía a una falsa alarma y un ulular de sirenas, convenció a la población de que no valía la pena salir de casa y que era más peligroso el riesgo de pillar un resfriado en las cuevas que las amenazas de bombardeo.

 

Operación «Manhattan»

 

Pero lejos de aquella tranquila ciudad japonesa, unos hombres, inquietos por los sucesos de Pearl Harbour, desempolvaron un viejo proyecto. Recordaron que en 1919 el fisico británico Ernest Rutherford había logrado desintegrar un átomo, y que en 1938 el químico alemán Otto Hahn había llevado a cabo un experimento que tenía carácter decisivo: el bombardeo de uranio mediante neutrones. En Estados Unidos, una vez estallada la guerra, Enrico Fermi, exiliado por incompatibilidad con el régimen fascista, junto con Leo Szilard y Paul Wigner se encontraban en la vanguardia deJa investigación nuclear. Contaban con el apoyo de los profesores Chadwick y Allier, que trabajaban en el Reino U nido, Noruega y Francia. Había sido el propio Albert Einstein el que había llamado la atención al Gobierno americano acerca de los peligros que amenazaban a Occidente si los alemanes llegaban a fabricar antes la bomba.

El ataque japonés del 7 de diciembre de 1942 fue el fulminante. Estados U nidos se decidió a poner en marcha el proyecto «Manhattan», cuyo fin último era la fabricación de la primera bomba atómica de la Historia. El ejército americano recibió el encargo de dar prioridad absoluta al proyecto y nombró su máximo responsable al general Leslie Groves, quien designó al físico Robert J. Oppenheimer como coordinador general. Este brillante investigador de treinta y ocho años, con capacidad técnica y dotes de mando, puso en marcha la complicada red de esfuerzos necesaria para realizar el proyecto. Al puerto de Lobito, en dos mil cilindros de acero, llegaron las 1.140 toneladas de mineral rico en uranio, procedentes del Congo Belga. La materia prima estaba disponible. .

Cientos de científicos, técnicos y militares se pusieron a trabajar, —la mayoría ignorando la finalidad real de sus ocupaciones. En Los Álamos, Nuevo México, dentro del mayor aislamiento y sigilo, se pusieron en marcha los cinco procedimientos para hallar el método idóneo de aislar «uranio 235" a escala industrial. Otros laboratorios, instalados en la Universidad de Columbia, en la Universidad de California y en Chicago, continuaron las pruebas de laboratorio. Al mismo tiempo el contraespionaje informaba de los adelantos de la investigación nuclear en Noruega, cuyas instalaciones fueron saboteadas por comandos aerotransportados.

Fermi llevó a cabo el 7 de noviembre de 1942 el experimento decisivo que puso de relieve la viabilidad de la esperada reacción en cadena. Se estimó el plazo de un año, como el necesario para tener lista la primera bomba atómica. En 1944, gracias al empeño y a los fabulosos medios puestos en juego, el proceso de obtención estaba completamente resuelto. La bomba, sin embargo, no estaba lista.

En aquel momento se oyó la primera voz de alarma de un científico. El premio Nobel de física danés, Niels Bohr, que había podido huir de la ocupación de su país y refugiarse en Estados U nidos, escribió al presidente Roosevelt previniéndole de «la terrible perspectiva de una competencia futura entre las naciones por un arma tan formidable como la bomba atómica».

Porque, dado que en aquella fecha Alemania estaba de retirada en el frente ruso y se luchaba en las fronteras de Polonia, la bomba atómica ya carecía de cualquier justificación. La voz de alarma del científico no sirvió para nada. A juicio de los políticos se había invertido demasiado dinero y energía como para echarse atrás. A comienzos de 1945 Alemania estaba irremisiblemente perdida, atacada por el Este y el Oeste. La marcha de las operaciones contra el Japón estaba cerrando el cerco en torno a las islas. Los científicos Einstein y Szilard, los mismos que tres años antes habían aconsejado el proyecto, se dirigieron también al Presidente americano para disuadirle de que se hiciera uso de la bomba, so pena de contemplar en el futuro una demencial carrera de armamentos atómicos que pudieran poner en peligro a la humanidad.

Todo fue inútil. En julio de 1945 en el polígono de tiro de Alamogordo, a 320 kilómetros de Los Álamos, una luz blanca, deslumbrante, iluminó el desierto, las montañas, la lejanía... Una esfera roja, refulgente, se había elevado hasta el cielo, unida al suelo por una tenue estela gris. Los científicos miraron asombrados aquel primer experimento de una bomba que tenía la apariencia de un arma convencional.

Los acontecimientos se precipitan. Truman recibe la sugerencia de enviar antes un ultimátum al Japón. En Potsdam se alcanza un acuerdo para remitir a los japoneses un mensaje que admitiría la existencia de la monarquía a cambio de una capitulación sin condiciones. El Gobierno imperial, empujado por el romanticismo nacional, decide ignorar la nota, lo que Estados Unidos interpreta no precisamente como una capitulación.

El 26 de julio había llegado a la isla de Tinian, embarcada en el crucero Indianápolis, la carcasa de la bomba atómica. En el mismo buque iba además parte del «uranio 235", mientras que el resto necesario para alcanzar la masa crítica viaja a bordo de un «C-54". El comandante Spaatz pide una orden expresa para lanzar una bomba, pues rechaza «matar quizás a cien mil personas con meras instrucciones verbales". Quiere la orden del comandante en jefe, del propio presidente.

El objetivo preferido es Hiroshima, seguido de Kokura y Nagasaki. Un «B-29" es encargado de sobrevolar la zona regularmente para asegurar la visibilidad. El bombardero elegido para lanzar la bomba atómica es bautizado con el nombre de Erwla Gay, nombre de la madre del piloto, el coronel Tibbets, que será escoltado por otros dos “B-29". La bomba, de diez pies de largo por cinco de diámetro, es ensamblada en vuelo por el capitán William S. Persons. El dispositivo del proyectil está reglado para que explote a seiscientos metros antes de tocar el suelo. Nadie sabe qué efectos tendrá la bomba atómica a esa altura.

Por fin, el 5 de agosto llega la orden de Truman.

El 6 de agosto a la 1.37, los tres «B-29» despegan de Tinian tras una oración del capellán de las Fuerzas Armadas. Lo que les sucede a Paul Tibbets y a los demás tripulantes en el interior de la cabina del Enola Cay ya lo conocemos.

Abajo, en la ciudad de Hiroshima, todo está tranquilo. La población japonesa duerme. Mucho antes de que salga el sol, Pedro Arrupe se levanta, como todos los días, para orar. Ya era habitual que a las cinco y media de la mañana rugieran los motores de un «B-29», que cruzaba puntualmente el cielo de la ciudad. A las 7.55 un segundo toque de alarma indicó que el enemigo se acercaba. A mucha altura pasó otro «B-29» sin que nadie se percatara de ello. A las 8.10 se dieron los toques de fin de peligro y la población se dispuso a continuar en la vida rutinaria de un día más.

A través del morro transparente del Enola Cay, Paul Tibbets observa a 30.000 pies de altura con perfecta nitidez una ciudad que despierta a un día claro, enmarcada por los siete dedos de los promontorios de Ota, todavía intacta, todavía ignorante de que iba a recibir su «bautismo» atómico. A las 8.13.30, Tibbets da la orden a su bombardero, el mayor Tom Forebbe.

La bomba sale de las compuertas del avión exactamente a las 8.15.17. Aliviado de sus 10.000 libras de peso, el Enola Cay gana altura en un salto hacia el cielo. La tripulación sabe que cuenta con cuarenta segundos para huir, instante en que el avión debe encontrarse a 18 kilómetros de distancia del epicentro. Cada uno de aquellos hombres cuenta para sí: «4-2..., 4-3..., 4-4—,..»

Un estallido de increíble resplandor explota desde el interior mismo de la materia inundando el cielo y cegando los ojos de los aviadores, protegidos con gafas de soldadores autógenos. Inmediatamente después, una gigantesca nube con forma de seta se eleva silueteándose en el cielo.

El presidente Truman, en alta mar, a bordo del crucero Augusta, está de mal humor tras el encuentro de Potsdam que ha concluido melancólicamente con el desacuerdo histórico entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Pasea por cubierta esperando noticias y escuchando la orquesta del barco. Luego, se dirige al comedor y se sienta para tomar el lunch. En ese momento llega uno de sus ayudantes con un despacho telegrafiado: «Results clear cut successfull in all respects. Visible effects greater than arry tests...» En sus memorias, Truman suavizaría su reacción. En realidad exclamó con alegría: «¡Muchachos, les hemos endosado un adoquín de 20.000 toneladas de TNT!" Los marinos gritaron de alegría.

 

El Pika-don

 

En Hiroshima nadie escucha ruido alguno. Una terrible claridad, como de un relámpago blanco y púrpura, lo invade todo, transformándose, en un segundo, en un incendio colosal y gigantesco. Los tranvías se convierten instantáneamente en tumbas retorcidas de hierro, repletas de cadáveres calcinados sobre los asientos o amontonados sobre las plataformas. Un vendaval de 1.200 kilómetros por hora se levanta de pronto derrumbando muros en un radio de 1.500 metros, rompiendo ventanas a 12 kilómetros del epicentro. Es un ciclón que dura seis horas. La temperatura alcanzó los cincuenta millones de grados centígrados. Hiroshima vivía una de las más trágicas jornadas de la Historia.

«En aquel momento dejaron de tocar las sirenas —escribe Pedro Arrupe—. Apenas habían transcurrido cinco minutos, eran las 8.15, cuando un fogonazo como de magnesio rasgó el azul del cielo. Yo, que me encontraba en mi despacho con otro jesuita, me puse inmediatamente en pie y me asomé a la ventana. En aquel momento, un mugido sordo y continuado, más como una catarata que a lo lejos rompe que como una bomba que instantáneamente explota, llegó hasta nosotros con una fuerza aterradora. Tembló la casa. Cayeron los cristales hechos añicos, se desquiciaron las puertas, y los tabiques japoneses de barro y cañizo se quebraron como un naipe aplastado por una mano gigantesca. Aquella fuerza terrible que creíamos iba a desgarrar el edificio por los cimientos, nos tiró por el suelo con la bofetada de su empuje. Y mientras nos tapábamos la cabeza con las manos, en gesto instintivo de defensa, una lluvia continua de restos destrozados fue cayendo sobre nuestros cuerpos tendidos inmóviles en el suelo.

Cuando aquel terremoto se acabó, nos pusimos en pie, temiendo ambos ver herido al otro. Afortunadamente nos encontrábamos incólumes, sin más consecuencias que las naturales contusiones de la caída. Fuimos a recorrer la casa. Mi gran preocupación eran los treinta y cinco jóvenes jesuitas de los que era responsable. Cuando pasé por el último de los cuartos, vi que no había un solo herido.»

Inmediatamente después Arrupe sale instintivamente al jardín en busca de la bomba. No encontró nada, sino el triste espectáculo de comprobar los desperfectos de la casa. Sube a lo alto de la colina. Desde allí, dirigiendo su vista hacia la llanura del este, todo Hiroshima ardía.

Más tarde Pedro reconstruye sus datos: «El ruido fue muy pequeño, pero le acompañó un fogonazo que fue el que a nosotros nos hizo el efecto de una llamarada de magnesia. Durante unos momentos, algo, seguido de una roja columna de llamas, cayó rápidamente y estalló de nuevo, esta vez terriblemente, a una altura de quinientos setenta metros sobre la ciudad. La violencia de esta segunda explosión fue indescriptible. En todas direcciones salieron disparadas llamas de color azul y rojo. Inmediatamente, un trueno espantoso, acompañado de insoportables ondas de calor, cayeron sobre la ciudad arrasándolo todo. Ardió cuanto podía arder y las partes metálicas se fundieron.

Todo esto fue la tragedia del primer momento. Al instante siguiente, una gigantesca montaña de nubes se arremolinó en el cielo. En el mismo centro de la explosión apareció un globo de cabeza terrorífica. Y con él, una ola gaseosa de quinientas millas por hora de velocidad barrió todo lo que se encontraba en un radio de seis kilómetros. Por fin, diez minutos más tarde, una especie de lluvia negra cayó en el noroeste de la ciudad.

"Los japoneses, que ignoraban que había explotado la primera bomba atómica, con esa armonía imitativa de su lenguaje, designaron aquel fenómeno con la palabra Pikadon. Pika era para ellos el fogonazo deslumbrador, y don, el ruido explosivo que siguió después."

Para Pedro Arrupe, como para todo el mundo, aquello resultaba inexplicable. Durante cuatro años de guerra había visto explotar muchas bombas y granadas. Pero lo que acababa de ocurrir era algo completamente distinto. Por aquella época también había oído hablar de armas secretas. Sin embargo, siempre había pensado que no pasaba de ser propaganda bélica.

En un primer impulso, Pedro pensó en correr al centro de la ciudad para socorrer a los damnificados y más en concreto a los jesuitas de la residencia, situada en el centro de la ciudad. Pero era imposible dar un paso. El fuego cerraba todos los caminos y un humo negro y denso salía de los edificios al mismo tiempo que las llamas, y envolvía a la ciudad.

Entonces fue cuando el padre Arrupe decidió acudir a la capilla. Una de sus paredes había saltado hecha añicos. En medio de aquella oscuridad, Pedro pidió luz. Fue un instante eterno que marcaría como el ecuador de su vida: antes de la bomba y después de la bomba. Los relojes de Hiroshima estaban parados. Pero Pedro contempló un tiempo sin tiempo más arriba, más allá de los acontecimientos humanos.

«Por todas partes, muerte y destrucción. Nosotros, aniquilados en la impotencia. Y Él allí conociéndolo todo, contemplándolo todo, y esperando nuestra invitación para que tomásemos parte en la obra de reconstruirlo todo."

