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REGLA DE SAN BENITO PRÓLOGO ESCUCHA, hijo,
los preceptos del Maestro, e inclina el oído de tu corazón; recibe con
gusto el consejo de un padre piadoso, y cúmplelo verdaderamente. 2 Así
volverás por el trabajo de la obediencia, a Aquel de quien te habías
alejado por la desidia de la desobediencia. 3 Mi palabra se dirige ahora
a ti, quienquiera que seas, que renuncias a tus propias voluntades y
tomas las preclaras y fortísimas armas de la obediencia, para militar
por Cristo Señor, verdadero Rey. 4 Ante todo pídele
con una oración muy constante que lleve a su término toda obra buena
que comiences, 5 para que Aquel que se dignó contarnos en el número de
sus hijos, no tenga nunca que entristecerse por nuestras malas acciones.
6 En todo tiempo, pues, debemos obedecerle con los bienes suyos que Él
depositó en nosotros, de tal modo que nunca, como padre airado,
desherede a sus hijos, 7 ni como señor temible, irritado por nuestras
maldades, entregue a la pena eterna, como a pésimos siervos, a los que
no quisieron seguirle a la gloria. 8 Levantémonos,
pues, de una vez, ya que la Escritura nos exhorta y nos dice: "Ya
es hora de levantarnos del sueño" (Rom. 13,11). 9 Abramos los ojos
a la luz divina, y oigamos con oído atento lo que diariamente nos
amonesta la voz de Dios que clama diciendo: 10 "Si oyeren hoy su
voz, no endurezcan sus corazones" (Sal 94,8). 11 Y otra vez:
"El que tenga oídos para oír (Mt 11,15), escuche lo que el Espíritu
dice a las iglesias" (Apoc 2,7). 12 ¿Y qué dice? "Vengan,
hijos, escúchenme, yo les enseñaré el temor del Señor" (Sal
33,12). 13 "Corran mientras tienen la luz de la vida, para que no
los sorprendan las tinieblas de la muerte" (Jn 12,35). 14 Y el Señor,
que busca su obrero entre la muchedumbre del pueblo al que dirige este
llamado, dice de nuevo: 15 "¿Quién es el hombre que quiere la
vida y desea ver días felices?" (Sal 33,13). 16 Si tú, al oírlo,
respondes "Yo", Dios te dice: 17 "Si quieres poseer la
vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal, y que tus labios no
hablen con falsedad. Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela"
(Sal 33,14-15). 18 Y si hacen esto, pondré mis ojos sobre ustedes, y
mis oídos oirán sus preces, y antes de que me invoquen les diré:
"Aquí estoy". 19 ¿Qué cosa más dulce para nosotros, carísimos
hermanos, que esta voz del Señor que nos invita? 20 Vean cómo el Señor
nos muestra piadosamente el camino de la vida. 21 Ciñamos,
pues, nuestra cintura con la fe y la práctica de las buenas obras, y
sigamos sus caminos guiados por el Evangelio, para merecer ver en su
reino a Aquel que nos llamó. 22 Si queremos
habitar en la morada de su reino, puesto que no se llega allí sino
corriendo con obras buenas, 23 preguntemos al Señor con el Profeta diciéndole:
"Señor, ¿quién habitará en tu morada, o quién descansará en
tu monte santo?" (Sal 14,1). 24 Hecha esta pregunta, hermanos,
oigamos al Señor que nos responde y nos muestra el camino de esta
morada 25 diciendo: "El que anda sin pecado y practica la justicia;
26 el que dice la verdad en su corazón y no tiene dolo en su lengua; 27
el que no hizo mal a su prójimo ni admitió que se lo afrentara"
(Sal 14, 2-3). 28 El que apartó de la mirada de su corazón al maligno
diablo tentador y a la misma tentación, y lo aniquiló, y tomó sus
nacientes pensamientos y los estrelló contra Cristo. 29 Estos son los
que temen al Señor y no se engríen de su buena observancia, antes bien,
juzgan que aun lo bueno que ellos tienen, no es obra suya sino del Señor,
30 y engrandecen al Señor que obra en ellos, diciendo con el Profeta:
"No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la
gloria" (Sal 113b, 1). 31 Del mismo modo que el Apóstol Pablo, que
tampoco se atribuía nada de su predicación, y decía: "Por la
gracia de Dios soy lo que soy" (1Cor 15,10). 32 Y otra vez el mismo:
"El que se gloría, gloríese en el Señor" (2Cor 10,17). 33
Por eso dice también el Señor en el Evangelio: "Al que oye estas
mis palabras y las practica, lo compararé con un hombre prudente que
edificó su casa sobre piedra; 34 vinieron los ríos, soplaron los
vientos y embistieron contra aquella casa, pero no se cayó, porque
estaba fundada sobre piedra" (Mt 7,24-25). 35 Después de
decir esto, el Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus
santos consejos. 36 Por eso, para corregirnos de nuestros males, se nos
dan de plazo los días de esta vida. 37 El Apóstol, en efecto, dice:
"¿No sabes que la paciencia de Dios te invita al arrepentimiento?"
. 38 Pues el piadoso Señor dice: "No quiero la muerte del pecador,
sino que se convierta y viva" (Ez 33,11). 39 Cuando le
preguntamos al Señor, hermanos, sobre quién moraría en su casa, oímos
lo que hay que hacer para habitar en ella, a condición de cumplir el
deber del morador. 40 Por tanto, preparemos nuestros corazones y
nuestros cuerpos para militar bajo la santa obediencia de los preceptos,
41 y roguemos al Señor que nos conceda la ayuda de su gracia, para
cumplir lo que nuestra naturaleza no puede. 42 Y si queremos evitar las
penas del infierno y llegar a la vida eterna, 43 mientras haya tiempo, y
estemos en este cuerpo, y podamos cumplir todas estas cosas a la luz de
esta vida, 44 corramos y practiquemos ahora lo que nos aprovechará
eternamente. 45 Vamos, pues,
a instituir una escuela del servicio divino, 46 y al hacerlo, esperamos
no establecer nada que sea áspero o penoso. 47 Pero si, por una razón
de equidad, para corregir los vicios o para conservar la caridad, se
dispone algo más estricto, 48 no huyas enseguida aterrado del camino de
la salvación, porque éste no se puede emprender sino por un comienzo
estrecho. 49 Mas cuando progresamos en la vida monástica y en la fe, se
dilata nuestro corazón, y corremos con inefable dulzura de caridad por
el camino de los mandamientos de Dios. 50 De este modo, no apartándonos
nunca de su magisterio, y perseverando en su doctrina en el monasterio
hasta la muerte, participemos de los sufrimientos de Cristo por la
paciencia, a fin de merecer también acompañarlo en su reino. Amén. Fin del Prólogo
CAPITULO I 1 Es sabido que
hay cuatro clases de monjes. 2 La primera es la de los cenobitas, esto
es, la de aquellos que viven en un monasterio y que militan bajo una
regla y un abad. 3 La segunda
clase es la de los anacoretas o ermitaños, quienes, no en el fervor
novicio de la vida religiosa, sino después de una larga probación en
el monasterio. 4 aprendieron a pelear contra el diablo, enseñados por
la ayuda de muchos. 5 Bien adiestrados en las filas de sus hermanos para
la lucha solitaria del desierto, se sienten ya seguros sin el consuelo
de otros, y son capaces de luchar con sólo su mano y su brazo, y con el
auxilio de Dios, contra los vicios de la carne y de los pensamientos. 6 La tercera,
es una pésima clase de monjes: la de los sarabaítas. Éstos no han
sido probados como oro en el crisol por regla alguna en el magisterio de
la experiencia, sino que, blandos como plomo, 7 guardan en sus obras
fidelidad al mundo, y mienten a Dios con su tonsura. 8 Viven de dos en
dos o de tres en tres, o también solos, sin pastor, reunidos, no en los
apriscos del Señor sino en los suyos propios. Su ley es la satisfacción
de sus gustos: 9 llaman santo a lo que se les ocurre o eligen, y
consideran ilícito lo que no les gusta. 10 La cuarta
clase de monjes es la de los giróvagos, que se pasan la vida viviendo
en diferentes provincias, hospedándose tres o cuatro días en distintos
monasterios. 11 Siempre vagabundos, nunca permanecen estables. Son
esclavos de sus deseos y de los placeres de la gula, y peores en todo
que los sarabaítas. 12 De la misérrima vida de todos éstos, es mejor callar que hablar. 13 Dejándolos, pues, de lado, vamos a organizar, con la ayuda del Señor, el fortísimo linaje de los cenobitas.
