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Arrupe, una explosión en la
Iglesia. |
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Índice INTRODUCCIONEl viejo japonés, con su rostro enigmático de ancestral máscara de samuray me miró detenidamente. Luego, hizo una profunda inclinación, y con una voz entre metálica y misteriosa, exclamó: —Ari-no-mama kail? kudosi. Que, traducido al román paladino, quiere decir algo así como «escribe las cosas tal y como son (sin quitar ni añadir». Ese fue, como quien dice, mi primer contacto humano nada más bajar la escalerilla del avión en Tokio, a donde me había dirigido siguiendo las huellas del famoso padre Pedro Arrupe. Tengo que confesar que aquella frase de Kasumi Morimoto cayó sobre mí como una losa. A la grave responsabilidad que llevaba sobre mis hombros, se añadía esta fuerte exigencia de aplastante objetividad japonesa. «Porque ustedes los españoles», aclaró, «tienden a exagerar...» Era precisamente lo que yo estaba intentando evitar en este libro, cuya realización había acariciado desde hacía más de ocho años. Contar la vida del padre Arrupe era todo un desafío, ya que pocas personalidades eclesiales del mundo contemporáneo han sido objeto tan directo de la opinión pública. O, en otras palabras, pocos hombres han sido tan apasionadamente seguidos por las mayorías ni tan intensamente criticados por sectores minoritarios como este transparente jesuita de perfil aguileño y ojos de fuego, que se consume hoy, acorralado por la enfermedad y la semiinconsciencia en una pequeña habitación romana de la casa generalicia, a dos pasos del Vaticano.
Expulsado de España, como el resto de los jesuitas durante la República, ciudadano del mundo por vocación y formación, testigo de excepción de la bomba atómica, ha vivido de todo: desde el régimen nazi en Alemania a la segunda guerra mundial en Japón, pasando por la experiencia de ser acusado de espía, la cárcel y la incomprensión incluso de algunos de sus propios hermanos. Pero fue sobre todo desde su cargo de superior general de una de las órdenes más influyentes de la Iglesia católica cuando vivió las convulsiones más importantes que han caracterizado este siglo y las conocidas tensiones de los jesuitas con la Santa Sede. Arrupe es uno de los personajes más discutidos de la Iglesia actual. Junto a los que le consideran una figura catastrófica de la Iglesia posconciliar, otros muchos le admiran por su espíritu apostólico, su talante humano, su liderazgo religioso y su carisma profético y evangélico. Innumerables gentes le han conocido y se han honrado con su amistad. Desde personas anónimas a presidentes de gobierno, cardenales, periodistas y hombres de empresa se han carteado con él o le han visitado recientemente en su lecho de enfermo en Roma. Un premio Nobel, no creyente según propia confesión, le pidió de rodillas que le bendijera. Hasta el propio papa Juan Pablo II ha acudido más de una vez a visitarle. Primer General de la Compañía de Jesús que ha presentado en vida su renuncia, leída, ante la imposibilidad de hablar, por un compañero, ha recibido la ovación más cerrada y prolongada que ningún otro superior oyera de todo un «parlamento» jesuítico puesto en pie. La vida que aquí se narra no es, pues, sólo la de un líder religioso con fama de santidad e importante influjo en la Iglesia. Es la historia de un testigo de excepción de este agitado siglo que nos ha tocado vivir. Por su respuesta intuitiva, rápida y eficaz a los desafíos de este tiempo, Arrupe interesa a creyentes y agnósticos, orientales y occidentales, intelectuales y gente de la calle. Este libro se propone contar esa agitada vida en una biografía-reportaje, la primera que se publica de este hombre singular, y que cuenta con la ventaja, y al mismo tiempo el inconveniente, de la cercanía inmediata de los hechos. Falta sin duda perspectiva histórica. Aún no pueden consultarse cientos de documentos secretos, que se guardan celosamente en los archivos de la Compañía de Jesús y que seguramente aclararán muchas cosas en el futuro. Todavía, cuando redactamos estas líneas, el héroe de nuestra historia vive, aunque sólo pendiente de un hilo... Pero también viven afortunadamente muchos de los testigos que le conocieron y le vieron actuar. El autor ha realizado, con objeto de capturar tales testimonios de primera mano, más de doscientas entrevistas; ha recibido docenas de cartas, y ha viajado a los principales enclaves geográficos donde se desarrolló su increíble vida: Japón, Roma y el País Vasco. Con el fin de reforzar esa difícil objetividad, he optado por escribir una biografía periodística en la que se entrecruzan la narración con las declaraciones y testimonios. Todo está detalladamente documentado y justificado con notas al final del texto, consciente de la importancia que para el futuro puedan tener dichas aportaciones. Ahora bien, si toda biografía es sólo una aproximación al misterio de un ser humano, más aún lo es en el caso de un hombre de tan intensa actividad y profunda vida interior como el padre Arrupe. Solía él decir que «la biografía más interesante es la que se escribe sin tinta». Aunque ésta haya sido redactada con un procesador de textos y un ordenador, la afirmación sigue siendo verdadera. Porque, como también decía Pedro Arrupe, «lo más decisivo e importante de una vida es incomunicable». Con todo, hoy puedo responder a Kasumi Morimoto que, si nadie puede contar las cosas «tal como son», porque la subjetividad y el a priori kantiano son algo consustancial al ser humano, aquí tiene la auténtica aproximación histórica a un destacado hombre de hoy, que luchó y amó apasionadamente, entregándose en cuerpo y alma a un ideal. No he pretendido otra cosa. No es este libro ni un estudio de su pensamiento ni un tratado sobre su espiritualidad. Para ello, el lector puede acudir a las numerosas notas en que se citan las obras donde están contenidos sus artículos, cartas y discursos. Tampoco se busque aquí un análisis sobre la concepción que tuvo Arrupe acerca de la vida religiosa o sobre la vinculación que él veía entre la fe y la justicia. Para esto, se deberá acudir a otras monografías. Pero, si en cambio prefiere adentrarse en la vida del padre Arrupe, sugiero dos posibles lecturas de esta biografía. La primera, capítulo a capítulo, desde el principio hasta el final, lo que le permitirá comprender el proceso evolutivo y creciente de nuestro héroe. A los impacientes recomiendo que, tras la lectura del primer capítulo, que es introductorio, salten al capítulo 7, que inicia la vida activa de nuestro personaje, para leer después los capítulos 2 al 6, que contienen la infancia y los cimientos de todo lo demás. Sólo me queda dar las gracias a cuantos han contribuido con su aportación y entusiasmo a que aparezca este libro. Puedo decir que, dadas las circunstancias en que vivimos hoy en la sociedad y en la Iglesia, esto no ha sido, por diversas razones, tarea fácil. Pero ante la imposibilidad de citar tantos nombres, desde los de quienes me han enviado un recuerdo y una fotografía a los que me han acompañado y apuntalado con su ilusión y trabajo, he aquí mi gratitud colectiva. Pero muy especialmente quiero hacer constar mi profundo agradecimiento al propio padre Arrupe, que desde su lecho de enfermo, cuando apenas podía hablar, no sólo respondió a mis preguntas y seguía ilusionado este trabajo, sino que me enseñó algo que no se puede pagar con todo el oro del mundo, ni siquiera con el homenaje de esta biografía: cómo, en medio de las mayores dificultades, desde un increíble impulso interior se puede mantener la dignidad y la esperanza, se puede seguir siendo un hombre.
CAPÍTULO 1: EL DIA SIN HORA
Paul Tibbets comprobó el altímetro. El cuatrimotor «B-29», que llevaba pintado en el morro el nombre de su madre, Erwla Gay, volaba a 30.800 pies, a una velocidad de crucero de 400 kilómetros por hora. Sentado confortablemente en la cabina de mandos, se aseguró de que Great Artist y N.O 91, los aviones encargados de la observación científica y de fotografiar la hazaña, respectivamente, volaban sin novedad tras el potente bombardero. El cielo entraba gris, casi amenazador, por la proa transparente de la fortaleza volante. Allí estaba, junto al cuadro de mandos, su pitillera metálica, que le acompañaba en todos los vuelos. Sí, en efecto, todo parecía estar en orden. «Cobertura de nubes, menos de 3/10 en todas las altitudes», le había advertido a las.7:24 h., en un mensaje en clave, la torre de mandos. No sin cierta emoción, tras leer el cable, anunció a sus compañeros: —¡Volamos sobre Hiroshima! Ni alto ni bajo, algo mofletudo y sonriente, sus gestos tenían un no sé qué de despegado, de distante. Era un americano del montón, mezcla de aspirante a héroe y mascador de chicle... Aún recordaba el rostro pícaro del coronel Lans-dale, de la U.S. Army Intelligence, cuando le preguntó: —¿Ha oído hablar alguna vez de la energía atómica? Él había respondido que sabía algo del tema por física y que tenía noticia de los experimentos de los alemanes con el agua pesada para llegar a separar el átomo. —Bien-le había dicho el profesor Norman Ramsey, físico por la Universidad de Harvard, de veintinueve años de edad—, pues los Estados Unidos ya han conseguido dividir el átomo. Estamos fabricando una bomba basada en ese descubrimiento, una bomba que estallará con una fuerza superior en veinte mil toneladas a una explosión convencional. Aquella conversación había transcurrido en el Cuartel General del Segundo Ejército de las Fuerzas Aéreas Norteamericanas, en Colorado, el 1 de septiembre de 1944. Sólo unos minutos antes Lansdale interrogó a Tibbets sobre una cuestión personal que podría empañar sus condecoraciones de eficiente y hábil piloto, casi un héroe, de la segunda guerra mundial. No dudó en contar la verdad: —Sí. Fui detenido en una ocasión por la policía de Miami Beach... —¿Por qué? —El Jefe de Policía me pilló en Surfside con una menor en la parte trasera de un automóvil... Tras su detención, la intervención de un juez amigo de la familia consiguió silenciar el asunto. Las fuerzas aéreas pasaron por alto lo que consideraban «un pecadillo sexual». Lansdale lo había investigado personalmente y se había decidido a elegir a Tibbets, con veintisiete años y un hijo, para la operación «Manhattan». Luego, los largos preparativos envueltos en un cuidadísima top secret hasta que despegaron de Tininan en la madrugada del 6 de agosto. Sólo él sabía parte de la verdad. A sus hombres, simplemente se habían limitado a decirles: «Será algo definitivo para acabar la guerra.» Y aún le parecía oír la voz del capellán Downey, rezando antes de despegar: «Dios Todopoderoso: Oye la oración de los que te aman. Te rogamos que estés con los que van a batallar contra nuestros enemigos... Guárdalos y protégelos, te rogamos, para que vuelen felizmente hasta su objetivo. Puedan ellos, como nosotros, conocer tu fuerza y tu poder, y, armados contigo, consigan conducir esta guerra a su fin. Te rogamos que el final de la guerra venga pronto, y así de nuevo podamos experimentar la paz en la Tierra...» Tibbets sintió en ese momento la sobrecarga que para su cuatrimotor suponía Little hoy. Este inocente nombre se daba a los dos trozos de uranio 235, separados por un espacio vacío, que serían impelidos a chocar entre sí mediante la explosión de dos cargas convencionales, de forma que la nueva masa, superior a la crítica, produciría la reacción nuclear. Los 12,5 kilotones (un kilotón es igual a mil toneladas de TNT) le habían preocupado a Tibbets desde el principio, pero no había comentado nada con su tripulación hasta que se aproximaron a su objetivo. Fue hacia las.4:25 a.m. Tibbets dejó los mandos a Lewis, quien a su vez se echó en los brazos de George, el piloto automático del Enola Gay. Tibbets aprovechó el momento para echar un vistazo a sus camaradas, que ocupaban sus respectivos puestos en el avión. “Everything okay, Colonel", fue la respuesta del joven radiotelegrafista Nelson, quien se sintió muy orgulloso al oír replicar a su coronel: «Sé que haces un buen trabajo, Dick.» Tibbets revisó el túnel acolchado por donde se iba a deslizar la bomba. En el compartimento trasero estaban Caron, Striborik, Shumard y Beser, que intentaba defenderse del sueño. Tibbets se dirigió hacia el artillero de cola: —Bob, ¿tienes una ligera idea de lo que vamos a hacer esta mañana? —Coronel, no quisiera encontrarme frente a un muro en el momento de disparar. Tibbets sonrió recordando que Caron había prometido no abrir los labios, dando ejemplo a los demás, cuando le llamaron la atención por razones de seguridad el pasado septiembre. —Bob, ya vamos de camino. Ahora puedes hablar. —¿Llevamos a bordo el invento de un químico majareta? —No, no exactamente. —Entonces, ¿el de un físico loco? —Sí. Tibbets revisó de nuevo el estado del túnel de lanzamiento y, cuando ya se volvía, sintió que Caron le cogía la pierna. —¿Algún problema? —Ninguno, coronel. Sólo una pregunta. ¿Se trata de átomos divididos? Tibbets continuó revisando la trampilla y se volvió a la cabina de mandos sin responder. Caron había pronunciado aquella frase sin darse realmente cuenta de lo que decía. Había leído algo en una revista de divulgación científica, pero no tenía ni la menor idea de lo que significaba. Ahora Hiroshima había entrado ya en la mirilla de su visor. La base le informó de que ningún radar japonés había detectado la proximidad del avión. Tibbets ordenó rápidamente a través del intercomunicador: —¡Listos para el disparo y el giro inmediato! Una milla detrás, Creat Artist se preparaba para el lanzamiento en paracaídas de sus aparatos de medición. Dos millas más lejos, el Nº 91 giró noventa grados para tomar la posición adecuada desde donde hacer sus fotografías. El mayor Thomas Forebbe reconoció, asomado al morro transparente del Enola Gay, aquel paisaje familiar por las fotos en blanco y negro. El blanco y gris de las landas onduladas eran de un verde suave, y la bahía de Hiroshima de un intenso azul a aquella hora de la mañana. Los edificios podían distinguirse en medio de una suave bruma y las principales carreteras de la ciudad parecían trazos dibujados a lápiz. La leve neblina que flotaba sobre la ciudad no impedía la visión en el puesto de mando. Pudo, pues, hacer coincidir ambas cruces en la mirilla del visor. —¡Ya lo tengo! Iban a ser las 8 horas, 15 minutos, 17 segundos de la mañana del 6 de agosto de 1945.