 

Hospital improvisado

 

"Salí de la capilla y la decisión fue inmediata. Haríamos de la casa un hospital... Me acordé que había estudiado medicina. Años lejanos ya, sin práctica posterior, pero que en aquellos momentos me convirtieron en médico y cirujano. Fui a recoger el botiquín y me lo encontré entre ruinas, destrozado, sin que en él hubiese aprovechable más que un poco de yodo, algunas aspirinas, sal de fruta y bicarbonato. Eran más de doscientas millas víctimas. ¿Por dónde empezar? Había que obrar sin remedios, y esta realidad impuso los procedimientos que cabía utilizar. Nos encontrábamos con naturalezas gastadas por una guerra durísima, en la que los alimentos escaseaban desde hacía mucho tiempo. Tenían un fondo tuberculoso, sustrato común de muchos millones de japoneses que habíamos de fortificar a fin de que duplicasen sus energías para la convalecencia. Era pues necesario darles de comer en abundancia... y no teníamos en la despensa nada. Nosotros, como cualquier otro japonés, vivíamos con el escaso racionamiento de arroz que nos pasaban. y éste era tan menguado que no había posibilidad alguna de hacer economías...

Arrupe vio claro que tenía que enviar a sus muchachos.

—Id a donde Dios os guíe —les dijo— y traed de comer lo que sea. No me preguntéis más. Me da lo mismo el sitio. ¡Prestado, comprado, regalado! Lo urgente es que los heridos, que habrá aquí cuando volváis, tengan qué comer cuanto antes.

Nadie replicó palabra.

Efectivamente, a los pocos minutos los heridos, como fantasmas ambulantes, con la piel desgarrada, hecha un amasijo con la ropa ennegrecida, flotando a jirones, los cuerpos cubiertos de ampollas y manchas rojas y violetas, otras negras, como carbonizadas, sin saber cómo ni cuándo les había ocurrido tal cosa, comenzaron a llegar al improvisado hospital del padre Arrupe. Las primeras eran unas muchachas obreras. Luego, varios niños que llamaban a gritos a sus padres; más tarde, unas ancianas medio enloquecidas, que a duras penas pudieron salir de entre las ruinas de sus casas derrumbadas; finalmente, un grupo de soldados.

En todos los rostros hay una mueca de horror, como si acabaran de escapar de un infierno. Tiemblan de dolor y de miedo, retorciéndose en el suelo, desfallecidos por la debilidad.

Arrupe no da abasto. Convierte rápidamente la biblioteca y el recibidor en enfermería, y el despacho del rector en sala de operaciones.

Lo primero que hace es limpiar las heridas. «Muchas —escribe— eran consecuencia de contusiones producidas por el desplome de los edificios. Eran fracturas de huesos, y cortes, pero no como los de un sable o una bala, que dejan limpios los labios de la herida, sino como los originados por el desplome de un edificio, por la presión de vigas que se hunden sobre uno, por la lluvia y las tejas pulverizadas, que desgarran la masa muscular y dejan incrustadas en ella partículas de serrín, cristal, madera... y esquirlas de los propios huesos destrozados. Otras eran limpias, como las producidas por vidrios, más fáciles de limpiar y menos propensas a la infección. Pero lo dominante, tal vez, eran las quemaduras. Como las de aquel que vino varias horas después de la explosión con una ampolla que le cogía el pecho y el vientre por delante y con la misma extensión por la espalda...

Cuando el padre Arrupe preguntaba a alguno cómo se había quemado de esa manera, la respuesta era siempre la misma: había quedado debajo de los edificios al derrumbarse éstos; luego habían comenzado a arder las casas, y se quemó mientras luchaba por salir de entre los escombros.

Esto era natural. Pero había además otra clase de quemaduras, cuyo origen era inexplicable.

Pedro preguntó a uno:

—Usted, ¿cómo se ha quemado?

—Yo no me he quemado, padre.

—Entonces, ¿qué le ha pasado?

—No lo sé. He visto una luz, una explosión terrible y no me ha sucedido nada; pero al cabo de media hora he sentido que se me iban formando en la piel unas ampollitas superficiales, y al cabo de cuatro o cinco horas, era ya una quemadura que un día después empezó a supurar, y esto sin fuego.

«Era desconcertante —escribe años más tarde el padre Arrupe—. Hoy ya sabemos que se trataba de los efectos de las radiaciones infrarrojas, que atacan los tejidos y producen no sólo la destrucción de la epidermis y de la endodermis, sino también la del tejido muscular, originando aquellas supuraciones, causa de tantos muertos y también de tanta desorientación para nosotros.»

Para limpiar las heridas, había que punzar y abrir las ampollas. A las cuatro horas y media de trabajo, Arrupe tenía en casa a ciento cincuenta personas con un tercio de la mitad de la superficie de la piel en carne viva.

«Además —cuenta Arrupe— el trabajo era penoso, pues cuando se produce una ampollita por la rozadura de un zapato, por ejemplo, se hace una punción con un alfiler y sale una gotita de agua. Pero cuando en una ampolla que ocupa medio cuerpo se hace la punción, salen más de ciento cincuenta centímetros cúbicos. Al principio usábamos cubetas niqueladas, pero desde la tercera cura, viendo todo lo que teníamos delante, empezamos a utilizar los calderos y baldes que encontrábamos por la casa.

Sufrimientos espantosos, dolores terribles, que hacían retorcerse a los cuerpos como serpientes y, sin embargo, no se oía un solo quejido: todos sufrían en silencio. Nadie gritaba ni lloraba. En esto es donde el pueblo japonés se manifiesta muy superior al occidental: en el control absoluto del dolor y en su estoicismo, tanto más admirable cuanto más espantosa es la hecatombe.»

Entre tanto, llegan también las religiosas de la ciudad. Su convento quedó destruido, y no por la fuerza la bomba, sino por el fuego. Todas las monjas se hallan ilesas. Sólo una presenta ligeras quemaduras en la mano.

Llega un momento en que el hospital de Arrupe está abarrotado. No cabe un herido más. Pero el terrible espectáculo continúa. Una constante procesión de miseria desfila a lo largo de calles y caminos que vienen de la ciudad. En una hilera ininterrumpida, aquellos cuerpos medio quemados avanzan tambaleándose, mientras procuran alejarse, cuanto les permiten sus piernas, del lugar de su desesperación.

Casi todos los automóviles de la ciudad han quedado destruidos por el fuego; el ferrocarril suburbano carece de energía eléctrica y sus raíles están retorcidos. Arrupe y sus jóvenes ayudantes colaboran también en conducir a los damnificados a la próxima estación de socorro. Allí preguntan a la gente por el método más adecuado para tratar las quemaduras. Pero nadie entiende nada. Los médicos confiesan que jamás se habían enfrentado con patología semejante. Aquellas heridas no eran el resultado de la influencia directa del calor y el fuego. Una especie de rayo debía afectar los tejidos de la piel más o menos profundamente. A veces hasta alcanzar los mismos huesos.

Arrupe seguía careciendo de medicinas y gasas. Pero su intuición inicial dio resultado. Pobres aldeanos campesinos del entorno dieron con generosidad lo que pedían los emisarios de Arrupe: alimentos. Los conocimientos médicos de Pedro Arrupe acertaron en la terapia: sobrealimentar aquellos cuerpos destrozados para espolear la capacidad de autocuración del cuerpo humano. Hasta tal extremo que sólo un niño, con una meningitis causada por el aumento de presión del líquido cefalorraquídeo, falleció al día siguiente. Los demás entraron pronto en vías de restablecimiento, que terminó con una absoluta curación.

 

Un desierto de cenizas

 

Por fin, a primeras horas de la tarde, los jesuitas de Nagatsuka consiguen entrar en la ciudad. Como ocurre siempre en los grandes incendios, se desarrolló una cantidad enorme de vapor de agua que terminó por condensarse en lluvia torrencial. Así se apagó al menos el fuego en la parte superior de los escombros.

«Eran las cinco de la tarde —cuenta Arrupe—. Ante nuestros ojos espantados apareció un espectáculo sencillamente indescriptible; visión dantesca y macabra imposible de seguir con la imaginación. Teníamos delante una ciudad completamente destruida, por la que íbamos avanzando sobre los escombros cuya parte inferior estaba aún llena de rescoldos. Cualquier descuido podía sernos fatal.

Pero mucho más terrible era la visión trágica de aquellos miles de personas heridas, quemadas, pidiendo socorro. Como aquel niño con quien me tropecé, que tenía un cristal clavado en la pupila del ojo izquierdo; o aquel otro que tenía clavada en los intercostales, como si fuese un puñal, una gruesa astilla de madera.

Sollozando gritaba:

—¡Por favor, sálveme, no puedo más!

O aquel otro, cogido entre dos vigas y con las piernas completamente calcinadas hasta las rodillas.

Así íbamos avanzando, cuando vimos de pronto venir hacia nosotros a un joven corriendo como un loco, mientras pedía socorro: hacía ya veinte minutos que oía las voces de su madre, sepultada viva entre los escombros de su casa. Las llamas estaban ya calcinando su cuerpo, en tanto él hacía imposibles esfuerzos para separar las vigas de madera que la tenían aprisionada. Más impresionantes aún eran los gritos de los niños llamando a sus padres. Otros habían perecido, como las doscientas alumnas de un colegio. El tejado se les había derrumbado encima sin que ni una sola se escapase de las llamas.»

A eso de las diez de la noche, Arrupe y sus compañeros pudieron finalmente dar con la residencia de los jesuitas. Los cinco padres de la misma estaban heridos. El padre Schefer, sin estarlo gravemente, se hallaba moribundo. Tenía una herida en la cabeza, y para cortar la hemorragia, como no encontraron a mano otra cosa, le hicieron un gran turbante con papeles de periódicos y una camisa. Pero no se habían dado cuenta de otra herida que Arrupe encontró detrás del pabellón de la oreja: un trozo de cristal le había cortado una pequeña arteria y estaba desangrándose poco a poco.

Pedro decidió transportarlo a Nagatsuka. Con una tabla sin cepillar y un par de bambúes ideó una camilla. Schefer, haciendo un gesto de dolor, pero sonriendo a la japonesa, le dijo:

—Padre Arrupe, ¿podría mirarme la espalda? Debo tener algo en ella.

Lo volvieron boca abajo, y a la luz de una antorcha Arrupe pudo observar que, en efecto, estaba completamente acribillada por trozos de cristal.

Con una navaja de afeitar, a modo de bisturí, el padre Arrupe pacientemente le sacó más de cincuenta fragmentos. Después de esta operación iniciaron el camino, avanzando, en medio de las ruinas y la oscuridad, hacia el noviciado.

Cada cien metros se veían obligados a parar para descansar un poco. En uno de estos altos en el camino, Pedro volvió la cabeza. Cerca se oían unos «ayes» lastimeros, como de un moribundo. No lograba identificar el sitio de donde provenían. Hasta que, aguzando el oído, dijo:

—Es debajo donde está gritando.

Efectivamente, la comitiva se había detenido sobre un tejado derruido. Apartando las tejas, encontraron una anciana con medio cuerpo quemado. Allí había estado sepultada todo el día y ya apenas tenía un hilo de vida. Arrupe y sus compañeros la sacaron de allí y falleció al momento.

Aún les quedaban por ver muchas escenas de horror aquella noche. Al llegar al río Terma, el espectáculo era terrorífico. Huyendo del fuego y aprovechando la marea baja, la gente había llenado ambas orillas; algunos apartaban los cadáveres para poder beber, pero a media noche había comenzado a subir la marea y los heridos, agotadas sus fuerzas y medio hundidos en el fango, no podían moverse. Apunta Arrupe: «Los alaridos de aquellos que sentían el agua al cuello sin salvación posible jamás se me olvidarán.»

Pedro Arrupe no durmió aquella noche, como no lo haría en días sucesivos. Una fuerza interior le mantenía en pie entregándose a los damnificados.

 

Misa sobre Hiroshima

 

Serían las cinco de la mañana cuando Arrupe y sus compañeros llegaron a su destino. Tras unas curas de urgencia, el padre Arrupe se dispuso a celebrar la misa.

Al volverse para pronunciar el Dominus vobiscum miró impresionado el panorama. Sobre el tatami de la capilla cincuenta enfermos japoneses tenían fijos los ojos en él. No podían entender aquella ceremonia, pero veían a un hombre que no había parado un minuto para salvarles. Al dirigirse al extremo del altar para leer la epístola o el Evangelio, tenía que ir apartando suavemente con el pie a los niños que se acercaban hasta allí. Querían ver de cerca al extranjero que con aquellas extrañas vestimentas hacía gestos insólitos para ellos.

Años más tarde, el padre Arrupe evoca así aquel momento irrepetible:

«En realidad, el ambiente no era muy propicio para favorecer la devoción en la celebración de la misa. La capilla, medio destruida, estaba repleta del estremecimiento de enfermos que yacían en el suelo, acostados unos junto a otros, sufriendo atrozmente y retorciéndose de dolor. Comencé como pude la misa en medio de aquella masa humana que no tenía ni la menor idea de lo que sucedía en el altar. Jamás olvidaré la terrible impresión que tuve cuando me volví hacia ellos al Dominus vobiscum (entonces se decía la misa de espaldas a la asamblea), y contemplé aquel espectáculo desde el altar. No podía musitar palabra y quedé como paralizado, con los brazos abiertos, contemplando aquella tragedia humana: la ciencia humana, el progreso técnico, empleados para destruir al género humano. Me miraban con los ojos llenos de angustia, de desesperación, como si esperaran que desde el altar les llegara algún consuelo. ¡Qué escena tan terrible! Pocos minutos después, aquél del que Juan Bautista había dicho: "En medio de vosotros hay uno al que no conocéis", bajaba sobre el altar.

"Nunca he sentido como entonces la soledad de la incomprensión pagana hacia Jesucristo. Su Salvador se encontraba allí, el que había dado su vida por ellos... "pero no sabían que se encontraba en medio de ellos", Yo era el único en saberlo. Una oración por aquellos que habían tenido la crueldad salvaje de lanzar la bomba atómica salió espontáneamente de mis labios: "Señor, perdónales porque no saben lo que hacen", y por los que yacían junto a mí, retorciéndose de dolor: "Señor, concédeles la fe..., para que vean; dales la fuerza de soportar su dolor." Cuando elevé la hostia ante aquellos cuerpos heridos y destrozados, un grito salió de mi corazón: "Señor mío y Dios mío, ten piedad de este rebaño que no tiene pastor." "Para que crea en ti Señor, acuérdate que ellos también tienen que llegar a conocerte."