CAPITULO II Un abad digno
de presidir un monasterio debe acordarse siempre de cómo se lo llama, y
llenar con obras el nombre de superior. 2 Se cree, en efecto, que hace
las veces de Cristo en el monasterio, puesto que se lo llama con ese
nombre, 3 según lo que dice el Apóstol: "Recibieron el espíritu
de adopción de hijos, por el cual clamamos: Abba, Padre" (Rom 8,
15). 4 Por lo tanto,
el abad no debe enseñar, establecer o mandar nada que se aparte del
precepto del Señor, 5 sino que su mandato y su doctrina deben difundir
el fermento de la justicia divina en las almas de los discípulos. 6
Recuerde siempre el abad que se le pedirá cuenta en el tremendo juicio
de Dios de estas dos cosas: de su doctrina, y de la obediencia de sus
discípulos. 7 Y sepa el abad que el pastor será el culpable del
detrimento que el Padre de familias encuentre en sus ovejas. 8 Pero si
usa toda su diligencia de pastor con el rebaño inquieto y desobediente,
y emplea todos sus cuidados para corregir su mal comportamiento, 9 este
pastor será absuelto en el juicio del Señor, y podrá decir con el
Profeta: "No escondí tu justicia en mi corazón; manifesté tu
verdad y tu salvación, pero ellos, desdeñándome, me despreciaron"
(Sal 39, 11; Is 1,2). 10 Y entonces, por fin, la muerte misma sea el
castigo de las ovejas desobedientes encomendadas a su cuidado. 11 Por tanto,
cuando alguien recibe el nombre de abad, debe gobernar a sus discípulos
con doble doctrina, 12 esto es, debe enseñar todo lo bueno y lo santo más
con obras que con palabras. A los discípulos capaces proponga con
palabras los mandatos del Señor, pero a los duros de corazón y a los más
simples muestre con sus obras los preceptos divinos. 13 Y cuanto enseñe
a sus discípulos que es malo, declare con su modo de obrar que no se
debe hacer, no sea que predicando a los demás sea él hallado réprobo,
14 y que si peca, Dios le diga: "¿Por qué predicas tú mis
preceptos y tomas en tu boca mi alianza? pues tú odias la disciplina y
echaste mis palabras a tus espaldas" (Sal 49, 16-17) y 15 "Tú,
que veías una paja en el ojo de tu hermano ¿no viste una viga en el
tuyo?" (cf. Mt 7, 3). 16 No haga
distinción de personas en el monasterio. 17 No ame a uno más que a
otro, sino al que hallare mejor por sus buenas obras o por la obediencia.
18 No anteponga el hombre libre al que viene a la religión de la
condición servil, a no ser que exista otra causa razonable. 19 Si el
abad cree justamente que ésta existe, hágalo así, cualquiera fuere su
rango. De lo contrario, que cada uno ocupe su lugar, 20 porque tanto el
siervo como el libre, todos somos uno en Cristo, y servimos bajo un único
Señor en una misma milicia, porque no hay acepción de personas ante
Dios. 21 Él nos prefiere solamente si nos ve mejores que otros en las
buenas obras y en la humildad. 22 Sea, pues, igual su caridad para con
todos, y tenga con todos una única actitud según los méritos de cada
uno. 23 El abad debe,
pues, guardar siempre en su enseñanza, aquella norma del Apóstol que
dice: "Reprende, exhorta, amonesta" (2 Tim 4, 2) , 24 es decir,
que debe actuar según las circunstancias, ya sea con severidad o con
dulzura, mostrando rigor de maestro o afecto de padre piadoso. 25 Debe,
pues, reprender más duramente a los indisciplinados e inquietos, pero a
los obedientes, mansos y pacientes, debe exhortarlos para que progresen;
y le advertimos que amoneste y castigue a los negligentes y a los
arrogantes. 26 No disimule
los pecados de los transgresores, sino que, cuando empiecen a brotar, córtelos
de raíz en cuanto pueda, acordándose de la desgracia de Helí,
sacerdote de Silo. 27 A los mejores y más capaces corríjalos de
palabra una o dos veces; pero a los malos, a los duros, 28 a los
soberbios y a los desobedientes reprímalos en el comienzo del pecado
con azotes y otro castigo corporal, sabiendo que está escrito: "Al
necio no se lo corrige con palabras" (Prov 29, 19), 29 y también:
"Pega a tu hijo con la vara, y librarás su alma de la muerte"
(Prov 23, 14). 30 El abad debe
acordarse siempre de lo que es, debe recordar el nombre que lleva, y
saber que a quien más se le confía, más se le exige. 31 Y sepa qué
difícil y ardua es la tarea que toma: regir almas y servir los
temperamentos de muchos, pues con unos debe emplear halagos,
reprensiones con otros, y con otros consejos. 32 Deberá conformarse y
adaptarse a todos según su condición e inteligencia, de modo que no sólo
no padezca detrimento la grey que le ha sido confiada, sino que él
pueda alegrarse con el crecimiento del buen rebaño. 33 Ante todo no
se preocupe de las cosas pasajeras, terrenas y caducas, de tal modo que
descuide o no dé importancia a la salud de las almas encomendadas a él.
34 Piense siempre que recibió el gobierno de almas de las que ha de dar
cuenta. 35 Y para que no se excuse en la escasez de recursos, acuérdese
de que está escrito: "Busquen el reino de Dios y su justicia, y
todas estas cosas se les darán por añadidura" (Mt 6, 33), 36 y
también: "Nada falta a los que le temen" (Sal 33, 10). 37 Sepa que quien recibe almas para gobernar, debe prepararse para dar cuenta de ellas. 38 Tenga por seguro que, en el día del juicio, ha de dar cuenta al Señor de tantas almas como hermanos haya tenido confiados a su cuidado, además, por cierto, de su propia alma. 39 Y así, temiendo siempre la cuenta que va a rendir como pastor de las ovejas a él confiadas, al cuidar de las cuentas ajenas, se vuelve cuidadoso de la suya propia, 40 y al corregir a los otros con sus exhortaciones, él mismo se corrige de sus vicios. CAPITULO III 1 Siempre que
en el monasterio haya que tratar asuntos de importancia, convoque el
abad a toda la comunidad, y exponga él mismo de qué se ha de tratar. 2
Oiga el consejo de los hermanos, reflexione consigo mismo, y haga lo que
juzgue más útil. 3 Hemos dicho que todos sean llamados a consejo
porque muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor. 4 Los hermanos
den su consejo con toda sumisión y humildad, y no se atrevan a defender
con insolencia su opinión. 5 La decisión dependa del parecer del abad,
y todos obedecerán lo que él juzgue ser más oportuno. 6 Pero así
como conviene que los discípulos obedezcan al maestro, así corresponde
que éste disponga todo con probidad y justicia. 7 Todos sigan,
pues, la Regla como maestra en todas las cosas, y nadie se aparte
temerariamente de ella. 8 Nadie siga en el monasterio la voluntad de su
propio corazón. 9 Ninguno se atreva a discutir con su abad
atrevidamente, o fuera del monasterio. 10 Pero si alguno se atreve,
quede sujeto a la disciplina regular. 11 Mas el mismo abad haga todo con
temor de Dios y observando la Regla, sabiendo que ha de dar cuenta, sin
duda alguna, de todos sus juicios a Dios, justísimo juez. 12 Pero si las cosas que han de tratarse para utilidad del monasterio son de menor importancia, tome consejo solamente de los ancianos, 13 según está escrito: "Hazlo todo con consejo, y después de hecho no te arrepentirás". Notas del Capítulo III 3. Cf. Mt 11,25; Lc 10,21. 11. Cf. Rom 14,12. 13. Prov 31,4 (Vet.Lat.); Eclo 32,24.