Unos 3.000 metros más abajo hay un hombre asomado a la ventana. No tiene rasgos orientales, no es un japonés. Pero se diría que se encuentra allí como en su casa. Su mirada profunda está escrutando el cielo. Hace tiempo que su perfil, típicamente aguileño, llama la atención en el barrio de Nagatsuka, donde empieza a ser famoso. Llegó de Yamaguchi hace unos años y tiene una sonrisa contagiosa y una personalidad magnética. Habla el japonés con una mezcla de velocidad vascuence y guturalidad inglesa y lleva despierto desde antes de las cinco de la mañana. Sus ojos habían estado cerrados durante casi dos horas, mientras, inmóvil y sentado a la japonesa, hacía su oración al amanecer, en medio de una capilla cristiana sin muebles recubierta con el típico tatami japonés..., un lugar vedado a la profanación de los zapatos. Se le ve con frecuencia utilizar una bicicleta para acercarse al centro de la ciudad, y parece casi una aparición con su gran «callan, blanco de clérigo occidental que sobresale de la chaqueta negra y esa frente despejada reverberando al sol. Pero pronto las gentes supieron que sabía sonreír, que amaba al Japón más que a su propia tierra, y que estaba siempre dispuesto a hacer un favor a cualquiera, cuando no se le veía rodeado de jóvenes discípulos japoneses que vestían una especie de negro kimono y leían en silencio o trabajaban en el jardín... Aquella mañana el cielo de Hiroshima estaba limpio. Por la ventana entraba un pedazo de paisaje verde, algo de la dulce colina cercana. Las hojas de los árboles se estremecían movidas por una ligera brisa, y el primer rescoldo de un día de verano, que se prometía como siempre un tanto húmedo y pegajoso, comenzaba a calentar la frágil techumbre de la vivienda japonesa. Pedro Arrupe, una vez ordenados los libros sobre su escritorio y dando los últimos retoques a la colcha de su cama, iba a programar sobre el papel las actividades del día, antes de que llegara el hermano Distributario (responsable de la coordinación del noviciado de jesuitas), cuando la sirena de alarma sonó de nuevo. Eran las 7:55 h. A las 7:09 h. se había oído un primer toque, poco después de que Radio Hiroshima interrumpiera sus programas para informar de una alerta aérea. Los intermitentes gritos de la sirena no habían alarmado al padre Arrupe, habituado, como todos sus conciudadanos, a estas amenazas de posible bombardeo. Al principio, los habitantes de la ciudad de Hiroshima se iban a dormir, incluso, a las cuevas de las vecinas montañas. Pero ya se habían cansado de esperar y no estaban dispuestos a morir de una pulmonía mientras tanto. Además, la vida se desenvolvía sin anormalidades. Todos los días, a las 5:30 h. de la mañana, el padre Arrupe veía a un «B— 29" cruzar el cielo de la ciudad. Tanta era su constancia que, no sin ironía, los japoneses lo habían bautizado con el nombre de «El correo americano,). Por eso, cuando aquel 6 de agosto un «B-29" de la u.s. Air Force perturbó con sus cuatro potentes motores el silencio azul de la ciudad, Arrupe, como otros muchos, no hizo caso y continuó ordenando sus papeles... A veces, había visto cruzar a distancia formaciones aéreas de hasta doscientos aparatos. En aquel momento llamaron a su puerta. Era otro sacerdote de más edad que venía a consultarle sobre algo sin importancia. Hacía varios minutos que la sirena se había callado y, a escasos kilómetros de aquel paraje tranquilo, la ciudad se desperezaba ágilmente, con ritmo japonés. Los transportes públicos llevaban a los trabajadores a las fábricas, se abrían las tiendas y los niños uniformados formaban en fila frente a las puertas de las escuelas. Una viejecita espantaba a su paso las palomas del parque y, en la zona rural, al oeste de Hiroshima, el doctor Kaoru miraba el reloj. No estaría de regreso en su clínica, por lo menos, hasta el mediodía. En la base japonesa de Shimonoseki, a unas cien millas de Hiroshima, el subteniente Matsuo Yasuzawa calentaba los motores de su avión biplaza de entrenamiento. Se le había visto repetidamente volar los cielos de Hiroshima, pero nunca había conseguido obtener el permiso para atacar al «B-29". No era conveniente poner en riesgo la vida de un instructor de las Fuerzas Aéreas Japonesas, a pesar de que él estaba dispuesto a una rippa na saigo, la «muerte espléndida" por la patria, reservada a los kamikazes. Hoy su misión consistía en volar al campo de Marshai, en Hata, para transportar a un mayor que debía acudir a una reunión sobre comunicaciones en Hiroshima. Pensaba llegar sobre las ocho de la mañana. Había pues despegado, cuando el Enola Gay penetraba en espacio aéreo japonés. El tranviario, con una exactitud japonesa, miró el reloj e hizo sonar la señal de partida. Iban a ser las 8:15 h.
Tibbets ya no era consciente del ruido de los motores. Estaba tenso, preparado para hacer girar inmediatamente su «B-29», una vez concluida su delicada y secreta misión. El «avión correo» iba a depositar su «carta». Ocho horas, quince minutos, diecisiete segundos: las compuertas se abrieron. Tibbets exclamó: —¡Fuego! El Enola Gay inició en ese momento una vuelta de noventa grados hacia la derecha. Forebbe gritó: «¡Bomba fuera!», mientras pegaba su nariz al plástico del morro del avión. La bomba parecía suspendida en el aire. Después comenzó a caer. Se tambaleó un instante antes de tomar velocidad, y luego se desplomó hacia abajo justo como lo tenían previsto.
—¿Qué ha sido eso? —exclamó Pedro Arrupe, poniéndose en pie y señalando a la ventana. Un fogonazo, que parecía de magnesio, había rasgado el azul del cielo. Enseguida, un mugido sordo y continuado, más parecido al sonido de una catarata que a lo lejos rompe que al de una bomba que instantáneamente explota, llegó hasta ellos con una fuerza aterradora. Tembló la casa. Cayeron los cristales hechos añicos, se desquiciaron las puertas, y los tabiques japoneses, de barro y cañizo, se resquebrajaron como naipes aplastados de un manotazo. La onda explosiva los derribó. Y mientras Arrupe y su compañero se tapaban instintivamente la cabeza con sus manos, una lluvia continua de materiales destrozados fue cayendo sobre sus cuerpos tendidos e inmóviles en el suelo. Cuando aquella especie de terremoto terminó, Arrupe levantó la cabeza temiendo ver herido a su compañero. Pero ambos estaban ilesos. —¡Hay que ver inmediatamente cómo están los demás! Preocupado por los treinta y cinco jóvenes que albergaba aquella casa, Arrupe corrió por los pasillos y escaleras. Al llegar al último cuarto, respiró. La explosión sólo había causado daños materiales. Pero, ¿qué había pasado? Salieron todos juntos al jardín. Algo instintivo les decía que allí cerca encontrarían alguna huella de la bomba. El jardín y la huerta estaban como siempre. Al fondo de aquella naturaleza llena de vida, contrastaba la casa ajada, lacia, con las tejas rotas y curiosamente encabalgadas unas sobre otras. Ni un cristal intacto. Detrás de las ventanas, brutalmente desquiciadas, el interior era aún una nube de polvo entre los tabiques rotos. —¡Subamos a la colina! Desde allí podremos ver qué ha pasado en la ciudad. Un panorama desolador se abrió ante sus ojos. Humeante y negra como un tizón, aquellos testigos contemplaron una enorme nube negra sobre el desierto de cenizas, el solar arrasado de lo que había sido Hiroshima. Una milésima de segundo después de las 8:16 h., un relámpago de color rojo púrpura se extendió sobre la ciudad. La temperatura alcanzó cincuenta millones de grados centígrados. Sobre la clínica Shima, epicentro de la primera bomba atómica de la historia —que coincidía con el centro de la ciudad—, la temperatura alcanzó varios miles de grados centígrados tras la increíble detonación. Una bola de fuego, como un pequeño sol, irradió instantáneamente sus rayos, produciéndose, por la diferencia de temperatura, una onda explosiva equivalente a un tifón. El 15 % de la energía se transformó en rayos radioactivos, el 35% en rayos caloríficos, y el 50% en fuerza explosiva. El resultado: un incendio que se multiplicó en un kilómetro y medio a la redonda, que quemó la piel a más de tres kilómetros de distancia y que destruyó cuanto había en un radio de acción de seis kilómetros.
Trescientos veinte mil ciudadanos civiles y cuarenta mil soldados perecieron en aquel instante o fueron afectados por la bomba. Las columnas que flanqueaban el hospital Shima quedaron aplastadas contra el pavimento. Completamente destrozado el edificio, sus ocupantes se volatilizaron. Sesenta y dos de los noventa mil edificios que había en la ciudad fueron destruidos. Las cañerías de Hiroshima estaban destrozadas por setenta mil roturas. Sólo una veintena de médicos de los doscientos doctores que había en la ciudad escaparon al impacto de la bomba y pudieron auxiliar a los heridos. —¡Agua, agua, quiero agua! —gritaban los supervivientes que se dirigían a las orillas del Terma, el río que cruza la ciudad, viéndose obligados a apartar los cadáveres para poder beber. Parecían momias ambulantes. Con el rostro y el cuerpo deformados, el vestido hecho jirones y fundido con la piel, caminaban sin saber hacia dónde dirigirse con el estupor reflejado en la mirada, entre tranvías convertidos en trozos de hierro retorcido, escombros humeantes y edificios en llamas. Sentado en los peldaños del banco Sumimoto había un ser humano, del que sólo quedó una sombra sobre el granito resquebrajado. Aún hoy puede contemplarse esta prueba en el Museo de la Paz de Hiroshima. Humo, fuego, escombros, gritos... Aquello era el infierno. Sobre la colina de Nagatsuka, clavado en el suelo y mudo de espanto, Pedro Arrupe contemplaba aquel inexplicable apocalipsis. Nadie había pronunciado la palabra «atómica». Durante cuatro años de guerra había visto caer muchas bombas y explotar muchas granadas. Aquello era algo tan nuevo que no admitía la más mínima comparación. Sí, habían oído hablar de armas secretas, sobre todo antes de la derrota alemana, pero siempre se comentaba que no pasaban de ser mera propaganda. Ahora estaba allí, ante el espectáculo de la destrucción más feroz del hombre por el hombre. —¡Hay que ir a la ciudad! ¡Hay que hacer algo! —exclamó Arrupe, en un gesto primario de solidaridad. —Es imposible, padre. El fuego tapona todas las entradas. —¡Hay que hacer algo! Arrupe corrió a la capilla. Una de las paredes había saltado hecha añicos. Se arrodilló. En un instante eterno pidió luz a su Dios. Se sintió abrumado por la oscuridad que le rodeaba. Sólo había muerte y destrucción y él y sus compañeros, reducidos a la más terrible impotencia... «Y tú, Señor, conociéndolo todo, contemplándolo todo... e invitándonos a reconstruido todo.» En aquel instante recordó de golpe su pasado: Bilbao, sus padres, sus años de estudiante de medicina en Madrid, su llamada al Japón... Miró el reloj. Estaba parado, como miles de relojes en Hiroshima, como cientos de miles de vidas humanas, a las 8:15 h. «Aquel reloj —escribiría años más tarde— silencioso y paralizado, ha sido para mí un símbolo, se ha convertido en un fenómeno para-histórico. No es un recuerdo, es una vivencia perpetua fuera de la historia, que no pasa con sus tic-tacs. El péndulo se paró e Hiroshima quedó clavada en nuestra mente.» Pedro Arrupe salió de la capilla con un propósito: convertir el noviciado en un improvisado hospital, sirviéndose de sus conocimientos de medicina. Lo comunicó enseguida a sus compañeros y se puso manos a la obra. Pero ellos no sabían aún que Arrupe salía de la capilla con algo más. Con el reloj parado de la historia y el corazón en algún lugar lejano, más allá del tiempo y por encima de las pequeñeces y el terror que podían sembrar los hombres. Mientras rescataba su pobre botiquín de entre los escombros —sólo podía aprovechar un poco de yodo, algunas aspirinas, sal de fruta y bicarbonato—, se sintió diminuto entre doscientos mil heridos de muerte. Pero Dios, que le había traído hasta allí, en medio de aquel mar de angustia, destrucción y fuego, tendría una palabra que decir. Y sintió que la explosión de dentro era aún mayor que el Pika-don, el fogonazo y el trueno, que había asolado a Hiroshima. —¡Ya llegan, padre! —gritó un novicio. Eran las primeras sombras ambulantes, pidiendo ayuda... Arrupe había puesto en marcha su imaginación.