"Torrentes de gracia brotarían sin duda de aquella hostia y de aquel altar. Seis meses más tarde, cuando, repuestos, todos habían dejado nuestra casa (dos personas solamente murieron en ella), muchos de ellos habían sido bautizados, y todos habían tenido la experiencia de que la caridad cristiana sabe comprender, ayudar, dar un consuelo que sobrepasa todo aliento humano. Aquella caridad había comunicado una serenidad que ayuda a sonreír en el dolor y a perdonar también a los que les habían hecho sufrir."

Al concluir la misa, Pedro y sus compañeros se reunieron para pensar qué hacer. La sobre alimentación para ayudar al proceso autocurativo de la naturaleza no bastaba. Pero otro hecho providencial les sorprendería.

 

Un saco de ácido bórico

 

A las ocho de la mañana, un aldeano, empleado de la casa, se le presenta al padre Arrupe con un saco en la mano.

—Padre, yo quisiera también ayudar a esta pobre gente, y buscando por allí y por allá, me he encontrado este saco lleno de unas escamitas blancas que parecen medicina. Vea usted si puede servirle de algo.

El contenido era quince kilos de ácido bórico. Allí estaba la solución del problema. Utilizando ropa interior y las sábanas que había en casa, Arrupe fabricó gran cantidad de vendas y dio comienzo a un trabajo sumamente primitivo pero que dio gran resultado.

Consistía en poner una gasa sobre la herida, manteniéndola húmeda todo el día con una disolución desinfectante de ácido bórico. Así se lograba calmar un poco el dolor, y además se mantenía la lesión relativamente limpia y en contacto con el aire. La supuración de las heridas quedaba adherida a la gasa, con lo cual, cambiándola cuatro o cinco veces al día, consiguieron asegurar la asepsia.

Siguiendo el proceso curativo, Arrupe vio antes de una semana que se iban formando y extendiendo poco a poco unas granulaciones de cicatrización que, debidamente cultivadas, llevaron a los enfermos al restablecimiento de una manera lenta, pero total. Así, en todos los casos tratados. Tanto, que Arrupe observó que no hubo ninguno de contracción o queloide, o sea, degeneración maligna de las cicatrices.

Es más, el padre Arrupe añade:

"Cuando después de cierto tiempo de estudio científico acerca de los efectos de la bomba atómica, un grupo de médicos de la ABCC (Atomic Bomb Casualty Center) nos manifestó sus sospechas de que la bomba atómica tuviera influencias malignas en los procesos de cicatrización, pudimos demostrarles que no era así, puesto que entre los centenares que nosotros habíamos curado no se había dado ni una sola de esas degeneraciones malignas. Lo cual nos hace pensar que los queloides no fueron producidos directamente por la bomba, sino por el mal tratamiento de las heridas.

 

"En efecto, nosotros, que estábamos en Hiroshima y vimos aquellos originales procedimientos curativos, nos explicábamos perfectamente que las heridas, en vez de curarse, se pusieran peor.

"En primer lugar, la escasez de médicos era agobiante.

De los doscientos sesenta que había en la ciudad, perecieron en la explosión doscientos. De los sesenta restantes, muchos estaban heridos. Al director del hospital de la Cruz Roja me lo encontré debajo del tejado de su casa, de donde lo sacamos con seis fracturas de hueso, imposibilitado para ayudar a los demás.

Las muchedumbres de heridos cayeron, pues, en manos de curanderos improvisados o de enfermeras a medio formar. ¡Cuántas veces vimos aquellas interminables hileras de cien o ciento cincuenta heridos esperando pacientemente en la calle ante un edificio a medio derruir, para poder pasar delante de una enfermera que con un fude —pincel para escribir caracteres— iba pintando las heridas con mercurocromo que tenía junto a ella en una lata! Naturalmente, el mercurocromo producía la destrucción de los tejidos.

"y éstas eran las curaciones "técnicas", porque las "domésticas" eran mucho peores. Siempre es de temer la terapéutica casera, pero mucho más en el Japón. Allí tienen la idea, por ejemplo, de que para las quemaduras va muy bien la pulpa de nabos. y, dado que en Hiroshima hay muchos nabos, pues se aplicaban en las heridas en gran cantidad.

"Al principio, el efecto era refrescante, pero al cabo de media hora, con el sol de agosto y con el pus que iban supurando las heridas, se formaba una costra que producía dolores insoportables. Esto lo intentaban remediar aplicando puré de patatas, con lo que la costra aumentaba, y aunque tomaba aspecto de cicatriz, se apreciaba sensiblemente que debajo había algo blando. Para obtener su absorción por ósmosis, espolvoreaban la herida, cerrada en falso, con polvo o ceniza de carbón vegetal. Finalmente, al aumentar el dolor, pretendían aliviarlo echándole encima aceite. En resumen, tras este proceso curativo, se formaba una costra durísima, negra y reluciente como si se tratara de unos zapatos recién embetunados.

"Por eso, nuestro trabajo era ir recorriendo una a una las casas donde había heridos y convencerles de que aquello era ir a la muerte cierta. Al mismo tiempo, les enseñábamos nuestro sencillo procedimiento de curación. Por eso, en todas aquellas primeras semanas se pueden contar con los dedos de la mano las horas que pudimos dormir, porque cuando se sabe que un cuarto de hora de trabajo puede suponer la salvación de varias vidas no se tiene tranquilidad para retirarse a dormir.»

A este sencillo testimonio del propio protagonista se añade el reconocimiento unánime del comportamiento heroico del padre Arrupe aquellas semanas de la bomba atómica. No paró un solo instante.

 

«Usted dé duro»

 

Entre los múltiples casos individuales que atendió, el propio padre Arrupe señala algunos especialmente, que relata así:

«Estaba en Nagatsuka curando heridos, cuando se me presentó un matrimonio joven. Ella venía completamente bien, pues se encontraba fuera de la ciudad en el momento de la explosión. Su marido, un joven de veintidós años, acudía en un estado lamentable. Apenas podía moverse. Ayudado por su mujer, que venía tirando de él, se arrastraba hacia nuestra casa. Desde que entró en ella, iba dejando a su paso un reguero de pus. Tenía medio cuerpo hecho una llaga.

Era el primer caso tan grave que veía y pensé para mis adentros que aquel pobre hombre había llegado sólo para morir entre nosotros. Pero él, cuando se dio cuenta de que yo titubeaba, agarrándome una mano, me dijo angustiosamente:

—¡Padre, ayúdeme!.

Y la mujer, cogiéndome la otra, me explicaba: —Padre, hace un mes que nos hemos casado, ¡salve a mi marido!

Yo no sabía qué decir. En esas ocasiones pasan mil cosas por la cabeza en un solo segundo. Al fin, casi de modo reflejo les contesté:

—Está bien, veremos lo que se puede hacer, pero... va a doler mucho.

Él, mirándome fijamente:

—¿Que va a doler mucho? ¡Usted dé duro, que yo aguanto!...

"y efectivamente, lo pusimos en la mesa de operaciones, que era la mesa de mi escritorio, y comenzamos a limpiar. ¡Cómo se retorcía el pobre joven! Había que hacerlo a sangre fría, pues el pus se había solidificado en el fondo de las quemaduras; pero en medio de su dolor sólo decía:

—¡Padre, déle duro, que yo aguanto, pero sálveme! »Alguien me dijo al oído:

—¿No sería posible hacerle menos daño?

Pero era imposible; tenía que convertirme en verdugo de aquel hombre si quería salvar su vida. Y lo fui durante dos horas y media. Al terminar, estaba él reventado de sufrir y yo agotado por la tensión en que había estado mientras le crucificaba con aquel dolor.

En Japón, como las paredes son muy endebles, se oye todo lo que se halla al otro lado de ellas; pero aquel herido, olvidándose de ello tan pronto como desaparecimos de su vista, descargó contra su pobre mujer, a la que ponía perdida agotando hasta los últimos epítetos del diccionario, toda la bilis acumulada en aquellas dos horas y media de tormento.

Ella no se inmutaba. Como buena japonesa, le oía sonriente y, en venganza, le encendía el pitillo, le enjugaba el sudor o le daba algo de beber. Y así siempre, porque siempre la encontrábamos sonriente, sentada o de rodillas, a la cabecera de su esposo, sin que nunca llegáramos a saber cuándo dormía.

Al cabo de ocho meses, este matrimonio salía de nuestra casa. En una mañana de abril los vi bajar por la cuesta del jardín, sonrientes, satisfechos y, sobre todo... bautizados. Yo sentí también entonces una alegría íntima que compensaba cumplidamente todos los sufrimientos de los ocho meses pasados. Porque si hubiéramos dejado a aquel muchacho, hubiera muerto, sin duda, ya que presentaba los primeros síntomas de intoxicación.»

Otro de los casos que produjo un vivo impacto en el alma de Pedro Arrupe fue el de Nakamura-san, aquella universitaria que conoció en Yamaguchi y que actuó heroicamente al ser calumniada. Esta chica se había ido a vivir a Hiroshima. Desde que explotó la bomba, Arrupe no logró saber nada de ella. Dos semanas después, Pedro recibe la noticia de que está herida. A los pocos minutos se lanza a las calles de Hiroshima, buscando casi a ciegas entre escombros y casas semidestruidas. Era muy difícil orientarse sin puntos de referencia. Tras cuatro horas de búsqueda, unas muchachas le indican:

—Por allí, señor, en aquella esquina, a la vuelta. Pedro se dirigió a aquel lugar y encontró unos palos que sostenían un tejado de latas chamuscadas, una pared de madera de medio metro de altura que dejaba un espacio interior. Quiso entrar, pero un hedor insoportable le echó hacia atrás. Nakamura-san estaba tendida en el suelo con los brazos y piernas extendidos. Los tenía hinchados, convertida en una gran quemadura de la que brotaba pus en hilillos turbios que caían y empapaban el suelo. La carne requemada apenas dejaba ver más que el hueso y la piel.

Así había estado quince días, extendida sobre una tabla sin cepillar, sin que la pudieran atender ni limpiar, y comiendo sólo un poco de arroz que le traía su padre, también herido. La espalda era una pura llaga medio gangrenada por no haber podido cambiar de postura. Al limpiar la quemadura en la región coxal, Arrupe se encontró con que la masa muscular, corrompida y convertida en pus, dejaba una cavidad en la que cabía un puño cerrado y en cuyo fondo hervía una madeja de gusanos.

Anonadado, Pedro no sabía articular palabra. Nakamurasan, cuando abrió los ojos y notó que era el padre Arrupe quien allí estaba, pronunció unas palabras, que Pedro no olvidaría nunca:

—Arrupe shimpu-sarna, Goseitai, o motte irasshaimashita ka? (Padre Arrupe, ¿me trae la comunión?)

Pedro actuó con rapidez e hizo trasladar, como pudo, a la muchacha a Nagatsuka. Las curaciones eran terribles. La fiebre hacía delirar a la pobre chica, que creía ver un fantasma que le oprimía el cuello para ahogarla. Pedro se acercaba y la tranquilizaba poco a poco. Cuando la creía dormida, intentaba retirarse, pero ella, al darse cuenta, se inquietaba de nuevo. De modo que Pedro decidió velarle el sueño varias noches.

A los dos meses, cuando parecía que iba recuperándose lentamente, un ataque al corazón le quitó la vida. Fue su mismo padre el que se encargó de quemarla cerca de la casa. Pero, a mitad de la cremación, se apagó la hoguera y fue a llamar a Arrupe. Aún le quedó a Pedro el último trago: contemplar a medianoche el cadáver de Nakamura-san con un rictus de dolor en su rostro y su carne medio derretida por el fuego.

Los casos que atendió Arrupe son innumerables. Entre ellos, sus memorias evocan los de muchos niños. Cuando explotó la bomba, la inmensa mayoría, dado el nivel de escolarización del Japón, se encontraban en las escuelas y colegios. Por eso, al producirse la explosión, miles de ellos quedaron separados de sus padres, heridos, tirados o a la deriva por la ciudad sin poder valerse por sí mismos.

El padre Arrupe recogió a todos los que pudo y se dedicó por entero a curarlos para prevenir en lo posible infecciones y fiebres. Veamos uno de estos casos, tomado de las propias notas del padre Arrupe:

«Carecíamos por completo de anestésicos y algunos de ellos estaban horriblemente heridos: tino, a consecuencia de una teja que le cayó en la cabeza, tenía un corte de oreja a oreja. Los labios de la herida tenían centímetro y medio de ancho: separado el cuero cabelludo del hueso, estaba lleno de barro y trozos de cristal.

Los gritos de la pobre criatura, al ser curada, ponían en vilo a toda la casa, por lo que no tuvimos más remedio que atarle con una sábana a un carrito y llevárnoslo a la cumbre de una colina que había junto a la casa. Aquel lugar se convirtió en quirófano, en donde podríamos trabajar y el niño podría gritar a gusto sin poner nerviosos a los demás.

El corazón se desgarraba al tener que hacer estas curas, pero era mayor el consuelo al poder devolver aquellos niños a sus padres. Por medio de la policía japonesa, que estaba perfectamente organizada, pudimos ponernos en contacto con las familias de todos los niños que teníamos en casa.

A los pocos días, de Osaka, Tokio y otras ciudades iban viniendo a Nagatsuka. Son inimaginables las escenas de encuentros con los hijos, que creían muertos en la explosión y que ahora volvían a ver sanos y salvos o por lo menos en vías de curación. Aquellos padres y madres, llenos de emocionada alegría, no sabían cómo expresar su agradecimiento, y tirándose a nuestros pies, nos hacían recordar aquellas escenas de los Hechos de los Apóstoles, cuando los judíos, cayendo de rodillas, los adoraban como a dioses.»

 

Patología radiactiva

 

Pero en medio de aquellas impresiones, había algo que desconcertaba al ex alumno de la Facultad de Medicina de San Carlos de Madrid. Era el hecho de que muchas personas que estaban en la ciudad en el momento de la explosión no habían sufrido herida alguna, y, sin embargo, pasados unos cuantos días, se sentían débiles y acudían a Arrupe diciendo que se abrasaban por dentro, que quizás habían respirado un gas venenoso...; y al poco tiempo morían.

El primer caso ocurrió cuando Arrupe estaba curando a un anciano que tenía dos profundas heridas en la espalda. Se le presentó un señor y le dijo:

—Por favor, venga a mi casa, porque mi hijo dice que le duele mucho la garganta.