CAPITULO IV 1 Primero, amar
al Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las
fuerzas; 2 después, al
prójimo como a sí mismo. 3 Luego, no
matar; 4 no cometer
adulterio, 5 no hurtar, 6 no codiciar, 7 no levantar
falso testimonio, 8 honrar a
todos los hombres, 9 no hacer a
otro lo que uno no quiere para sí. 10 Negarse a sí
mismo para seguir a Cristo. 11 Castigar el
cuerpo, 12 no
entregarse a los deleites, 13 amar el
ayuno. 14 Alegrar a
los pobres, 15 vestir al
desnudo, 16 visitar al
enfermo, 17 sepultar al
muerto. 18 Socorrer al
atribulado, 19 consolar al
afligido. 20 Hacerse
extraño al proceder del mundo, 21 no anteponer
nada al amor de Cristo. 22 No ceder a
la ira, 23 no guardar
rencor. 24 No tener
dolo en el corazón, 25 no dar paz
falsa. 26 No abandonar
la caridad. 27 No jurar, no
sea que acaso perjure, 28 decir la
verdad con el corazón y con la boca. 29 No devolver
mal por mal. 30 No hacer
injurias, sino soportar pacientemente las que le hicieren. 31 Amar a los
enemigos. 32 No maldecir
a los que lo maldicen, sino más bien bendecirlos. 33 Sufrir
persecución por la justicia. 34 No ser
soberbio, 35 ni
aficionado al vino, 36 ni glotón 37 ni dormilón, 38 ni perezoso, 39 ni
murmurador, 40 ni
detractor. 41 Poner su
esperanza en Dios. 42 Cuando viere
en sí algo bueno, atribúyalo a Dios, no a sí mismo; 43 en cambio,
sepa que el mal siempre lo ha hecho él, e impúteselo a sí mismo. 44 Temer el día
del juicio, 45 sentir
terror del infierno, 46 desear la
vida eterna con la mayor avidez espiritual, 47 tener la
muerte presente ante los ojos cada día. 48 Velar a toda
hora sobre las acciones de su vida, 49 saber de
cierto que, en todo lugar, Dios lo está mirando. 50 Estrellar
inmediatamente contra Cristo los malos pensamientos que vienen a su
corazón, y manifestarlos al anciano espiritual, 51 guardar su
boca de conversación mala o perversa, 52 no amar
hablar mucho, 53 no hablar
palabras vanas o que mueven a risa, 54 no amar la
risa excesiva o destemplada. 55 Oír con
gusto las lecturas santas, 56 darse
frecuentemente a la oración, 57 confesar
diariamente a Dios en la oración, con lágrimas y gemidos, las culpas
pasadas, 58 enmendarse
en adelante de esas mismas faltas. 59 No ceder a
los deseos de la carne, 60 odiar la
propia voluntad, 61 obedecer en
todo los preceptos del abad, aun cuando él - lo que no suceda - obre de
otro modo, acordándose de aquel precepto del Señor: "Hagan lo que
ellos dicen, pero no lo que ellos hacen". 62 No querer
ser llamado santo antes de serlo, sino serlo primero para que lo digan
con verdad. 63 Poner por
obra diariamente los preceptos de Dios, 64 amar la
castidad, 65 no odiar a
nadie, 66 no tener
celos, 67 no tener
envidia, 68 no amar la
contienda, 69 huir la
vanagloria. 70 Venerar a
los ancianos, 71 amar a los más
jóvenes. 72 Orar por los
enemigos en el amor de Cristo; 73
reconciliarse antes de la puesta del sol con quien se haya tenido alguna
discordia. 74 Y no
desesperar nunca de la misericordia de Dios. 75 Estos son los instrumentos del arte espiritual. 76 Si los usamos día y noche, sin cesar, y los devolvemos el día del juicio, el Señor nos recompensará con aquel premio que Él mismo prometió: 77 "Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni llegó al corazón del hombre lo que Dios ha preparado a los que lo aman". 78 El taller, empero, donde debemos practicar con diligencia todas estas cosas, es el recinto del monasterio y la estabilidad en la comunidad. Notas del Capítulo IV 1-2. Cf. Dt 6,5; Mc 12,30-31; Mt 22,37; Lc 10,27-28. 3-7. Mt 19,18; Lc 18,20; Rom 13,9; cf. Ex 20,12-17; Dt 5,21. 8. Cf. 1 Pe 2,17. 10. Cf. Mt 16,24; Lc 9,23. 11. Cf. 1 Cor 9,27. 15-16. Mt 25,36. 17. Cf Tob 1,21; 2,7-9; 12,12. 18. Cf. Is 1,17. 19. Cf. Is 61,2; 2 Cor 1,4; 1 Tes 5,14. 20. Cf. Jer 1,27. 22. Cf. Mt 5,22. 24. Cf. Prov 12,20. 25. Cf. Jer 9,7; Sal 27,3. 26. Cf. 1 Pe 4,8. 27. Mt 5,33-34. 28. Cf. Sal 14,3. 29. 1 Pe 3,9; 1 Tes 5,15. 31-32. Lc 6,27-28; 1 Cor 4,12; 1 Pe 3,9.14; Mt 5,44. 33. Cf. Mt 5,10; 1 Cor 4,12; 1 Pe 3,14. 34-35. Cf. Tit 1,7. 36. Cf. Eclo 31,36. 37. Cf. Prov 20,13. 38. Cf. Rom 12,11; Prov 6,6-7. 39-40. Cf. Sab 1,11; 1 Cor 10,10. 41. Cf. Sal 72,28; 77,7. 44. Cf. Eclo 7,36. 49. Cf. Prov 15,3. 50. Cf. Sal 136,9; cf. 1 Cor 10,4. 51. Cf. Sal 33,14. 56. Cf. Lc 18,1; 1 Tes 5,17. 57. Cf. Mt 6,12. 59. Cf. Gal 5,16. 60. Cf. Eclo.
18,30. 61. Mt 23,3. 63. Cf. Eclo 6,37. 64. Cf. Jdt 15,11. 65. Lev 19,17; Dt 23,8. 66-68. Cf. Jer 3,14. 72. Cf. Mt 5,44. 73. Cf. Ef 4,26. 77. 1 Cor 2,9; cf. Is 64,4. CAPITULO V 1 El primer
grado de humildad es una obediencia sin demora. 2 Esta es la que
conviene a aquellos que nada estiman tanto como a Cristo. 3 Ya sea en
razón del santo servicio que han profesado, o por el temor del infierno,
o por la gloria de la vida eterna, 4 en cuanto el superior les manda
algo, sin admitir dilación alguna, lo realizan como si Dios se lo
mandara. 5 El Señor dice de éstos: "En cuanto me oyó, me obedeció".