Sobre el cielo de Hiroshima, el coronel Tibbets, mirando por el morro transparente del Enola Gay lo que quedaba de la ciudad, exclamó horrorizado: —¡Qué hemos hecho, Dios mío! CAPÍTULO 2: LAS AVENTURAS DE PERU
—¡No te vayas a manchar el traje de marinero! ¡Que siempre que vais al parque volvéis perdidos! La voz de doña Dolores venía como asordinada del fondo de la casa, un segundo piso amplio de más de ocho habitaciones, cocina y comedor, cuyos balcones daban a la calle de la Pelota, número. Pedrito asomaba su rostro redondo, entre serio y sonriente, entre pícaro y responsable, por los amplios ventanales, a aquel casco viejo de Bilbao, todavía entonces señorial y ajetreado. Su mirada limpia e inteligente se detiene sobre un grupo de hombretones de anchas espaldas, buenos colores y no pequeña nariz que, tocados con la típica chapela vasca, cantan en euskera tras los primeros «chiquitos» de la mañana. Después se pierden por las Siete Calles, consteladas por otras más estrechas, enmarañadas y ensombrecidas por casas altas y negruzcas, situadas en la orilla derecha del río Nervión, en vasco Ibaizábal (río ancho). Éste casi se ve desde el balcón de la casa de Peru (diminutivo vasco de Pedro), con sus aguas verdinegras y el trasiego de las barcazas, el humo de las largas chimeneas y ese aire fabril que todavía, en las luces mágicas de la noche, da a las oscuras casas junto a la ría un neblinoso aspecto de mítica ciudad que palpita en medio de las sombras que trabajan el hierro. Era época de crecimiento para el viejo Bilbao, que en aquellos comienzos de siglo alcanzaría los ochenta y dos mil habitantes. Comenzaba a ensancharse por la margen izquierda del Nervión y vivía una intensa vida cultural, especialmente polarizada por la música y el deporte, como ha sido siempre tradición en el País Vasco. El Bilbao siderúrgico comenzaba ya a imponerse, de la mano emprendedora de Julio de Lazúrtegui y otros, sobre aquella villa tranquila, lluviosa y chiquita de brumoso sabor romántico. —¡Y no deis mucha tabarra a la tata, que bastante tiene con ocuparse de los cinco! Doña Dolores Gondra de Arrupe era una mujer alta y ancha, bondadosa, pero firme, con ojos penetrantes, que vestía de oscuro. Con mucho carácter —cosa que le venía de familia—, pero al mismo tiempo serena y que sabía sonreír. Había nacido en un caserío de Munguía, hija de don Juan Antonio de Gondra y Urrutia y doña Martina Robles Elorza, que habían tenido seis hijos. Don Juan Antonio, un médico vasco con los sueños puestos en el mar, consiguió que dos de los hermanos de Lola llegaran a ser marinos. Lola, la madre de Pedrito Arrupe, o Peru, como le llamaban en familia, recordaba aún cómo su padre le mostraba las aspas de San Andrés del escudo de los Gondra, cuando le contaba que sus antepasados habían batallado en Baeza, o cómo le mostraba Torre Villela, llena de sobrio sabor heroico, a cuya historia la familia estaba ligada también por parentesco. Y el elegante gótico vasco de San Pedro, donde fue bautizada y educada en la fe. E incluso aquel «monte Gondra» en las cercanías de la villa, que aún hoy sigue perteneciendo a la familia. Pero, sobre todo, Lola tenía en sus pupilas las landas verdes de Munguía, salpicadas de blancos caseríos, el sosegado caminar de los campesinos, esa forma fuerte y serena de vivir y de creer de un pueblo a la vez soñador, terco y sensible. Enseguida, Peru bajó las escaleras a saltos, acompañado de sus cuatro hermanas, de mayor a menor: Catalina, Margarita, María e Isabel. Las pequeñas, con su sombrerito redondo y sus cuellos de encaje, parecían recortadas de una postal, mientras reían y gastaban bromas a su revoltoso hermano. De pronto, se recortó en la puerta la figura imponente de don Marcelino. El padre de las cinco criaturas sonrió: —Pero, ¿a dónde vais a estas horas? —A jugar al parque —dijo Catalina, dándole un beso. Don Marcelino se atusó el bien poblado bigote que le cruzaba la cara y miró con cariño a sus hijos. Arquitecto de profesión, era un católico convencido que había intervenido en la fundación de La Gaceta del Norte, junto a otros prestigiosos bilbaínos, como don José María Urquijo y los Basterra. Era, también, natural de Munguía, hijo de Pedro Arrupe Meaurio y su segunda esposa, Inocencia Ugarte Arteche. Venía de una de las tertulias que frecuentaba en la ciudad y soñaba con realizar algún gran proyecto arquitectónico. Además, llenaba lo poco que le quedaba de su tiempo con negocios importantes. Entre ellos, la Sociedad Comanditaria de J. B. Rochet y Cía., para la compra y venta de minerales y explotación de minas. Su mirada era clara, convencida. Su porte, distinguido. Y tenía un no sé qué de orgullo y entereza que se desprendía de su personalidad y contagiaba el ambiente. —¿Y tú no llevas tu aro, Peru? Peru confesó que lo había perdido, mientras miraba con admiración a su padre, como gozando de la sensación de seguridad y firmeza que emanaba de aquel hombre entero, de una pieza, noble y firme, a quien tenía cariño y respeto.
—¡Por fin un niño!Don Marcelino acarició la cabecita de su hijo, evocando el día en que éste vino al mundo: el 14 de noviembre de 1907, a las nueve de la mañana. Lola, su mujer, había dado un grito de alegría: —¡Por fin un niño! Estaba acabando un año cargado de acontecimientos. Mientras en España había nacido don Alfonso de Borbón, Gran Bretaña, Rusia y Francia creaban su Triple Entente frente a la Triple Alianza, formada por Alemania, Austria-Hungría e Italia. En Transvaal (Sudáfrica) un oscuro abogado indio, de rostro dulce y mirada penetrante tras unos lentes redondos, llamado Mahatma Gandhi, ponía en marcha el primer movimiento de resistencia pasiva. Algo se movía en el mundo a favor de los derechos humanos. El sufragio femenino era aprobado en Noruega, mientras Vladimir Ilych Lenin se exiliaba de Rusia por segunda vez. En París, George Mélies había tomado conciencia de que el extraño aparato de los hermanos Lumiere era algo más que una curiosidad pública, y daba los primeros pasos en un espectáculo llamado a un gran futuro de arte y de industria. Era el año en que Mahler estrenaba su Octava sinfonía, en que Máximo Gorki ponía cimientos al realismo socialista con su novela La madre y en que Rudyard Kipling, el de «serás un hombre, hijo mío», obtenía el premio Nobel de literatura. En un rincón de Castilla un catedrático de instituto, con aires de hombre sencillo, casi vulgar, se inclinaba taciturno sobre las cuartillas para cantar sus Soledades:
Yo voy soñando caminos de la tarde. ¡Las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas!... ¿Adónde el camino irá? Yo voy cantando, viajero a lo largo del sendero... —la tarde cayendo está—. En el corazón tenía la espina de una pasión; logré arrancármela un día: ya no siento el corazón.
Estaba a punto de terminar un año importante en el piso segundo de la calle de la Pelota nº 7. Nadie sabía que el niño que acababa de nacer daría la vuelta al mundo varias veces, hablaría siete lenguas, mandaría sobre treinta mil hombres, haría suyas las formas de vida de Oriente, abriría una nueva época de compromiso cristiano y llegaría a ser una auténtica explosión dentro de la Iglesia. Nadie sabía entonces quién llegaría a ser Pedro Arrupe Gondra. Al día siguiente, 15 de noviembre de 1907, Pedro era bautizado en la basílica catedral de Santiago el Mayor, un amplio templo de origen gótico que conserva un claustro del siglo XIV-XV y luce vasto pórtico renacentista, situado a pocos pasos de su casa. Recibió el bautismo de manos del capellán José Gochica, y sus tíos carnales, don Saturnino Gondra, que era marino de guerra, y doña Casta Gondra y Urcallu fueron sus padrinos. Al verter el agua sobre la cabecita de Pedro, don José no sabía, ni podía soñar, que introducía en la comunidad de los creyentes a un ser humano que iba a contagiar el don de la fe a miles de personas. Aquel día en la calle de la Pelota se cantó y bailó hasta tarde, y corrió el vino tanto como la alegría y el buen humor.