Consciente de que el anciano al que estaba curando se encontraba gravísimo, Arrupe le contestó:

—Probablemente será un catarro. Déle un poco de aspirina y hágale sudar. Ya verá como se cura.

A las dos horas fallecía el niño. ¿Qué había pasado?

Después acudió a Arrupe llorando una muchacha de trece años, que le dijo:

—Mire lo que me pasa.

Y abriendo la boca, le enseñó unas encías ensangrentadas. Tenía toda la fosa bucal llena de heridas pequeñas y una faringitis aguda. Además, cuando se agarraba los cabellos, se quedaba con ellos en las manos. A los dos días murió.

Arrupe recopiló aquellos datos. Los síntomas eran los siguientes: destrucción de los órganos hematopoyéticos, médula, bazo, ganglios linfáticos y bulbos capilares. En una palabra, Arrupe se encontraba con los síntomas de una nueva enfermedad, la patología radiactiva. Al conocer las causas, Arrupe pudo salvar algunas vidas por medio de transfusiones de sangre y otras medidas adecuadas.

Más tarde tipificaría los efectos de la bomba, reconociendo tres clases de ondas: la onda explosiva, cuyos efectos son los de cualquier bomba y que actuó en un radio de acción de seis kilómetros; la onda térmica, que desarrolló una temperatura de diez millones de grados y que produjo unas radiaciones infrarrojas capaces de destruir los tejidos; y la onda radiactiva, que se extiende en un radio de acción de kilómetro y medio y causa la disminución de los glóbulos rojos y blancos, hemorragias en las encías, boca y garganta, manchas en la piel, caída del cabello, vómitos, fiebre alta, etcétera.

 

Sombras de Hiroshima

 

Las famosas sombras de Hiroshima, que dejaron siluetas humanas sobre algunas paredes, no se debieron, según Arrupe, a desintegración sino a calcinación. La elevación de la temperatura en la onda térmica era instantánea. Si en una pared había una persona o un objeto, se calcinaba en el momento la parte descubierta, mientras que el cuerpo interpuesto actuaba a modo de escudo dejando señalada su silueta en la pared.

Hay que tener en cuenta que toda esta increíble peripecia la vive el padre Arrupe dentro del más terrible aislamiento. Carente de teléfono, telégrafo, radio, electricidad y ferrocarril, la ciudad de Hiroshima no recibe auxilios externos provenientes de Tokio y Osaka hasta el día siguiente de la bomba. Y aun éstos se detienen aterrorizados a las puertas de Hiroshima, temerosos de los efectos de aquella peligrosa radiación.

El propio padre Arrupe, que ya había visitado repetidas veces la ciudad siniestrada para socorrer a los heridos, oía que decían:

—No entren en la ciudad porque hay un gas que mata durante sesenta años.

Pero entonces es cuando Arrupe se sentía más espoleado a gastarse en servicio de los enfermos y agonizantes. Allí dentro había cincuenta mil cadáveres, que de no ser quemados, originarían una peste horrible. Además, había ciento veinte mil heridos que curar. «Ante este hecho —escribe Arrupe—, un sacerdote no puede quedarse fuera para salvar su vida.»

y añade: «Naturalmente que cuando a uno le dicen que dentro de la ciudad hay un gas que mata, sólo después de hacer un propósito muy firme se decide a entrar. Pero lo hicimos y comenzamos a levantar pirámides inmensas de cadáveres para rociarlos con petróleo y prenderles fuego después. Así desaparecieron los cadáveres que estaban en las calles.

Pero a los tres o cuatro días, con el sol de agosto y el calor húmedo, el olfato nos iba diciendo dónde había más cuerpos en corrupción. Levantando los escombros nos encontrábamos a familias de cinco, seis o más personas aplastadas bajo su casa. Ayudados por los transeúntes que al azar cruzaban por allí, hacíamos montones de cincuenta o sesenta cadáveres para incinerarlos.

Cuando terminamos, en un último esfuerzo, aquella penosa tarea de los primeros días, nos encontrábamos agobiados. Pero el cansancio no nos hacía olvidar aquello del gas que mataba; por eso, nos preguntábamos unos a otros:

—¿Tú qué sientes?

Y a todos nos pasaba lo mismo. Estábamos cansados, pero sin síntomas especiales que pudieran alarmamos. Era natural que así fuera, porque el rumor erróneo del gas mortífero no tenía más fundamento que el de la imaginación excitada por el espectáculo tan horrendo de aquel calvario trágico.»

Pero si se quiere, lo más increíble sucedió al final. Terminada la guerra, Arrupe y sus muchachos fueron conminados a abandonar la casa y la ciudad. La causa, una vez concluidas las hostilidades, ya no podía ser la acusación de espionaje. Era un cierto revanchismo hacia los extranjeros tras la humillación de la derrota, sin tener en cuenta para nada el comportamiento heroico de aquella comunidad y aquella casa convertida en hospital para los damnificados de la bomba.

Arrupe, ante tal orden de desalojo, respondió inteligentemente:

—Está bien, somos cuarenta y cinco; díganme dónde vamos.

La orden se repitió cuatro veces y el padre Arrupe les respondía siempre que no tenían a dónde trasladarse. Hasta que finalmente se presentaron cuatro agentes ofreciéndoles un hotel junto a un lago en Thaisaku, un bello lugar rodeado de montañas en un emplazamiento alto y saludable.

Los jóvenes jesuitas partieron a dicha región montañosa. Pero nadie logró que Arrupe abandonara a los ciento cincuenta enfermos que tenía en casa. Él era el único médico y ya no se fiaba de las curas caseras de los japoneses. De modo que él se quedó en Nagatsuka, acompañado de otros cinco sacerdotes.

A los quince días los muchachos recibieron la orden de regresar de la montaña. Ya no había peligro en Hiroshima. Con lo que Arrupe quedó muy satisfecho. Sin pretenderlo había conseguido unas vacaciones gratis para los estudiantes, que tanto le habían ayudado en el terrible trabajo de atender a los damnificados de la bomba.

 

 

Estallido de una nueva era

Aquellos días se quedaron grabados en la memoria del padre Arrupe, que contaría sus experiencias una y otra vez a miles de personas que se apiñaban para oír al «superviviente de Hiroshima» en sus diversas giras por el mundo. A los dieciocho meses de la explosión, a los cinco años, a los diecisiete años... Siempre se le oiría con el más vivo interés y un estremecimiento. «Cuando algo toca a la esencia misma del hombre, a su conciencia, a su destino, como que se encarna en él una hipótesis inseparable... el presagio de una posible autodestrucción del hombre que se gloría de sí mismo.»

A la pregunta de qué sintió en aquel momento, Arrupe siempre respondía que sin duda la experiencia fue terrible, pero al mismo tiempo una experiencia de guerra en medio de la ignorancia, ya que ellos desconocían «lo que aquel solitario "B-29" había depositado cuidadosamente a quinientos metros de altura sobre la atmósfera semidiáfana por la niebla matinal de agosto».

«Mucho más honda (increíble, pero así es) —cuenta el padre Arrupe— fue la conmoción interna, cinco años más tarde, cuando en Bogotá vi el film Hiroshima, reproducción muy exacta del fatídico agosto del 45. En hora y media se me presentó delante, a través de la pantalla, cuanto de espeluznante y trágico viví durante varios meses. Mis ojos comenzaron a protegerme nublándose con una cortina de lágrimas; no pude resistir. i Era demasiado para mí! Lo que pasé en Hiroshima en seis meses en la realidad cotidiana dosificada minuto por minuto, ¡fue una dosis demasiado concretada para revivida en una hora! ¡Parecía humillante! Lo que aguanté en la realidad vivida, me venció en la falsedad del celuloide. Mis nervios, que yo iba considerando como de alambre, ¡se fundieron ante tal descarga emociona!»

En realidad, con el tiempo, la bomba se convirtió para el padre Arrupe en una explosión simbólica del estallido de una nueva era.

Al cabo de los años un joven sacerdote japonés le visitaría en Roma. Veinticinco años antes Arrupe había curado sus llagas supurantes, consecuencia de las radiaciones infrarrojas. Después, aquel muchacho había pedido el bautismo, y más tarde Hasegawa fue ordenado sacerdote.

La explosión atómica es para Arrupe un símbolo ambiguo de estos tiempos. Expresa al mismo tiempo esperanza y angustia. «Su luz siniestra, que puede destruir la retina del que la quiere mirar fijamente, es de una potencia iluminadora y discriminante, mayor que la de Roentgen.» Aquella era la primera de otras explosiones increíbles que se estaban incubando en el campo del desarrollo, el hambre, la injusticia...

Al anciano Arrupe de la enfermería de Roma le temblaba la voz de emoción al recordar aquellos días. Pero al mismo tiempo exclamaba: «¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Fue algo único!» Entre todos aquellos trágicos recuerdos, uno sobrevive: el reloj parado a las 8.15 de la mañana:

«Apenas habían terminado de caer tejas, trozos de cristal, vigas, y cesado el estruendo ensordecedor, me levanté del suelo y vi frente a mí el reloj de pared aún colgado, pero inmóvil; parecía tener el péndulo clavado. Eran las ocho y quince minutos... Aquel reloj silencioso y paralizado ha sido para mí un símbolo. La explosión de la primera bomba atómica se ha convertido en un fenómeno parahistórico. No es un recuerdo, es una vivencia perpetua, fuera de la Historia, que no pasa con el tic-tac del reloj. El péndulo se paró, e Hiroshima quedó clavada en nuestra mente. No tiene relación con el tiempo: pertenece a la eternidad inmóvil.»

 

 

CAPÍTULO 12: CONDENADOS A VIVIR

 

Apiñados junto al viejo receptor de radio, Pedro y sus compañeros escuchan con emoción una voz insólita; una voz que suena a arcaica, desconocida, que nadie ha osado oír jamás en el Japón, porque para los japoneses es poco menos que «la voz de un dios»...

Son las doce del mediodía del 15 de agosto de 1945. La voz se expande por los cuarteles, llega a los altavoces de las plazas, hace derramar lágrimas de los soldados que permanecen firmes, todavía en pie de guerra...

Nadie sabía por qué el Emperador había convocado a su pueblo en torno a los altavoces. La mayoría pensaba aún que les iba a llamar a un último sacrificio heroico para seguir luchando contra el enemigo. El lenguaje es extraño, casi ininteligible. Pero la mayoría capta enseguida el contenido de su mensaje. Es voluntad del Emperador que cesen las hostilidades, que se acepte lo inconcebible, la derrota, la humillación, la ocupación.

Muchos japoneses se rebelan. En ciertos cuarteles la sangre de los suicidas corre en cascada por las escaleras. Hay kamikazes que suben a sus aviones y vuelan para hundirse en las aguas de la bahía de Tokio. Otros se ponen de rodillas y en silencio, frente al puente Niju Bashi, entrada principal del palacio imperial. Los aviadores de la base de Atsugi se declaran en rebelión sobrevolando el palacio a ras de tierra. Dimite el almirante Suzuki...

Pero es una rebelión minoritaria frente a la obediencia de más de cien millones de seres humanos condenados a vivir. «La causa última del fin de la guerra no fue la bomba atómica —escribe Pedro Arrupe—, sino la orden del Emperador japonés conminando a la rendición incondicional; y la obediencia ciega del pueblo a esa orden de su Tenno Heika. No es fácil entender lo que esto significa al que desconoce la situación real y el verdadero espíritu Yamalo-damishi (alma japonesa). El pueblo japonés no se hubiese entregado sin esa orden del Emperador; habría luchado, defendiendo palmo a palmo su querido Yamalo de la profanación enemiga. Hubiese sido una guerrilla de la dureza del acero de la katana (espada) nipona; habrían muerto miles y miles; hubiese habido suicidios colectivos (acordémonos de los cuarenta rojin); pero el Japón no se habría rendido.»

 

Hirohito deja de ser «Dios»

El padre Arrupe, conocedor del alma japonesa, asistía perplejo a una rendición que él no podía comparar a otras capitulaciones de la historia, porque en Japón la capitulación ante el enemigo suponía el derrumbe de toda una tradición, de una historia gloriosa».

En la bahía de Tokio, con el Monte Fuji como simbólico telón de fondo, la escuadra naval americana recibe la capitulación. Una fotografía aparecida en el Asahi shimbun, periódico de Tokio, en la que se veía a Mac Arthur en mangas de camisa al lado del Emperador, hirió profundamente la sensibilidad japonesa. Sólo la voz de aquel hombre reputado como un dios podía, según Arrupe, dar un giro a la historia que comenzaba entonces de cero para los japoneses y que a los veinticinco años situaría a su país en el tercer puesto de la economía mundial.

También para Pedro Arrupe comenzaba, tras aquellos acontecimientos, la nueva etapa de una vida, que, si siempre había sido una explosión de vitalidad y servicio a los de Condenados a vivir más, ya no podía ser la misma después de haber vivido la experiencia atómica.

Llegaron las fuerzas de ocupación y Arrupe contempló con nueva sorpresa que no hubo roces entre los que habían lanzado la bomba atómica y los vencidos. La palabra «guerra» desapareció del alma y la política japonesas para ser sustituida por la de «reconstrucción».

El padre Arrupe fue invitado repetidas veces a celebrar la misa en los barcos norteamericanos que anclaban en la bahía de Hiroshima. Los americanos, bien conocidos por Arrupe gracias a su estancia en Estados Unidos, ayudaban generosamente al jesuita español, que tenía escasez de víveres para la comunidad. Con aquello fueron tirando los primeros días.

Hasta que en una ocasión se le presentó un capitán de navío a vede en casa. Se quedó asombrado por la precariedad con que vivían Arrupe y sus muchachos. Tanto que le prometió enviar vitaminas en abundancia.

A los pocos días se presentó un coche con remolque, lleno de cajas grandes y herméticamente cerradas.

—Padre Arrupe, unas vitaminas un tanto originales, ¿no?

—le comentó alguien mientras las descargaban.

El conductor le entregó una tarjeta que decía: «He comprado las mejores vitaminas que hay en el mundo.»