6 Y dice también a los que enseñan: "El que a ustedes oye, a mí
me oye". 7 Estos tales, dejan al momento sus cosas, abandonan la
propia voluntad, 8 desocupan sus manos y dejan sin terminar lo que
estaban haciendo, y obedeciendo a pie juntillas, ponen por obra la voz
del que manda. 9 Y así, en un instante, con la celeridad que da el
temor de Dios, se realizan como juntamente y con prontitud ambas cosas:
el mandato del maestro y la ejecución del discípulo. 10 Es que el amor
los incita a avanzar hacia la vida eterna. 11 Por eso toman el camino
estrecho del que habla el Señor cuando dice: "Angosto es el camino
que conduce a la vida". 12 Y así, no viven a su capricho ni
obedecen a sus propios deseos y gustos, sino que andan bajo el juicio e
imperio de otro, viven en los monasterios, y desean que los gobierne un
abad. 13 Sin duda estos tales practican aquella sentencia del Señor que
dice: "No vine a hacer mi voluntad, sino la de Aquel que me envió". 14 Pero esta misma obediencia será entonces agradable a Dios y dulce a los hombres, si la orden se ejecuta sin vacilación, sin tardanza, sin tibieza, sin murmuración o sin negarse a obedecer, 15 porque la obediencia que se rinde a los mayores, a Dios se rinde. Él efectivamente dijo: "El que a ustedes oye, a mí me oye". 16 Y los discípulos deben prestarla de buen grado porque "Dios ama al que da con alegría". 17 Pero si el discípulo obedece con disgusto y murmura, no solamente con la boca sino también con el corazón, 18 aunque cumpla lo mandado, su obediencia no será ya agradable a Dios que ve el corazón del que murmura. 19 Obrando así no consigue gracia alguna, sino que incurre en la pena de los murmuradores, si no satisface y se enmienda. Notas del Capítulo V 5. Sal 17,45. 6. Lc 10,16. 11. Mt 7,14. 12. Cf. Jds 16. 13. Jn 6,38. 15. Lc 10,16. 16. Eclo
35,10-11; 2 Cor 9,7. 19. 1 Cor 10,10 CAPITULO VI 1 Hagamos lo
que dice el Profeta: "Yo dije: guardaré mis caminos para no pecar
con mi lengua; puse un freno a mi boca, enmudecí, me humillé y me
abstuve de hablar aun cosas buenas". 2 El Profeta nos muestra aquí
que si a veces se deben omitir hasta conversaciones buenas por amor al
silencio, con cuanta mayor razón se deben evitar las palabras malas por
la pena del pecado. 3 Por tanto,
dada la importancia del silencio, rara vez se dé permiso a los discípulos
perfectos para hablar aun de cosas buenas, santas y edificantes, 4
porque está escrito: "Si hablas mucho no evitarás el pecado",
5 y en otra parte: "La muerte y la vida están en poder de la
lengua". 6 Pues hablar y enseñar le corresponde al maestro, pero
callar y escuchar le toca al discípulo. 7 Por eso, cuando haya que pedir algo al superior, pídase con toda humildad y respetuosa sumisión. 8 En cuanto a las bromas, las palabras ociosas y todo lo que haga reír, lo condenamos a una eterna clausura en todo lugar, y no permitimos que el discípulo abra su boca para tales expresiones. Notas del Capítulo VI 1. Sal 38,2-3. 4. Prov 10,19. 5. Prov 18,21. CAPITULO VII 1 Clama,
hermanos, la divina Escritura diciéndonos: "Todo el que se ensalza
será humillado y el que se humilla será ensalzado". 2 Al decir
esto nos muestra que toda exaltación es una forma de soberbia. 3 El
Profeta indica que se guarda de ella diciendo: "Señor, ni mi corazón
fue ambicioso ni mis ojos altaneros; no anduve buscando grandezas ni
maravillas superiores a mí." 4 Pero ¿qué sucederá? "Si no
he tenido sentimientos humildes, y si mi alma se ha envanecido, Tú
tratarás mi alma como a un niño que es apartado del pecho de su madre". 5 Por eso,
hermanos, si queremos alcanzar la cumbre de la más alta humildad, si
queremos llegar rápidamente a aquella exaltación celestial a la que se
sube por la humildad de la vida presente, 6 tenemos que levantar con
nuestros actos ascendentes la escala que se le apareció en sueños a
Jacob, en la cual veía ángeles que subían y bajaban. 7 Sin duda
alguna, aquel bajar y subir no significa otra cosa sino que por la
exaltación se baja y por la humildad se sube. 8 Ahora bien, la escala
misma así levantada es nuestra vida en el mundo, a la que el Señor
levanta hasta el cielo cuando el corazón se humilla. 9 Decimos, en
efecto, que los dos lados de esta escala son nuestro cuerpo y nuestra
alma, y en esos dos lados la vocación divina ha puesto los diversos
escalones de humildad y de disciplina por los que debemos subir. 10 Así, pues,
el primer grado de humildad consiste en que uno tenga siempre delante de
los ojos el temor de Dios, y nunca lo olvide. 11 Recuerde, pues,
continuamente todo lo que Dios ha mandado, y medite sin cesar en su alma
cómo el infierno abrasa, a causa de sus pecados, a aquellos que
desprecian a Dios, y cómo la vida eterna está preparada para los que
temen a Dios. 12 Guárdese a toda hora de pecados y vicios, esto es, los
de los pensamientos, de la lengua, de las manos, de los pies y de la
voluntad propia, y apresúrese a cortar los deseos de la carne. 13
Piense el hombre que Dios lo mira siempre desde el cielo, y que en todo
lugar, la mirada de la divinidad ve sus obras, y que a toda hora los ángeles
se las anuncian. 14 Esto es lo
que nos muestra el Profeta cuando declara que Dios está siempre
presente a nuestros pensamientos diciendo: "Dios escudriña los
corazones y los riñones". 15 Y también: "El Señor conoce
los pensamientos de los hombres", 16 y dice de nuevo: "Conociste
de lejos mis pensamientos". 17 Y: "El pensamiento del hombre
te será manifiesto". 18 Y para que el hermano virtuoso esté en
guardia contra sus pensamientos perversos, diga siempre en su corazón:
"Solamente seré puro en tu presencia si me mantuviere alerta
contra mi iniquidad". 19 En cuanto a
la voluntad propia, la Escritura nos prohíbe hacerla cuando dice:
"Apártate de tus voluntades". 20 Además pedimos a Dios en la
Oración que se haga en nosotros su voluntad. 21 Justamente, pues, se
nos enseña a no hacer nuestra voluntad cuidándonos de lo que la
Escritura nos advierte: "Hay caminos que parecen rectos a los
hombres, pero su término se hunde en lo profundo del infierno", 22
y temiendo también, lo que se dice de los negligentes: "Se han
corrompido y se han hecho abominables en sus deseos". 23 En cuanto a
los deseos de la carne, creamos que Dios está siempre presente, pues el
Profeta dice al Señor: "Ante ti están todos mis deseos". 24 Debemos,
pues, cuidarnos del mal deseo, porque la muerte está apostada a la
entrada del deleite. 25 Por eso la Escritura nos da este precepto:
"No vayas en pos de tus concupiscencias". 26 Luego, si
"los ojos del Señor vigilan a buenos y malos", 27 y "el
Señor mira siempre desde el cielo a los hijos de los hombres, para ver
si hay alguno inteligente y que busque a Dios", 28 y si los ángeles
que nos están asignados, anuncian día y noche nuestras obras al Señor,
29 hay que estar atentos, hermanos, en todo tiempo, como dice el Profeta
en el salmo, no sea que Dios nos mire en algún momento y vea que nos
hemos inclinado al mal y nos hemos hecho inútiles, 30 y perdonándonos
en esta vida, porque es piadoso y espera que nos convirtamos, nos diga
en la vida futura: "Esto hiciste y callé". 31 El segundo
grado de humildad consiste en que uno no ame su propia voluntad, ni se
complazca en hacer sus gustos, 32 sino que imite con hechos al Señor
que dice: "No vine a hacer mi voluntad sino la de Aquel que me envió".