El primer adiósLo que don Marcelino no podía barruntar en aquellos momentos era que pronto iba a quedarse solo. Corría el año 1916. Pedrito recordaría años más tarde aquella dura experiencia: «Tenía ocho años. El sol de agosto inunda a torrentes las calles de Bilbao. Nuestra casa, herméticamente cerrada, ¡tenía un aspecto tan triste! En una habitación ardían seis cirios en derredor de un lecho. Mi padre conmigo, y mis cuatro hermanas rezábamos arrodillados el rosario ante el cadáver aún caliente de mi madre. Era nuestra última reunión de familia. Alguien se deslizó silenciosamente dentro de la habitación y me dijo en voz baja: "El Padre está ahí y quiere rezar un responso por tu madre." Me levanté... Pero ya la figura del Padre se dibujó en la puerta... "¡Perico! —me dijo—, has perdido una santa madre" y, señalándome el cuadro de la Virgen de Begoña que presidía la capilla ardiente, añadió: "¡Mira, ahí tienes a tu Madre, más santa aún y que no muere!"... Entonces entendí más profundamente aún que la madre de Dios era mi madre.» Aquél era el primer jesuita en la vida de Pedro. Se llamaba Ángel Basterra y estaba al frente de la Congregación de María Inmaculada y San Estanislao de Kostka de Bilbao, donde pronto ingresaría el muchacho... Lo cierto es que entonces la casa se quedó vacía, con el hueco estremecedor que deja una madre para un niño de ocho años. Murió a consecuencia de una operación, durante la cual los pequeños habían sido trasladados a vivir con su hermana Margarita, ya por entonces casada con José Joaquín Sautu. La escena arriba relatada se produjo, pues, cuando Pedrito volvió a su casa y su madre acababa de morir. Don Marcelino se esforzaba por llenar aquel vacío, pero estaba taciturno y ya le costaba más ser el hombre cordial de siempre. ¡Hasta entonces todo había transcurrido tan felizmente! «Mi familia estaba muy unida —confiesa Arrupe—, era muy tranquila: y patriarcal, tradicionalmente católica. Yo me sentía muy feliz. No había problemas. Íbamos juntos a misa y reinaba una atmósfera de confianza total.» Pero tuvo que pasar tiempo para que don Marcelino volviera a cantar con su magnífica voz de tenor, acompañado del piano. Yeso que Pedro no olvidaría nunca que «su carácter era muy bueno, muy simpático. Era, de temperamento, un animador». Cuando cantaba en la capilla del colegio de los jesuitas de Orduña, los viejos del lugar se acercaban a escucharle. En la fiesta del Sagrado Corazón, don Marcelino no fallaba ni un solo año a la procesión, con un gran cirio en la mano, seguido de su hijo Peru, orgulloso de llevar también su pequeño cirio. Don Marcelino se refugiaba asimismo en su trabajo, diseñando los planos de muchas casas en Bilbao y la región. Más tarde se convocaría un concurso para construir la torre de Begoña. Don Marcelino puso mucho empeño en aquel proyecto, y elaboró incluso una gran maqueta que después conservaría en su casa. Pero no le concedieron el proyecto y aquello le produjo una seria depresión... Se entregaría desde entonces a sus negocios y a la educación de sus hijos, abandonando por entero su profesión de arquitecto. Por aquellos años Pedrito ya frecuentaba el colegio de los padres escolapios, situado en la Alameda Recalde, donde había ingresado el 1 de octubre de 1914, es decir, con siete años de edad. «Era muy alegre —recuerda su compañero de colegio José Luis Isasi—, muy abierto y un excelente estudiante. Nuestro curso era de veinticinco a treinta alumnos, de clase media-alta, aunque también había alumnos becados. Los profesores valían, aunque alguno tenía la mano ligera. Éramos — Perico también— muy aficionados al fútbol. Ya se sabe, gritábamos juntos por la calle: "¡Alirón, alirón, el Atleti campeón!" Un muchacho muy normal.» Sus calificaciones entre 1916 y 1922 son brillantísimas. De veintinueve asignaturas, cuenta con veintitrés sobresalientes, tres notables y cuatro aprobados. «Era encantador —recuerda su hermana María—. Yo le quería muchísimo. La diferencia de edad era grande. Yo le llevaba unos cuantos años. En casa estábamos locos con él, ya que era el único hermano varón. No era nada "beato". Le gustaba ir a la Congregación. Pero otra cosa, no. De siempre, sacaba unas notas buenísimas. Yo, a veces, le ayudaba a estudiar las lecciones. Cuando se atrancaba en alguna de aquellas tan difíciles del bachillerato, que era terrible, me decía: "Oye, Mari, ¿me podrías ayudar un poco?" Y es que era un chico muy corriente. Bueno y estudioso. De pequeño, mamá solía decir: "Mi hijo será curita"; y él repetía: "Mamá dice que seré curita, pues seré curita." Luego, cuando empezó la carrera de medicina, mi madre ya había muerto. Pero mi padre decía: "Se nos fue el curita por otro camino, se va a hacer curita de cuerpos."» Cuando llegaban las vacaciones, Pedro y su familia iban habitualmente al pueblo costero de Algorta. Agazapado en una cala recogida y con su iglesia de piedra berroqueña asomada al mar, el pueblo conserva ese encanto inconfundible de la costa vasca: pequeñas embarcaciones de vivos colores, varadas en la playa o balanceándose en aguas del Cantábrico; pescadores tocados de chapela, que cosen sus redes sentados en un poyo; viejos perfiles, inconfundibles del lugar, de vigorosos rostros vascos, que pierden su mirada en el horizonte... Pedro y sus hermanas se bañaban en la playa; vivían en una de esas recias y oscuras casas de pueblo, encaramadas en una de las estrechas callejuelas que desembocan su íntima tortura en el mar. Y en los largos anocheceres quietos de los días de verano se reunía con sus amigos para jugar a las cartas o cantar, acompañados de una guitarra, viejas canciones vascas, como Maite, Boga, boga, marinero y entrañables zortzikos, que quedarían en su recuerdo, y volvería una y otra vez a cantar durante toda su vida, cuando de allí se alejara, «leguas de tierra, de tierra y mar...». Mientras tanto, a Pedrito le fue creciendo la nariz, se le ensanchó la frente, se le apepinó un poco la cabeza y comenzó a tener ese aire de chaval vivaracho que le duraría toda la vida. Tenía once años y estudiaba primero de bachillerato, cuando el 29 de marzo de 1918 ingresó en la Congregación Mariana que dirigía el anteriormente citado padre Ángel Basterra, famoso en Bilbao por la gran cantidad de gente joven que pasó por sus manos. El joven Arrupe vivía entonces en la calle Astarloa nº 7. Cuando comenzó a formar parte de los «kostkas», Ignacio Galdeano era presidente de la Congregación; Carlos Garda Iturri, vicepresidente; Jesús Landa y Mendo, secretario; Guillermo Videgaín Alcorta, vicesecretario y Pedro Ruiz Mendiola, tesorero. Poco después, Pedro Arrupe Gondra actuaba como prefecto de veladas, y seguidamente fue elevado a la Junta Directiva con el cargo de tesorero. En 1922 era ya vicepresidente, a las órdenes directas de Santiago de Aréchega y L. de Letona. La Congregación contaba con su pequeño órgano de expresión, titulado Flores y frutos, donde los muchachos hacían sus pinitos literarios. A partir de 1923 Pedro colabora asiduamente en la revista. Resulta curiosa la alusión a Japón y las misiones, que encontramos en el número de marzo de 1923. Refiriéndose al corazón «tierno y esforzado» de Javier, escribe Pedro Arrupe: «¡Quién lo tuviera... y pudiera hacer tanto bien como él hizo!»
Universitario en Madrid
1923. A una ventanilla del ferrocarril procedente de Bilbao se asoma el rostro de un guapo muchacho. Boca ancha, labios bien dibujados, mirada clara con un deje de nostalgia, el cabello perfectamente peinado y un nudo de corbata pequeño y apretado sobre la impecable camisa a rayas. Tiene dieciséis años. Tras la ventanilla del tren se despierta ante sus ojos asombrados un Madrid policromo y variopinto: el mozo de estación de grueso bigote y amplio guardapolvos, la cerillera repintada, el guardia civil con aires de grandeza, la sirvienta llena de encajes y el gomoso tras la jovencita que estrena pelo a lo garzón y locuras de los años veinte. Pedro Arrupe, con su maleta en la mano, llena sus pupilas de la belle époque, mientras se encamina a casa de su hermana Margarita, donde transcurriría su primer año de universitario en la capital. Años del mirador, de las muñecas desflecadas en el sofá, de la pianola y de los bailes en el Ritz, donde nadie se atreve con el tango porque ha sido prohibido por el Arzobispo de París... Cuando los destartalados Ford paseaban por las calles de Madrid como la quintaesencia de la elegancia, con la «carabina» en el asiento de atrás, también llamado el «ahíte-pudras», los bronquios protegidos por una bufanda. La ciudad aún no se ha repuesto del asesinato de Dato, en plena plaza de la Independencia y desde un sidecar. Empezaba a ser peligroso el oficio de Jefe de Gobierno: Prim, Cánovas, Canalejas, y ahora Dato. Las crisis de gobierno se suceden bajo la mirada lánguida de Alfonso XIII, mientras Benavente está a punto de conseguir un premio Nobel con Los intereses creados y Ramón y Cajal por sus descubrimientos científicos. Los madrileños se desternillan de risa con las ocurrencias de don Pedro Muñoz Seca o se encandilan líricamente escuchando las romanzas de Fleta. En Moguer, Juan Ramón Jiménez moja su pluma en una nostalgia de infinito:
Cielo, palabra del mar que vamos olvidando tras nosotros.
Está a punto de «estallar» la Dictadura. Las tensiones sociales, en sus formas más claramente manifiestas de lucha de clases y pistolerismo en Cataluña, y los problemas de la guerra colonial en África fueron los factores que, junto a la inviabilidad de un sistema político progresivamente cerrado, llevaron a los sectores sociales conservadores a buscar una salida política al margen de la Constitución de 1876. El detonante de la situación fue el problema colonial con el célebremente triste Desastre de Annual, que se cobró casi trece mil muertos. La idea del golpe de Estado flotaba en el ambiente y no la descartaba ni el propio Alfonso XIII. En la noche del 12 al 13 de septiembre de 1923, con la aquiescente pasividad del monarca, Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, segundo marqués de Estella, teniente general del ejército y capitán general de Cataluña, estrenaba dictadura. Aquel mismo año otro general, Francisco Franco) contraía matrimonio con una joven llamada Carmen Polo. En los Estados U nidos hubo relevo de presidente y en Rusia entra en vigor la primera constitución socialista. Más lejos aún, en la legendaria Tokio, una ciudad que por entonces sólo era un nombre para Pedro Arrupe, morían cien mil japoneses víctimas de un terrible terremoto. «Después de terminar el bachillerato en Bilbao –escribirá más tarde Pedro—, la primera vez que pisé las calles de la Corte experimenté la emoción nueva del que se ve lanzado de repente del seno del santo invernadero de una familia cristianamente austera, al vértigo sin freno de una vida juvenil y de gran urbe; pero, como también en los afectos entra la rutina, muy pronto dejé de sentir esa vibración. Perdió su vigor la Historia de los que ante mí vivieron, para dejar en primer plano mi historia, con una minúscula de intrascendencia, pero "de palpitación propia... Pedro Arrupe Gondra pasa muchas horas inclinado sobre sus libros. Aunque modestamente escribe: «Yo iba a la facultad de San Carlos para cursar medicina, y estudiaba lo suficiente para poder salir airosamente, pero sin que el esfuerzo fuese de los que matan, el hecho es que los datos demuestran que Pedro, como veremos, era un espléndido estudiante. Del vetusto edificio de San Carlos, en Atocha, se le ve salir sonriente entre el alboroto de los universitarios. Se dirige hacia la Gran Vía, mientras un cielo velazqueño atardece limpiamente entre los abovedados remates de los edificios dieciochescos. En una esquina le espera su amigo Enrique. Enrique, que estudia para ingeniero de minas, tiene un aire jovial y dicharachero. —¿Qué tal, Enrique? —¡Uff, tengo que contarte! ¡Menuda se ha armado con el de termodinámica! ¿Y tú? —Tengo atravesada la anatomía. El catedrático es un hueso de mucho cuidado. —¿Tú? Anda Perico, si eres un empollón insoportable... Ambos amigos suben la Gran Vía hasta la calle Pi y Margall nº 7, piso noveno, donde se encuentra la Residencia de Estudiantes Católicos, una versión confesional de «La Casa de la Troya... donde reinaba el jolgorio y al mismo tiempo un ambiente serio de trabajo. «En Navidades yo me trasladé a la residencia —recuerda Enrique Chacón, el gran amigo de Arrupe en aquella época—. Reinaba un ambiente estupendo. Un porcentaje grande de aquellos cuarenta muchachos, casi todos de Bilbao y algunos catalanes, iban a misa y comulgaban. Conseguimos echar al anterior director, que era un inepto, y que se pusiera al frente don Joaquín Espinosa. Del piso de arriba se encargó el famoso don Marcelino Oreja, diputado en Cortes, gerente de El Debate y que luego moriría asesinado en Mondragón en la revolución de octubre de 1934. Allí estaban con nosotros Corral, Luis Uribe, Artaza, una piña muy simpática de bilbaínos.» Durante aquellos años, Pedro regresa al País Vasco para pasar sus vacaciones. En uno de aquellos veraneos, recibe una agradable invitación. Un amigo jesuita, el colombiano Juan María Restrepo Jaramillo, que estudiaba teología en Valkemburg (Holanda) iba a ordenarse sacerdote. Juan María había conocido a Pedro en unas vacaciones en Bilbao, durante los años treinta, cuando éste estudiaba aún con los escolapios. Así que pidió a sus padres como regalo de ordenación que, en el viaje desde Colombia, cuando pasaran por España, invitaran a su amigo Perico para que asistiera a su ordenación y primera misa. La familia colombiana así lo hizo. Compraron un coche en España y llevaron a Pedro aquel verano de viaje por Europa. Pedro se sintió como uno más de la familia y cada noche recibía la bendición del matrimonio Restrepo Jaramillo, como era costumbre en Colombia. Es más, esta familia recuerda que en aquel viaje se apuntó un pequeño romance entre Pedro y una de las hermanas de Juan María, que años más tarde contraería matrimonio con un notable médico colombiano, el doctor Bernal Nichols, de cuya unión nacería Sergio Bernal Restrepo, que más tarde también entraría en la Compañía de Jesús.