El auto venía cargado de botellas del mejor whisky que había en el mercado. Pedro cayó en la cuenta enseguida de que tenía delante de sí un fortunón. Teniendo en cuenta la afición que los japoneses tenían a las bebidas alcohólicas, aquel cargamento se convertiría instantáneamente en fuente de recursos para subsistir durante los primeros meses de la posguerra. Aquel pequeño detalle era, si se quiere, una anécdota sin importancia, pero que se quedó grabada en el recuerdo de Arrupe en medio de los días difíciles de la guerra.

El grado que señala hasta qué punto cambió la mentalidad en Japón después de la guerra lo da el escrito firmado por el emperador Hirohito y todos sus ministros, el 1 de enero de 1946. Una vez analizados los años de la guerra, añade: «Sobre todo, como consecuencia de una guerra tan larga terminada con la derrota, nuestros súbditos se encuentran frecuentemente ante la duda de qué camino seguir; se ven tentados de impaciencia y prontos a caer en el abismo del descorazonamiento. Sistemas violentos van gradualmente difundiéndose cada vez más, se va debilitando el sentimiento de la justicia y los síntomas de que estos ideales de desorden se van afianzando, nos causan viva preocupación.

"Sin embargo, en tales circunstancias, yo también me encuentro junto a vosotros, siendo mi único deseo el de participar y convivir así con vuestras alegrías como con vuestros dolores, identificándome con los intereses comunes.

El vínculo entre mi persona y vosotros, súbditos míos, y aquello que nos une con un vínculo de mutua y constante confianza y veneración no es, ciertamente, una realidad basada únicamente en el mito o en la leyenda.

Pero considerar al Emperador como un dios aquí en la tierra y al pueblo Japonés como un pueblo superior a los otros y, consecuentemente, destinado a regir el mundo, es un hecho basado únicamente sobre una idea puramente imaginaria.»

 

Quemando cadáveres

 

De cómo transcurrió la vida del noviciado después de la bomba atómica tenemos algunos testimonios. Yoshimasa Tsuchiya, de quien ya hemos hablado y que no pudo ingresar en la Compañía por ser llamado a filas, después de mil peripecias y una vez terminada la guerra recibió una fuerte impresión: el capellán del navío americano Missouri se puso de rodillas delante de él y le conminó: “aún habías prometido hacerte jesuita, hazlo.» Tsuchiya no lo pudo hacer inmediatamente, pero tras medio año, se presentó en Nagatsuka. He aquí sus impresiones:

«Cuando llegué a Nagatsuka, no pude contener mi sorpresa. Tres columnas de la casa se habían roto y el techo estaba inclinado a consecuencia de la bomba. Vi que bajo aquel techo se cobijaban todavía unos cien heridos. En el segundo piso estaba entonces el noviciado, pero en realidad se albergaban allí unas religiosas que se habían quedado sin casa. El padre Arrupe no paraba. Salía diariamente en bicicleta para visitar en la ciudad a personas que estaban quemadas y que él atendía como médico. Todavía tenía ánimos para ir a hablar con los soldados de las fuerzas australianas que ocupaban la ciudad y conseguir medios y alimentos.

Todo el mundo sabe que San Ignacio somete a los novicios jesuitas a una serie de pruebas y experimentos. Arrupe aprovechó entonces uno escalofriante, pero que era imprescindible: todos los días se organizaba en la huerta un crematorio. Teníamos que cortar leña y hacer una pira para quemar cadáveres. Poco a poco la cosa se fue normalizando. Empezamos a recibir más víveres. Los enfermos fueron trasladados y la capilla pudo ser de nuevo utilizada como tal, celebrándose en ella la misa de Navidad. Recuerdo que en aquel tiempo el trabajo del padre Arrupe era auténticamente agotador. Apenas dedicaba tiempo a dormir. A pesar de ello, dirigió el mes de Ejercicios de San Ignacio completo, sin acortar ni quitar nada.

Al año siguiente llegaron a entrar dieciséis novicios. Venían muchos del frente. Tras la guerra había como un renacer espiritual. Y Arrupe se fiaba de ellos. Aunque no todos compartieran ese sentimiento, yo sabía muy bien que se fiaba de mí.»

Aproximadamente de esta época es la carta que escribe a su hermana Mari, a la que Pedro llamaba siempre «mi profesora" por haberle iniciado en las primeras letras. Tras una reflexión sobre la eficacia de la oración, escribe desde Nagatsuka-Hiroshima el 16 de abril de 1947:

«Mi trabajo ahora es enormemente consolador; como sabrás, desde hace cinco años estoy aquí de maestro de novicios. Durante la guerra casi no teníamos novicios, pero en este año han subido a diez y hay otros dos ya admitidos, así que espero que dentro de unos días tendremos el "colegio de los doce apóstoles" (después de la resurrección, pues espero que no haya ningún Judas). Son muy buenas vocaciones, gente casi toda salida de la Universidad, de buenas cualidades, y sobre todo decidida por completo a llegar a ser un buen jesuita. Es un consuelo el vivir en este ambiente tan distinto al mundo que nos rodea...

Además viene a hacer Ejercicios mucha gente, así que tenemos constantemente personas de todo el Japón, que vienen a retirarse unos días, a tratar con Nuestro Señor del "negocio" de sus almas. No solamente católicos, sino también paganos que quieren experimentar el ambiente religioso y estudiar a fondo las verdades de nuestra fe. Sobre todo vienen con frecuencia estudiantes de sitios muy distintos y hasta ahora creo que todos los que han venido han recibido después el bautismo.

Te envío una foto de la casa (la marca roja es mi cuarto). Te envío también una foto sacada delante de la capilla para que no me olvides en tus oraciones y me encomiendes todos los días.

Por lo demás, me encuentro admirablemente. Puedo trabajar todo lo que da de sí el tiempo. Realmente no sabe uno cómo agradecer al Señor la vocación de misionero. En estos países (especialmente ahora después de la guerra, con la completa libertad de acción de que gozamos) se palpa la necesidad de la verdadera fe y al mismo tiempo el valor de esa fe y amor a Jesucristo. Estamos ahora en unos momentos decisivos para la Iglesia en Japón. Hasta ahora parecía que el patriotismo y culto al Emperador podían suplir a la religión... Hoy día han podido palpar los japoneses que sin religión no se puede resolver el problema del hombre y están desconcertados... y buscan, buscan. Realmente, si hoy tuviésemos aquí muchos más misioneros, serían innumerables las conversiones. Pero estamos sin poder dar abasto, y la labor, a pesar de lo oportuno de la ocasión, es lenta. Hoy día se entiende también el deseo de San Francisco Xavier de ir a Europa a reclutar gente que venga a trabajar por aquí, dando voces por la Universidad, etc... Paréceme que muchos letrados darían fin a sus estudios para emplear sus grandes talentos en la conversión del Japón.

"En fin, no sabemos los designios del Señor. Lo único que nosotros podemos hacer es no poner obstáculos a su gracia y caminos. Pide mucho al Señor por mí... pues tengo un trabajo de mucha responsabilidad: la educación de estos jóvenes y echar los fundamentos de la Compañía de Jesús en Japón. Si fuese un Javier o un Pignatelli, de qué otro modo irían las cosas. Realmente que, si no fuese por la ciega confianza que hay que tener en Nuestro Señor y en su poder, que puede hacer maravillas aun con instrumentos tan viles, sería para desesperar.»

 

Como si todo el tiempo fuera para mí

 

Laicos japoneses que convivieron con Arrupe durante aquellos años le describen como un hombre para los demás. «A mí me conoció cuando me echaron de una fábrica de municiones —dice la señora Tanimoto, que le sirvió de cocinera-o Yo ya era cristiana y me echaron de la fábrica por ser acusada de espía. Estaba llorando y me consoló, ofreciéndome un puesto de cocinera en Kure. Yo tenía miedo, porque entonces había bombardeos y era peligroso. Él me dijo: "Vaya usted, que el Señor la defenderá." Yo tenía dos hijos en Nagatsuka. Así que acabé allí con el padre Arrupe y pude ver cómo trabajó durante la bomba. Dormía sólo tres horas al día. Cuando volvía de enseñar el catecismo o de atender a los enfermos con los pantalones sucios de polvo, ya la comida estaba fría. Recuerdo que un novicio se puso enfermo de apendicitis y él iba continuamente a vedo. Siento veneración por aquel hombre.»

«Yo era el jefe de las juventudes del barrio —cuenta el señor Hashimoto, que conoció al padre Arrupe desde 1943 y vivía cerca del noviciado. Estudié el catecismo con él.

Cuando le veía sonreír, el corazón se me llenaba de alegría. Infundía paz. Yo entonces era budista y tenía muchas discusiones sobre el tema. Él me recibía en una habitación del segundo piso, donde no había nadie y era como si todo su tiempo fuera para mí. Recuerdo que, cuando comenzaba la cuaresma, notaba en él una cosa diferente: como que adelgazaba y transmitía más paz. Yo hasta entonces le miraba como a un extranjero, con cierta desconfianza. A partir de aquel momento sentí por él una profunda veneración. Fue sin duda la personalidad de Arrupe la que me movió más a convertirme al cristianismo. Como mi padre murió cuando yo era muy joven, puedo decir que Arrupe fue para mí como un padre. Llegué a pensar en la vocación, pero desistí. Hasta tal extremo quería al padre Arrupe, que cuando decidí casarme, le llevé a mi novia para que él la conociera y la aprobara.»

«Yo —comenta el señor Kato— estaba interesado por el inglés. Y como el padre Arrupe hablaba siete lenguas acudí a él. Él me enseñaba y al mismo tiempo yo acudía al catecismo. Pero yo me rebelaba contra la religión, porque me estaba preparando entonces para ser kamikaze y morir como bomba humana en un avión por la patria. Ensayaba con planeadores y Arrupe me decía que sólo Dios es el dueño de la vida. Hasta que vino lo de la bomba atómica. Yo me encontraba a mil quinientos metros de donde estalló, y solo. Entonces me acerqué a Arrupe y pedí el bautismo.

No hay que olvidarse que durante la guerra convertirse era algo dificilísimo, como abrir una puerta de hierro.»

 

Libros en japonés

 

 

No contento con todo el trabajo que desplegaba, Pedro continuó introduciéndose en los caminos del zen y aprovechando cualquier ocasión para ahondar en su inculturización japonesa. Al mismo tiempo, en estos años de la posguerra inicia la traducción de varios clásicos de la espiritualidad al japonés: obras de San Juan de la Cruz y San Francisco Javier, un comentario a los Ejercicios de San Ignacio, un libro para jóvenes y una curiosa obra que, dada la evolución ulterior del padre Arrupe y su diálogo con el marxismo, no deja de ser paradójica por su feroz anticomunismo, muy de la época. Se titulaba La verdad sobre el comunismo.

Para entonces Arrupe se había acomodado, según cuenta el hermano Miguel Aguirregomezcorta, en el segundo piso de un kura, casa construida de mampostería a prueba de incendios, donde los labradores japoneses guardan el arroz y todas las cosas de valor que tienen. «Daba acceso a la habitación una escalera tan pendiente que había que subir por ella a gatas. En una ocasión fue a Nagatsuka el padre Bruno Bitter, que era procurador de la viceprovincia jesuítica, y viendo dónde vivía el padre Arrupe, exclamó: "¡todavía hay idealistas en este mundo!"»

Al mismo Aguirregomezcorta le pidió Arrupe que le enseñara a conducir, aprovechando el tiempo que no tenía, para no verse obligado a depender de otras personas o echar mano continuamente de la bicicleta. Pero conducir nunca fue el fuerte de Arrupe. Vivo e inquieto de carácter, salía varias veces por semana con el hermano para practicar al volante en el camino que hay entre la casa, llamado dendoba, y el minúsculo campo de deporte que había entonces. El lugar no reunía ni las mínimas condiciones. En una ocasión Arrupe hizo tal maniobra que estuvieron a punto de volcar. Aguirregomezcorta aprovechó la ocasión para lanzarle una indirecta, que Arrupe recogió instantámente, sin volver a pretender nunca emular a Fangio.

Con motivo de las traducciones se produce en este periodo uno de los primeros y más continuados contactos del padre Arrupe con la mujer japonesa. Entre las secretarias que le ayudan en la tarea de transcribir al japonés sus libros, aparece una joven muy alta, teniendo en cuenta la talla habitual de las japonesas, y que siente una gran fascinación desde el primer momento por el padre Arrupe.

Simosako se había refugiado en Nagatsuka después de la explosión de la bomba atómica. De religión protestante, se encontró con Arrupe y se dijo a sí misma: «Esta es una persona que tiene de veras la fe.» Gracias a unos kimonos que se salvaron del incendio pudo ir malviviendo y comprar leche para su hermana, que estaba seriamente herida. Terminada la guerra, Simosako comenzó a dar clases en un colegio de niñas.

«Entonces Arrupe había comenzado a escribir su libro sobre los Ejercicios Espirituales. Me miró fijamente a los ojos y me dijo: "¿Me ayudarías?" A una mirada de Arrupe era imposible decir que no. Yo entonces tenía veintitrés años y sabía que tenía que dejar mi trabajo en el colegio y que Arrupe no podía pagarme un sueldo. Y yo sabía que él me necesitaba. Así que lo dejé todo por ayudarle.

Pero Arrupe no se acercaba a mí para nada. La pluma me la daba de lejos. Llegaba a extremos increíbles. Recuerdo que el día de mi cumpleaños me preguntó: "¿Qué quieres que te regale?" Yo le dije que montar con él en su Jeep. Me contestó que eso no podía ser.

Yo a veces pensaba que me trataba más como a un hombre que como a una mujer. Pero, al mismo tiempo, no he conocido un hombre tan amable y atractivo como Pedro Arrupe. Nunca se impacientaba si no podía escribir. Comprendía todo.

Más tarde tuve que tratarme psiquiátricamente y conservo una carta de Arrupe que es el mejor retrato de mí misma. Puedo decir que Arrupe es la persona que más quiero en el mundo. Hace tres años fui a visitarle a Roma, ya anciano y. enfermo. Entonces sí me devolvió la mirada e incluso ~e besó la mano. Él, que siempre me huía como mujer, aceptó mis obsequios: un calendario para su mesa y una yulcata. Yo no pude entonces articular palabra. Me limitaba a mirarle. Desde el primer momento sabía que tendría que separarme de él, que lo que yo sentía dentro de mí era imposible.