33 Dice también la Escritura: "La voluntad tiene su pena, y la
necesidad engendra la corona." 34 El tercer grado de humildad
consiste en que uno, por amor de Dios, se someta al superior en
cualquier obediencia, imitando al Señor de quien dice el Apóstol:
"Se hizo obediente hasta la muerte". 35 El cuarto
grado de humildad consiste en que, en la misma obediencia, así se
impongan cosas duras y molestas o se reciba cualquier injuria, uno se
abrace con la paciencia y calle en su interior, 36 y soportándolo todo,
no se canse ni desista, pues dice la Escritura: "El que perseverare
hasta el fin se salvará", 37 y también: "Confórtese tu
corazón y soporta al Señor". 38 Y para mostrar que el fiel debe
sufrir por el Señor todas las cosas, aun las más adversas, dice en la
persona de los que sufren: "Por ti soportamos la muerte cada día;
nos consideran como ovejas de matadero". 39 Pero seguros de la
recompensa divina que esperan, prosiguen gozosos diciendo: "Pero en
todo esto triunfamos por Aquel que nos amó". 40 La Escritura dice
también en otro lugar: "Nos probaste, ¡oh Dios! nos purificaste
con el fuego como se purifica la plata; nos hiciste caer en el lazo;
acumulaste tribulaciones sobre nuestra espalda". 41 Y para mostrar
que debemos estar bajo un superior prosigue diciendo: "Pusiste
hombres sobre nuestras cabezas". 42 En las adversidades e injurias
cumplen con paciencia el precepto del Señor, y a quien les golpea una
mejilla, le ofrecen la otra; a quien les quita la túnica le dejan el
manto, y si los obligan a andar una milla, van dos; 43 con el apóstol
Pablo soportan a los falsos hermanos, y bendicen a los que los maldicen. 44 El quinto
grado de humildad consiste en que uno no le oculte a su abad todos los
malos pensamientos que llegan a su corazón y las malas acciones
cometidas en secreto, sino que los confiese humildemente. 45 La
Escritura nos exhorta a hacer esto diciendo: "Revela al Señor tu
camino y espera en Él". 46 Y también dice: "Confiesen al Señor
porque es bueno, porque es eterna su misericordia". 47 Y otra vez
el Profeta: "Te manifesté mi delito y no oculté mi injusticia. 48
Dije: confesaré mis culpas al Señor contra mí mismo, y Tú perdonaste
la impiedad de mi corazón". 49 El sexto
grado de humildad consiste en que el monje esté contento con todo lo
que es vil y despreciable, y que juzgándose obrero malo e indigno para
todo lo que se le mande, 50 se diga a sí mismo con el Profeta:
"Fui reducido a la nada y nada supe; yo era como un jumento en tu
presencia, pero siempre estaré contigo". 51 El séptimo
grado de humildad consiste en que uno no sólo diga con la lengua que es
el inferior y el más vil de todos, sino que también lo crea con el más
profundo sentimiento del corazón, 52 humillándose y diciendo con el
Profeta: "Soy un gusano y no un hombre, oprobio de los hombres y
desecho de la plebe. 53 He sido ensalzado y luego humillado y confundido".
54 Y también: "Es bueno para mí que me hayas humillado, para que
aprenda tus mandamientos". 55 El octavo
grado de humildad consiste en que el monje no haga nada sino lo que la
Regla del monasterio o el ejemplo de los mayores le indica que debe
hacer. 56 El noveno
grado de humildad consiste en que el monje no permita a su lengua que
hable. Guarde, pues, silencio y no hable hasta ser preguntado, 57 porque
la Escritura enseña que "en el mucho hablar no se evita el pecado".
58 y que "el hombre que mucho habla no anda rectamente en la tierra". 59 El décimo
grado de humildad consiste en que uno no se ría fácil y prontamente,
porque está escrito: "El necio en la risa levanta su voz". 60 El undécimo
grado de humildad consiste en que el monje, cuando hable, lo haga con
dulzura y sin reír, con humildad y con gravedad, diciendo pocas y
juiciosas palabras, y sin levantar la voz, 61 pues está escrito:
"Se reconoce al sabio por sus pocas palabras". 62 El duodécimo
grado de humildad consiste en que el monje no sólo tenga humildad en su
corazón, sino que la demuestre siempre a cuantos lo vean aun con su
propio cuerpo, 63 es decir, que en la Obra de Dios, en el oratorio, en
el monasterio, en el huerto, en el camino, en el campo, o en cualquier
lugar, ya esté sentado o andando o parado, esté siempre con la cabeza
inclinada y la mirada fija en tierra, 64 y creyéndose en todo momento
reo por sus pecados, se vea ya en el tremendo juicio. 65 Y diga siempre
en su corazón lo que decía aquel publicano del Evangelio con los ojos
fijos en la tierra: "Señor, no soy digno yo, pecador, de levantar
mis ojos al cielo". 66 Y también con el Profeta: "He sido
profundamente encorvado y humillado". 67 Cuando el monje haya subido estos grados de humildad, llegará pronto a aquel amor de Dios que "siendo perfecto excluye todo temor", 68 en virtud del cual lo que antes observaba no sin temor, empezará a cumplirlo como naturalmente, como por costumbre, 69 y no ya por temor del infierno sino por amor a Cristo, por el mismo hábito bueno y por el atractivo de las virtudes. 70 Todo lo cual el Señor se dignará manifestar por el Espíritu Santo en su obrero, cuando ya esté limpio de vicios y pecados. Notas del Capítulo VII 1. Lc 14,11; 18,14; Mt 23,12. 3-4. Sal 130, 1-2. 6-9. Cf. Gen 28,12. 10. Sal 35,2; cf. Sal 100,3. 13. Sal 13,2. 14. Sal 7,10. 15. Sal 93,11. 16. Sal 138,3. 17. Sal 75,11. 18. Sal 17,24. 19. Eclo 18,30. 20. Cf. Mt 6,10. 21. Prov 16,25; cf. Prov 14,12; Mt 18,6. 22. Sal 13,1. 23. Sal 37,10. 25. Eclo 18,30. 26. Prov 15,3. 27. Sal 13,2. 29. Cf. Sal 13,3. 30. Sal 49,21;
Eclo 2,3. 34. Fil 2,8. 36. Mt 10,22. 37. Sal 26,14. 38. Sal 43,22; Rom 8,36. 39. Rom 8,37. 40. Sal 65,10-11. 41. Sal 65,12a. 42. Cf. Mt 5,39-41; Lc 6,29. 43. Cf. 2 Cor 11,26; cf. 1 Cor 4,12; Lc 6,28. 45. Sal 36,5. 46. Sal 105,1;
117,1. 47-48. Sal
31,5. 49. Cf. Lc
17,10. 50. Sal
72,22-23. 52. Sal 21,7. 53. Sal 87,16. 54. Sal
118,71.73. 57. Prov 10,19. 58. Sal 139,
12. 59. Eclo 21,23. 65. Lc 18,13;
Mt 8,8. 66. Sal 37,7-9;
118,107. 67. 1 Jn 4,18. CAPITULO VIII 1 En invierno,
es decir, desde el primero de noviembre hasta Pascua, siguiendo un
criterio razonable, levántense a la octava hora de la noche, 2 a fin de
que descansen hasta un poco más de media noche, y se levanten ya
reparados. 3 Lo que queda después de las Vigilias, empléenlo los
hermanos que lo necesiten en el estudio del salterio y de las lecturas. 4 Pero desde Pascua hasta el mencionado primero de noviembre, el horario se regulará de este modo: Después del oficio de Vigilias, tras un brevísimo intervalo para que los hermanos salgan a las necesidades naturales, sigan los Laudes, que se dirán con las primeras luces del día.