El primer contacto con la injusticia
Enrique y Pedro, junto a otros compañeros, deciden, de nuevo en Madrid, hacerse socios de las Conferencias de San Vicente de Paúl. Con asiduidad, sin fallar ni un solo día, se adentran en el mundo desconocido de los suburbios de la ciudad y entran en contacto con la experiencia de la injusticia. «Aquello —escribe Arrupe—, lo confieso ingenuamente, fue un mundo nuevo para mí. Me encontré con el dolor terrible de la miseria y del abandono. Viudas cargadas de hijos, que pedían pan sin que nadie pudiera dárselo. Enfermos que mendigaban la caridad de una medicina... Y, sobre todo, niños, muchos niños, medio abandonados unos, maltratados otros, insuficientemente vestidos la mayor parte, y habitualmente hambrientos todos. —¿Qué estás merendando? —le pregunté un día a un rapacillo. —Nada —me contestó con aplomo mientras mordía con satisfacción un boniato. —Entonces, ¿qué estás haciendo? —le pregunté sonriendo. —Desayunar —me respondió con una seriedad que me heló la risa en los labios. —Pero ¡si son las cuatro de la tarde! —Ya lo sé, pero es la primera vez que como. Para usted sería la merienda, pero para mí es el desayuno —y en su voz vibró algo que no sé si era ingenuidad forzada o rencor contenido. —¿Os ha faltado hoy la comida? ¿No trabaja tu padre? —Nos ha faltado como siempre, pero no más, porque nunca comemos más que una vez y mi padre no trabaja porque no lo tengo. ¡Con qué frialdad hacía el análisis de su miseria y de sus hambres! Como un perro famélico, recorría las calles recogiendo pedazos de pan reseco y sucio y con ellos reforzaba el mísero jornal de su madre viuda y con varios hijos. Pero hubo otro caso que se me clavó mucho más adentro, porque reflejaba no un dolor aislado, sino una dosificación del mismo, concentrada hasta el extremo. Ocurrió en Vallecas. Iba con mi buen amigo Enrique y nos embargaba a ambos la emoción nerviosa de lo nuevo. Nos tocaba visitar a una familia desconocida, que por primera vez entraba en los fastos de nuestra vida. Y si es verdad que cuesta mucho mendigar cuando la necesidad obliga, también es duro dar cuando se teme herir con la limosna... Nos acercamos al lugar indicado, pero faltaba precisión a nuestro avance. Para salir de dudas, nos arrimamos. a una viejecita encorvada que trabajaba junto al portal de su casa. —Usted perdone —le dijimos—, pero ¿sabe dónde vive doña Luisa?... "y le dimos todos los datos que poco antes nos habían dado a nosotros. —Pues no faltaba más —nos respondió con satisfacción, y al hacerlo dejó silbar las palabras por el hueco vacío de un diente roto-o "La Luisa" vive en el portalón de ahí enfrente... El de la casa grande. Entren dentro y suban por la escalera de mano izquierda. Es el segundo piso, la habitación nº 10. —Muchas gracias, con sus indicaciones no me parece que tardaremos mucho en encontrarla. "Y ya nos retirábamos cuando nos obligó a quedamos, gracias a la facundia con que Dios la dotó. —Sí, "la Luisa" es muy buena. Y con ella vive "la Luciana", la otra viuda. -También a ella queremos verla. —¿Son ustedes de las Conferencias? Sí, no me lo digan, porque lo sé ya. Les he visto tantas veces que a la legua les reconocería. Jesús! ¡Qué guapos mozos están ustedes hechos! —y por sus dientes rotos salió explosivo su piropo octogenario. —Por Dios, señora, no es para tanto... "Y sin darle tiempo a continuar analizando nuestro físico, nos despedimos hacia el portal de "la Luisa" y "la Luciana", como así las llamaban. "Al entrar en aquel portal nos encontramos a un rapacillo que nos dio los últimos datos. Con desparpajo de barrio bajo, no exento de cierto respeto, nos dijo rápidamente: —Por ahí, señoritos. Arriba, nº 10. Pero cuidado con los escalones porque por el primer rellano hay unos agujeros que, si pisan en ellos, aterrizan abajo. —Gracias, chavea. Y esto para ti. Y le alargué un caramelo gigante, que tal vez había salido del mostrador de "La India", famosa pastelería de la que éramos asiduos parroquianos.
Empezamos a subir. Oscuras y sucias, daba asco arrimarse a las paredes. La pobreza y el abandono lo dominaban todo. En todo el recorrido no encontramos ni una sola nota de alegría. Al fin llegamos al nº 10. Una puerta baja como todas, y dentro un griterío ensordecedor en el que sobresalía de vez en cuando el timbre destemplado de una voz de mujer. —Perico, esto parece una grillera —me dijo Enrique escuchando un momento. —Mientras sea sólo eso, no va mal. Peor será que nos encontremos con una leonera llena de cachorros. Los gritos son de los que hacen época. Nos decidimos a llamar, y a la tercera vez alguien nos dijo: —¿Qué pasa? Nos miramos sin saber qué hacer, porque no nos habían invitado a entrar, y desde el pasillo no nos sentíamos con ganas de empezar a dar explicaciones a través de la puerta. —No contestes y vamos a llamar otra vez —me dijo Enrique. Lo hicimos así y nos gritaron desde dentro: —¡Vamos, hombre! Pero, ¿quién es? Nos decidimos a dar una explicación gráfica y para ello abrimos la puerta. Todas las miradas se volvieron hacia nosotros y un silencio profundo acogió nuestra entrada. Seis rapaces desmelenados y medio desnudos se dividieron en doble grupo de tres y se replegaron prudentemente hacia las faldas maternas. Las dos mujeres se pusieron de pie y se acercaron hacia nosotros. Al ver que no éramos de la vecindad, manifestaron una curiosidad evidente, y al enterarse de que éramos' 'de las Conferencias", una alegría justificada. Empezamos a hablar y el ambiente de desconfianza que había creado el silencio de la gente menuda fue desapareciendo cuando vieron que íbamos en son de paz. Unos buenos puñados de caramelos acabaron por disipar todos los recelos que nuestra presencia había levantado. El cuarto era espacioso, pero muy viejo y apenas amueblado. Una cama grande con una colcha pobre cubriendo el colchón, una mesa coja que se balanceaba en el centro, varias sillas con un número variable de patas y una estabilidad proporcionada al mismo, y un par de alacenas pobladas de los elementos más heterogéneos. Nuestras miradas quisieron ser prudentes, pero no supieron cumplir su intento. Por eso, "la Luisa" nos dijo con un gracejo que resultaba heroico en medio de aquella pobreza: —¿Qué les parece nuestro "palacio"? —El cuarto es grande —contestó no sé quién de los dos—. No está mal, depende de cómo sea lo demás de la casa. —¿De qué casa? —preguntó tranquilamente "la Luciana". —De ésta, de la de ustedes —aclaramos en seguida— Si las otras habitaciones son iguales... no está mal del todo. —Son tan iguales —volvió a intervenir' 'la Luisa"que son esta misma. Porque aquí, donde ustedes nos ven, comemos y dormimos, y juegan los rapaces, y trabajamos nosotras y nos rompen la cabeza con sus gritos los días de lluvia que no pueden salir. Ya habrán oído el griterío conforme se iban acercando. —¿Los ocho viven aquí? —preguntamos, sin haber querido preguntar-o ¿Y dónde duermen? —¿Dónde vamos a dormir?, en la cama. —¿Los ocho? —Sí, los ocho. Nos quedamos en silencio. Aquello parecía un imposible tan claro, que la duda se reflejó en nuestras miradas. Para sacamos de ella, dijo amablemente una de las mujeres: —Pronto se ve eso. ¡A ver! Todos a la cama y cada cual a su sitio. Que vean estos señores cómo dormís. Y como una bandada de pájaros salieron corriendo los seis chavales camino de su nido. Un momento después estaban tendidos sobre la colcha raída y de un rosa desvaído que daba angustia con unos manchones negros que le daban vida. Se habían echado tres con la nuca en la cabecera de la cama, y los otros tres en los pies de la misma. Entre los dos grupos quedaban dos huecos que eran para las madres que habían de dormir completando la formación de sus respectivos hijos. —¿Qué les parece? Medio equipo de fútbol metido en una estera. Y allí duermen toda la noche sin rebullir y sin despertarse nunca. Nosotras somos las que no podemos hacerla bien porque los críos pesan poco y se nos caen encima del hueco que nuestros cuerpos forman. Mucho molestan, pero como son hijos —terminó con cariño—, todo se les perdona. Antes de que nosotros nos animásemos a decir nada interesante, intervino la otra mujer. —Y eso de la cama es lo de menos, porque los chicos al fin y al cabo duermen. Lo peor es lo de la comida. Figúrense ustedes que no tienen las pobres criaturas más que lo que nosotras les podemos dar sin viudedades, sin pensiones y sin más entradas que las de nuestro trabajo. Y como siempre tiene que quedarse alguna de las dos aquí para atender a los críos y a la casa... —¿Qué comen los chicos? —pregunté con un soplo de voz y unos remordimientos que, sin cesar, me arrastraban hacia los pasteles tantas veces devorados en "La India". —Pues casi nada. Por la mañana y a la noche una sopa de ajos, con algo de pan si se encuentra. Y al mediodía un plato de alubias o de garbanzos con otro poco de pan. —Y ¿salen a la calle así, como están ahora? —¡Claro que sí! ¿Cómo les vamos a comprar abrigos o jerséis? Cuando hiela mucho, procuramos que se estén todo el día en la cama tapados con la única manta que tenemos, pero es difícil. Ya saben ustedes lo que son los chicos. Seguimos hablando de cosas sin importancia y les dimos nuestra limosna) repartimos más caramelos entre. La gente menuda que nos vitoreaba, y salimos procurando no caemos al piso de abajo por los escalones rotos junto al descansillo. Salimos a la calle y avanzamos un buen trecho sin hablar ninguno de los dos. Yo iba muy impresionado al haber visto tanta miseria, pero me parece que mi amigo Enrique iba todavía más. Al fin le pregunté lentamente. —Enrique, ¿sabes lo que estoy pensando? —¿Qué? —Que nos vamos a quedar sin una cosa. —¿Qué cosa? —Dulce con chantilly y emplazamiento oriental. —¿"La India"? —La misma. ¿Con qué cara nos gastamos todo el dinero en pasteles? Habrá que hacer un reajuste en el presupuesto. ¿No te parece? —De acuerdo. ¿Empezamos hoy? —Como quieras.» Y Enrique Chacón y Pedro Arrupe apretaban el paso al pasar frente al escaparate de la pastelería «La India», donde la crema chantilly gritaba «cómeme" apetitosamente. Era la primera evidencia de que el mundo está mal repartido, el primer contacto con una injusticia, que entonces comenzaba a provocar' los primeros brotes revolucionarios y los primeros compromisos cristianos. Entre ellos, el de un hombre de apariencia insignificante que se perdía en el barrio de la Ventilla o Entrevías, un jesuita llamado José María Rubio, ya famoso en aquellos años por su santidad en Madrid.
Matrícula en medicina
En el piso noveno de Pi y Margall nº 7 reina la agitación. De aquí para allá, con los apuntes en la mano y repitiendo en voz alta, se ve a un estudiante recorrerse mil veces, de arriba abajo, el pasillo. Otro aparece, como alma en pena y «demudada la color» por no haber pegado ojo en toda la noche. Es tiempo de exámenes. En Madrid el clima se ha hecho ya caluroso y se ve a las muchachas en flor coquetear en el Retiro o Rosales, con fondo lejano de algún cuplé picante, cantado por una ama de cría, y el suave runruneo de los barquilleros... «¡Hay agua, azucarillos y aguardiente!» Las tardes se han hecho largas y melancólicas, y el chocolate caliente ha dejado su paso a la dulce frescura de la horchata. —¿Adónde vas? —A estudiar. —¿Dónde? —Al cuarto de Arrupe. —¿Por qué? —Porque allí se aprovecha el tiempo. En efecto, los compañeros se disputan la compañía de Pedro, aunque cursaran otra carrera o tuvieran que estudiar diferente asignatura. Su cercanía ayuda a estudiar. Enrique las pasaba mal. Poseía un talento matemático. Pero para estudiar minas tenía que aprenderse de memoria los nombres latinos de todos los fósiles. Sus notas bajaban, y un día le dijo a Pedro: —Perico, mi padre me va a matar. —No, Enrique, verás, eso tiene arreglo: vente a mi cuarto a estudiar. Al poco tiempo, Enrique vio a Pedro por un pasillo y se abalanzó sobre él, agarrándolo por la gargarita: —¡Me has salvado, Perico! ¡He alcanzado el 19,5! Otro de los problemas de Enrique es que se le pegaban las sábanas por la mañana. Pedro iba a despertarle y le amenazaba con echarle un jarro de agua por la cabeza. Y los resultados hablan por sí mismos. El expediente de tres cursos del estudiante de medicina Pedro Arrupe, manoseado y amarillento por el tiempo, no puede ser más brillante: de dieciocho asignaturas cursadas, dieciséis obtuvieron la calificación de sobresaliente, quince de ellas con matrícula de honor. Y así van transcurriendo sus años de universidad, entre el aula, las horas de estudio y la asiduidad al suburbio. Pedro oye misa y comulga diariamente. Pero es un tipo muy normal y tiene un carácter jovial y alegre. Su amigo Enrique ya se ha echado novia y está a punto de terminar su carrera de ingeniero. Cuando pueden se escapan al teatro, al concierto o a la ópera. —Perico, hoy canta Fleta El barbero de Sevilla. No hay que perdérselo. ¿Te apuntas a la «claque»? ..Me gustaba mucho el teatro, la música, la ópera. ¡Ah, la ópera!... Hacíamos la "claque", e íbamos a comprar los billetes a un bar donde las sillas eran de metal y los cubiertos estaban atados a las mesas por cadenas... Éramos jóvenes. Por aquella época debutaba Miguel Fleta. Había sido vendedor de legumbres, que repartía con un burrito por las calles de Zaragoza. Como cantante de ópera, tenía una voz poderosa, terrible, todavía entonces no muy educada. En Madrid tenía un gran éxito y era interrumpido con frecuencia por sus admiradores. De rodillas pedía al público que le dejara continuar... y entonces nosotros le aplaudíamos aún más... Me gustaba Aida, Lohengrin, Thais, El barbero de Sevilla y zarzuelas, como la Teresita, un éxito de entonces.» A veces, en el séptimo piso hay dificultades. Entre bromas, los estudiantes deciden hacerse independientes. ..Era cuestión de supervivencia alimenticia —recuerda Arrupe—. Tras la verificación de las cuentas de la casa, decidimos cocinar nosotros mismos. Entonces éramos veinticinco... Afortunadamente, la madre de un compañero venía a echarnos una mano. ¡Pero qué follones y discusiones entre nosotros!... Verdaderamente fue un período muy simpático.» No faltan tampoco las anécdotas y bromas típicas de estudiantes. Por ejemplo, Pedro y sus amigos ataron una de las calaveras que tenían para estudiar anatomía a una cuerda y un palo. Y se dedicaban a asustar a los vecinos de abajo, descolgando el macabro resto humano por la ventana. Hasta que un día el vecino propinó tal estacazo a la calavera con el palo de una escoba que la hizo cisco. En otra ocasión paseaba Pedro con un compañero de facultad por las calles de Madrid. Delante de ellos renqueaba un señor, abierto de piernas. Ambos estudiantes intentaron diagnosticar la enfermedad. Tras una inútil discusión, decidieron interrogar directamente al enfermo. Éste se volvió no sin cierto mosqueo y respondió: —¿Tener, tener? Lo que me pasa es que me lo he hecho en los pantalones. Pero, en medio de aquella vida universitaria, Pedro se interroga: ¿Qué hago yo aquí? "Entonces empecé a preguntarme cada vez con más frecuencia: ¿Para qué he venido yo al mundo? ¿Para vivir unos cuantos años de estéril anonimato y enfrentarme con la otra vida sin haber hecho nada que merezca la pena? Toda la culpa de estos interrogantes que me asediaban la echaba yo, en mi ignorancia de entonces, a aquellos seis golfillos de Vallecas. Si no me hubiera impresionado tanto su pobreza, me repetía siempre, seguiría avanzando feliz en mi carrera universitaria... Más tarde vi que aquellos pobres golfillos de vida dura, llena de cicatrices, no habían hecho más que descorrer ante mis ojos el velo de la ignorancia. Me hicieron pensar. Despertaron ese anhelo de aspiraciones grandes que hasta entonces había arrastrado perdido en la corriente de mi inconsciencia, y me dieron la primera alerta en el camino descuidado de mi vulgaridad. Fue un beneficio inmenso de Dios. Ni el estudio ni las diversiones pudieron nunca borrar el indeleble trazo afectivo que aquella visita a Vallecas había dejado vigorosamente estampado en mi alma. Estuve a punto de cruzar mi juventud sin saber remontarme a lo alto. Sólo porque Él quiso, pude detener mi marcha para orientarla en una nueva dirección.» En la calle, Madrid se divertía haciendo cola ante los numerosos estrenos teatrales, participando en el ruidoso carnaval del Paseo de la Castellana o luciendo sus habilidades, con sus vestidos de cintura baja, en la pista de patinaje del Retiro: Si te vas al Retiro a divertir, cuidadito con ir a patinar, porque me han dicho a mí que allí se acaban muchos por casar... Cuando Pedro regresaba al centro de Madrid, con sus libros bajo el brazo y contemplaba aquel bullanguero espectáculo de los años veinte, su imaginación volvía una y otra vez a las tristes casuchas de Vallecas, la otra cara, la cara dolorida de un mundo injusto.