¿Cómo describir al Arrupe de entonces? Con sólo dos palabras. Era un hombre de Dios. Detrás de su aparente aspecto severo de maestro de novicios, se ocultaba un hombre ardiente. Hablando poco con él se llegaba a percibir su corazón. Yo estaba muy contenta de trabajar para él, pero yo no era feliz. Arrupe me decía que yo sabía hacer oración, que por qué no me hacía religiosa. Pero Arrupe sabía que yo era de complexión débil y que nunca me casaría. Consideraba que la mayor gracia de mi vida era ayudarle a él. Yo le conocía bien. Por ejemplo, había algo de infantil en su personalidad, era como un niño con cierta ingenuidad, lo que hacía que no se diera cuenta de muchas cosas. He sufrido mucho. La Compañía de Jesús me ha ayudado cuando luego fui a Tokio y me sometí a un tratamiento psiquiátrico. Ahora estoy aquí en este hospital con anemia y me han recetado un año de reposo. Yo me considero una discípula de Arrupe. Soy como un novicio del padre Arrupe que no ha pasado de su primer año. Lo único que quiero es morir trabajando por la Iglesia.»

Por todos los datos parece claro que esta mujer, a quienes los novicios calificaban de «altísima princesa», por su aspecto físico y utilizando el término del Oficio Parvo de la Virgen, estaba profundamente enamorada del padre Arrupe, quien debió sin duda percibirlo, lo que explica su actitud drástica en la relación con esta mujer, sin duda para contrarrestar sus insinuaciones.

Arrupe diría con humor más adelante, cuando era superior provincial, a los jóvenes occidentales que acudían como misioneros al Japón: «¡Cuidado con las japonesas! ¡Son como serpientes! Se deslizan sin darte cuenta.»

Pero Simosako no fue la única secretaria del padre Arrupe. Sakata también le ayudó, a partir de 1950. Transcribía a máquina lo que Arrupe grababa en cinta magnetofónica sobre la vida y las cartas de San Francisco Javier. «Antes yo ayudaba en la cocina. Y me impresionó lo que dijo, citando a Santa Teresa en unos ejercicios: que "Dios anda entre los peroles". Era muy simpático con los demás y muy austero consigo mismo. Me llamaba la atención que viviera en un cuarto alto de aquel inhóspito almacén de grano, para dejar sitio a los demas.»

 

 

«Donde nunca estás tú»

 

Sobre estas experiencias y contactos con gente joven escribe el 15 de noviembre de 1949 a su sobrina, María Victoria Gondra, una carta donde entre otras cosas dice:

«Aquí en Japón estamos en un periodo sumamente importante, pues después de la guerra ha cambiado todo completamente y se abren nuevos campos enormes de apostolado. Existe una gran desorientación en materia de ideas, pues, con la pérdida de la guerra, se han desmoronado todos los antiguos ideales que constituían la fuerza espiritual de ese gran pueblo. Hoy la gente joven está con ansias de conocer la verdad... Entre las jóvenes de tu edad también existe una gran desorientación, pues se está verificando el cambio del modo de pensar y proceder en muchos aspectos de su vida tanto individual como familiar y social. Como sabes, hasta ahora la mujer japonesa no era muy reconocida, sino que era considerada como "un ser de segunda clase'. Hoy este modo de pensar ha cambiado por completo, pudiendo alternar la mujer con el hombre en igualdad de derechos. Lo cual, si es una cosa excelente, no deja de tener peligros, especialmente en un país que aún no está preparado para cambios tan rápidos y radicales.

Ahora, por razón de mi trabajo de maestro de novicios, no tengo casi ocasión de tratar con jóvenes de tu edad. Antes, cuando estuve a cargo de la iglesia de Yamaguchi y después, dirigiendo una asociación de jóvenes de ambos sexos en Hiroshima, pude apreciar las grandes cualidades de las jóvenes japonesas, así como también los buenos elementos que para su educación encierra la mentalidad y ambiente japoneses. Ahora hay unas jóvenes que me ayudan en la traducción de libros al japonés. Son todas católicas, que trabajan con fervor y entusiasmo, y gracias a su cooperación, el pasado año he podido publicar cuatro libros. Si ellas no me hubieran ayudado, me hubiera sido imposible hacerla.»

En otra carta dirigida también a su sobrina Mariví y fechada en Nagatsuka el 18 de febrero de 1950, aparte de abundar en otros temas, como es agradecer a sus parientes las ayudas recibidas y contar aspectos conocidos de las costumbres y la lengua japonesas, insiste en el tema de las traducciones:

"Como creo que te dije el otro día, estoy escribiendo unos cuantos libros, para lo cual me ayudan diversas personas. Entre ellas, hay cuatro muchachas que trabajan espléndidamente. Con verdadero celo y con deseo de llevar a otros la fe que ellas han recibido. Trabajan tanto que siempre tengo que andarles prohibiendo quedarse hasta demasiado tarde. Una de ellas —por supuesto sin saberlo yo— se pasó tres días sin comer nada, ni en el desayuno ni al mediodía, para poder terminar cuanto antes un trabajo. Hasta que me enteré y se lo prohibí terminantemente...»

Otro de los colaboradores del padre Arrupe en sus numerosas traducciones fue un profesor japonés que padecía cáncer. Arrupe, con su buen ojo clínico, se lo adivinó y le fue preparando para la muerte mientras traducían a San Juan de la Cruz. Cuando se aproximó el último momento, este intelectual japonés le pidió a Arrupe que le leyera el Cántico espiritual. Y saboreando el inmortaJ poema del místico castellano, falleció en paz y con una sonrisa.

No hay duda que, aunque en su palabra era directo y explícito como buen vasco, la sensibilidad del padre Arrupe no era ajena a la vía estética de espiritualidad, sobre todo a través de la música.

En una ocasión se le acercó un muchacho de dieciocho años. Tenía un aire triste. Llevaba dentro una pena mansa, muy saboreada, y una insatisfacción no ajena a problemas familiares. Tocaba el piano maravillosamente. Y Arrupe estaba organizando uno de sus conciertos en donde él iba a cantar un par de canciones, una japonesa —Flor del prado, de Yamada— y otra alemana —El peregrino, de Schubert. Pero, como no tenía quien le acompañase, se acordó de su amigo Nakayama.

Éste aceptó con gusto. De modo que al día siguiente quedaron para ensayar a las seis de la tarde. Arrupe observó que los ágiles dedos de Nakayama volaban sobre las teclas blancas, y que, aun sin partitura, podía interpretar a la perfección aquellas canciones, nuevas para él. Por tanto, Pedro comenzó a cantar.

Arrupe cantaba bien y los novicios conocían también con qué gusto y buena voz interpretaba los zortzikos de su tierra. Pero en aquel ensayo se esforzó muy especialmente en cantar con toda el alma, porque se había dado cuenta de la sensibilidad musical del muchacho.

Al terminar, ambos estaban emocionados.

—Padre Arrupe —dijo Nakayama—, ¿tendría inconveniente en traducirme la letra? Quisiera aprendérmela.

Arrupe se sentó junto a Nakayama con lápiz y papel y comenzó a traducir Der Ufznikrer, de Schubert, del alemán:

 

Vengo de la montaña, el valle humea.

y mientras el mar brama,

yo voy peregrinando, silencioso,

felicidad buscando entre mis ansias.

¿En dónde, en dónde estás,

oh tierra de la dicha deseada?

 

¡Qué frío está aquí el sol!

¡Y qué secas las flores ya marchitas!

Las palabras, ¡qué huecas, qué vacías!

 

La vida, ¡qué gastada!

En dónde, en dónde estás,

oh tierra de la dicha deseada?

Te busco entre suspiros

terruño en que dejé mis esperanzas

en que mis rosas a tu luz florecen,

y mis amigos por el monte vagan.

Donde mis muertos hallarán la vida,

donde mi lengua todo el mundo habla.

 

¿En dónde, en dónde estás

tierra del alma?

 

Y como un hálito fugaz de espíritu

me responde, callado, estas palabras:

¡Donde nunca estás tú,

está el gozo impalpable de tus ansias!"

 

Cuando Pedro terminó de traducir al japonés la canción de Schubert, se la pasó a Nakayama, que ya la había estado leyendo sentado frente a él. Leyó una vez más la letra de la canción, y luego sonrió tristemente:

—¿Por qué a todos nos pasa lo mismo?

—¿Qué nos pasa a todos?

—Que vamos buscando la felicidad y nunca está donde nosotros estamos. «Donde nunca estás tú, está el gozo impalpable de tus ansias.»

Arrupe observó que Nakayama respondía al estremecimiento estético. Así que ensayó con él otra triste canción, esta vez japonesa. La letra decía:

 

Bella rosa del campo,

rosa de Ezo.

Sin que nadie lo sepa,

con esplendor floreces.

¡Qué hermosos tus colores,

rosa de Ezo!

 

Rosa silvestre,

sigues al florecer el aire nuevo

que Dios te ha ido marcando,

y en tu flor, que alza el tallo a lo alto,

barrunto aquel amor que lo hizo bello.

 

Arrupe cantó de nuevo, poniendo toda la carga emotiva y riqueza de matices que pudo en su interpretación de Flor riel prado. A los pocos minutos, observó cómo dos lágrimas corrían por las mejillas del joven Nakayama, sentado al piano.

Arrupe supo entonces que su joven amigo había encontrado a Dios en la música. Efectivamente, no tardaría mucho en pedir el bautismo.

 

Mira la persona, y luego predícale

No contento con estas actividades, el incansable Pedro Arrupe tomó conciencia de que debía explotar sus conocimientos de medicina, tratando con médicos japoneses. Desde 1947 entabló amistad con Egusa, que estudiaba medicina en Okayama. Por entonces Arrupe, invitado por el párroco padre Kopp, iba una vez por semana a esta ciudad a dar charlas a la parroquia. En aquel tiempo, cuando todavía no se soñaba con el superveloz Shinkansen, el ferrocarril tardaba cuatro horas para ir y otras tantas para volver.

«Nos reunía de cinco a siete —cuenta Egusa— y después volvía a coger el tren otras cuatro horas para volver a Hiroshima. Yo le acompañaba en el tren hasta mitad de camino. Iba sin sentarse, porque el tren solía ir abarrotado. Pero a mí me compensaba, pues así estaba una hora más con el padre Arrupe. Nosotros éramos un grupo de intelectuales nada fáciles. Y por eso, Kopp pidió a Arrupe que nos hablara. Él estaba perfectamente informado de nuestra cultura y de los caminos del zen. Y era capaz de sentarse en el tatami mejor que los japoneses. Los estudiantes de medicina, por haber él estudiado nuestra misma carrera, nos sentíamos también más cercanos a Arrupe. A mí lo que más me impresionó era ese conocimiento de nuestra identidad japonesa. Hoy se habla de inculturación. Pero entonces ver a un extranjero así era algo nuevo. Para enseñar a Juanito tienes que conocer a Juanito. Hay un principio budista que dice: "Mira a la persona, y luego predícale."

"En Arrupe veíamos sobre todo a la persona yeso nos arrastró a la conversión. Y no era fácil, porque para nuestra generación el cristianismo era una cosa no japonesa. Pero en él veíamos el rostro profundo y sereno de alguien para quien la vida tiene un sentido. Para mí el cristianismo ha supuesto una importante opción: que como médico me haya dedicado a los minusválidos exclusivamente, teniendo en cuenta que en este país se oculta y se desprecia con una sonrisa a las personas física o psíquicamente disminuidas. Después, otros dos hermanos míos y mi madre abrazaron la fe cristiana. Más tarde me casé con una católica. Los asiáticos no actuamos por lógica. Cuando vemos a alguien que vive algo, simpatizamos con la persona. Después nos preguntamos por qué. Yo no había leído ninguna biografía de santo. Pero estuve dos años mirando a Arrupe. Y yo veía que Arrupe hacía vida lo que enseñaba. Y que tenía una gran sensibilidad y receptividad para entender lo nuestro. No es raro que veinte médicos jóvenes nos reuniéramos semanalmente con él.»

Así transcurre el trabajo pastoral de Pedro Arrupe, con pequeños reajustes. Por ejemplo, en 1949, y con motivo del nombramiento para instructor de la Tercera Probación (último año de formación espiritual del jesuita) del padre George Marin, Arrupe se instala en la casa inferior de Nagatsuka, viviendo enteramente a la japonesa. También los estudiantes de humanidades y mosofia son trasladados a Tokio... Todo sigue su curso normalmente hasta que, en 1950, el padre Arrupe es elegido para representar a la viceprovincia japonesa en la Congregación de Procuradores, especie de consulta periódica del General de los jesuitas para informarse de la situación de la Orden, donde es elegido relator. Tras un viaje a Bonn en junio, el mes siguiente se entrevista con el General de la Compañía de Jesús para presentarle un informe de la situación del Japón.

El Prepósito General le concede permiso para realizar su primer viaje alrededor del mundo con objeto de dar conferencias sobre su experiencia japonesa y recabar fondos para la misión. Arrupe cuenta en América y Europa, durante catorce meses de viaje, sobre todo, cómo vivió la bomba atómica y sus datos de primera mano como testigo del Evangelio en la frontera de la fe. En Roma se aprecia que el General de los jesuitas tiene confianza en él, por lo que en la nueva Congregación de Procuradores que se celebra en 1953 vuelve a representar al Japón.

Los acontecimientos se precipitan y Arrupe es requerido en Tokio para sustituir interinamente al provincial, propiamente llamado viceprovincial, por tratarse entonces Japón de una viceprovincia o provincia misionera dependiente. El por entonces viceprovincial, padre Paul Pfister, había tenido que acudir a Roma para informar sobre la detención, por supuestas malversaciones económicas, de un jesuita. El shock había sido tan fuerte para Pfister que se vio obligado a trasladarse a Suiza para descansar.

El 13 de marzo de 1954, Arrupe escribe a su familia: "Mis queridos hermanillos y sobrinazo:

Aquí me tenéis, metido de repente en un "maremágnum", ¡pero de los de solemnidad!

¡Menudo cambio! De la tranquila soledad del noviciado a este barullo de la gran urbe. Además, como estamos pasando una situación delicada, no me faltan quebraderos de cabeza, por lo cual os pido de un modo especial vuestras oraciones.