CAPITULO IX 1 En el
mencionado tiempo de invierno, debe decirse en primer lugar y por tres
veces el verso: "Señor, ábreme los labios, y mi boca anunciará
tus alabanzas", 2 al que se añadirá el salmo 3 y el "Gloria";
3 tras éste, el salmo 94 con antífona, o por lo menos, cantado. 4 Siga
luego el himno, después seis salmos con antífonas. 5 Dichos éstos y
el verso, dé el abad la bendición. Siéntense todos en bancos, y los
hermanos lean por turno en el libro del atril, tres lecturas, entre las
cuales cántense tres responsorios. 6 Dos responsorios díganse sin
"Gloria", pero después de la tercera lectura, el que canta
diga "Gloria". 7 Cuando el cantor comienza a entonarlo, levántense
todos inmediatamente de sus asientos en honor y reverencia de la Santa
Trinidad. 8 Léanse en
las Vigilias los libros de autoridad divina, tanto del Antiguo como del
Nuevo Testamento, así como los comentarios que hayan hecho sobre ellos
los Padres católicos conocidos y ortodoxos. 9 Después de estas tres lecturas con sus responsorios, sigan otros seis salmos que se han de cantar con "Alleluia". 10 Tras éstos, una lectura del Apóstol que se ha de recitar de memoria, el verso y la súplica de la letanía, esto es el "Kyrie eleison". 11 Así se concluirán las "Vigilias" nocturnas. Notas del Capítulo IX 1. Sal 50,17.
CAPITULO X 1 Desde Pascua hasta el primero de noviembre manténgase, en cuanto al número de salmos, todo lo que se dijo arriba, 2 pero, a causa de la brevedad de las noches, no se leerán las lecturas en el libro, sino que, en lugar de esas tres lecturas, se dirá una de memoria, tomada del Antiguo Testamento y seguida de un responsorio breve. 3 Todo lo demás cúmplase como se dijo, es decir, que nunca se digan en las Vigilias menos de doce salmos, sin contar en este número el salmo 3 y el 94.
CAPITULO XI 1 El domingo
levántense para las Vigilias más temprano. 2 Guárdese en tales
Vigilias esta disposición: Reciten, como arriba dispusimos, seis salmos
y el verso. Siéntense todos por orden en los bancos, y léase en el
libro, como arriba dijimos, cuatro lecciones con sus responsorios. 3 Sólo
en el cuarto responsorio diga "Gloria" el cantor, y al
entonarlo, levántense todos en seguida con reverencia. 4 Después de
estas lecturas, síganse por orden otros seis salmos con antífonas,
como los anteriores, y el verso. 5 Luego léanse de nuevo otras cuatro
lecturas con sus responsorios en el orden indicado. 6 Después de
éstas, díganse tres cánticos de los Profetas, los que determine el
abad, los cuales se salmodiarán con " Alleluia ". 7 Dígase
el verso, dé el abad la bendición, y léanse otras cuatro lecturas del
Nuevo Testamento en el orden indicado. 8 Después del cuarto responsorio
empiece el abad el himno "Te Deum laudamus". 9 Una vez dicho,
lea el abad una lectura de los Evangelios, estando todos de pie con
respeto y temor. 10 Al terminar, todos respondan "Amén", y
prosiga en seguida el abad con el himno "Te decet laus", y
dada la bendición, empiecen los Laudes. 11 Manténgase este orden de las Vigilias del domingo en todo tiempo, tanto en verano como en invierno, 12 a no ser que se levanten más tarde - lo que no suceda - y haya que abreviar un poco las lecturas o los responsorios. 13 Cuídese mucho de que esto no ocurra, pero si aconteciere, el responsable de esta negligencia dé conveniente satisfacción a Dios en el oratorio.
CAPITULO XII 1 En los Laudes del domingo, dígase en primer lugar el salmo 66 sin antífona, todo seguido. 2 Luego dígase el 50 con "Alleluia"; 3 tras él, el 117 y el 62; 4 después el "Benedicite" y los "Laudate", una lectura del Apocalipsis dicha de memoria, el responsorio, el himno, el verso, el cántico del Evangelio, la letanía, y así se concluye. Notas del Capítulo XII 4. Cf. Dan 3,57-88; Sal 148-150; Lc 1,68-79.
CAPITULO XIII 1 En los días
ordinarios, en cambio, celébrese la solemnidad de Laudes de este modo:
2 Dígase el salmo 66 sin antífona, demorándolo un poco, como el
domingo, para que todos lleguen al 50 que se dirá con antífona. 3
Luego díganse otros dos salmos, como es de costumbre, esto es: 4 el
lunes, el 5 y el 35; 5 el martes, el 42 y el 56; 6 el miércoles, el 63
y el 64; 7 el jueves, el 87 y el 89; 8 el viernes, el 75 y el 91; 9 y el
sábado, el 142 y el cántico del Deuteronomio que se dividirá en dos
"Glorias". 10 Pero en los demás días se dirá un cántico de
los Profetas, cada uno en su día, como salmodia la Iglesia Romana. 11
Sigan después los "Laudate", luego una lectura del Apóstol
que se ha de recitar de memoria, el responsorio, el himno, el verso, el
cántico del Evangelio, la letanía, y así se concluye. 12 Los oficios de Laudes y Vísperas no deben terminar nunca sin que el superior diga íntegramente la oración del Señor, de modo que todos la oigan. Esto se hará, porque como suelen aparecer las espinas de los escándalos, 13 amonestados por la promesa de la misma oración que dice: "Perdónanos así como nosotros perdonamos", se purifiquen de este vicio. 14 En las otras Horas, en cambio, se dirá la última parte de esta oración, para que todos respondan: "Mas líbranos del mal. " Notas del Capítulo XIII 9. Cf. Dt 32,1-43 11. Cf. Sal 148-150; Lc 1,68-79. 13. Mt 6,12. 14. Mt 6,13. CAPITULO XIV 1 En las festividades de los santos y en todas las solemnidades celébrese el oficio como dispusimos para el domingo, 2 excepto que se dirán los salmos, las antífonas y las lecturas que correspondan al mismo día. Pero guárdese la disposición prescrita.
CAPITULO XV 1 Desde la
santa Pascua hasta Pentecostés, se dirá "Aleluya" sin
interrupción, tanto en los salmos como en los responsorios. 2 Pero
desde Pentecostés hasta el principio de Cuaresma se dirá únicamente
todas las noches a los Nocturnos, con los seis últimos salmos. 3 Pero todos los domingos, salvo en Cuaresma, se dirán con "Aleluya" los cánticos, Laudes, Prima, Tercia, Sexta y Nona; mas las Vísperas con antífona. 4 En cambio, los responsorios no se digan nunca con "Aleluya", sino desde Pascua hasta Pentecostés.