CAPÍTULO 3: DE MÉDICO A JESUITA
El bedel de la facultad miró su reloj de bolsillo por encima de las lentes. "Eran las doce del mediodía. Luego, se incorporó y saludó al profesor, doctor Juan Negrín, catedrático de fisiología. Con su cara ancha, sus gafas redondas y el aire de intelectual reconcentrado, nadie diría que aquel profesor socialista, seguidor del partido que había fundado el impresor Pablo Iglesias, entraría a fondo en política y que llegaría a ser Presidente de la República en 1936. El catedrático se dirigió al aula en que aquella mañana le correspondía dar clase. Un revoloteo de libros y cuadernos, entre risas y voces juveniles, se fue amortiguando con la llegada del profesor. Negrín, antes de acercarse al encerado e iniciar su explicación, miró a los alumnos deteniéndose en una mesa vacía. —y Pedro Arrupe, ¿dónde está? La pregunta del profesor que, junto a otros profesores conocidos por su agnosticismo, tenía mucho influjo en la Universidad Central, como los doctores Hernando y Medinabeitia, sembró la extrañeza y algunos cuchicheos en el alumnado. No era normal que un catedrático, y menos Negrín, se fijara en la ausencia de un alumno. —Ya hace varios días que no veo a Arrupe. ¿Es que ese muchacho va a abandonar los estudios? Sería la mayor equivocación de su vida. —Está en Bilbao —comentó uno de Sus compañeros más allegados, entre los que se encontraban Valentín Matilla, Enrique Poyuelo y el que con el tiempo llegaría a ser nada menos que premio Nobel de medicina, Severo Ochoa.
Todo oscuroEfectivamente, Pedro estaba en Bilbao. Miraba a través de las lágrimas una escena desoladora: sus hermanas, alrededor del lecho de don Marcelino, que se ahogaba debatiéndose entre la vida y la muerte. Por un momento, Pedro se asomó a la ventana. Como otros años, Bilbao preparaba la procesión del Sagrado Corazón. Justo enfrente de su casa se estaba montando un altar y una alfombra de flores. Se vio de niño con su cirio en la mano, siguiendo a su enorme padre por las calles de Bilbao, sin faltar un año. Las lágrimas volvieron a sus ojos. «Me asomé un momento a la ventana (escribiría Pedro) y vi al padre Basterra que penetraba en nuestro portal. Bajé precipitadamente a su encuentro. —¿Cómo está don Marcelino? —me preguntó. —¡Mal! Ha perdido ya el conocimiento. —¡Pobre, Perico! ¡Cómo te prueba el Señor!... Pero mira —dijo señalándome la estatua del Corazón de Jesús, que en aquel momento colocaban en el altar de la calle—, ahí tienes a tu verdadero padre, que murió por ti, pero vive siempre a tu lado... Jesús fue desde entonces mi verdadero padre. Pero Pedro estaba desolado, con la mirada perdida, y saboreó el sin sentido de la muerte, cuando don Marcelino dio su último suspiro. A los diecinueve años, con toda la vida por delante, se había quedado solo. Margarita, Catalina, María e Isabel le miraban sollozando y se abrazaban a él, como la única esperanza, la única ilusión y soporte de la familia. Entonces sintió cómo se le nublaba la vista y ya no veía nada: San Carlos, los libros, la fisiología, las correrías con Enrique por los suburbios de Madrid. . Sólo sentía dentro de sí un vacío al recorrer aquella casa, donde los muebles, los pasillos, el reloj de pared, las fotos silenciosas parecían temblar con sonrisas viejas que nunca volverían a la vida. Vio a su madre, como antaño, trajinando en la cocina. Y a don Marcelino volver del trabajo con La Gaceta en la mano, preguntando: «¿Qué hay, Peru, cómo ha ido hoy el colegio?»El mundo era como un inmenso agujero oscuro, tras el que sólo se presiente una titilante luz... «Aquel estado psicológico de resaca interior, que ninguno de mis compañeros conocía ni sospechaba en mí, sólo tuvo un momento de embotamiento. Un día triste, que recordaré siempre con el dolor hondo de la pena más grande, mi padre nos dejó para volar a Dios. Fueron unos momentos de sollozante angustia, mitigada tan sólo por la caricia dulce de la fe. Solamente entonces, cuando el dolor cayó sobre mí con todo el peso de aquel desgarramiento, se me olvidó el interrogante que desde hacía tiempo me acosaba. ¿Qué me importa, pensaba, venir al mundo para una cosa u otra? ¿Qué me importa lo que he de hacer en él? Sin embargo, cuando pasados los primeros meses la vida siguió su curso normal, me di cuenta de que despacio, muy despacio, iba volviendo de nuevo a mirar la vida como antes. Dudas, alegrías y preocupaciones, todo el caudal íntimo de mi juventud volvía a vibrar con los ecos de una voz amiga que, en mis días de luto, creí haber olvidado para siempre. Pasados los primeros días de luto, decidimos marcharnos todos a algún lugar tranquilo en el que poder pasar, sin molestias, aquel primer verano en que no había de acompañarnos nuestro padre. Después de una madura deliberación habíamos optado por ir a Lourdes durante un mes, con lo que descartábamos la parte más animada en las tierras norteñas del Cantábrico. Un día de julio, tristemente envueltos en las brumas de aquel mar que era tan nuestro, cogimos el tren para cruzar la frontera de Irún. Estaba dando un nuevo paso hacia lo desconocido.»
Milagro por dentro
Gimoteaba el tren al adentrarse por los valles verdes de Lourdes. Por la ventanilla, junto con el vapor blanco del ferrocarril, entraba un frescor limpio de montaña. A lo lejos se divisaban las primeras torres. Pedro sintió un estremecimiento, y, sonriendo, exclamó mirando a sus hermanas: —¡Lourdes! Sintió dentro una vaga ilusión, como un presentimiento. «Llegué a Lourdes con mucha curiosidad. No sabía lo que iba a encontrar allí, y precisamente esa ignorancia era la que me hacía mirar aquel mes que me esperaba con cierta ilusión pero con un "como presentimiento" que yo mismo no podía definir... Pedro y sus hermanas se abren paso entre camilleros, boy scouts, religiosos y peregrinos, que inundan la estación. En una primera impresión, mientras atraviesa las calles del pueblo, flanqueadas de hoteles y comercios, Pedro mira hacia todos lados y no sabe a qué atenerse: ¿Qué es aquello, un centro de peregrinaciones o un negocio? Mecheros, navajas, camisetas... todo se vende y se compra con el nombre de Lourdes. Hasta el agua milagrosa. Pero cuando a lo lejos descubre las torres de Lourdes y se adentra en la explanada, siente algo muy especial: «Si María no hubiera venido a Lourdes, no sería más que un pueblo más, perdido en el anonimato y en el quietismo retirado del Pirineo." Frente al templo, mansamente, con un suave rumor, corre el río Gave, sin pretensiones, recordando que allí todo fue primero pequeño y silencioso... Poco más allá, la cueva, como acurrucada en la montaña, conserva por encima de mercachifles y turismo religioso un silencio en el que todo se olvida y hasta se escucha el rumor del agua. «Una de las primeras cosas que conseguí –cuenta Pedro—, .a pesar de no tener terminada mi carrera de médico, fue que me otorgasen un carné especial para poder estudiar de cerca a los enfermos que, por medio de la Virgen, buscaban su curación, o a los que, después de sanar menos repentinamente, testimoniaban con su salud que habían recibido la gracia del milagro. Me alegré de poder asistir de cerca en el Bureau de constatation a la comprobación de los milagros, si los hubiese. Había oído tantas veces a algunos de mis profesores de San Carlos despotricar contra las "supercherías" de Lourdes...» Y Pedro tiene la fortuna de ser testigo de excepción de tres supuestos milagros en aquel mes de julio de 1927. Oigámosle narrar a él mismo: «El primer caso extraordinario fue el de una religiosa, joven todavía, que se encontraba en un estado sin solución humana. Presa del mal de Pott, tenía tuberculosis en la espina dorsal, con un par de vértebras comidas ya por el pus. Hacía ya tiempo que un chaleco de yeso le aprisionaba medio cuerpo, al mismo tiempo que una parálisis la inmovilizaba casi por completo. Con qué resignación llevaba sus sufrimientos. Ni una queja, ni una palabra violenta para los que le hacían sufrir involuntariamente con sus atenciones médicas. Para todos una sonrisa, un gesto cariñoso con los ojos y unas palabras difícilmente resbaladas por entre los labios sin movimiento. "Un día tuvo la dicha de que la llevasen a la gran explanada que se abre ante la Basílica para recibir en ella la bendición... Se abrieron las puertas del templo y la procesión se dirigió hacia la explanada. El rosario se dejó oír en un murmullo... Y en medio de un himno de avemarías pronunciadas en incontables lenguas, los gritos de los enfermos repitiendo la misma frase: "Nuestra Señora de Lourdes, ten piedad de nosotros"... "EI Santísimo iba avanzando muy despacio... Un obispo iba bendiciendo con la custodia que se recortaba en el reflejo del sol de agosto, como una cruz. "En un momento solemne, en que la procesión continuaba su lento y doliente paso, se encontraron frente a frente, Jesucristo, el mismo de la eucaristía y Jerusalén, y la monja paralítica... Yo no sé cómo se miraron, pero hubo entre ellos un contacto de amor... Fue algo instantáneo. Dando un grito, se puso en pie sobre su camilla, extendió sus brazos hacia la Eucaristía y cayó rodando de rodillas. —¡Estoy curada! —pudo decir tan sólo. Y como un amplificador inmenso que recogiese su voz, el pueblo entero repitió: —Le miracle! Días más tarde tuve ocasión de contemplar a otra enferma curada milagrosamente. Había nacido en Bruselas. Llegó a los setenta y cinco años en un estado de salud que prometía un pronto desenlace. Con un cáncer terrible en el estómago, los médicos le hicieron la laparotomía explorada, en un último esfuerzo para salvada, pero tuvieron que reconocer la imposibilidad de logrado. Para preparada a bien morir, le indicaron la gravedad de su mal... Era tan poco lo que, a juicio de todos los facultativos, le quedaba, que retrasar esas medidas esenciales hubiera constituido un crimen. —¿No hay remedio? —preguntó la enferma con voz desfallecida. —Desgraciadamente, no. Solamente un milagro puede salvada. Se quedó un momento silenciosa. Se reconcentró en sí misma y con una fe y una naturalidad que dejó a todos admirados, insinuó suavemente: —¿Y por qué no nos ponemos en condiciones de que se haga un milagro? Sus palabras fueron acogidas con un silencio de incertidumbre y de temor. ¿Se habría vuelto loca por el miedo a la muerte que la acechaba? —Si voy a Lourdes, puedo curarme —continuó para ser más explícita. Los médicos se miraron y en un gesto unánime dieron la respuesta de su consulta muda. —Imposible, señora. Ir a Lourdes en sus condiciones es apresurar la muerte de una manera cierta. Dada su debilidad y su estado general, es imposible que pueda hacer un viaje que le exige atravesar toda Francia. Con todo, a pesar de la oposición formal de los facultativos, la anciana no se dejó convencer. —y ¿qué más me da morirme en el camino dentro de una semana que aquí dentro de un mes? Prefiero exponerme a perder una quincena ante la posibilidad de ganar varios años. Porque estoy segura de que la Virgen puede curarme si es que me conviene. Al día siguiente se puso en marcha. La trasladaron con todo cuidado y llegó a Lourdes, exhausta, pero viva. En la primera