Desde fines de enero estoy aquí. El padre provincial se debilitó extraordinariamente en los últimos meses a causa de lo difícil de la situación, y tuvo que ir a reponerse a Europa. No sabemos cuándo volverá.

"Todo lo que podáis hacer por la SMJ (Sociedad Misionera Japonesa), es decir por el Japón, será poco. Estamos, como os decía, pasando momentos difíciles, y además, de esos que no se pueden explicar por carta. Necesitamos de mucha oración.»

La carta concluye con cariñosas alusiones a diversos miembros de la familia y con una curiosa palabra en clave: «Desearía saber cuánto ha conseguido Cata por cada par de "bolitas' '.»

Cata es Catalina, su hermana. Las "boHtas» no eran otra cosa que perlas cultivadas japonesas, por entonces muy apreciadas en Europa, que Arrupe hacía llegar, sin ningún escrúpulo, de "piadoso contrabando» para conseguir fondos para el Japón empobrecido de la posguerra. En una ocasión le dio a una religiosa una caja de "caramelos» para su familia. Tras pasar la aduana del aeropuerto de Barajas en Madrid y conocer el contenido, la religiosa se llevó un susto monumental. La caja estaba llena de "bolitas», pero no precisamente de confitura.

Esto demuestra hasta qué punto atravesaban los jesuitas japoneses un momento difícil, como refleja en la carta. Nueve días después de escribir esta carta, el 22 de marzo de 1954, Pedro Arrupe es colocado al frente de los jesuitas del Japón, con el cargo de mayor responsabilidad, el de viceprovincial. Se iniciaba Con ello la “explosión» de Arrupe en cargos de gobierno, la primera onda explosiva en el orden espiritual después de su experiencia en Hiroshima. "Comenzaba a surgir —había escrito— un mundo nuevo.» Y a él le iba a tocar con el tiempo "remar» en el centro mismo de la galerna.

 

 

 

CAPÍTULO 13: LIDER DE UN PEQUEÑO MUNDO

 

Las últimas palomas de la tarde revoloteaban entre las robustas columnas de Bernini, o picoteaban agua en las fuentes de la plaza de San Pedro. En el tercer piso de los palacios vaticanos, el Papa, con un porte entre místico y aristocrático —el mundo entero tenía aún viva su fotografía con los brazos en cruz en medio de las ruinas de la segunda guerra mundial—, acaba de tender un documento al cardenal secretario de Estado, tras firmarlo cuidadosamente con su estilográfica de oro.

Pío XII, atravesando con su mirada penetrante las redondas lentes que se apoyaban en su característica y afilada nariz aguileña, exclamó:

—Hágaselo llegar al provincial de los jesuitas del Japón. —Enseguida, Santidad.

—Es muy importante. Me ha impresionado el informe que hemos leído sobre la Iglesia en el Japón. Después de la guerra nunca tuvimos un momento tan propicio en el Lejano Oriente...

Efectivamente, a oídos del Papa había llegado la noticia del cambio de actitud del Emperador. Hirohito no sólo había renunciado a ser Dios. El 15 de agosto de 1949, la familia imperial, por primera vez en la historia, había asistido a un acto religioso católico, la misa pontifical oficiada en Osaka por el legado del Papa, cardenal Gilroy, con motivo de la celebración del cuarto centenario de la llegada al Japón de San Francisco Javier. En aquel acto el príncipe Takamatsu, hermano del Emperador, había citado a Javier como un símbolo de reconciliación después de la guerr”:.: «Los japoneses estamos ahora firmemente decididos a seguir las pisadas de San Francisco Javier. Nuestra nación, con un profundo sentimiento de sincero arrepentimiento, después de una terrible guerra, siente fuertemente que no debe unirse a ningún bando en otra guerra futura. Por eso rogamos a Dios que nos ayude en nuestro trabajo en pro de esta causa.»

Pío XII, consciente del momento, acababa de dirigir una carta autógrafa al superior de la misión jesuítica del Japón. En ella se declaraba «altamente satisfecho" después de haber leído el relato que el provincial hacía del estado del Japón. Y añadía:

«Nos, confiamos que la Compañía de Jesús, entroncada en la misión nipona desde su misma cuna, estará a la altura de la ocasión presente, única en la historia", con su tradicional entrega a la defensa e incremento del Reino de Dios en la tierra.

Tu plan de desarrollar más la Universidad Católica de Tokio —añadía— y el hecho de haber asumido la dirección del Seminario de esa misma ciudad son pruebas incontrovertibles de que nuestra confianza sólida ha sido colocada en roca firme... Con paternal interés hemos ido viendo cómo resurgía de sus ruinas la triste ciudad de Hiroshima, aunque la labor de reconstrucción esté en gran parte paralizada por los irresistibles elementos de la naturaleza.»

Pío XII terminaba alentando al trabajo y bendiciendo al provincial y a los miembros de la misión. El 13 de abril de 1952, Pascua de Resurrección, Pío XII empuñaba el micrófono de Radio Vaticano, dirigiéndose directamente por primera vez en la historia al pueblo japonés «porque hace mucho tiempo que anhelábamos manifestaros y declararos el profundo y sincero sentimiento de amor que experimentamos por vosotros».

Ese mismo año, el 1 de noviembre, siete años después de Hiroshima, la primera «bomba H» aparecía en el escenario mundial. El nuevo ingenio, con un poder destructivo mil veces mayor que la bomba atómica, fue probado con éxito en el Pacífico. La explosión hizo desaparecer una isla entera, originando un cráter de dos kilómetros de diámetro. Entre las grandes potencias comenzaba un nuevo modo de confrontación bélica: la guerra fría.

 

Aprendan el reglamento del béisbol

 

En este ambiente coge Pedro Arrupe el timón de la Compañía de Jesús en Japón el 22 de marzo de 1954. Su tarea no era nada fácil. Aquella misión que originariamente había dependido directamente del General de los jesuitas, se había convertido en 1921 en una misión confiada a la provincia de Alemania Inferior. Posteriormente se incorporaron las provincias de Andalucía y Toledo (España) a la tarea de enviar sujetos a las misiones de aquellas tierras.

Cuando Arrupe llegó al Japón, se había encontrado con una provincia mayoritariamente compuesta por alemanes. Poco a poco se iba a ver abocado a dirigir un auténtico mundo en pequeño, con la internacionalización de aquella región jesuítica. En 1948 ya había en Japón, sólo en la casa de lenguas, aprendiendo japonés, veinticuatro estudiantes jesuitas provenientes de veintidós provincias de todo el mundo. Era el interés personal de Pío XII y del General de los jesuitas Juan Bautista Janssens, que debían intuir el futuro del pequeño y fascinante país.

Muchos de estos jóvenes que llegaban llenos de entusiasmo se sorprendían cuando preguntaban al nuevo provincial cómo ser un misionero eficiente en Japón, especialmente entre la juventud. Arrupe respondía:

—Aprendan el reglamento del béisbol.

Y es que el famoso deporte americano, introducido allí, desde antes de la guerra, gozaba y sigue gozando de inmensa popularidad. Esta frase indica por sí sola que Arrupe no había dejado de ser Arrupe por el hecho de haber sido nombrado provincial.

Tras consagrar la provincia al Corazón de Jesús el 25 de julio, el padre Arrupe era consciente de que, dadas las circunstancias calamitosas de la posguerra, lo más urgente era recabar fondos para organizar obras de influjo intelectual, que se veían como las más eficaces para el trabajo apostólico en Japón. Pero esas obras exigían montajes costosos.

Así vería más tarde el momento crucial de su nombramiento como provincial: «Fue el día de San Francisco Xavier de 1954 cuando el superior precedente me telefoneó y me pidió que fuera lo antes posible a Tokio para ocupar su lugar. Todavía no habíamos recibido la carta de nombramiento firmada por el padre General, pero él se encontraba ante grandes dificultades y no podía continuar: calumnias, acusaciones de espionaje... Tuvimos problemas con la policía, con la prensa... ¡Un período agitado!»

 

Tiene la eternidad para descansar

Tras resolver los problemas más urgentes, Arrupe se va a dar su segunda vuelta al mundo el 16 de noviembre de 1954. Estará casi un año fuera, dejando como sustituto al padre Raif, hasta el 16 de octubre de 1955. Vuela a San Francisco vía Manila, donde trató con el provincial de allí la fundación de un colegio en Hiroshima. Se dirige enseguida a España, Italia, Francia, Alemania y otros países europeos, para recorrer luego más ampliamente Estados Unidos y América Latina.

En estos viajes, Arrupe es acogido por lo general con interés y simpatía. Vívido conferenciante, salpicaba de anécdotas, sentido del humor y entusiasmo sus charlas, que enfocaba, como siempre, desde un fundamentado interés humano y desde su carismático sentido evangélico, hacia los temas japoneses. Sus oyentes abrían los ojos como platos, con los acontecimientos todavía tan recientes, al escuchar el relato de la bomba atómica.

Arrupe no llegaba de improviso a los países que visitaba. Contaba con algunas colaboradoras, dos chicas españolas que preparaban el terreno y hablaban con los organizadores de las conferencias. Eran éstas María Luz de la Vega y Concha Traver.

«Era de una simpatía irresistible —cuenta María Luz, que continúa entregada a tareas apostólicas-o Tenía muy claro lo que pretendía. Yo le acompañé ya en el viaje de 1955. y me dijo sin más: "Hay que irse por el mundo." Para el viaje me puso tres condiciones. Que yo parara en casas de religiosas, generalmente del Sagrado Corazón. Que pidiera al ministro español de Exteriores, entonces Martín Artajo, un pasaporte diplomático para moverme con más facilidad, y que consiguiera una compañera que supiera inglés. Después de nueve meses de viaje le dije: "Padre Arrupe, estoy agotada." Y él me respondió sonriendo: "Tiene usted la eternidad para descansar." Más tarde, en 1957, estuve tres meses en Japón. Allí pude comprobar que las necesidades eran realmente urgentes. En las casas de Japón los jesuitas no tenían ni para comer, como consecuencia de la posguerra. El padre Arrupe llevaba una carta de Pío XII, para poderla presentar. En ella el Papa rogaba ayuda, sobre todo para la Universidad. Por ese motivo, los jefes de partidos anticomunistas a veces se acercaban a él, como para apoyarle, pero luego se negaban a dar un céntimo. Batista, por ejemplo, no le recibió. No le preocupaba el número de gente que le escuchaba. Lo mismo daba una conferencia en el Hilton, que estaba a rebosar de personas influyentes, que en la Nunciatura, donde una vez sólo le escucharon cuatro personas. Como de costumbre, apenas descansaba ni dormía.

Recuerdo que en Santo Domingo, aquella vez, tuvimos dificultades. Había avisado allí al padre López, para que preparara los papeles. Éste contestó incluso asegurando: "Mañana nos recibe Trujillo." Pero se había corrido un rumor increíble. En Caracas nos llegaron a quitar los pasaportes. ¡Habían acusado al padre Arrupe de estar introduciendo la trata de blancas! A la larga, todo se aclaró. Le habían confundido con un tipo alemán que había tenido casas de prostitución y que estaba en conexión con una red norteamericana que propiciaba entonces el aborto en Japón. Pero el padre Arrupe no perdía la calma. Recuerdo lo que impresionaba la película que llevábamos sobre Hiroshima. Una vez él no pudo soportar su proyección, cuando había perdido las defensas del momento para vivir aquello con tanta fortaleza. Hacíamos de todo. Yo llevaba mantones de Manila, trajes de gitana y muñecas para venderlos a favor de la misión. Pero lo realmente importante fue la creación de centros en Chicago, Nueva York, La Habana, Santo Domingo, Colombia (Cali y Medellín) y Lima para ayudar al Japón. Primero Arrupe entraba en conventos de clausura para pedir «intendencia espiritual». El beneficio de estos centros procedía sobre todo del cambio, muy sustancioso por entonces, del dólar en yenes. Un rasgo que le retrata: En 1955 estábamos en La Habana. De regreso de una conferencia iba a entrar en la casa que la Compañía tiene en la capital cubana, cuando, de pronto, se encontró con un borracho tumbado delante de la puerta cuan largo era y que le impedía el paso. Entonces, inclinándose, con todo respeto y una gran delicadeza, le pidió permiso para entrar. Y, ayudándole a levantarse del suelo, lo trató con un extraordinario cariño.»

María Luz se entregó por entero a la causa. Hasta el extremo de convertir su piso de la calle Velázquez de Madrid en «museo-tienda» de objetos de Japón.

«Hay mil anécdotas —añade María Luz— que contar del padre Arrupe. Quizá lo que más me llamaba la atención es que su espíritu sobrenatural no estaba reñido con un gran sentido humano. Recuerdo que un jesuita le tuvo que hacer una llamada telefónica de larga distancia a Japón, para consultarle no sé qué. Este padre, emocionado, comenzó lanzando jaculatorias piadosas. Arrupe le cortó diciendo: "Vaya al grano, hombre, que esto es muy caro."»

 

Conferencias de un amigo

 

Otro testimonio del que más tarde sería colaborador suyo en Roma, el colombiano Eduardo Briceño, aporta nuevos datos sobre sus viajes:

«Lo conocí personalmente en 1954... Estaba yo en el Colegio Berchmans de Cali, a donde había ido pocos meses antes como rector, y allá llegó el padre Arrupe y permaneció cerca de un mes. Estaba en plenitud de sus fuerzas. En el noviembre anterior había cumplido cuarenta y seis años y quería empleadas todas en la obra que el Señor le había encomendado: promover la provincia de Japón de la que era provincial y que, como toda esa nación, había quedado deshecha después de la segunda guerra mundial. Idealista, totalmente convencido de su empresa, sentía la responsabilidad del reto que la historia le estaba planteando a él y a toda la Iglesia: el Japón estaba en un momento crucial...

Conservo plenamente viva la impresión que el padre Arrupe produjo en mí desde el primer momento y que fue luego adentrándose, hasta hoy, más de treinta años después. Era un visionario, un profeta, un apóstol, mezcla de Pablo, de Javier y de Ignacio. Era un hombre vitalmente convencido de su misión y que se sentía visceralmente obligado a realizada sin negarle un momento de su vida. El "ay de mí, si no evangelizare" de Pablo, lo podía repetir con toda verdad.