CAPITULO XVI 1 Dice el
Profeta: "Siete veces al día te alabé". 2 Nosotros
observaremos este sagrado número septenario, si cumplimos los oficios
de nuestro servicio en Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y
Completas, 3 porque de estas horas del día se dijo: "Siete veces
al día te alabé". 4 Pues de las Vigilias nocturnas dijo el mismo
Profeta: "A media noche me levantaba para darte gracias". 5 Ofrezcamos, entonces, alabanzas a nuestro Creador "por los juicios de su justicia", en estos tiempos, esto es, en Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas, y levantémonos por la noche para darle gracias. Notas del Capítulo XVI 1. Sal 118,164. 3. Sal 118,164. 4. Sal 118,62. 5. Sal 118,62.164. CAPITULO XVII 1 Ya hemos
dispuesto el orden de la salmodia en los Nocturnos y en Laudes; veamos
ahora en las Horas siguientes. 2 En la Hora de
Prima díganse tres salmos separadamente, y no bajo un solo "Gloria";
3 el himno de esta Hora se dirá después del verso: "Oh Dios, ven
en mi ayuda", antes de empezar los salmos. 4 Cuando se terminen los
tres salmos recítese una lectura, el verso, el "Kyrie eleison"
y la conclusión. 5 A Tercia,
Sexta y Nona celébrese la oración con el mismo orden, esto es: el
himno de esas Horas, tres salmos, la lectura y el verso, el "Kyrie
eleison" y la conclusión. 6 Si la comunidad fuere numerosa, los
salmos se cantarán con antífonas, pero si es reducida, seguidos. 7 El oficio de
Vísperas constará, en cambio, de cuatro salmos con antífona; 8 después
de éstos ha de recitarse la lectura, luego el responsorio, el himno, el
verso, el cántico del Evangelio, la letanía, y termínese con la Oración
del Señor. 9 Completas comprenderá la recitación de tres salmos que se han de decir seguidos, sin antífona; 10 después de ellos, el himno de esta Hora, una lectura, el verso, el "Kyrie eleison", y termínese con una bendición. Notas del Capítulo XVII 8. Cf. Lc 1,46-55. CAPITULO XVIII 1 Primero dígase
el verso: "Oh Dios, ven en mi ayuda; apresúrate, Señor, a
socorrerme", y "Gloria"; y después el himno de cada
Hora. 2 En Prima del
domingo se han de decir cuatro secciones del salmo 118, 3 pero en las
demás Horas, esto es, en Tercia, Sexta y Nona, díganse tres secciones
de dicho salmo 118. 4 En Prima del lunes díganse tres salmos, el 1, el
2 y el 6. 5 Y así cada día en Prima, hasta el domingo, díganse por
orden tres salmos hasta el 19, dividiendo el salmo 9 y el 17 en dos
partes. 6 Se hace así, para que las Vigilias del domingo empiecen
siempre con el salmo 20. 7 En Tercia,
Sexta y Nona del lunes díganse las nueve secciones que quedan del salmo
118, tres en cada Hora. 8 Como el salmo 118 se termina en dos días,
esto es entre el domingo y el lunes, 9 el martes en Tercia, Sexta y Nona
salmódiense tres salmos desde el 119 hasta el 127, esto es, nueve
salmos. 10 Estos salmos se repetirán siempre los mismos en las mismas
Horas hasta el domingo, conservando todos los días la misma disposición
de himnos, lecturas y versos. 11 Así se comenzará siempre el domingo
con el salmo 118. 12 Cántese
diariamente Vísperas modulando cuatro salmos, 13 desde el 109 hasta el
147, 14 exceptuando los que se han reservado para otras Horas, esto es,
desde el 117 hasta el 127, y el 133 y el 142. 15 Los demás deben
decirse en Vísperas. 16 Pero como resultan tres salmos menos, por eso
han de dividirse los más largos de dicho número, es a saber, el 138,
el 143 y el 144. 17 En cambio el 116, porque es breve, júntese con el
115. 18 Dispuesto, pues, el orden de los salmos vespertinos, lo demás,
esto es, lectura, responsorio, himno, verso y cántico, cúmplase como
arriba dispusimos. 19 En Completas,
en cambio, repítanse diariamente los mismos salmos, es a saber, el 4,
el 90 y el 133. 20 Dispuesto el
orden de la salmodia diurna, todos los demás salmos que quedan, repártanse
por igual en las Vigilias de las siete noches, 21 dividiendo aquellos
salmos que son más largos, y asignando doce para cada noche. 22 Advertimos especialmente que si a alguno no le gusta esta distribución de salmos, puede ordenarlos como le parezca mejor, 23 con tal que mantenga siempre la recitación íntegra del salterio de ciento cincuenta salmos en una semana, y que en las Vigilias del domingo se vuelva a comenzar desde el principio, 24 porque muestran un muy flojo servicio de devoción los monjes que, en el espacio de una semana, salmodian menos que un salterio, con los cánticos acostumbrados, 25 cuando leemos que nuestros santos Padres cumplían valerosamente en un día, lo que nosotros, tibios, ojalá realicemos en toda una semana. Notas del Capítulo XVIII 1. Sal 69,2. 18. Cf. Lc 1,46-55. CAPITULO XIX 1 Creemos que
Dios está presente en todas partes, y que "los ojos del Señor
vigilan en todo lugar a buenos y malos", 2 pero debemos creer esto
sobre todo y sin la menor vacilación, cuando asistimos a la Obra de
Dios. 3 Por tanto,
acordémonos siempre de lo que dice el Profeta: "Sirvan al Señor
con temor". 4 Y otra vez: "Canten sabiamente". 5 Y,
"En presencia de los ángeles cantaré para ti". 6 Consideremos, pues, cómo conviene estar en la presencia de la Divinidad y de sus ángeles, 7 y asistamos a la salmodia de tal modo que nuestra mente concuerde con nuestra voz. Notas del Capítulo XIX 1. Prov 15,3. 3. Sal 2,11. 5. Sal 46,8. CAPITULO XX 1 Si cuando
queremos sugerir algo a hombres poderosos, no osamos hacerlo sino con
humildad y reverencia, 2 con cuánta mayor razón se ha de suplicar al
Señor Dios de todas las cosas con toda humildad y pura devoción. 3 Y sepamos que seremos escuchados, no por hablar mucho, sino por la pureza de corazón y compunción de lágrimas. 4 Por eso la oración debe ser breve y pura, a no ser que se prolongue por un afecto inspirado por la gracia divina. 5 pero en comunidad abréviese la oración en lo posible, y cuando el superior dé la señal, levántense todos juntos. Notas del Capítulo XX 3. Cf. Mt 6,7. CAPITULO XXI 1 Si la
comunidad es numerosa, elíjanse hermanos que tengan buena fama y una
vida santa, y sean nombrados decanos, 2 para que velen en todo con
solicitud sobre sus decanías, según los mandamientos de Dios y los
preceptos de su abad. 3 Elíjanse
decanos a aquellos con quienes el abad pueda compartir confiadamente su
cargo. 4 Y no se elijan por orden, sino según el mérito de su vida y
la sabiduría de su doctrina. 5 Si alguno de los decanos, hinchado por el espíritu de soberbia, se hace reprensible, corríjaselo una primera, una segunda y una tercera vez, y si no quiere enmendarse, destitúyaselo 6 y póngase en su lugar a otro que sea digno. 7 Lo mismo establecemos respecto del prior. Notas del Capítulo XXI 1. Cf. Dt 1,13-15; Hech 6,1-3. 3. Ex 18,21-22. 4. Cf. Prov 1,7; 24,14; Eclo 23,2; 50,29.
CAPITULO XXII 1 Duerma cada
cual en su cama. 2 Reciban de su abad la ropa de cama adecuada a su género
de vida. 3 Si es posible, duerman todos en un mismo local, pero si el número
no lo permite, duerman de a diez o de a veinte, con ancianos que velen
sobre ellos. 4 En este dormitorio arda constantemente una lámpara hasta
el amanecer. 5 Duerman vestidos, y ceñidos con cintos o cuerdas. Cuando duerman, no tengan a su lado los cuchillos, no sea que se hieran durante el sueño. 6 Estén así los monjes siempre preparados, y cuando se dé la señal, levántense sin tardanza y apresúrense a anticiparse unos a otros para la Obra de Dios, aunque con toda gravedad y modestia. 7 Los hermanos más jóvenes no tengan las camas contiguas, sino intercaladas con las de los ancianos. 8 Cuando se levanten para la Obra de Dios, anímense discretamente unos a otros, para que los soñolientos no puedan excusarse. Notas del Capítulo XXII 4-6. Cf. Lc 12,35-40. CAPITULO XXIII 1 Si algún hermano es terco, desobediente, soberbio o murmurador, o contradice despreciativamente la Santa Regla en algún punto, o los preceptos de sus mayores, 2 sea amonestado secretamente por sus ancianos una y otra vez, según el precepto de nuestro Señor. 3 Si no se enmienda, repréndaselo públicamente delante de todos. 4 Si ni así se corrige, sea excomulgado, con tal que sea capaz de comprender la importancia de esta pena. 5 Si no es capaz, reciba un castigo corporal. Notas del Capítulo XXIII 2. Cf. Mt 18,15. CAPITULO XXIV 1 La gravedad
de la excomunión o del castigo debe calcularse por la gravedad de la
falta, 2 cuya estimación queda a juicio del abad. 3 Si un hermano cae en faltas leves, no se le permita compartir la mesa. 4 Con el excluido de la mesa común se seguirá este criterio: En el oratorio no entone salmo o antífona, ni lea la lectura, hasta que satisfaga. 5 Tome su alimento solo, después que los hermanos hayan comido; 6 así, por ejemplo, si los hermanos comen a la hora de sexta, coma él a la de nona, si los hermanos a la de nona, él a la de vísperas, 7 hasta que sea perdonado gracias a una expiación conveniente.