procesión que se celebró después de su llegada, la colocaron con los demás enfermos para recibir la mirada del Señor. En medio de un silencio roto de plegarias, pasó ante ella Cristo..., sin hacer el milagro. Sin embargo, aquella mujer era como la cananea o el centurión del Evangelio, creyente con esa fe que mueve los montes y arranca de Dios cuanto desea. Con una seguridad absoluta de que sería curada, se la llevaron a bañarse a la piscina de agua milagrosa. Cuando salió, tampoco experimentó el menor cambio inmediato, pero, al llegar al hospital en que se encontraba, sintió hambre. Comió, y no experimentó la menor molestia. Horas después volvió a sentir un apetito inexplicable en su estado de gravedad, y volvió a comer, cada vez cosas más sólidas, sin dificultad ninguna en la digestión y asimilándolo todo perfectamente. A los tres días se paseaba por Lourdes, con una salud perfecta, y con un milagro reconocido por los peritos como indudable. Explorada con los rayos X, en su estómago no había el menor rastro del cáncer que la había aquejado, y su organismo se hallaba repuesto sin la menor señal de su enfermedad anterior. Su fe ciega había sido correspondida. El tercer milagro que vi quiero anotado también porque está revestido de algunos detalles de especial curiosidad. Hubo una concentración de peregrinaciones, con grupos gigantescos de innumerables pueblos, se formó un bloque inmenso de unos doce mil creyentes, que se concentraron en la gran explanada para una apoteósica manifestación de fe. Aunque en los días que llevábamos allí habíamos asistido a muchas procesiones, el número desusado de aquella ocasión nos atrajo irresistible mente hacia la Basílica. "En el camino nos íbamos tropezando con peregrinos y enfermos que acudían ilusionados a ocupar cada uno su lugar correspondiente. Al cruzar la calle, recuerdo que me dijo una de mis hermanas: —Mira cómo va ese pobre chico en su carricoche. »Seguí la indicación que me hacía y vi, en efecto, a un muchacho de unos veinte años, con ese desgarbado ostracismo de los que padecen parálisis infantil, conducido por una enfermera uniformada. Su aspecto era realmente impresionante por lo derrotado que parecía. Junto a él iba una mujer enlutada, probablemente su madre, con rostro ajado, más por los sufrimientos que por la edad. ¡Dios sabe desde cuándo y con qué fe estaría pidiendo el milagro! La riada, cada vez más compacta, conforme la multitud iba confluyendo en las proximidades de la explanada, se interpuso entre el enfermo y nosotros, separándonos de momento. Durante la procesión, la Eucaristía pasó bendiciendo junto a aquel muchacho, y en el momento de terminar el sacerdote su cruz ritual, se levantó del carricoche dando un grito emocionado, que halló un eco instantáneo en el tradicional ''Le miracle, le miracle!” Inmediatamente, antes de que la multitud entusiasmada pudiera acercarse, los camilleros formaron ante él una doble barrera humana con sus breteles. Conseguir que no le aplastaran en la violenta emoción que conmocionó a las masas fue un segundo milagro que le salvó la vida. Porque todos querían tocarle y preguntarle mil cosas... Gracias a mi carné de médico tuve ocasión de contemplarle de cerca cuando le estaban haciendo el reconocimiento oficial para atestiguar la realidad del milagro. Era un caso evidente que no admitía la menor sombra de duda ni el menor asomo de discusión.» Hasta aquí sus apuntes. La experiencia no era la de cualquier cristiano en busca de prodigios. Pedro era un avanzado estudiante de medicina con brillantes notas, cuyas lecturas y aficiones, más que centrarse en la literatura, se dirigían sobre todo a los temas científicos: «Me inclinaba a la lectura de obras científicas sobre física, química, medicina, psicología; especialmente cuanto se refería a la nueva química en función de la terapéutica (de ahí mi premio extraordinario .» Pedro no olvidaría aquella experiencia. Junto al silencio sobrecogedor de la gruta y el suave murmullo del Gave, Dios le había hablado sobrecogedoramente. Aquel verano del 26 se quedaría grabado en su imaginación y en su alma: El contraste era fuerte. Junto al ambiente de la Universidad Central de Madrid, donde los profesores presumían de empirismo y hacían alardes de irreligiosidad en nombre de la ciencia, el Dios de los pequeños, el Jesús amigo de los pobres y marginados, el mismo que le habló a través de los desarrapados de Vallecas, reaparecía curando, a unos enfermos incurables, por su fe. Era como si el propio Jesús pasase. Cuando Pedro volvió a coger el tren que le devolvía a Bilbao, sus hermanas le vieron con la mirada perdida en los campos que iba dejando tras de sí la ventanilla. Eran sus primeras meditaciones. Algo de su corazón se había quedado en aquel temblor misterioso de un aire distinto, el aire de Lourdes. «Sentí a Dios tan cerca en sus milagros que me arrastró violentamente tras de sí. Y lo vi tan cerca de los que sufren, de los que lloran, de los que naufragan en esta vida de desamparo, que se encendió en mí el deseo ardiente de imitarle en esta voluntaria proximidad a los desechos del mundo, que la sociedad desprecia porque ni siquiera sospecha que hay un alma vibrando bajo tanto dolor. Mis inquietudes de antaño, aquellas que nacieron cuando los golfillos de Vallecas me dijeron con su miseria que había en el mundo muchas tristezas que consolar, encontraron el cauce de una vocación mucho más sublime que la hasta entonces soñada.»
La decisión
Tras aquellas vacaciones, Madrid parecía distinto. Pedro volvía a la gran ciudad con una nueva sensación de orfandad. Ya no le quedaban raíces tras la muerte de su padre; y, al mismo tiempo, estaba con las pupilas llenas de aquellos seres humanos que habían reencontrado la vida en Lourdes. Por las calles de Madrid todo parecía igual: el portero barría la acera regularmente, la vecina del quinto salía a la compra y el parroquiano de grueso bigote leía el periódico en la misma mesa del bar, mientras se tomaba un café. Pero Pedro no era el mismo. Dentro de él lentamente estaba comenzando a fraguarse una decisión. Enrique lo notó enseguida. —¿Qué te pasa, Perico? —Ya sabes, cosas mías. Te conté lo de Lourdes. Estoy pensando qué hacer con mi vida. Y tú, ¿cuándo te casas? Ya te queda poco para terminar... —No sé, pronto. La decisión fue tomando cuerpo en el interior de Pedro y con el tiempo algunos compañeros se enteraron de que pensaba hacerse jesuita, lo que se corrió también por la facultad de San Carlos. Se comentó al respecto que aquel año Pedro Arrupe se quedaría sin el premio de quinientas pesetas —importante cantidad para la época— que le correspondía como mejor estudiante de medicina. Al convertirse en novicio no caería demasiado bien en el ambiente anticlerical de la Universidad. Don Marcelino Oreja se enteró y un día comentó indignado en la residencia de estudiantes: —Nos costará dos mil pesetas, si hace falta. Pero a Arrupe le darán las quinientas. Aquella Navidad Pedro viajó a Bilbao decidido a hacerse jesuita. «Mi decisión —comentaría con los años— se fue fraguando de una manera que hoy resulta imposible precisar con exactitud. Fue lenta, fue fruto maduro de una evolución que iba madurando impresiones pasadas. Por eso no puedo señalar el último instante que viví sin vocación y el primero que sentí tenerla. Lo más que puedo perfilar, en deseo de exactitudes, es que durante una "época" determinada no la tuve, y que al llegar a otra, amplia y sin límites fijos, experimenté la certeza absoluta de tenerla. ..Cuando volví a Madrid, los libros se caían de mis manos: aquellas clases, aquellas experiencias que me entusiasmaban antes, me parecían tan vacías... Mis compañeros me preguntaban: "¿Qué te pasa este año? Estás como ido..." Sí, yo estaba como "ido" con un recuerdo fijo en el pensamiento que me desconcertaba cada día más: aquella imagen de la custodia bendiciendo y la del muchacho lanzándose desde su silla de ruedas permanecían en mi memoria y en mi corazón." No olvidaría aquellas palabras del padre Laburu, el famoso predicador: —Perico: ya hace mucho que deberías estar en la Compañía. Antes de llegar a Bilbao, Pedro se detuvo en Loyola para gestionar su ingreso. No encontró especial dificultad y cuando llegó a la ciudad, ya tenía hecha la solicitud y había conversado con los examinadores de la orden ignaciana. Podía, pues, ingresar en los próximos días. Maleta en mano, Pedro se dirigió a casa de sus hermanas. Sabía que era libre. Al haber muerto sus padres no necesitaba pedir a nadie su consentimiento para entrar en el noviciado. Pero, ¿qué hacer? ¿cómo decírselo a sus hermanas? Él era el único hombre de la casa. «No diré nada para no estropearles las Navidades —se dijo-o Solamente en cuanto tenga el equipaje preparado y cuando ellas se crean que me vuelvo a Madrid, les contaré todo.» Por aquellos días, en Vitoria, Enrique Chacón recibía la siguiente carta firmada por Pedro Arrupe de su puño y letra: «Bilbao, 29 de diciembre Oh mío caro Enrique: Con gran sorpresa recibí tu .carta, ya que tienes en mi concepto muy bien ganada una reputación un tantico dudosa en cuanto a correspondencia; así que procuro a vuelta de correo contestarte y desearte tanto a ti como a tu familia unas felices Pascuas así como una más feliz aún entrada y salida de año. Veo que estás con una cierta curiosidad para saber qué 'ha sido de mis resoluciones de que con-tanta seriedad te había hablado en los últimos días de nuestra estancia en Madrid. Voy a procurar calmártela, diciéndote que, siguiendo en ellas, estoy ya admitido en la Compañía de Jesús y que, D.M., hacia el 10 de enero ingresaré en el noviciado de la misma. Todavía aquí no lo saben más que los padres que me han dirigido y Tomás. Así que, como ves, es todavía un riguroso secreto que, si a ti te lo he confiado, es por la confianza que tu manera de ser ha sabido inspirarme. Así que en ésta como en las demás ocasiones espero que no me he de llevar un petardo. Comprenderás perfectamente el porqué de este secreto, pues fácilmente caerás en la cuenta de lo extraordinariamente molestos que tienen que ser las preguntas y comentarios: Me han dicho que te vas de jesuita. ¿Y cuándo? Pero, hombre, qué ocurrencia, etc.. Puesto que has matriculado tu coche, espero verte en Bilbao sin perjuicio de que yo vaya a Vitoria antes o después. Tú no dejes de avisarme hacia cuándo esperas venir para que combinemos el plan. A Lolita la veo casi todos los días y ni qué decir tiene que me acuerdo de ti y DE LO DICHOSO QUE SERÍAS VIÉNDOLA EN CARNE Y HUESO, cuando tan emocionado te ponías cuando la veías en foto. Tengo un magnífico "informe" que espero que te agrade mucho. Pero yo, en mi concepto, que te decía, en cuanto a lo físico no ha cambiado un ápice. ¿Qué se ha hecho del resto de los vitorianos? ¿Qué tal le han sentado a Buesa los Ejercicios? ¿Y los granos de Garay? ¿Y Lucio? Contéstame pronto pues tengo ganas de saber noticias de los residentes y quisiera cuando vaya a ésa, si es que voy, estuviesen todos. Como espero verte pronto, termino deseándote a ti y a toda tu familia un próspero año nuevo. Tu amigo, Pedro de Arrupe.»