.:Tenía una fe inconmovible. En ella se apoyaba. Ella lo impulsaba. De ella sacaba fuerzas para trabajar sin descanso. Recuerdo que una vez habíamos anunciado una conferencia suya en la Biblioteca Departamental. Fuimos allá, pero sólo acudieron unas diez o doce personas. Me acerqué a él y le dije que si le parecía bien, yo podía decir a la gente que, en vista del escaso número de oyentes, la conferencia se transfería para otra ocasión. "No —me dijo—, éstos han venido a oírme y a mí me toca cumplir. El Señor se encargará del resultado." Efectivamente, poco a poco fue llegando más gente y la conferencia produjo una excelente impresión.

Su espíritu de oración se me grabó especialmente. Ocupado en sus reuniones y conferencias, solía llegar al colegio tarde en la noche. Iba al comedor y tomaba un vaso de leche y una banana, que le dejábamos en la nevera, y se retiraba a su cuarto. Al día siguiente, su luz indefectiblemente se encendía a las cuatro de la mañana. "¿A qué hora descansa este hombre?", me preguntaba yo. No sabía que desde el tiempo de sus estudios de medicina de Madrid, había adquirido el hábito de dormir sólo cuatro horas. Así sacaba tiempo para todo y especialmente para orar, porque todos los días pasaba largos ratos en diálogo íntimo con su Señor.

Podríamos pensar que hombre de tanta actividad tuviera un carácter impositivo y anduviera siempre de prisa. Era todo lo contrario. En su trato era bondadoso, sencillo, afable. Nunca imponía por la fuerza su parecer. En Cali, en Medellín, en Lima, en Buenos Aires, en La Habana, en México, donde quiera que se detenía en aquellos interminables viajes que emprendió como provincial de Japón, dejó innumerables amigos que se prendaban de su trato bondadoso y sencillo. Se interesaba por ellos y por sus familias. Retenía los nombres con increíble precisión y los iba siguiendo con admirable cariño.

Así nació la Procura del Japón en la que, ayudado por un grupo de eficientes colaboradores, pudo organizar una red de amigos que hicieron posible la realización de grandes proyectos apostólicos, que llevó a cabo en su lejana provincia. Eran admirables los detalles que tenía con cada uno de sus amigos. De mí mismo puedo decir que desde el año 1954, hasta que el padre fue elegido General, veintiún años después, nunca me faltó una carta de felicitación el día de San Eduardo, escrita de puño y letra por el provincial del Japón y ese no fue un caso excepcional. Era lo ordinario con los que consideraba como sus bienhechores.»

El año 1955 volvió el padre Arrupe a Cali y permaneció otro mes. La situación era ya muy distinta, porque llegaba a terreno conocido y porque el grupo que había dejado bien organizado le tenía preparada una serie de actividades que ocuparon todo su tiempo.

Es un testimonio elegido entre muchos del impacto que producían estas giras apostólicas del padre Arrupe. Él mismo, recordando estos viajes, puntualizaba:

«Comencé antes de ser provincial, a partir de 1949-1950. En aquel primer viaje ya di una vuelta y media al mundo. Después, viajes en 1954, 1957, 1961: viajes de seis meses. Tuve oportunidad de hablar de Hiroshima y Japón más de mil veces.

En la mayor parte de las ocasiones encontré gran comprensión y generosidad. Pero también tuve algunas curiosas experiencias. Así, en un país que no voy a nombrar, una dama de la alta aristocracia, muy adinerada, me había invitado a ir a su casa después de la conferencia. Allí, delante de amigos y periodistas, me entrega, de un modo un tanto solemne, un sobre. En el camino de vuelta lo abrí no sin cierta impaciencia, cuando veo que no contiene más de un puñado de dólares. Pero ¡en la prensa del día siguiente figuraba la fotografía de este generoso gesto!».

Efectivamente, como consecuencia de la red de amigos creados por todo, el mundo en los viajes del padre Arrupe, la Compañía japonesa funda el Jesus Kai Center, un centro que mantiene aún hoy día correspondencia amigable y personalizada con miles de personas que aportan su ayuda a las tareas de Japón.

Una de las gestiones eficaces que obtiene Arrupe en uno de sus viajes es entrevistarse en Madrid con el ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella. Le pidió la nacionalidad española para ocho jesuitas húngaros, que carecían de pasaporte porque eran prófugos de su país y el Vaticano les retiraba el que les había dado provisionalmente. Los jesuitas Bekey, Bihari, Horvath, Lintvanyi, Nemes, Nemesegyi, y otro que dejaría más tarde de serio, se convirtieron, pues, en españoles.

 

En el lugar del otro

 

El año siguiente de su regreso al Japón, se celebra el centenario de San Ignacio, con una ordenación sacerdotal y con la creación de la facultad de teología. Con este motivo se encontraba en Japón un jesuita influyente que tendría que ver más tarde de una forma muy directa en el futuro del padre Arrupe, Paolo Dezza. Este jesuita italiano estaba en Tokio con poderes vaticanos para unir la Facultad Eclesiástica a la Universidad Sophia, regentada por los jesuitas. Es el precedente de un hombre que intervendría varias veces, en conexión con el Vaticano, en la vida de Arrupe.

Los pequeños o grandes percances que inquietan a algunos no perturban a Arrupe, que continúa trabajando incansablemente. En 1958, tras ser creada provincia autónoma la jurisdicción de Arrupe, y el vicariato de Hiroshima erigido en diócesis, las actividades se multiplican. En Hiroshima se abren un colegio y una Universidad de Música. Crea el «Patronato educacional San Francisco Javier», que regenta residencias estudiantiles en Nikko, Komaba y Kobe. Potencia obras sociales como el Christmas Villa y el Settlement de Tokio, donde había establecido Pedro su primer encuentro con la vida del Japón. Hace crecer a la Universidad Sophia, abriendo nuevas facultades de leyes, física e ingeniería y el departamento de español, considerado como uno de los mayores laboratorios lingüísticos del mundo, y triplicando el número de alumnos de la Universidad. Contribuye a la creación de una nueva iglesia dedicada a San Francisco Javier, en la parroquia de sus primeras «correrías», en Yamaguchi. Igualmente crea otra iglesia en Kobe y capillas en los puestos misioneros de Bofu, Tokuyama, Matsue e Iwakuni, y dejó comenzadas las de Onoda y Hagui. Abrió unos diez nuevos puestos de misión. Construyó una casa de Ejercicios, organizó otra y compró terrenos para una tercera.

Pero, ¿cómo era realmente el superior Arrupe en su trato de provincial con sus súbditos? Puede decirse que éste fue el período más difícil en el terreno de relaciones humanas, ya que su cargo le obligaba a tomar decisiones directamente sobre el destino y trabajo de personas concretas.

Varios testimonios coinciden en que privilegiaba de alguna manera en su trato a los alemanes sobre los españoles. Quizá se deba a una constante en la vida del padre Arrupe.

Nunca quiso que el lugar de nacimiento influyera para nada en sus decisiones. Como sucedería más tarde en la elección de sus viajes, desde su espíritu de ciudadano del Universo, prefería excederse con los extranjeros a que se le percibiera la más mínima preferencia hacia los españoles.

El jesuita japonés Hayashi explica esta actitud. ..Sí, he oído decir a algunos españoles que era un tanto duro con ellos. Yo creo que era más como un Javier que como un Valignano. El siguiente provincial, Martini, tuvo que pasado mal pará poner en orden las cosas de Arrupe. Era un hombre carismático. "Haz un trabajo", parecía decir. "Búscate el procedimiento y hazlo como quieras." Y aborrecía los nacionalismos. A pesar de ser vasco y querer a su tierra, él tenía muy claro que un jesuita no tiene país. Y se ponía en el lugar del otro, queriéndole."

Yamamoto insiste en que era más líder carismático que administrador. ..Tenía grandes ideas. Un impulso espiritual extraordinario. Pero necesitaba cerca realizadores, que ejecutaran cuanto ideaba."

Y Tsuchiya apunta: ..A mí me destinó a estudiar liturgia mucho antes del Concilio Vaticano II. Me mandó a Europa a prepararme con los mejores especialistas. Veía que la liturgia iba a ser importante. Se adelantaba a los acontecimientos. Luego, me pidió que ayudara a los obispos japoneses en esa reforma. Arrupe era un hombre que siempre iba creciendo y cambiando. Recuerdo que siempre me preguntaba: "¿Está bien esto en Japón?"

Su estilo de gobierno una vez más se caracterizará por el contacto humano. ..Una de las tareas favoritas de Pedro Arrupe como provincial del Japón —escribe Robert T. Rush— era la visita anual a las comunidades. Debía visitar cada casa de la provincia, mantener una entrevista personal con cada uno de sus miembros y exponer su valoración del estado de la vida religiosa y el apostolado tanto a los miembros de la comunidad como al padre General en Roma.

"Fue con ocasión de una de estas visitas a la escuela de idiomas de Yokosuka, hace más de treinta años, cuando tuve ocasión de conocer personalmente a Pedro Arrupe.

El provincial causó una excelente impresión a la comunidad. Aunque todos solíamos levantamos a las cinco de la mañana, él lo hacía más temprano, aun cuando la jornada anterior hubiera sido agotadora. Él no parecía cansarse nunca.

Durante las entrevistas personales, Pedro Arrupe actuaba como si ninguna otra cosa existiera para él. Consolaba, animaba, preguntaba por la familia y el trabajo, y discutía planes para el futuro. Y, sobre todo, tanto en aquellas entrevistas como en la exhortación que dirigía al final de la visita, nos animaba a amar al pueblo japonés y a desear darle a conocer a Cristo. Todos quedábamos impresionados por su sincera cordialidad, su santidad personal y su celo apostólico.

Fue durante su provincialato cuando la provincia japonesa de la Compañía experimentó un crecimiento inusitado hasta entonces.»

El jesuita vasco Ángel Setoaín opina que «era un optimista a ultranza. Creía demasiado en la gente. No quería romper la caña quebrada ni expulsar a un jesuita por muchos problemas que tuviera. Se pasaba en respetar a las personas hasta situaciones extremas. Y no perdía nunca el sentido del humor. Ante la construcción de un colegio que los alemanes habían diseñado casi como un bunker, preguntaba sonriendo: "¿Qué tal va la fábrica de harina?"»

El alemán Klaus Lhumer insiste en que «siendo muy austero consigo mismo era amable con todos y nunca habló a espaldas de nadie. Era claro, humilde, espiritual y sabía exigir. Si he de decir de él algo negativo, añadiré que su conocimiento de los hombres no era muy bueno. Pecaba de ingenuidad y a veces elegía inadecuadamente. Y es que creía mucho en la bondad de la gente, de la que a veces sufría desengaños. Demasiado sincero y simple».

Ya entonces corría una afirmación que, con los años, cruzaría los límites del Japón para correr por los jesuitas de todo el mundo. Cada uno de ellos podía decir: «Yo soy íntimo de Arrupe.»

 

La colina de los mártires

 

Quizá la obra cumbre, o al menos muy querida del provincial Arrupe, fue el monumento a los mártires de Nagasaki.

La historia comenzó en 1958. Arrupe fue a la bella ciudad costera, que había sido también devastada por una bomba atómica, con intención de fundar una casa. Con este motivo, conversó con el arzobispo Pablo Yamaguchi, ofreciéndose para que la Compañía atendiera en la ciudad alguna parroquia o colegio. El arzobispo le invitó entonces a dar un paseo por la ciudad.

Puerto último y extremo del Japón, lugar de contacto con el resto del mundo, durante mucho tiempo Nagasaki, auténtico confín del país, fue el enlace con otras culturas. Sus verdeantes colinas se asoman blandamente como amplias balconadas al mar y a la bahía azul, adonde arribaron en viejos tiempos piratas, comerciantes y misioneros. Desde la altura de una de estas colinas, el arzobispo y el provincial contemplaban esta ciudad, sin duda una de las más suaves y luminosas de Japón e incluso de Oriente.

Portugueses, españoles, holandeses y chinos impulsaron su economía, incrementando el comercio con China, Corea, India, el Sudeste asiático, Filipinas y el sur del Pacífico. En 1587 Toyotomi Hideyoshi hacía de Nagasaki su base de operaciones con el fin de someter la isla de Kyushu.

Por aquel tiempo había ya un buen número de europeos en la ciudad y misioneros que habían introducido eficazmente la fe cristiana. Los jesuitas consiguieron numerosas conversiones. Pero su éxito provocó la hostilidad de las autoridades japonesas, que se desató en persecuciones. Les acusaban de conspirar con un proyecto de conquista del Japón por los españoles.

El 5 de febrero de 1597, sobre aquella colina que visitaba el padre Arrupe acompañado del arzobispo, veintiséis cristianos fueron crucificados por orden de Hideyoshi: veinte convertidos japoneses y seis sacerdotes occidentales.

Ambos hombres evocaron el momento sobre lo que entonces sólo era una explanada yerma. Aquella gélida mañana de invierno, veintiséis cruces fueron alzadas frente al mar. En ellas Hideyoshi ejecutó a seis franciscanos, tres jesuitas y quince japoneses laicos. Los tres jesuitas se llamaban Pablo Miki, Juan Soan y Diego Kasui. A éstos fueron sumados otros dos cristianos japoneses que acogieron a los condenados en el camino de Nagasaki. Todos fueron canonizados por Pío IX en 1862. Excepto los franciscanos, todos eran japoneses. Dato curioso es que franciscanos y jesuitas, que en aquella época discrepaban sobre los métodos de evangelización con rencillas internas, fueron hermanados en la sangre.

Como volviendo en sí tras esta evocación, el arzobispo comentó:

—Tenemos el proyecto de levantar un monumento y existe ya el comité Seichi Iwozon kai (Comité para la preservación del lugar santo).

Pedro Arrupe, a media voz, como quien habla consigo mismo, dijo:

—Tal vez se podría hacer algo en relación con los mártires.

Monseñor Yamaguchi no comentó nada. Tanto que Arrupe pensó que no le agradaron sus palabras. Pero al día siguiente, cuando se despidió de él para regresar a Tokio, el arzobispo le dijo:

—Tsutomo Tagawa, el alcalde, aprueba su idea. —¿Qué idea?

—Que la Compañía de Jesús