CAPITULO XXV 1 Al hermano culpable de una falta más grave exclúyanlo a la vez de la mesa y del oratorio. 2 Ninguno de los hermanos se acerque a él para hacerle compañía o para conversar. 3 Esté solo en el trabajo que le manden hacer, y persevere en llanto de penitencia meditando aquella terrible sentencia del Apóstol que dice: 4 "Este hombre ha sido entregado a la muerte de la carne, para que su espíritu se salve en el día del Señor". 5 Tome a solas su alimento, en la medida y hora que el abad juzgue convenirle. 6 Nadie lo bendiga al pasar, ni se bendiga el alimento que se le da. Notas del Capítulo XXV 4. 1 Cor 5,5. CAPITULO XXVI 1 Si algún hermano se atreve, sin orden del abad, a tomar contacto de cualquier modo con un hermano excomulgado, a hablar con él o a enviarle un mensaje, 2 incurra en la misma pena de la excomunión.
CAPITULO XXVII 1 Cuide el abad
con la mayor solicitud de los hermanos culpables, porque "no
necesitan médico los sanos, sino los enfermos". 2 Por eso debe
usar todos los recursos, como un sabio médico. Envíe, pues, "sempectas",
esto es, hermanos ancianos prudentes 3 que, como en secreto, consuelen
al hermano vacilante, lo animen para que haga una humilde satisfacción,
y lo consuelen "para que no sea abatido por una excesiva tristeza",
4 sino que, como dice el Apóstol, "experimente una mayor caridad";
y todos oren por él. 5 Debe, pues, el abad extremar la solicitud y procurar con toda sagacidad e industria no perder ninguna de las ovejas confiadas a él. 6 Sepa, en efecto, que ha recibido el cuidado de almas enfermas, no el dominio tiránico sobre las sanas, 7 y tema lo que Dios dice en la amenaza del Profeta: "Tomaban lo que veían gordo y desechaban lo flaco". 8 Imite el ejemplo de piedad del buen Pastor, que dejó noventa y nueve ovejas en los montes, y se fue a buscar una que se había perdido. 9 Y tanto se compadeció de su flaqueza, que se dignó cargarla sobre sus sagrados hombros y volverla así al rebaño. Notas del Capítulo XXVII 1. Mt 9,12. 3. 2 Cor 2,7. 4. 2 Cor 2,8. 7. Ez 34,3-4. 8. Cf. Lc
15,4-5; Jn 10,11. 9. Cf. Heb 4,15. CAPITULO XXVIII 1 Al hermano
que, a pesar de ser corregido frecuentemente por una falta, y aun
excomulgado, no se enmienda, aplíquesele una corrección más severa,
esto es, castígueselo con azotes. 2 Pero si ni aun así se corrige, o
tal vez, lo que ojalá no suceda, se llena de soberbia y pretende
defender su conducta, el abad obre como un sabio médico: 3 si ya aplicó
los fomentos y los ungüentos de las exhortaciones, los medicamentos de
las divinas Escrituras y, por último, el cauterio de la excomunión y
las heridas de los azotes, 4 y ve que no puede nada con su industria,
aplique también lo que es más eficaz, esto es, su oración y la de
todos los hermanos por aquel, 5 para que el Señor, que todo lo puede,
sane al hermano enfermo. 6 Mas si no sana ni con este medio, use ya entonces el abad del hierro de la amputación, como dice el Apóstol: "Arranquen al malo de entre ustedes". 7 Y en otro lugar: "El infiel, si se va que se vaya", no sea que una oveja enferma contagie todo el rebaño. Notas del Capítulo XXVIII 5. Cf. Mt 19,26; Fil 2,12. 6. 1 Cor 5,13; cf. Dt 13,6; 17,7; 19,19. 7. 1 Cor 7,15. CAPITULO XXIX 1 El hermano que se fue del monasterio por su propia culpa, y quiere luego volver, comience por prometer una total enmienda de lo que fue causa de su salida. 2 Se le recibirá entonces en el último grado, para que así se compruebe su humildad. 3 Mas si vuelve a salir, recíbaselo de igual modo hasta una tercera vez, sabiendo que, en adelante, toda posibilidad de retorno le será denegada. CAPITULO XXX 1 Cada uno debe ser tratado según su edad y capacidad. 2 Por eso, los niños y los adolescentes, o aquellos que son incapaces de comprender la gravedad de la pena de la excomunión, 3 siempre que cometan una falta, deberán ser sancionados con rigurosos ayunos o corregidos con ásperos azotes, para que sanen.
CAPITULO XXXI 1 Elíjase como
mayordomo del monasterio a uno de la comunidad que sea sabio, maduro de
costumbres, sobrio y frugal, que no sea ni altivo, ni agitado, ni
propenso a injuriar, ni tardo, ni pródigo, 2 sino temeroso de Dios, y
que sea como un padre para toda la comunidad. 3 Tenga el
cuidado de todo. 4 No haga nada sin orden del abad, 5 sino que cumpla
todo lo que se le mande. 6 No contriste a los hermanos. 7 Si quizás algún
hermano pide algo sin razón, no lo entristezca con su desprecio, sino
niéguele razonablemente y con humildad lo que aquél pide indebidamente. 8 Mire por su
alma, acordándose siempre de aquello del Apóstol: "Quien bien
administra, se procura un buen puesto". 9 Cuide con toda solicitud
de los enfermos, niños, huéspedes y pobres, sabiendo que, sin duda, de
todos éstos ha de dar cuenta en el día del juicio. 10 Mire todos
los utensilios y bienes del monasterio como si fuesen vasos sagrados del
altar. 11 No trate nada con negligencia. 12 No sea avaro ni pródigo, ni
dilapide los bienes del monasterio. Obre en todo con mesura y según el
mandato del abad. 13 Ante todo
tenga humildad, y al que no tiene qué darle, déle una respuesta
amable, 14 porque está escrito: "Más vale una palabra amable que
la mejor dádiva" .15 Tenga bajo su cuidado todo lo que el abad le
encargue, y no se entrometa en lo que aquél le prohiba. 16 Proporcione
a los hermanos el sustento establecido sin ninguna arrogancia ni dilación,
para que no se escandalicen, acordándose de lo que merece, según la
palabra divina, aquel que "escandaliza a alguno de los pequeños". 17 Si la
comunidad es numerosa, dénsele ayudantes, con cuya asistencia cumpla él
mismo con buen ánimo el oficio que se le ha confiado. 18 Dense las cosas que se han de dar, y pídanse las que se han de pedir, en las horas que corresponde, 19 para que nadie se perturbe ni aflija en la casa de Dios. Notas del Capítulo XXXI 1. 1 Tim 3,2; 2 Tim 4,5; Tit 1,8; cf. Is 42,4. 8. 1 Tim 3,13. 9. Cf. Mt 12,36. 14. Eclo 18,17;
Sant 1,17. 16. Cf. Dan 1,5; Mt 18,6. CAPITULO XXXII 1 El abad confíe los bienes del monasterio, esto es, herramientas, vestidos y cualesquiera otras cosas, a hermanos de cuya vida y costumbres esté seguro, 2 y asígneselas para su custodia y conservación, como él lo juzgue conveniente. 3 de estos bienes tenga el abad un inventario, para saber lo que da y lo que recibe, cuando los hermanos se suceden en sus |