Pedro cumplió su propósito. Aquella Navidad estuvo tan sonriente y simpático como siempre, intentando hacer olvidar a sus hermanas la ausencia de su padre. Hasta que soltó el mazazo. Eran sobre las diez de la noche de un día inolvidable del mes de enero de 1927. —He pensado ir a Loyola. —¡Qué ocurrencia, Peru! Ahora que estamos de luto irte de viaje. —Será un viaje especial —replicó Pedro-; un viaje sin vuelta. Sus hermanas quedaron petrificadas. —Pero, Peru, ¿y tu carrera? —No puedo remediarlo, es algo superior a mí. Las mujeres lloraron desconsoladamente. Después, mirándole a los ojos, una de ellas exclamó: —Vete, Pedro, si lo ves claro. Sin duda ha sido una gracia obtenida por la muerte de papá. Ninguno de los cinco hermanos durmió aquella noche. «Fueron momentos muy duros —escribe Arrupe—. Mucho lloraron, porque la separación era muy dura. Pero no tengo que reprocharles ni el menor esfuerzo por retenerme en contra de una voluntad que era claramente de Dios. Sacrificio y generosidad que nunca agradeceré bastante. No creo que mi dolor fuera menor que el de ellas. Con una entereza que Dios quiso darme en aquel momento, pero que apenas podía yo reconocer como mía, les di el último abrazo, intentando sonreír para no aumentar su angustia con la que yo sentía.» De la normalidad de Arrupe es un índice el que nadie esperara que se fuera a «meter cura». Incluso la víspera de su partida se fue al cine a ver una película, como si tal cosa.
Camino de Loyola
El húmedo verdor del paisaje vasco, que se iba haciendo más umbrío e intenso al hundirse en el valle de Azpeitia, se le metió en los ojos. El autobús renqueaba en las curvas y a veces tenía que pararse para dar paso a otros vehículos que cruzaban en dirección contraria por las estrechas carreteras. Una señora con gallinas, un par de arrieros, un tipo con cara de representante, iban bajándose en las diversas paradas. El mundo se había convertido para Pedro en una única ilusión: entrar cuanto antes en la Compañía. Al poco rato, comentó a su cuñado Sautu, que le acompañaba: —Mira, ya estamos en Lóyola. Con un fondo de montañas onduladas, la basílica de Loyola se recortaba en medio del valle recostado en una variada gama de verdes. Un paisaje, salpicado de caseríos, arboledas y conventos. Pedro pensó enseguida en aquel otro vasco que habitó aquellas tierras: Íñigo de Loyola. E imaginó aquella visión sin cúpulas ni torres, con la casa solariega desnuda, desde una de cuyas ventanas Íñigo miraba las estrellas saboreando las heroicas gestas de los santos y comparándolas en su interior con el gusto acre y triste que le dejaban las otras hazañas mundanas de los caballeros. Subió la escalinata semicircular de mármol. Pedro se encontró enseguida en un pequeño patio interior, fresco y algo oscuro, con un monumento escultórico a la derecha que representa el traslado de San Ignacio, herido de bala en Pamplona. Se abrió una pequeña puerta del gran portalón de madera. Un pequeño y pálido hermano portero le preguntó: —¿Qué desea? —Me llamo Pedro Arrupe y vengo a entrar en el noviciado. Pedro y su cuñado fueron conducidos al maestro, padre Martín de Garmendia. —Bienvenido al noviciado, Pedro. Supongo que habrá traído usted los documentos... —Sí, aquí tiene. Pedro tendió al jesuita la partida de bautismo y otros papeles. —Pero aquí falta algo. Usted no trae las testimoniales del señor obispo... —¿No podríamos pedirlas a Bilbao? —terció Sautu. —No, de ninguna manera —explicó el maestro, que no debía ser demasiado tolerante-o Se trata de un requisito indispensable. Sin él no puede entrar en el noviciado. —Bueno, Perico, pues tendremos que volvernos a Bilbao. —No, vuélvete tú —respondió Pedro-o Yo me quedaré esperando las testimoniales. —Pero, ¿dónde? —En el hotel Loyola. Y allí estuvo Pedro esperando quince días a que viniera el documento del obispado. Era un rasgo típico, que definiría su carácter toda la vida. Cuando daba un paso adelante, nada ni nadie le hacía retroceder. En Madrid, el profesor Negrín estaba revisando las becas de estudios que debería firmar. A pesar de su expediente brillantísimo, al llegar a la correspondiente a Pedro Arrupe, exclamó: —¡No, no la firmo! —Pero, ¿por qué, doctor Negrín ¿Le ha sentado a usted mal que se haya metido a jesuita? —Bueno, no exactamente eso... ¡Es una barbaridad que ese muchacho haya dejado la carrera! La medicina va a perder a un gran profesional... Y ni corto ni perezoso escribió una carta a Bilbao advirtiendo a sus hermanas sobre el disparate que hacían al consentir que Pedro abandonase una carrera en la que llegaría a ser una gran figura. Con todo, Negrín acabó firmando. Cuando, más tarde, el famoso médico socialista y agnóstico acudió a Loyola y visitó a Pedro, le confesó: —Pedro, he venido para darte una explicación. Pretendía quitarte el premio extraordinario para tentarte, para que dejaras la vida religiosa y volvieras a la medicina. ¡Me caes muy simpático! Pedro entonces le dedicó una de sus más espectaculares sonrisas. Negrín le dio un abrazo. Con el umbroso valle de Azpeitia como fondo y bajo la mirada de Ignacio de Loyola, nadie sabía que estaban abrazándose el futuro presidente del Gobierno de la República Española y el futuro General de la Compañía de Jesús. Entonces sólo eran un profesor y un ex alumno que se miraban con simpatía. CAPÍTULO 4: RENACER EN LOYOLA
La campana rodó con aires de inoportuna sorpresa mañanera por el largo dormitorio, dividido en pequeñas cámaras con cortinas en vez de puertas. Ligero de sueño, Pedro saltó de la cama pronunciando el Hoc signum «“Ésta es la señal del gran Rey...), hizo la señal de la cruz y tras balbucir una oración, se lavó en el pequeño palanganero que había en un rincón. Junto a la cama estaba la «carpeta", una especie de pupitre con media docena de libros «reglamentarios», los así denominados «libros de carpeta" que, junto a una silla, una percha, una escoba y un crucifijo, eran todo su ajuar. Pedro intentó hacer todo con perfección, incluso la sencilla operación de enfundarse su flamante sotana de novicio, conforme enseñaban las Prácticas de Villagarcía, el famoso noviciado castellano que había hecho escuela en las costumbres de los alevines de jesuita, y que su «ángel" Manuel López Uralde —un novicio de segundo curso, que curiosamente más tarde le acompañaría durante muchos años— le había ido explicando cuidadosamente. Todo discurría matemáticamente: la oración, los exámenes de conciencia, los brevísimos llamados «tiempos libres", los trabajos en aquella huerta que olía a hierba húmeda y donde se podía disfrutar de unas «sangrantes" puestas de sol tras las serenas colinas verdes y sembradas de caseríos. A veces Pedro se quedaba contemplando el pequeño y serpenteante río que, entre la arboleda, aliviaba las tierras de labrantío sembradas de alubias y maizales, o la carretera que se perdía conversando con el río en una curva del fondo del valle. Todo era como un reloj: el tiempo de barrer, de oficios en la cocina, de lectura, de plática, de recreo... Después de unos días de postulantado había cambiado su traje de paisano por la sotana y entraba en una forma de vida, muy de la época, chocante en las formas, pero llena de contenido interior. Aprendió a bajar la vista y escuchar la voz de su Dios desde el fondo de sí mismo. Se adentró en el apasionante camino de los Ejercicios de San Ignacio, entrenándose en «discernir espíritus», en distinguir consolaciones de desolaciones y en vivir «como si presente me hallase» en los paisajes y con los personajes del Evangelio. De modo que Jesús comenzó a hacérsele familiar por su forma de andar, el tono de su voz y, sobre todo, por su estilo de vida: un rey pobre y cercano que le llamaba a una conquista distinta, codo con codo, por el contradictorio camino de la vida...
El maestro: un vasco enjutoArrupe congenió bien con su maestro desde el primer momento, figura clave en el noviciado, ya que todo absolutamente, desde el régimen y el horario hasta la vida espiritual de cada novicio, dependía de él. Un connovicio de Pedro, Xavier de Liédena, describe así al padre Martín de Garmendia: «No tardamos en llegar a una puerta con cancela y en el interior de la misma y a media altura vi una tablilla donde se leía: "R.P. Maestro." Cuando mi "ángel" llamó con los nudillos en la puerta, se oyó en el interior una voz un tanto gangosa que contestó: "Adelante." Sentí una contracción en el estómago que casi me paralizó: pero ya la puerta estaba franqueada y a la misma se asomó una figura ascética que me recibió con un saludo relativamente acogedor: —¡Carísimo! —y me tendió una huesuda mano que yo besé respetuosamente. —Buenos días, padre. —Buenos días, hermano Xavier. Pase, siéntese –y mientras yo lo hacía en una sencilla silla de paja, él tomaba asiento en otra no menos sencilla tras una mesa de escritorio-o ¡Vamos a ver si nos llega otro Francisco Xavier! Y se frotaba las manos y sonreía con una sonrisa entre severa y dulce al mismo tiempo.» [... ] «El padre maestro era alto, figura seca, con pelo entrecano y bastante abundante para su edad y sin peinado definido, de tez rosada y magra, con una nariz aguileña sobre la que descansaban en desequilibrio unas gafas de montura metálica que velaban unos ojos despiertos pero que tendían constantemente a mirar sobre la carpeta de la mesa: bajo su sotana podía adivinarse un bien formado esqueleto escasamente forrado de carne. Tanto por la pronunciación del castellano como por el refrán descriptivo que dice "nariz larga y poco culo, vasco seguro", bien se echaba de ver que el padre maestro era de la tierra vascongada.»
El disco de Arrupe
Pedro se identificó rápidamente con su maestro y con la vida de aquel viejo caserón. Sin perder nunca su jovialidad y alegría, encontraba, en el estricto horario de noviciado, tiempo para hacer más oración. «Ya por entonces hacía dos horas de oración. Tenía un conjunto de cualidades muy grande para unir lo natural y lo sobrenatural, la alegría y la virtud religiosa.» Uralde le sorprendió un día leyendo en la capilla un devocionario especial, el del Espíritu Santo, lo que suponía que había llegado ya con cierta iniciación al noviciado. —¿Usted le reza? —le preguntó López Uralde. —Claro, ¡es estupendo! —le respondió sin dudar Arrupe. Arrupe, López Uralde y Arístegui formaban una terna de novicios que se llevaban bien. Salían una vez al mes de paseo a lo que se llamaban las «matinales». Aquel partir con el despertar recién estrenado de los colores, cuando se despereza el caracol, los jilgueros saludan al aire limpio y sube un vaho «a nuevo» desde la hierba fresca del valle de Loyola, abriéndose a las primeras luces, les llenaba el alma. La meditación se hacía durante el largo paseo, sólo interrumpido por el tímido agur de algún cashero que iniciara a esas horas las faenas del campo. «Y después de la misa, como conocíamos todas las fuentes de los contornos, que no eran pocas, escogíamos una —cuenta Xavier de Liédena— y a su acariciante frescura nos acomodábamos todos los novicios buscando la sombra de nogales, encinas y manzanos. De nuestros bolsillos sacábamos el abundante condumio y en paz y gracia de Dios, celebrando las ocurrencias de unos y otros, pasábamos unas horas deliciosas.» Un tema frecuente de las conversaciones de Arrupe era la devoción al Corazón de Jesús, algo que a través de los tiempos conservaría siempre sin pretender imponerla. En este sentido se llegó a hacer famoso El disco de Arrupe. Se trataba de un pequeño fascículo, donde Arrupe había sintetizado algunas cosas sobre el Corazón de Jesucristo y la forma de practicar su devoción. El disco de Arrupe corría de mano en mano en copias hechas a máquina y en formato de octavilla.
El oficio de «ángel»
En su segundo año de noviciado Pedro fue enseguida designado por el maestro «ángel» o encargado de los que acababan de ingresar. Benjamín de Mendiburo cuenta así su experiencia: «Tuve el privilegio de tener como "ángel" del noviciado al hermano Arrupe. Entramos en el noviciado de Loyola dos hermanos gemelos; y el padre Garmendia, nuestro maestro, nos confió a los dos a los cuidados del hermano Arrupe. Ya de |