Nombre:
134.354. Origen: desconocido
Nadie sabe cuántos años tiene, cómo llegó hasta aquí, dónde está su
familia o por qué no habla. En su primer día de internamiento le asignaron el
número 134.354 y le ingresaron en el Módulo 2. Las celdas están llenas de
simples números como él. Hay números tendidos desnudos sobre el suelo, números
cubiertos por un manto de moscas, números llorando en silencio en los rincones
y números como 134.354, con la frente pegada a los barrotes, la mirada perdida
y las manos estiradas hacia fuera pidiendo ayuda. «¿Nombres? Aquí ninguno
tiene nombre, todos son iguales, unos más altos que otros, nada más», dice el
doctor Munid Ahmad durante su ronda matutina.
En Karachi, esta Ciudad de los Niños sin Nombre es el destino final para los
despojos de la infancia. Niños esquizofrénicos y con graves enfermedades
mentales se hacinan con otros que fueron recogidos de las calles por su adicción
a las drogas, sus problemas con la ley o su comportamiento violento.
Una vez dentro, los pequeños renglones torcidos de Alá son sometidos a un
salvaje internamiento: 23 horas al día bajo llave y una hora de patio, con
temperaturas de hasta 40 grados y durmiendo a ras de suelo. Y todo, en el que
está considerado como el mejor centro de atención para menores con problemas
de la ciudad. «Aquí, al menos, les damos de comer, les atendemos cuando caen
enfermos y les mantenemos limpios de piojos», dice uno de los cuidadores.
El centro está administrado por Edhi, la mayor organización social del país,
con más de 2.000 personas trabajando en programas de erradicación de la
pobreza, atención médica o tratamiento de drogadictos. Cubriendo, en
definitiva, la casi inexistente política social del Estado. Pakistán emplea
cerca del 40% de su Producto Interior Bruto en Defensa y, en su obsesión por
lograr armas nucleares y un Ejército que pueda competir con su secular enemigo
indio, ha abandonado sus sistemas de salud pública o de educación.
La ciudad-refugio, mantenida a duras penas con fondos privados, se ha ido
deteriorando con el tiempo y sus responsables se limitan hoy a encerrar a los niños
con problemas como si fueran un estorbo. Cada mes ingresan entre 50 o 60 nuevos
menores, la mayoría de entre cinco y 15 años.
Número 134.354 parece, a simple vista, un niño normal. Debe tener entre ocho y
10 años y pasa las horas asustado. Los responsables del centro creen recordar
que cuando llegó todavía hablaba. «Desde hace dos años no le hemos oído
decir una palabra», cuentan. En cierto modo es como si el pequeño, de tez
morena y mirada triste, hubiera aceptado dejar de existir más allá de ese número
que le han asignado. Un viejo armario junto a la celda guarda su ficha personal.
Edad: desconocida. Origen: desconocido. Familia: desconocida. Fecha de Ingreso:
2002. Nombre: 134.354. Fecha de Salida: (en blanco).
|